Cabellos de Plata III |
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27-05-2003 20:16
Por: UrULoKi
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/300459/ |
Nuevo episodio de la vida de Celebfin. Su vuelta a Lothlorien y a su amada...
Un elfo. Vestido de verde y plata, con una túnica larga y una sencilla capa gris. Una larga melena de cabellos rubios cayéndole hasta casi la cintura. Sin ningún adorno aparente salvo un pequeño colgante plateado representando una luna menguante. De rodillas y con las manos sobre las rodillas. Enfrente suya un rugoso mallorn. Su belleza en otros tiempos lo había embelesado. Rodeado de hermanos más pequeños se alzaba majestuoso en el centro de una floresta preciosa, una sinfonía de verdes acordes y de luminosas notas, dentro de la oscura serenata de despedida que era el Bosque Dorado de Lothlorien.
Sin embargo desde entonces había pasado mucho tiempo. Veinte años habían pasado desde que señalara este árbol con una marca de dolor. Una airada flecha cruzando una luna plateada. Era una marca de resentimiento. Odio contra aquellos que le habían quitado lo que más quería. Odio hacia todos aquellos que no pudieron evitar su muerte. Odio hacia el mundo que le había negado todo sentimiento de alegría. Odio hacia… sí mismo. Durante todo este tiempo había matado para saciar ese odio.
Innumerables sombras oscuras abatidas por sus flechas. Cientos de negras gargantas degolladas por su cuchillo. Un mar de negra sangre vertida de sus cuerpos exánimes. Todo era poco para saciar la sed de venganza de Celebfin.
La senda del guerrero, ese había sido su camino durante este tiempo. El poeta convertido en asesino y el bardo transformado en aventurero. Nunca había vuelto a entonar una canción. Nunca volvería a hacerlo. Pues el que fue en otra época hacia ya mucho que no lo era. Durante un tiempo dudó si su corazón seguiría vivo, mas ahora ya lo sabía. Palpitaba con la fuerza de los destinados a morir. Luchando por vivir, por ser feliz, por tener una vida mejor y a la vez odiándose a sí mismo por no morir en cada combate. Eso es lo que había buscado durante todo este tiempo. Una flecha traicionera, una espada herrumbrosa, un hacha segadora, una lanza punzante… cualquiera habría podido ser su final y sin embargo seguía vivo. Ahora estaba de nuevo allí, junto a ella, rindiendo cuentas por todo lo que había hecho y por todo lo que no había llegado a hacer. Y justo entonces, comenzó a hablar.
“Recuerdo el día que te contemplé por primera vez. Creí que era un sueño que se me concedía. ¿Cómo podías ser real? Una aparición de la belleza de una era ya pasada que se me ofrecía a la vista. No oía los gritos de mis compañeros de caza instigándome a perseguir a nuestra presa. Ni siquiera llegué a oír tus primeras palabras. Estaba demasiado embelesado para responder coherentemente. Sin embargo, a pesar de todo, tú me sonreíste y desde entonces ya supe que sería tuyo por siempre jamás.
Recuerdo el día que nos prometimos, a la luz de la luna, en un bello claro junto al más alto de los árboles de tu bello bosque. Nos juramos amor eterno y tú me diste tu colgante. Este que aún sostengo con mis dedos y que siempre me recordará tu sonrisa. Por desgracia también te recuerdo, herida de muerte, por la aciaga flecha negra cuyo veneno te mataría. Juré defenderte hasta la muerte y ataqué con furia a nuestros agresores. Pero fui débil y no pude morir. Sobreviví para descubrir que habías muerto, que me habías dejado sólo, que nunca más volvería a amar a alguien, que no volvería a cantar, que me convertiría en un elfo errante, que empuñaría el arco en vez de un arpa y que, hasta el día que nos reunamos más allá de las moradas de Eä, en las estancias de Mandos, no volveré a ser feliz.
Durante este tiempo he buscado tu venganza. Muchos han caído y sin embargo no me siento mejor que el día que te perdí. Creí estar luchando por ti y ahora veo que me equivocaba. No era tu venganza, era la mía. Debía saciar el pozo de oscuridad de mi alma. Acallar todo sentimiento de felicidad. Negar todo signo de conservar mis sentimientos. Ser tan frío como la nieve y tan duro como la piedra. Pero nunca llegaba a conseguirlo del todo y mi pozo oscuro pedía más muertes para saciarse. He traicionado a mis ancestros, mostrando una crueldad ajena a mi raza. Debería coger mi daga y degollarme. Así mi camino hacia ti se haría más corto. Pero no puedo. Sé que hacerlo sería traicionar tu recuerdo con una muerte inútil y juro que no nunca lo haré.
Seguiré vivo hasta el día que muera a manos de mis enemigos o en manos del infortunio. Pero no partiré al oeste con vida. He perdido ese derecho y no lo haré. Permaneceré en estas tierras hasta que llegue mi final y pueda por fin reunirme a tu lado. Hasta que ese día llegue mantendré mi promesa, ningún amor enturbiará mi corazón hasta que vuelva a tenerte a mi lado. Intentaré llevar una vida más acorde con nuestras almas, pero no volveré a amar, te lo juro por la roja sangre que derramaste en mis manos el día de tu muerte.
Ahora… he de despedirme mi amada. Aunque seguiré en el Bosque Dorado aún por algún tiempo no volveré a ver este mallorn. Si lo veo de nuevo no podré detener la mano que empuña mi daga y eso no ha de pasar. Espérame allí donde te encuentres, mi amada, no he de tardar ya demasiado en llegar a ti. Te entregué mi corazón aquella noche en las florestas del Bosque Verde y por siempre tuyo será.
Andúne pella men ometuvar, meldanya... Elemmíre.”
El elfo se levantó dedicando una última mirada al anciano árbol. Después de eso, se fue, sin mirar atrás. Un objeto brillaba en una de las ramas bajas del mallorn, un colgante con una luna mengüante….
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