La Última Esperanza (IV)


Relatos de Ciencia Ficción

01-09-2008 14:37
Por: Gandalf_Mithrandir

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/950559/

Un reunión ha de ser celebrada para decidir qué hay que hacer con el androide y las futuras acciones que han de ser llevadas a cabo contra el Imperio Galáctico.

Capítulo 4: La reunión

Nah Klawks salió del laboratorio acompañado de Raúl Sánchez. Durante la entrevista con PX-32, el general no había mostrado signos de sorpresa. Sólo cuando se dio cuenta de que no era un androide fabricado por el Emperador, fue cuando se mostró asombrado. ¿Quién podría haber construido a aquel robot? Una cosa estaba clara: quien quiera que lo hubiera hecho, conocía a la perfección la arquitectura de los modelos imperiales, pues los movimientos y la constitución de Flick eran semejantes a éstos. Bueno, quizá PX-32 parecía algo más inteligente que los androides imperiales. Semejantes pensamientos atravesaban el cerebro del cazarrecompensas. Nah y Raúl llegaron de nuevo a la sala de espera, donde Marie seguía sentada junto al mostrador. Cuando los vio, la chica alzó la cabeza y los llamó, aunque sólo había nombrado al general.

- General Sánchez – dijo -, le esperan en el puente – miró al cazarrecompensas -. Su habitación está lista, señor Klawks.
- Gracias – murmuró Nah.

Raúl también agradeció el mensaje a Marie y se volvió a Klawks.

- Bueno – dijo -, ahora tengo que irme. Puedes dar una vuelta por la base y relajarte. No te aconsejo que te vayas a acostar ahora. El consejo se celebrará dentro de unas pocas horas y quizás te quedes dormido.
- Gracias – respondió Nah -. Creo que me quedaré en esta sala. Tengo donde sentarme y quizás pueda echar una cabezadita.
- En fin – suspiró Raúl -, eso lo decides tú. Hasta luego, nos veremos en el consejo.

El general Sánchez se despidió al modo militar y abandonó la sala. Sin más que hacer, Klawks se sentó en un sillón y se desparramó en él, esperando. Marie le miró, sonrió y dijo:

- Señor, si se aburre, puedo traerle algunas revistas.
- Eso estaría bien – accedió el cazarrecompensas -. Un poco de lectura me distraerá.

La chica volvió a sonreír y pulsó un botón. Inmediatamente, el suelo se abrió delante del sillón ocupado por Nah y una mesilla surgió de su interior. Sobre ella había gran número de revistas. El cazarrecompensas rebuscó entre ellas y después de desechar algunas extintas revistas de moda y del corazón, por fin encontró lo que buscaba. Nah seleccionó algunos cómics que encontró entre el amasijo de revistas y los miró. Todos eran del siglo veinte, aunque magníficamente conservados. Leyó con interés títulos de la Marvel como Spiderman o Conan, y no hizo ascos al manga.

Mientras leía, Marie le miraba, divertida. Klawks se dio cuenta de que la chica le observaba y dejó a un lado un cómic de Batman y le devolvió la mirada, con seriedad.

- Con esa cara parece usted un tipo duro – dijo Marie, riendo -. Sonría un poco, por favor.
- ¿Se puede saber qué le hace tanta gracia? – respondió Nah, ignorando el comentario de la chica.
- Bueno – murmuró Marie -, primero llega usted a esta base como todo un guerrillero, duro y frío. Y ahora le veo disfrutar como un niño con esos tebeos.
- Esto, señorita – replicó Klawks -, es arte. Es un reflejo de la cultura del siglo veinte, y veo alguno anterior aún.
- ¡Vaya! – exclamó Marie, fingiendo estar sorprendida -, ¿no me diga usted que es un cazarrecompensas culto?

Nah miró furioso a la chica. Estaba perplejo y dolido. Parecía que a Marie no le gustaban los cazarrecompensas, pero le lastimaba que le hablase de aquel modo sin apenas conocerle.

- Mire, señorita – dijo Nah, intentando mostrarse sereno -. Según veo, los cazarrecompensas no son de su agrado, pero eso a mí me da igual. Usted no me conoce, y por eso no tiene ningún derecho a juzgarme.
- ¡Ya lo creo que lo tengo! – replicó Marie -. La gente como usted sólo se mueve por dinero. La gente como usted no tiene moral ni respeto por nadie. La gente como usted no es capaz de ayudar a nadie sin cobrar.

