El Señor de la Oscuridad (2)


Relatos de Fantasía

15-11-2005 13:19
Por: Gandalf_Mithrandir

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/960463/

El Demonio Rojo baja al infierno para reunirse con el Señor de la Oscuridad y pedirle más poder para así destruir a Lance y sus amigos, quiénes le habían derrotado un año antes.

Capítulo 2: El Infierno

Tal como le había dicho el Señor de la Oscuridad, una embarcación esperaba al Demonio Rojo en el puerto principal de Tursam. Dentro de ella había un rudo y fornido hombre que miró al monstruo con temor. El Demonio Rojo se subió a la barca con rapidez y le ordenó despectivamente al barquero que le llevara a los acantilados de Txüm. En los precipicios se encontraba la entrada de una caverna larga y descendente que llegaba hasta las mismísimas puertas del Infierno. Pronto, el individuo empezó a remar por las turbulentas aguas del Mar de la Muerte, ubicado en pleno Océano de la Desesperación, y calmado gracias al poder del Señor de la Oscuridad. A gran velocidad, el barquero y su acompañante dejaron el puerto y recorrieron rápidamente toda la costa de Tursam hasta llegar a los acantilados de Txüm.

Demonio rojo, señor de la oscuridad, lance
Allí, el Demonio Rojo pudo ver el acceso a una oscura cueva en la que desembocaba un río de ardiente lava que caía al mar. Unas escaleras esculpidas magistralmente en la roca del precipicio llegaban hasta la entrada. El monstruo bajó de la barca de un salto y decidió acabar con la vida del barquero. Necesitaba hacer algo perverso antes de continuar su camino. Se volvió con esa firme intención, pero el hombre ya había partido con asombrosa velocidad y ya se encontraba demasiado lejos para darle alcance. El Demonio Rojo gruñó frustrado y subió velozmente las escaleras para entrar en la caverna.

El interior de la cueva no era muy diferente a otras cavernas. Tan sólo era un larguísimo y estrecho túnel que bajaba constantemente. El Demonio Rojo caminaba por el pedregoso camino con paso firme, mientras la idea de ir al Infierno se iba forjando en su cerebro y su gozo iba en aumento. La luminosidad iba descendiendo según se alejaba de la entrada y llegó un momento en que los rayos del casi invisible Sol no alcanzaban y la oscuridad le envolvió. Pero el Demonio Rojo podía ver todo. No necesitaba la luz para reconocer perfectamente el camino y se adentró aún más en la caverna.

Entonces, el Demonio Rojo vio que el pasadizo ganaba en luminosidad, y no tardó en descubrir el por qué. Comprobó sorprendido que había antorchas encendidas a ambos lados del camino, en las paredes. “¡Vaya!”, pensó sonriente, “¡Esto es nuevo!”. El Demonio Rojo continuó su camino y pronto llegó a un gran portón custodiado por dos demonios de aspecto amenazador, ambos fornidos y con patas y cuernos de carnero.

-¡Abrid la puerta! –reclamó.- He de ver al Señor de la Oscuridad.

-¿Quién te crees que eres? –bramó uno de los guardianes.- Lárgate de aquí antes de que me enfade, gusano asqueroso.

El Demonio Rojo torció el labio en un rictus furioso y miró a los ojos al guardián que había hablado.

-¿Cómo te atreves a hablarle así a un superior? –siseó colérico.- Esto lo vas a pagar muy caro.
-¿Superior? –exclamó el vigilante.- ¡No me hagas reír, idiota! ¡Tú no eres…! –observó de nuevo al monstruo.- ¡Señor Demonio Rojo! ¡No sabía que era usted!

-Demasiado tarde, imbécil.

El Demonio Rojo alzó una mano hacia el guardia y lo pulverizó con un poderoso rayo. Miró de reojo al otro guardián, lleno de odio.

-Y ahora abre la puerta si no quieres recibir la misma medicina que tu amigo –dijo.

Demonio rojo, señor de la oscuridad, lance
El vigilante miró temerosamente al monstruo y se apresuró a abrir la puerta. El Demonio Rojo miró con desprecio al centinela y atravesó el umbral del gran portón, que se cerró rápidamente a sus espaldas. El monstruo miró al interior y sonrió, complacido y henchido de gozo.

Se encontraba en lo alto de unas altísimas escaleras esculpidas sobre una pared vertical. Abajo, podía ver un suelo rojizo atravesado por un río de ardiente lava. También divisaba las almas de los pobres condenados, que servían de esclavos. Varios demonios armados con látigos se encargaban de asegurarse de que los condenados no pararan a descansar. Algunos de ellos eran bañados en lagos de roca fluida como castigo por desobediencia u otros motivos. Una gran cantidad de maquinaria estaba repartida por todo el siniestro paisaje.

