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Zeon propone al Rey de Derain una reunión para pactar una tregua, momento que aprovecha el monarca para tenderle una emboscada.
Capítulo 2: La emboscada
Mil años habían pasado desde la muerte de Athor. Desde entonces, las cosas habían ido de mal a peor, pero todavía existía la esperanza de derrotar a Zeon. Aunque el brujo había adquirido el poder de Athor, el Mago Rashmond había efectuado su hechizo de protección con éxito. Sin embargo, su poder no era suficientemente grande como para proteger a la reina y a su hijo. Por eso, cuando Zeon llegó al cuarto del príncipe Elitar, Tashia salió del círculo mágico creado por Rashmond. Zeon acabó con la vida de la reina, pero no logró hacerse con su alma y el sacrificio sirvió para que el hechicero no pudiera matar a Elitar, y desde ese momento Rashmond extendió su hechizo protector a todos los niños y niñas reales que nacieran en el futuro.
Mil años después del incidente, Derain vivía su momento más crítico. Nagroim, el nuevo Rey, todavía no había encontrado pareja y ya era mayor de edad, lo que significaba que ya no estaba bajo la protección del hechizo de Rashmond. Además, Zeon había completado su Torre Negra al este, no muy lejos del reino, y había ganado en fuerza y poder. Era bien sabido que había logrado revivir de nuevo a Sombra, y que tenía otros poderosos aliados.
El general Gob paseaba por la torre del castillo en una noche especialmente turbulenta. Al este, en la región dominada por Zeon, podía verse una espesa nube negra envuelta en relámpagos rojizos. Un estremecimiento le hizo tiritar, aunque era una cálida noche de verano. Sospechaba que el hechicero esta preparando algo. Miró a un lado y vio a algunos jóvenes soldados apostados en las saeteras. No era justo, esos muchachos se merecían algo mejor. Contempló la luna roja. En ese momento, el Rey Nagroim estaría durmiendo. Era un merecido descanso, pues Nagroim trabajaba bastante más duro que él. No se conocía un Rey tan honesto y trabajador desde Athor. Gob se apoyó sobre una de las saeteras. Había oído hablar mucho de Athor, sobre todo a Rashmond. Estaba claro que el Mago echaba mucho de menos al Rey desaparecido. Gob suspiró y se preparó para entrar en el castillo.
-¡General Gob! –gritó de repente uno de los soldados-. ¡Mire allí!
El hombretón de gruesos bigotes anaranjados se acercó corriendo al soldado mientras sus melenas del mismo color ondeaban al viento y observó el punto que le señalaba con el dedo índice de la mano derecha. Entrecerró los ojos para escudriñar en la oscuridad y vio una zona más oscura que avanzaba al castillo. Estudió los movimientos de la mancha y supo que eran varias criaturas avanzando. Cuanto más se acercaba, más distinguibles eran sus integrantes, hasta que Gob empezó a ver cómo caminaban. Por la forma de andar de aquellas criaturas, el general estaba seguro de que eran muertos vivientes. Eso podía significar que Zeon iba a lanzar un ataque contra Derain. Gob miró al cielo y vio que la nube negra se había acercado.
-¡Soldado! –dijo sin mirar al vigilante-. ¡Ve a despertar al Rey! ¡Esto es una emergencia!
-Pero… -respondió el guardia-, eso está prohibido. No puedo…
-¡Te he dicho que vayas! –replicó Gob-. No te preocupes, si pasa algo yo asumiré las consecuencias.
El soldado miró un momento al general, asustado, y luego se apresuró a entrar en el castillo. Mientras tanto, Gob observaba el avance del ejército de zombies, que se acercaba con sorprendente velocidad. En menos de diez minutos había llegado a las mismas puertas del castillo. Por supuesto, estaba encabezado por Zeon. En aquellos mil años, el brujo no había envejecido ni un ápice. Al contrario, parecía incluso más joven y enérgico. El hechicero miró a la torre y reconoció al general.
-¡General Gob! –se mofó-. ¡Es un honor hablar con usted! Quisiera seguir esta amena conversación, pero he de tratar personalmente con el Rey Nagroim.
-¡Está durmiendo! –gritó el hombretón desde la torre, después de pensar un poco-. Sea lo que sea que quieras con él, tendrás que hablarlo conmigo, brujo. Aunque no sé qué esperar de una serpiente como tú.
Zeon echó la cabeza hacia atrás y soltó una grotesca carcajada antes de mirar con fiereza al general.