Klawks esperó pacientemente a oír los argumentos de la chica y después respondió con tranquilidad:

- Señorita, voy a responder a sus tres argumentos. 1.- ¿Quién no tiene hoy en día un negocio? Incluso los jefes de las bases más rebeldes tienen alguno para financiar sus actividades y, aún más importante, para vivir. Eso ya es moverse por dinero; 2.- ¿Dice usted que no tengo moralidad? Sin no la tuviera, créame si le digo que aceptaría de muy buen grado trabajos para el Imperio. Y respeto a la gente más de lo que se imagina; 3.- Señorita, he ayudado sin cobrar un solo crédito a gente necesitada, y no poca.

Marie titubeó un poco antes de contestar.

- Puede que usted sea un caso aparte –dijo -, pero no es lo mismo en todos los cazarrecompensas. Es un colectivo que conviene evitar.

Nah negó con la cabeza y cerró los ojos.

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- Si conociera la verdadera historia de los cazarrecompensas, no hablaría de ese modo – murmuró.
- ¡Por supuesto que la conozco! –exclamó Marie, irritada -. Surgieron debido a un grupo de guerreros y mercenarios que únicamente querían enriquecerse.
- No – dijo Klawks, moviendo la cabeza de un lado para el otro en señal de negación -. Los cazarrecompensas de ahora tienen poco que ver con aquellos de los tiempos de la Unión Estelar, que se extinguieron. Los nuevos cazarrecompensas eran un grupo de guerreros que únicamente querían ayudar a derrotar al Imperio, pero no tenían ni los medios ni el armamento necesarios para hacerlo. Ése fue el motivo de que empezaran a aceptar misiones para el que ofreciera más dinero, pero nunca aceptaron trabajos imperiales. Este dinero lo usaban únicamente para fabricar y comprar armamento para sus misiones y para sobrevivir en un mundo tan cruel como en el que vivimos actualmente. Sin embargo, siempre hubo aprovechados que no dudaron en sacar ventaja de la situación y aceptaron misiones de todo tipo con el único motivo de sacar tajada y enriquecerse. Esos son los que conviene evitar y la lacra de este universo nuestro, como aquel Cambista de Forma que casi logra su objetivo de entrar en esta base. De no ser por mí, claro.

Marie se quedó un largo rato observando a Nah sin decir nada. Por un momento, el cazarrecompensas pensó que la chica se iba a echar a llorar. Pero, en lugar de eso, sonrió.

- ¡Vaya! – exclamó -. Desconocía todo eso. Creo que tendré que pensar mejor lo que diga sobre los cazarrecompensas, y también le debo una disculpa.
- ¡Bah, no se preocupe! – replicó Nah mientras sacaba un puro del bolsillo de sus pantalones y se lo metía en la boca -. Las experiencias vividas en estos tiempos nos hacen muy desconfiados y reticentes. ¿Se puede fumar aquí?
- Pues mire – dijo Marie -, normalmente no se puede, pero por ser usted haremos una excepción.

Klawks sonrió de gratitud y, tras encender el cigarro, le dio una buena bocanada y expulsó el humo en pequeños anillos, que se fueron expandiendo hasta volatizarse.

- Verle sonreír le hace parecer otra persona – comentó la chica -. Parece más amable y menos amargado.

Nah miró fríamente a Marie y le dio una profunda calada al puro.

- Señorita – dijo el cazarrecompensas mientras escupía el humo -, tengo muchas razones para estar amargado, pero no le hablaré de ninguna de ellas.
- Como quiera – dijo la chica, encogiéndose de hombros -, pero no es bueno que se deje afectar por esas razones.
- Para usted es muy fácil decirlo – dijo Nah Klawks -. Seguro que no tiene la edad suficiente para comprender estas cosas.

Marie arqueó las cejas.

- Y, ¿cuántos años tiene usted? – preguntó.
- 27 años y medio.

La chica echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada tan fuerte que sobresaltó al cazarrecompensas.

- ¿Qué le hace tanta gracia? – preguntó Nah.
- Pues que usted sólo me lleva dos años – respondió Marie -. Yo tengo 25.

En ese momento, una suave alarma les hizo a ambos mirar hacia arriba.

- ¡Oh! – exclamó Marie -, ¡cambio de turno! Si me permite, me voy a descansar. Nos veremos en la reunión.
- ¿En la reunión? – preguntó Nah, sorprendido -. ¿Qué va a hacer usted en…?
- ¡Ya nos veremos! – gritó Marie mientras corría hacia la puerta.

