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Un relato breve escrito un poquito rápido, espero vuestras opiniones y críticas.
La bombilla de mi cuarto no paraba de girar parpadeando. Luz… sombra. Luz… sombra. Cogí el diccionario y lo estrellé contra la luz. Así estaba mejor. Sombra… relajante sombra. Me levanté para ir al baño a despejarme, mi cabeza daba vueltas. Tanteando como buenamente pude y esquivando los cristales que se encontraban esparcidos por el suelo, mis pies descalzos encontraron el frío suelo que estaba buscando.
Me miré al espejo, mi cara estaba llena de granos y mi pelo completamente revuelto. Tenía que estar en el trabajo en quince minutos y no dormía desde hace un par de días, todo era culpa de las voces. Las voces eran las culpables. Los demás son los culpables.
-¡No! –grité- ¡Callaros!
En un instante de lucidez, me lavé la cara y me apresuré a ponerme el estúpido “traje de ejecutivo”. Aún despeinado y sin desayunar, salí corriendo de mi sucio piso corriendo hacia el trabajo. Llovía violentamente, por la calle todo el mundo me miraba y me señalaba. Mátales.
-¡Dejadme en paz!
Un número mayor de gente empezó a observarme y a cuchichear a mis espaldas. Les dediqué una desequilibrada sonrisa y todos se dieron la vuelta, volviendo a sus quehaceres. Crucé la carretera tan rápido como pude, si el mal nacido de mi jefe me pillaba llegando tarde…
-¡Qué coño haces, subnormal! ¡Mira por dónde vas! -chilló un hombre que casi me atropelló.
Me contuve y, tras ser salpicado por otro coche, llegué a mi oficina. Todo el mundo se quedó a cuadros cuando me vio llegar. Me miré, miré el reloj y miré a mis compañeros. Las nueve y cuarto, eso quería decir que…
-¡Un cuarto de hora tarde, me está usted tomando el pelo! -vociferó el obeso que tenía por dirigente- ¡Pepe Marrón Hei, me está tomando el pelo!
Tan sólo sabía decir eso. Me senté frente a mi ordenador y comencé a trabajar, ignorando al mofletudo hasta que él hiciese lo mismo. Maldito gordo. Cuándo se daría cuenta de que me llamo José Brown Hei. Mi madre era japonesa y mi padre supongo que ya estará muerto. Al menos, eso espero. Yo fui el fruto de una noche de alcohol y abandono. Mi pobre madre me sacó adelante a duras penas pero, si ahora me viera, seguro que la estaría defraudando. Había fracasado estrepitosamente: con cuarenta años estaba soltero, vivía en un piso de sesenta metros cuadrados, cobraba el salario mínimo y estaba hipotecado hasta las cejas. No había nada que pudiese hacer…; todo el mundo me repudiaba y yo era incapaz de responderles. Pero allí estaban las voces. Desde que las empecé a escuchar me liberé, aunque esta liberación me hizo ir de mal en peor.
Los susurros que oía en mi cabeza me habían ayudado durante un buen tiempo, pero ahora empezaban a adueñarse de mis actos. Me pedían… linchar, me pedían… envenenar, me pedían… destripar, me pedían matar. Antes me gustaba escribir y me atraía bastante el uso de voces interiores en mis personajes. Un personaje sin voces interiores no era nadie. Mi sueño era ser un reputado escritor. Yo era un retraído chico de quince años cuando aparecieron las voces. Por aquel entonces mi madre ya era mayor y cuando le hablé de ellas me dijo que era algo normal, que a ella también le pasaba. En el instituto me pegaban y me llamaban loco y para evadirme escribía. Me enfrascaba en mi mundo de letras, huyendo de una penosa realidad. Decidí que a los dieciséis años abandonaría el instituto para dedicarme a escribir. Ahora que yo también tenía mi voz interior podría perfeccionar más mis personajes. Me sentía como el protagonista de una novela que empecé a escribir. Él también tenía unas voces interiores que le ayudaban cuando no encontraba salida.
