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Último capítulo. Próximamente, Elvián y La Espada Mágica.
Capítulo XI: La partida
El incidente con Gelian abrió los ojos de Elvián, por lo que decidió partir esa misma noche. Se pasó gran parte del día en las caballerizas con Grant. El hombretón ayudó al príncipe a preparar a Trueno para el largo viaje. El caballo saludó al infante con un alegre relincho, pues hacía tiempo que no iba a visitarle. Elvián acarició el lomo y la cabeza del purasangre mientras terminaba de ensillarle.
Poco a poco, se fue extendiendo el rumor de la muerte de Gelian, hasta que llegó a oídos de Fleck y de Zelius. Cuando Mork les confirmó la noticia, se quedaron si habla, y la desesperación llegó a sus corazones. Ahora sí que no podrían evitar que Elvián partiese hacia la ciudad perdida. Sólo podían orar a los Dioses para que cayera en algún peligro del camino.
Cuando Elvián dejó a Trueno, Grant le acompañó al castillo. El corpulento cuidador de caballos fue mal mirado por la gente del pueblo al verle al lado del príncipe. Todavía había muchas personas que le consideraban culpable, y no le perdonaban por la muerte del Rey Brath. Durante el camino, Grant miró al muchacho y después al aire.
-Tengo que darte las gracias, Elvián –dijo.
Envían miró sorprendido al hombretón y bajo la mirada, desconcertado.
-Grant –murmuró-, ¿por qué me das las gracias? No he hecho nada para que las merezca…
-Claro que sí –repuso el otro-. Gracias a ti, Trueno ha recuperado la confianza en mí. Si no fuera por ti, ese caballo me habría llegado a odiar, y con razón.
-¡Venga! –exclamó Elvián, sonriendo-. Tú mismo has hecho que Trueno vuelva a confiar en ti. Te has portado muy bien con él, y ha olvidado rápidamente aquel día infame.
Grant bajó la cabeza, frunció el entrecejo y se volvió hacia el príncipe, deteniendo su paso.
-¿De verdad lo crees así? –preguntó.
-¡Claro que sí! –respondió Elvián, esperando por el cuidador de caballos-. ¡Ahora démonos prisa! Parecía haber mucho trabajo en el establo, por lo que tienes que volver pronto.
-¡No te preocupes por eso! –bramó Grant, soltando un risotada-. He contratado a un sustituto. Tengo cosas más importantes que atender en palacio. Recuerda que ahora yo soy el regente. Ya sabes, muchos papeles sobre acuerdos y esas cosas.
Elvián rió junto al hombretón y los dos llegaron al castillo. Entonces, el príncipe se despidió de Grant y se dirigió a los aposentos de su madre. En el camino se encontró con Fleck y Zelius, quienes habían estado esquivando a Elvián durante todo el día. Ahora que lo tenían delante, los dos perversos aliados se mofaban de él, pero disimularon rápidamente cuando pasó un grupo de soldados de la Guardia Real. Elvián pasó ante ellos sin dignarse a saludar si quiera. Aunque la sangre le hervía en las venas y se esforzaba por no matarles a golpes, el joven príncipe pasó ante Fleck y Zelius sin inmutarse.
Elvián llegó ante la puerta de los aposentos de la Reina Eranisha y llamó golpeando suavemente la superficie de madera con los nudillos de la mano derecha. La voz de su madre le mandó entrar y el príncipe abrió la puerta despacio. Y así, Elvián volvió a entrar en el cuarto en el que tantas veces había estado en el pasado.
La Reina Eranisha estaba sentada junto a una preciosa cómoda de madera noble, en una silla también muy bella. Al oírle, la Reina le miró a los ojos y le sonrió con amabilidad. Eranisha abandonó la silla y se acercó a Elvián con movimientos finos y elegantes.
-Me ha informado Grant de que te vas esta noche –dijo-. ¿Cuándo lo has decidido?
-Anoche, madre –respondió el príncipe-, cuando ese soldado de la Guardia Real intentó matarme.
-¿No podrías retrasar tu partida? –preguntó Eranisha, preocupada-, ¿hasta mañana, por ejemplo?
-Reconozco que lo he pensado –admitió Elvián-, pero quizás vuelvan a intentarlo ese maldito hermano mío y el bastardo de su consejero.
La Reina frunció el entrecejo y miró al príncipe con enojo.
-¡Cuida tu lenguaje, jovencito! –dijo con tono de reproche-. ¡Recuerda que todavía eres un príncipe!
-Lo siento, madre, pero es que esos dos me sacan de quicio. ¿Cómo te sentirías tú si conocieses a los asesinos y no pudieses hacer nada? ¿Y si además se mofan de la situación?
Eranisha sonrió.
-Te comprendo, Elvián. Pero tranquilízate, todo se arreglará. En cuanto encuentres el orbe, todo se solucionará y ellos pagarás por sus crímenes.
-Lo que más rabia me da es que mi propio hermano…, y tu propio hijo…
-Si Fleck tiene que pagar, pagará –dijo Eranisha alzando la mano derecha-. Además, hace ya tiempo que perdí todo respeto por él. Sé que suena terrible dicho por una madre, pero Fleck era demasiado cruel. Me atrevería a decir que era casi un monstruo, y ahora se ha confirmado que lo es.
Elvián suspiró y miró al suelo, entristecido. Las despedidas nunca le habían gustado, y ésta era especialmente dura.
-¿Crees que lo conseguiré, madre? ¿Llegaré a conseguir el orbe?
-Si telo propones –dijo Eranisha-, puedes llegar a conseguir todo. ¿Sabes quién era el que te atacó? Se llamaba Gelian, y era el soldado más poderoso de la Guardia Real. Si él no pudo contigo, nadie más podrá.
Conmovido, Elvián abrazó a su madre y abandonó la estancia después de despedirse. Lo siguiente que hizo fue ir a las cocinas y coger algo de agua y comida para el viaje. Después cogió algunas monedas de oro de su habitación y, por último, salió del castillo. Para su sorpresa, Grant ya estaba junto las puertas del palacio, y traía consigo a Trueno. El hombretón se acercó al príncipe y le puso la mano derecha sobre el hombro izquierdo y lo sacudió con afecto. Elvián sonrió y abrazó al robusto cuidador de caballos. Alzó los ojos hacia la venta del cuarto de su madre y la vio allí, despidiéndose con la mano. Elvián agitó los brazos hacia ella con amor y montó sobre el lomo de Trueno. Antes de sacudir las riendas del caballo, el príncipe se volvió y se despidió con la mano de sus amigos y de sus seres queridos. Entonces, Trueno salió al galope.
Otros ojos habían visto la escena, desde una torre mucho más alta que las demás. Fleck y Zelius habían estado mirando la escena a través de un ventanuco y ambos se sentían inquietos, ahora que Elvián tenían una esperanza de desenmascararles.
FIN
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