El Demonio Rojo sonrió ante esta imagen. Siempre le había encantado el Infierno, siempre y cuando no llegara a él como condenado, claro. Lentamente, paso a paso y escalón a escalón, empezó a descender por la larga escalera de caracol. Cuanto más cerca estaba del suelo rojizo del Infierno más aumentaba su gozo morboso. La sonrisa dibujada en las comisuras de sus labios se ensanchaba a cada paso que daba. Pronto, su rostro adquirió un matiz siniestro y demente. La locura demoníaca se reflejaba plenamente en sus ojos de pupilas rojas. Cuando llegó al suelo, llegó a un estado de éxtasis tal que no pudo contener una terrorífica y sonora carcajada. Los condenados y los demonios que los esclavizaban se volvieron para mirarle, sorprendidos por verle pero no extrañados. Contempló un momento con lujurioso placer el terreno y después siguió su camino para buscar al Señor de la Oscuridad.

Recorrió durante un par de horas el horroroso paisaje en busca de su señor, pero no dio con él. Finalmente, el Demonio Rojo perdió la paciencia y decidió preguntarle a Rötar, tal como le había indicado el Señor de la Oscuridad. No le agradaba mucho la idea. La verdad, no se llevaba muy bien con Rötar. Siempre había competido con él para ser el brazo derecho del Señor de la Oscuridad. Unas veces vencía el Demonio Rojo y otras Rötar. La mayoría de las veces acababa ganando en la contienda el Demonio Rojo, pero, últimamente, el Señor de la Oscuridad apreciaba en gran medida a Rötar. Tanto, que le había cedido un puesto privilegiado en el Infierno. Se encargaba de robarle las almas a los condenados que llegaban. Este puesto era ambicionado por todos los demonios, ya que el encargado adquiría algo del poder de las víctimas.
El Demonio Rojo recorrió pasillos de lava hasta que vislumbró a un fornido demonio, de musculosos brazos y piernas, cuernos de toro que emergían de sus sienes y una robusta espalda. Una cola roja y puntiaguda salía de su trasero, enfundado en un taparrabos de cuero, única prenda que llevaba. El color de su piel era de un gris rosáceo.

-Saludos, poderoso Rötar, me alegro de verte –mintió.

Demonio rojo, señor de la oscuridad, lance
El demonio se dio la vuelta para ver a su interlocutor y le permitió ver sus facciones. Le miró con unos ojos tan rojos como los suyos, le olió con su nariz de cerdo y abrió su horrible boca para hablar.

-Llegas tarde –dijo bruscamente.- El Señor de la Oscuridad te está esperando en su trono. Sé que no habitúa ir allí, pero éste es un caso especial. Ve a verle inmediatamente.

-Ahora voy –respondió el Demonio Rojo.

-Pues no pierdas el tiempo con tus estúpidas palabras –replicó Rótar, y volvió rápidamente la espalda para continuar con su trabajo.

-¡Simpático! –murmuró el Demonio Rojo cuando se alejó un poco.

El monstruo cambió de dirección y se adentró en un nuevo pasadizo que poco a poco fue perdiendo el tono rojizo de las paredes y del suelo por un gris marmóreo. Pronto observó que la zona estaba ricamente decorada con horribles figuras de oro representando a demonios y otras criaturas satánicas. En el suelo había una larga alfombra roja con bordes dorados. En frente del tapiz había un trono negro con la figura de la calavera de un demonio en el respaldo. Sentado en el trono estaba la figura fantasmagórica que había visto en la Ciénaga Maldita, aunque ahora era sólido y no un simple espectro. Sus ropas eran grises como la roca, tenía un casco con cuernos de toro que contaba con una ranura que sólo dejaba ver sus ojos rojos y sus brazos desnudos eran tan negros como un cielo nocturno, despejado y sin estrellas. Era el Señor de la Oscuridad. El poderoso demonio giró la cabeza hacia el Demonio Rojo y le indicó con un ademán de su oscura mano derecha que se acercara. El monstruo obedeció la orden sin rechistar y se postró ante él.

-Levántate –le ordenó el Señor de la Oscuridad con una retumbante voz cavernosa.- Hemos de acabar este asunto con rapidez.

-Sí, señor –dijo el Demonio Rojo tras incorporarse.- ¿Para qué me ha hecho venir, mi señor?

-Lo único que necesito es información –respondió su superior.- Pero quiero oírtelo decir a ti en persona, no a través de visiones o terceras personas.

-Claro, señor –dijo el Demonio Rojo, sumiso.

-¿Y bien? –repuso el Señor de la Oscuridad.- Estoy esperando…

El Demonio Rojo miró temeroso a su amo y empezó a hablar con voz vacilante. No le gustaba en absoluto cómo iban las cosas, pero confiaba en poder arreglar las cosas con su saber hablar.

