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Segunda entrega de las aventuras del príncipe Elvián. Malvordus, una malvado brujo, desea a la hermosa hija de un Rey de un lejano país, por lo que no duda en secuestrarla. Elvián deberá rescatarla.
Capítulo 1: Malvordus
Hace mucho, mucho tiempo, había un alegre y próspero reino llamado Écalos, al este del Desierto de Kelbo. Tenía buenas relaciones con los reinos y ciudades vecinos y jamás había participado en una guerra. Estaba justamente gobernado por el benevolente rey Tristán, llamado así por la nostalgia que se reflejaban en sus ojos grises, que no habían cambiado desde su nacimiento. Tenía una bella hija a la que había puesto el nombre de Neleira. La princesa era tan hermosa como inteligente, dulce y bondadosa.
Precisamente, se había fijado en esta belleza un perverso hechicero llamado Malvordus, que vivía en una torre negra en medio de un tenebroso paraje al oeste del Desierto de Kelbo. Nadie sabía de dónde había salido ni cómo lo había hecho. Se rumoreaba que era un antiguo discípulo de un Mago, pero no se descartaba que fuera un servidor del Señor de la Oscuridad.
Malvordus quedó prendido de la belleza de Neleira y deseaba desposarse con ella, por lo que un día especialmente lluvioso decidió raptar y obligarla a tomarla como marido. Aunque el poder de Malvordus era inferior al de los Magos, era capaz de realizar grandes conjuros y hechiceros, además de usar magia poderosa, por lo que tenía criaturas a sus órdenes. Sus aliados iban desde orcos y trolls hasta dragones, e incluso algún que otro demonio. Uno de sus mayores súbditos era un gran dragón alado, de nombre Gunrug, capaz de escupir llamas de fuego y hielo.
El día en que Malvordus decidió secuestrar a la princesa, el hechicero montó sobre un trono instalado en el lomo de Gunrug y el dragón lo llevó directamente hasta la plaza mayor de Écalos, y aterrizó en ella. Esto llenó de terror a la gente que se encontraban en el lugar.
Los ciudadanos vieron un enorme dragón rojo, con grandes alas fibrosas, una cabeza alargada y patas robustas. Su cuerpo era alargado y su estómago prominente, y sobre su lomo descubrieron a un hombre vestido de negro sentado sobre un trono de oro. El hombre se levantó lentamente y saltó desde lo alto del espinazo del gigantesco reptil, pero, en lugar de caer y estrellarse contra el suelo, descendió lenta y suavemente como si de una pluma se tratase. El aspecto de Malvordus les aterrizó aún más que el propio dragón. El brujo llevaba un pequeño casco plateado que le cubría parte del cráneo, y uno de sus ojos era de cristal mientras que el otro tenía un matiz amarillento. Una pequeña barba negra le cubría parte del mentón y se unía a un bigotillo. Vestía una larga túnica negra que le llegaba a los tobillos y se había dejado crecer las uñas de las manos hasta hacerlas parecer garras. En la mano derecha llevaba un guantelete plateado, al igual que el casco.
Malvordus miró despectivamente a los ciudadanos y, ante su sorpresa, se esfumó en medio de una humareda roja. Los curiosos seguían observando la escena, pues el enorme dragón seguía en medio de la plaza. Poco después, Gunrug perdió la paciencia, se enderezó completamente sobre las dos patas traseras e hizo huir a la gente con un terrible rugido.
Entre tanto, Tristán estaba sentado en su trono, en el Salón del Trono. Las puertas del cuarto estaban vigiladas por cuatro centinelas, dos fuera y dos dentro. De repente, hubo delante de los dos guardas interiores una explosión de humo rojo y Malvordus se materializó ante ellos. Los dos vigilantes desenvainaron sus espadas y se acercaron al intruso, pero el brujo se limitó a lanzarles una mirada aguda y un tanto desdeñosa e, inmediatamente, los centinelas quedaron convertidos en sendas estatuas de hielo. El Rey Tristán abrió desmesuradamente los ojos y gritó todo lo que pudo, pero Malvordus le señaló con el dedo índice de la mano derecha y la voz del monarca se quebró. Entonces, el brujo miró la puerta del Salón del Trono y la cerró mágicamente. Volvió a centrar su atención en el Rey, que le miraba aterrado, y empezó a reír. Había leído en la mente de Tristán el lugar donde se encontraba el cuarto de la princesa Neleira. El hechicero volvió a desaparecer envuelto en el humo rojo y Tristán recuperó la voz, la puerta se abrió y los dos centinelas recuperaron su estado normal. El monarca miró a los lados, confuso, lo mismo que los centinelas. Poco a poco, el Rey fue recuperando la calma pero, de repente, unos terribles gritos provenientes del ala este del castillo le hicieron saltar del trono. ¡El brujo había irrumpido en la habitación de su hija!
Ciertamente, Malvordus se había materializado en el dormitorio de Neleira y se había mostrado ante ella. La princesa, al ver a un hechicero tan grotesco y de aspecto tan perverso, no había podido evitar chillar de terror. Pero el brujo le cortó el grito del mismo modo que había hecho con el padre de la chica. Malvordus sonrió y, ante una señal suya, el cuerpo de la princesa empezó a menguar hasta alcanzar el tamaño de un ratón. El hechicero agarró con la mano izquierda a Neleira y con la derecha hizo aparecer de la nada una jaula, donde encerró a la princesa. Miró con el ojo bueno la única ventana del cuarto y los cristales de colores reventaron hacia fuera, lo que permitió a Malvordus salir por ella. El brujo silbó y el sonido fue captado por Gunrug, que todavía esperaba en la plaza mayor. Inmediatamente, el dragón alzó el vuelo y fue en busca de su amo.
Cuando Malvordus divisó al gigantesco reptil volador, se dejó caer y esperó a que Gunrug le recogiese en su caída. Fue en ese preciso momento cuando Tristán, acompañado de cinco centinelas, llegó al cuarto de Neleira, se asomó a la ventana y vio al dragón alejarse con el brujo sobre su lomo.
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