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Primer capítulo de un libro que estoy escribiendo.
Hace mucho tiempo, antes de que el mundo hubiese existido, antes de la aparición de los continentes de Nortia y Nethuns, antes del nacimiento de los ocho dioses, Färnmil estaba solo en medio de la Nada. Färnmil era un ente de portentoso poder de creación y de una inteligencia y sensatez igual de impresionantes, aunque no se le solía llamar por ese nombre, sino que se le conocía más bien como El Único, El Primero, El Que No Nació o El Iluminado.
Ahora bien, Färnmil no había gastado todo el tiempo del que disponía en vano, sino que había trabajado durante más de dos milenios en un proyecto de gran envergadura: la creación de todo un mundo poblado de criaturas inferiores que vivirían juntos en la armonía y en el conflicto.
Antes de empezar, eligió un lugar de la Nada y creó un singular Universo, un Universo negro y sin vida. Entonces alzó los brazos y de su propio cuerpo brotaron miles de semillas que germinaron rápidamente hasta que nacieron los ángeles, poderosos servidores de Färnmil. Había uno de ellos que sobresalía por su poder y su cordura, Ithil, después conocido como Satán. El Único se irguió de su majestuoso trono en medio de la nada y miró a los ángeles, parándose especialmente en Ithil.
- Bien –dijo con su clara y hermosa voz-. Tengo un gran proyecto que llevo planeando durante mucho tiempo. Quiero crear un mundo donde sus habitantes evolucionen y convivan. Un lugar donde la vida alegre un poco la soledad de la Nada. Tú, Ithil, tienes el poder de la vida y de la muerte. Por eso te elijo para que me ayudes a llevar a cabo mi sueño.
El ángel asintió y El Iluminado alzó los brazos de nuevo, apareciendo entre sus manos un enorme planeta, planeta que colocó en algún lugar del Universo que había creado con anterioridad. Färnmil se acercó a su servidor y le indicó que dotase con su poder de vida al planeta. Ithil obedeció y dirigió su mente al gran astro, apareciendo enseguida multitud de seres vivos. Sin embargo estos desaparecían con la misma rapidez con la que habían nacido. El Primero meditó durante un rato no muy largo, y se dio cuenta de que el planeta necesitaba una fuente de calor para que sus habitantes pudiesen vivir. Fue por esto por lo que creó el Sol y las estrellas. Ithil volvió a utilizar su poder, pero las criaturas nacidas volvían a morir con rapidez. Färnmil dispuso entonces que debían existir una serie de elementos en la vida. Entonces, El Que No Nació creó los cuatro elementos básicos: tierra, agua, fuego y aire. Al principio, estos elementos actuaban caóticamente y sin ningún tipo de control. Entonces El Único decidió crear ocho entidades más, ocho poderosos dioses que se encargarían de controlar los cuatro elementos y de mantener la paz entre ellos.
Eran cuatro dioses por parte del Orden y cuatro dioses por parte del Caos. Los dioses del Caos eran unos entes de carácter más bien fuerte y grosero, aunque profundamente benevolentes, y se encargaban de provocar, cuando fuera necesario, las grandes catástrofes naturales. Los dioses del Orden eran bastante más educados y agradables que los dioses del Caos, e igual de benevolentes. Se ocupaban de cuidar la naturaleza y de poner freno a los excesos del Caos.
La Gran Bestia, el más poderoso de todos los dioses, y elegido por Färnmil como su líder, miró atemorizado al enorme aunque bello ente que tenía delante. Se tranquilizó un poco cuando éste le dirigió una cálida sonrisas y se acercó a ellos con bondad y naturalidad.
-Bienvenidos – dijo-, a mí me debéis la existencia. Yo os he creado de la nada, porque quiero encomendaros una misión de gran importancia. Mirad hacia el norte.
Los ocho dioses miraron en derredor, intentando descubrir en qué punto se encontraba el norte en medio de aquella Nada. Färnmil rió y les señaló hacia dónde debían mirar. Allí donde les indicaba El Único, había un lugar que no se parecía en nada a aquélla Nada. Era un lugar poblado de pequeñas luces y una enorme bola de fuego, girando a su alrededor había una esfera de mucho menos tamaño, pero también muy grande.
-Eso es el Sol – dijo Färnmil señalando la bola de fuego-. La esfera que gira alrededor del Sol es la Tierra, vuestro nuevo hogar. Allí morareis hasta el día del Gran Juicio, donde todos los habitantes del planeta serán juzgados por sus faltas contra sus prójimos. Pero antes de instalaros en la Tierra, debéis de hacer una cosa.
La Gran Bestia se adelantó unos pasos y se postró ante Färnmil, que le hizo una señal para que se levantase. El dios obedeció y habló.
-¿Qué debemos hacer, mi señor? – preguntó-. ¿Cuál es su voluntad?
-En estos momentos la Tierra sólo es un pedazo de roca – contestó El Único-, con algo de agua en su interior. Debéis quebrar esa roca en dos mitades, liberando el agua. Tú eres el más poderoso de todos dioses, pero perteneces al Orden, y una acción como ésta pertenece al Caos. Creo que debería realizarla Harssom, el más poderoso entre el Caos.
Harssom se adelantó y asintió con respeto. Después de postrarse tal como había hecho La Gran Bestia ante Färnmil, se volvió hacia la Tierra y concentró su poder de destrucción en sus poderosos brazos. Entonces envió todo su poder hacia el astro, provocando un espantoso terremoto que desquebrajó la Tierra, partiendo la Tierra en dos enormes trozos, dos grandes continentes, con un profundo océano en medio. El Único se adelantó, satisfecho. Miró con atención el planeta y decidió llamar al continente occidental, Nethuns. Al oriental le puso el nombre de Nortia. Miró con atención el gran y único océano y lo bautizó como Granseal. Neptar, Señor de la Serpientes, la primera gran creación de Färnmil, se presentó ante su señor y le pidió que le dejase ir con los dioses a la Tierra. Después de mucho meditar, El Único decidió otorgarle su deseo, argumentado:
-Te aprecio, y has demostrado durante cien mil años que eres de mi confianza. Por eso te dejo partir al planeta. Además, creo que los dioses necesitarán un Gran Juez en las grandes decisiones que habrán de tomar.
Neptar se postró, agradecido, e inmediatamente se dirigió al planeta. Así, Neptar fue el primer habitante de la Tierra.
La Gran Bestia miró de nuevo a su señor y creador y le preguntó qué debían hacer a continuación.
-Ahora debéis de viajar a la Tierra – dijo Färnmil-. Instalaos en Nethuns. Ése será vuestro hogar. El continente de Nortia servirá de morada para las múltiples criaturas que lo poblarán. Os cedo el control del planeta. Cambiadlo a vuestro modo. No interferiré. Por lo menos hasta el Gran Juicio.
La Gran Bestia se acercó a su señor y besó el anillo del poder de su amo, al igual que el resto de sus compañeros. Inmediatamente abandonaron la Nada y se instalaron el Nethuns, cambiando el territorio a su modo, tal como les había indicado Färnmil.
Sin embargo, el corazón de Ithil se ensombrecía de envidia y odio hacia los dioses, envidioso del poder e independencia de las que gozaba. Y también empezó a odiar a su señor, Färnmil.
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