-¡Qué remedio! –replicó-. De acuerdo, te lo diré. Dile a tu débil y patético Rey que quiero reunirme con él al mediodía, para pactar una tregua. Si no os fiáis de mí, podéis llevar a vuestros soldados. El único que no quiero que vaya es Rashmond. Nos reuniremos en la cueva del valle Dash.
Tras estas palabras, el hechicero hizo una reverencia burlesca ante Gob y dio media vuelta junto con su ejército de muertos vivientes. El general esperó hasta que vio desaparecer en el horizonte a Zeon y sus súbditos y dio media vuelta para meterse en el castillo. Se encontró con Nagroim casi al instante y le comentó el suceso. El Rey se acarició el mentón, dubitativo, y después clavó sus ojos negros en el fornido hombretón.
-Creo que me voy a reunir con él –dijo-. Podemos tenderle una emboscada. Esa cueva tiene muchos recovecos donde esconderse. Creo que será mejor que lo hablemos con Rashmond, puede que tenga alguna idea.
Rashmond era famoso por ser el Mago más poderoso que existía. Por esta razón, ocupaba el primer puesto en el Concilio de Magos de Rondor. Como casi todos los Magos, destacaba en su rostro su extrema pero vigorosa vejez y sus largos y blancos cabellos. La barba le llegaba a la cintura y también era canosa. La única forma de distinguir a un Mago de otro era por medio de sus vestimentas, pues eran tan parecidos físicamente que resultaba imposible diferenciarlos de otro modo. Rashmond llevaba una túnica azul oscuro y un sombrero picudo de ala ancha. Tenía un cinturón negro a la cintura donde solía llevar pequeños frascos con ingredientes para sus pócimas mágicas.
Cuando el Rey Nagroim y el general Gob fueron a consultar con Rashmond, el Mago estaba en su laboratorio preparando diversos brebajes y fórmulas mágicas. Cuando vio llegar a los dos, el anciano arqueó las espesas cejas blancas y esperó a que empezasen a hablar.
-Rashmond –dijo Nagroim-, necesitamos tu ayuda.
-Bien, majestad –respondió el Mago con una voz de anciano, pero de una belleza extraordinaria-, ¿de qué se trata?
El Rey le contó todo lo que sabía de boca del general Gob, y Rashmond asentía, pensativo. Tapó algunos frascos y se alejó de la mesa de experimentos mientras agarraba su cayado mágico.
-Muy astuto –murmuró como para sí-, eres muy astuto, Zeon. Has aprendido muy bien mis enseñanzas. Es una pena que malgastes tu talento de este modo. Has conseguido también una comunicación espacial creando una imagen de ti y de tus zombies…
-¿Tienes algún consejo, Rashmond? –preguntó Nagroim, impaciente.
-Sí, majestad –respondió el Mago-. Es una buena idea lo de tenderle una emboscada a Zeon. Pero cuidado, Zeon no es ningún aficionado. Está claro que sus intenciones no son buenas. De otro modo, me permitiría acudir a mí a la reunión. Conozco bien esa cueva, si quieres hago un plan para la emboscada.
-Te estaría agradecido, amigo mío –replicó Nagroim-. ¿Te lo dejo a ti, entonces?
El Mago asintió con la cabeza.
-Sí, majestad. Ahora vete a dormir. Mañana por la mañana tienes mucho que hacer –miró al general-. Y tú también, Gob.
Ambos hicieron caso al anciano y se acostaron. Al día siguiente, Rashmond, Nagroim y Gob salieron muy temprano del castillo y se dirigieron al valle Dash. No tardaron mucho en localizar la cueva donde se llevaría a cabo la reunión y se internaron en ella.
Rashmond extrajo de su túnica un papel donde había dibujado un sencillo plano de la caverna y garabateado unas curiosas runas. En el mapa aparecía un nivel superior circular donde debían estar apostados un grupo de arqueros. El Mago alzó la mirada y pronto localizó el piso. Luego miró las paredes de la cueva hasta que dio con un acceso al nivel. Murmuró algo para sí y se acercó a sus dos compañeros para contarles su plan. Su idea era sencilla: el piso superior formaba un círculo completo pegado a la pared de roca. La cosa era llevar a Zeon hasta el centro del nivel inferior para que fuera visible por los arqueros que estarían ocupando la planta de arriba. Si Zeon intentaba algo, los arqueros lo ensartarían inmediatamente.