Inmediatamente, un hombre entró en la sala y se acomodó detrás del mostrador. Miró con reproche al puro del cazarrecompensas, pero no dijo nada. Nah siguió fumando el cigarro, ignorando completamente al hombre y, cuando lo acabó, se guardó cuidadosamente la colilla en un bolsillo y se recostó en el sillón, donde cogió un sueño ligero.
Al cabo de dos horas y media, una voz familiar le despertó. Nah abrió los ojos y vio a Raúl, que le hacía señas.

- Espero que haya descansado – dijo el general -. La reunión está a punto de empezar.

Klawks bostezó, se estiró con un poco de dificultad, se levantó y miró en derredor.

- ¿A dónde tenemos que ir? – preguntó.
- A la sala de reuniones – respondió Sánchez -. No se preocupe, yo le guiaré.

Nah se irguió y siguió a Raúl. Volvieron al ascensor que habían cogido para ir a esa planta y subieron otra más. Klawks observó que ese piso estaba lleno de oficinas, pero su guía no se dirigió a ninguna de ellas y caminó a lo largo del amplio corredor en que se encontraban. El cazarrecompensas miró durante un momento al general, suspiró y lo siguió. El pasillo terminaba en dos puertas de madera noble, bellamente talladas. Nah comprobó que no eran puertas automáticas, porque Raúl tuvo que abrirlas hacia fuera con sus propias manos, tirando de las manillas.

Klawks y Sánchez entraron en una espaciosa sala donde había una larga mesa presidida en el canto más alejado por Jhon Krane. A un lado de la mesa, junto al profesor, estaba PX-32. Sentados a la mesa había invitados de las más variadas razas, aunque los más numerosos eran humanos. Dos sillas vacías descansaban entre un hombre grueso y un koltie. El profesor Krane se levantó de la silla que ocupaba e invitó a Nah y al general a que se sentaran.

- Bien, os he reunido aquí para decidir lo que vamos a hacer – dijo cuando Klawks y Raúl hubieron ocupado sus respectivos asientos. Después señaló al androide -. Este humanoide, Flick, es la prueba de que no todas las máquinas están del lado del Emperador. Esta misma unidad se enfrentó él solo al Emperador, y por poco no lo cuenta. Según nos ha informado, tiene conocimientos precisos del paradero exacto de la base central del Imperio Galáctico. Bien, amigos y aliados, una ocasión como ésta no se repetirá en Dios sabe cuánto tiempo. Creo que es el momento de la batalla decisiva.

Hubo murmullos de asombro que recorrieron toda la mesa. De repente, el koltie sentado al lado de Nah Klawks se irguió, indignado, y gruñó:

- Esto necesita parlamentación. ¿Quién nos dice que este robot no está mintiendo? Podría tratarse de una trampa del Imperio, y me parece la opción más acertada.

Jhon Krane desvió la mirada hacia Rod Smith, un hombre delgado y enjuto, de gruesas gafas. Era el técnico que había estudiado el caso de PX-32.

- No veo eso posible – dijo Rod ante la mirada del profesor -. Esta unidad tiene implantado el Circuito de Desvío, lo que le impide mentir.

- Ya veo – contestó el koltie -. Y, ¿se aseguraron de que el circuito estaba operativo? Nunca se sabe cuándo puede estar desconectado…

- Completamente operativo – respondió Smith -. Yo mismo me encargué de extraer la pieza de la cabeza del androide y revisarlo. Y además, funciona correctamente.

Un ligero zumbido llamó a todos la atención. Los asistentes a la reunión se volvieron inmediatamente hacia PX-32.

- Si no les molesta – dijo el androide -, me gustaría que cuando hablen de mí usen mi nombre, y no términos como “el androide” o “la unidad”.

Nah miró con interés el comentario de Flick. No era normal que una máquina se ofendiera. El cazarrecompensas miró a los demás miembros de la reunión y se encontró con los ojos verdes de Marie, que le observaba. En lugar de apartar tímidamente la vista, la joven sonrió con simpatía, obligando a Klawks a devolverle la sonrisa.

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- Como quieras – contestó Jhon Krane al robot -. Siento que te hayas sentido ofendido. La culpa es nuestra. Después de todo, te mereces un trato especial.
- No se preocupe – dijo PX-32 -. Sólo quería pedirles que la próxima vez que se hable de mí, se utilice mi nombre.
- Te pido disculpas, Flick – dijo Rod Smith -. Pues lo dicho, el Circuito de Desvío de la cabeza del andr…, de Flick, funciona correctamente.

El koltie refunfuñó un poco y volvió a sentarse.