-Bueno –empezó-, la verdad es que es algo difícil de creer, pero he sido derrotado por un humano.

-¿Un humano? –estalló el Señor de la Oscuridad-, ¿cómo es posible que te dejes derrotar por un asqueroso y vulgar humano?

-Si me permite –dijo el Demonio Rojo con muchísima educación-, le contaré todo lo que pasó.

El Señor de la Oscuridad miró impaciente a su vasallo y le hizo un ademán con la mano derecha para que prosiguiera.

-El problema de ese humano –prosiguió el Demonio Rojo-, es que tenía la espada de La Gran Bestia. No sé cómo la consiguió, pero la tenía. Al saber que posiblemente era el elegido sobre la leyenda de la invocación, envié a mis demonios para que acabaran con él, pero finalmente llegó al Bosque Gris y recuperó el poder de La Gran Bestia. Cuando me enfrenté a él, fui traicionado por uno de mis guerreros y el humano pudo invocar a La Gran Bestia. El resto, supongo que se lo imaginará.

El Señor de la Oscuridad se recostó en su trono, pensativo. Ése sería un problema para su diabólico plan, pero todavía estaba a tiempo de solucionarlo. Miró finalmente a su siervo y le preguntó:

-Ese humano, ¿tiene nombre? ¿Cómo se llama?

-Claro que tiene –replicó el Demonio Rojo-, se llama Lance.

-Y, ¿cómo es posible que consiguiera invocar a La Gran Bestia? –dijo el Señor de la Oscuridad.- ¿Acaso no te entrené suficientemente en las Artes Oscuras? ¿Cómo pudiste fracasar de esa manera?

Demonio rojo, señor de la oscuridad, lance
El Demonio Rojo retrocedió ante la súbita ira de su amo, pero rápidamente recuperó la compostura y se preparó para dar una respuesta que el consideraba idónea para arreglar las cosas.

-Nunca le he fallado, mi señor –dijo-, pero lamento no haber conseguido lo que usted me encargó. No me imaginé que Lance consiguiera jamás recuperar el poder de La Gran Bestia. Creo que tuve un exceso de confianza. Sin embargo, ahora le conozco muy bien, y creo que si usted me concediera más poder, sería capaz de derrotarle –concluyó con una cordial sonrisa.

El Señor de la Oscuridad se levantó lentamente y miró al Demonio Rojo. Entonces gritó coléricamente:

-¿Me tomas por estúpido? ¡Jamás volvería en confiar en ti una misión! ¡Ya no te necesito para nada, gusano!

El Señor de la Oscuridad alargó una mano hacia el Demonio Rojo y lo pulverizó con un rayo rojo. Poco a poco, el monstruo se alejó del trono y miró las cenizas que habían sido hasta hacía poco tiempo su brazo derecho. El Señor de la Oscuridad sonrió gozoso y llamó a Rötar con un agudo aullido.

Desde su puesto, Rötar oyó la llamada de su amo y desplegó sus alas de gárgola. Rápidamente llegó al lugar donde se hallaba, volando, y aterrizó en frente de él, arrodillándose respetuosamente. Rötar miró todavía postrado a la cabeza del Señor de la Oscuridad y le preguntó:

-¿Me ha mandado llamar, mi señor?

-Sí, mi fiel Rötar –dijo el Señor de la Oscuridad.- Primero te haré una advertencia –señaló a las cenizas.- Eso es todo lo que queda del Demonio Rojo. Si me fallas igual que él, acabarás igual.

Rötar tragó saliva y siguió expectante, esperando el mensaje de su señor.

-Te preguntarás por qué te he llamado –dijo el Señor de la Oscuridad.- La verdad es que he decidido que es el momento para la Gran Conjunción. Dentro de unos pocos días será el alineamiento de los planetas. Ése es el momento en que he decidido empezar con la Gran Conjunción.

-Y, ¿qué tiene eso que ver conmigo? –preguntó Rötar.

-Todavía hay un factor que puede hacer fracasar la Gran Conjunción –respondió el Señor de la Oscuridad.- Ese factor se llama Lance. Con el poder de La Gran Bestia puede hacer fracasar nuestros planes. Quiero que me ayudes a matarlo.

Rötar miró a su amo y asintió. Poco a poco, fue consciente de la situación y empezó a reír con maldad. Por fin se acabaría la rutina. Un poco de acción le vendría bien para probar su nueva fuerza, fruto de las almas que había absorbido en su puesto de trabajo.

-Estaré encantado de ayudarle, mi señor –respondió.

 

El hombre divergente
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Demonio rojo, señor de la oscuridad, lance
Demonio rojo, señor de la oscuridad, lance