Rashmond, Nagroim y Gob volvieron al castillo y el Mago le recomendó al Rey que llegase a la cueva al menos una hora y media antes de la reunión para preparar cómoda y efectivamente la trampa. Nagroim siguió el consejo del hechicero y volvió a la cueva con Gob y algunos de sus mejores arqueros. También iban con ellos otros soldados por si surgían dificultades. Colocaron a los arqueros estratégicamente en el nivel superior y esperaron a la llegada de Zeon.
El tiempo pasó lentamente y, cuando llegó la hora de la reunión, el brujo no hizo acto de presencia. Nagroim ordenó esperar media hora más, que al final extendió hasta la hora completa. Pero Zeon no aparecía, por lo que Nagroim ordenó a sus soldados abandonar la caverna.
Justo en ese momento se produjo una explosión de humo violeta antes de que se materializase Zeon frente la entrada de la cueva, vestido igual que el día en que había matado a Athor. El brujo se acercó un poco a Nagroim y Gob y sonrió con mordacidad.
-Perdón por la tardanza –dijo con voz fiera-, pero es que estaba saboreando un alma estupenda. ¿Podemos empezar?
-Cuando quieras, brujo –respondió Nagroim-. ¿Qué hay de esa tregua de la que hablaste a mi general?
-¡Ah, sí, Gob! –murmuró Zeon-. La verdad es que tenéis un general muy competente…
El general Gob miró despectivamente al hechicero y éste loe observó sonriendo con malicia y le guiñó un ojo.
-¡Ya sé que es un gran hombre, en el trabajo y como amigo! –gruñó Nagroim-. Pero quiero ocuparme de esto rápidamente. No me gusta tratar con gente como tú.
-De acuerdo, no te excites –dijo Zeon-. Quiero proponer una tregua entre Derain y mi Torre Negra. Es lo único que quiero.
-¿Se puede saber por qué la propones ahora? –preguntó Nagroim, desconfiando del hechicero-. En otras ocasiones no tuviste reparos en atacar Derain…
-Y nunca fui capaz de conquistar tu reino –repuso Zeon-. Por eso quiero esta tregua, para planear los caminos que nos lleven a la paz. Vosotros pensaréis que no soy más que un malvado brujo ansioso de poder, pero eso no es cierto. Sólo quiero un poco de reconocimiento.
Nagroim frunció el entrecejo y miró escépticamente al hechicero. ¿Cómo se atrevía a decir algo como aquello? Sin embargo, decidió seguirle el juego.
-Hay otras formas de demostrar tus intenciones –dijo-. Lo de saquear y asesinar los es la mejor de ellas.
-Seguiré haciéndolo mientras no sean atendidos mis pedidos –respondió Zeon mientras clavaba sus ojos en los del Rey-. Y la primera de ellas es que te deshagas de Rashmond como consejero del Rey y me nombres a mí en su lugar.
Nagroim miró atónito al brujo. Era algo que no esperaba. Ese maldito hechicero no podía estar hablando en serio. Era imposible.
-¡De ninguna manera haré eso! –dijo casi gritando-. ¡No voy a nombrar consejero a un asesino como tú!
Zeon alzó la cabeza y rió de nuevo antes de mirar al Rey.
-Sabía que ésa sería tu respuesta –respondió-. Por eso te conté toda esa patraña de la tregua. Sólo quería tenderte un trampa para que vinieras hasta aquí –miró a Gob-. Y tú, general, debiste convencer a tu Rey para que no viniera aquí. Ahora ambos vais a morir.
Zeon avanzó hasta el centro de la cueva, momento en que Nagroim golpeó el suelo con el pie como señal para los que estaban ocultos. El hechicero se sorprendió un poco por la gran cantidad de arqueros que aparecieron en el nivel superior y que le apuntaron con flechas envenenados. Tras la sorpresa inicial, el brujo se echó a reír ante lo que consideraba una amenaza irrisoria. Miró a Nagroim con una sonrisa torva y negó con el dedo índice de la mano derecha.
-¿Crees que esto realmente va a funcionar? –inquirió-. Eres más estúpido de lo que me imaginaba.