- Bueno – dijo el profesor Krane -, es evidente entonces que Flick dice la verdad. Sólo nos queda el detalle de ese tal Chip de Flujo. Parece que Rod encontró algo al respecto.
- Así es, profesor – respondió Smith -. En el cuerpo de Flick encontré un chip muy raro. Estaba colocado a la altura del pecho, y tenía conexiones que se dirigían a todos los puntos de su mecanismo. Entonces no sabía qué era, pero ahora supongo que es el Chip de Flujo.
- No se equivoca – admitió Flick -. Es cierto que conozco la situación física del chip, pero no conozco la aplicación para emplearlo. Está demasiado encriptado para eso.
- Entiendo – murmuró Jhon -. ¿Alguna cosa más, Rod?
- Sí – respondió el técnico -. A pesar de las grandes semejanzas de Flick con los androides imperiales, tiene diferencias sustanciales con respecto a ellos, aunque comparten una tecnología similar. Lo primero es el cerebro. El núcleo de Flick tiene muchísimas más buses de control, gestión y dirección que cualquier robot imperial. Además, usa complejas aplicaciones software, muy distintas a los comandos primitivos de los cyborgs imperiales, lo que le proporciona una gran inteligencia. Su sistema lógico es muy similar al humano, aunque piensa un millón de veces más rápido que nosotros. Lo segundo y último es el armamento y la equipación. Flick tiene un cañón de plasma en le brazo derecho, un propulsor oculto en la espalda, capacidad de disparar rayos por ambos ojos y otro cañón oculto en la boca. Más que cualquier androide imperial.

El koltie se movió inquieto en su asiento.

- ¡Yo tenía razón! – exclamó -. ¡Esa máquina nos ha mentido! ¡Seguro que ha venido a matarnos!
- Si Flick nos quisiera matar – dijo Rod -, ya lo habría hecho, tanto por su armamento como por su resistencia. Ni siquiera el cazarrecompensas, Nah Klawks, hubiera podido hacer nada contra él.

El koltie se tranquilizó un poco y por fin comprendió que Flick no era su enemigo. Es más, comprendió que él y el androide combatían a un enemigo en común, y empezó a mirar con buenos ojos a la máquina. Mientras tanto, Nah miraba con ironía a Rod. Le sorprendía que el técnico le metiera en la conversación con tanta confianza.

- Bien – dijo Jhon Krane -. Queda claro que Flick está de nuestro lado. ¿Tenéis alguna idea de lo que debemos hacer?
- Yo voto por atacar al Imperio Galáctico – dijo un hombre-pez del planeta Aqua- . No quiero decir inmediatamente, pues eso sería un fracaso absoluto. Pero, ya que sabemos la ubicación del Imperio, no podemos desaprovechar la ocasión.

Hubo murmullos de aprobación en la sala, e incluso el profesor Krane estaba de acuerdo con la idea del hombre-pez.

- Tienes razón – dijo Jhon -. Va siendo hora de la acción. También es tiempo para que nuestro amigo Nah Klawks se gane su pan.
- ¿Cuál es mi misión? – preguntó el cazarrecompensas.
- Irás en tu nave y reclutarás un ejército digno de un ataque – respondió Jhon -. No obligues a nadie a venir, pero procura traer a algunos. Necesitamos ayuda para la batalla definitiva.
- Eso haré, tengo muchos amigos. Antes de… - dijo Nah.
- Un momento, por favor – lo interrumpió el profesor Krane -, aún no he terminado. Creo que sería conveniente que Flick vaya contigo. Quizás conozca a alguien que nos pueda ayudar. También te va a acompañar la doctora Marie Nette.

Nah Klawks abrió los ojos desmesuradamente y miró sorprendido a la chica. La joven sonrió y giró la cabeza para mirar al profesor. Al cazarrecompensas nunca se le hubiera ocurrido pensar que aquella chica fuera una doctora.

- Bueno – continuó Jhon -, creo que eso es todo. Partiréis mañana, así que tomaos el resto del día libre. Recordad que este ataque puede que sea nuestra última esperanza.
- Un momento – dijo Nah -, quería decirle algo que no pude antes. Le recuerdo que una parte de la recompensa me debe ser abonada ahora, antes de empezar la misión.
- Tranquilo – dijo Jhon -, ya he sido informado de eso. Le aseguro que se le pagará esa parte. ¡Sesión cerrada! Flick, tú también te puedes retirar.
- Gracias – respondió el androide.

Poco a poco, los asistentes a la reunión fueron abandonando la sala donde se habían congregado, sin darse cuenta de que uno de ellos había cambiado de dirección, dirigiéndose a un videófono cercano. Con la mano temblorosa, Jack Norton, ayudante de Rod Smith, tecleó una clave. Un código imperial.

 

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