El Rey hizo un ademán con la mano derecha y todos los arqueros dispararon al unísono. Rápidamente, Zeon alzó el brazo derecho y señaló con el dedo índice al techo. De repente, las flechas frenaron en seco y danzaron alrededor del dedo del brujo, ante el asombro de todos los presentes. El hechicero dibujó un círculo imaginario con el índice y las saetas se voltearon en sentido contrario, de manera que las puntas estaban dirigidas a los arqueros. Zeon chasqueó los dedos y las flechas salieron disparadas hacia los soldados. Los arqueros a los que no mató las heridas, murieron a causa del veneno en que estaban impregnadas las saetas. Cuando el último de los soldados cayó desde el nivel superior al inferior, Zeon soltó una nueva carcajada.
-Te dije que no funcionaría. Ahora es mi turno, Majestad.
El brujo alzó la mano derecha hacia Nagroim y el Rey sintió que algo le oprimía el pecho. Lo que Zeon no sabía, era que el monarca había heredado el extraño poder de Athor, por lo que fue capaz de liberarse del influjo del hechicero, aunque no sin esfuerzo. El brujo miró sorprendido a Nagroim.
-Sólo una persona fue capaz de eso –murmuró-, aunque al fin le dio muerte. Prueba ahora esto.
Zeon abrió la boca y una luz roja emergió de ella y se estrelló contra el suelo. Una sombra de luz roja ser formó allí y apareció un guerrero musculoso y alto. Portaba una maza de combate y su cabeza estaba oculta bajo un casco de metal gris.
-Un guerrero de la tribu de los Tuponga –dijo Zeon-. Los conoces, ¿verdad? ¿Serás capaz de vencerlo?
Nagroim miró a la aparición y desenvainó del cinto que llevaba una magnífica espada plateada, idéntica a la que había portado Athor y todos los Reyes posteriores. El guerrero que tenía delante lo observó con ojos inexpresivos y se abalanzó sobre él al tiempo que alzaba el mazo de combate por encima de su cabeza. Después bajó el martillo a gran velocidad para aplastar a su contrincante. Pero Nagroim esquivó el ataque a una velocidad sorprendente y se situó detrás del guerrero con un raudo revés curvo. Aprovechó que el hombre estaba inclinado hacia delante y le cercenó la cabeza de un solo golpe. El guerrero se deshizo en humo antes de volver al interior de Zeon.
-¡Excelente! –exclamó el hechicero-. ¡Has estado fantástico! ¡Pero tengo almas más idóneas para este asunto!
Zeon abrió la boca y un vapor azul brotó de ella. El humo adquirió apariencia humana frente a Nagroim y poco a poco fue ganando en solidez. Acabó por formarse un hombre alto y fornido, pero no grotesco o enorme como podía ser Gob, de largos cabellos negros y ojos del mismo color. Vestía una oxidada armadura azulada. Nagroim y Gob se quedaron boquiabiertos al ver la nueva aparición. Conocían el rostro de aquel hombre por los grabados que adornaban el Salón de los Reyes del castillo de Derain. Aquel hombre era Athor. Zeon soltó una nueva risotada y miró cruelmente a Nagroim, Gob y sus acompañantes.
-¡Ahora sí que estáis acabados! –bramó-. ¡Athor es capaz de mataros a todos vosotros! –miró al antiguo Rey de Derain-. ¡Acaba con ellos!
Athor miró un momento a Nagroim, con expresión dubitativa, y luego se volvió para contemplar a Zeon. El rostro interrogativo cambió a una expresión de terror, lo que extrañó al brujo. Eso significaba que el alma de Athor todavía le recordaba, pero eso era imposible. Las almas perdían todo recuerdo cuando eran absorbidas por él. Nagroim se dio cuenta entonces de que Zeon había bajado la guardia y saltó a por él. El brujo se apartó justo a tiempo, pero Gob le atacó con su hacha por el otro lado, y Zeon también le esquivó. En su camino fue interceptado por los soldados reales, y el brujo volvió a ponerse en frente de Nagroim.
-¡Maldita sea! –gruñó colérico, y se esfumó.
Poco a poco, la calma volvió cuando se dieron cuenta que el hechicero había huido. Nagroim miró un momento los cadáveres de los arqueros, y se sintió triste. Recordó súbitamente el alma de Athor y se volvió a ella. Todavía estaba allí, de pie. Al irse Zeon había recuperado la calma, pero todavía se la veía perdida.
-¡Prendedle! –gritó Nagroim-. ¡Vamos a llevarnos esa alma como prisionero!
El espíritu de Athor no pudo evitar que numerosas manos, entre ellas las de Gob, lo agarrasen y lo inmovilizasen. Aunque había luchado como una fiera, finalmente pudieron reducirle y llevarle al castillo.
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