Cuando cumplí los veinte años, mi madre murió y las voces se volvieron contra mí. Me decían que era culpa mía, que no la cuidaba y que sólo le daba disgustos cuando volvía sucio y apaleado a casa. Las voces me empezaron a hacer la vida imposible y me robaron las ideas. Mi fantástica novela se quedó a la mitad y para poder vivir se la vendí junto con sus notas a un escritor célebre. Gracias a ello pude pagar el alquiler del piso que antes pertenecía a mi madre durante un par de meses. La novela fue un éxito total, lo que hizo que las voces comenzasen a burlarse de mí. Era insoportable, pero un día el libro dejo de venderse. Así de simple. La fantástica novela con la que siempre había soñado tuvo unos tres meses de gloria y luego fue como si nunca hubiese existido. En realidad tan sólo me correspondía la mitad de la novela, lo que reducía mi “no-fama” a apenas seis semanas. Al parecer eso calmó durante un buen tiempo las barahúndas que causaban mi decadencia. Gracias a ello pude salir del bache y encontrar un trabajo con el que pagarme el piso en el que vivo ahora.
En ese mismo trabajo (cajero de supermercado) conocí a Lorena, de quien me enamoré irreversiblemente. Era una mujer fantástica. Sus cabellos morenos caían delicadamente sobre sus mágicos hombros, siempre al descubierto. Constantemente con un rostro sereno y una sonrisa en la boca, me parecía la mejor persona del mundo. Sus labios carnosos y sus brillantes y claros ojos verdes equiparaban su belleza a la de una ninfa. Su rostro de un tono suave, era su único parecido conmigo, al menos físicamente, aunque no me atrevía a hablar con ella. Eso sí, cada vez que veía a alguien acercársele sentía que me la iban a arrebatar. Lorena era mía y nadie debía acercarse a ella, algo un poco difícil siendo ella también cajera.
Un día me lancé. Le conté mis sentimientos, le dije que desde que la vi supe que me pertenecía, que estábamos hechos el uno para el otro, incluso le escribí un poema que no estoy dispuesto a contar porque yo no soy poeta. Cuando nos enamoramos hacemos tonterías y una de ellas es hacer poemas y frustrarnos al ver que son malos. Alguna vez creemos que son buenos y ahí es donde empieza lo malo. Fue fantástico. Todo el mundo se quedó mirándonos, me envidiaban. Lorena me dijo que sí, azorada, delante de los compradores del supermercado. Al fin era mía, al fin era alguien “normal” si se me permite la expresión. Al menos lo fue durante un par de semanas, pues me dejó alegando que era muy autoritario, un loco y un celoso. Yo tan sólo la intentaba alejar de los demás. Todos la deseaban, siempre la miraban cuando paseábamos por el parque. Querían robármela. Ella era mía, no podía dejarme. La golpeé. Nunca pensé que podría llegar a tal extremo. Ella me demandó y me tocó pagar una suma enorme por los daños, además de la orden de alejamiento, que hizo a mis jefes tener que elegir cuál de los dos sería despedido. Según me comunicaron ellos, su decisión fue lo más objetiva posible. Ella tenía una mejor presencia ante los clientes y a mí alguno me tenían miedo. Ella era inocente y yo culpable, con la fama que eso me acarreaba. Estaba despedido y completamente arruinado. Las voces resurgieron, burlándose de mí, taladrando mi cerebro.
Entonces llegué a mi trabajo en la oficina. Tan sólo llevaba una semana y ya había llegado tres veces tarde con esta última. Tenía que vengarme de Lorena, por su culpa estaba ahora aquí. El supermercado era mucho mejor aunque se pueda pensar lo contrario. Allí se me respetaba y se me pagaba incluso un poco más. Todo era culpa suya y decidí que si la mataba, quizás las voces se calmasen. Ellas también decidieron que tenía que matarla.
Un compañero, consciente de lo que me pasaba, me dijo que fuese a un psicólogo; al parecer vio los documentos de mi ordenador en los que planificaba cómo acabar con Lorena. Era un tipo valiente, cualquiera que hubiese leído lo que ahí ponía se hubiese asustado tremendamente, pero él me dijo que a una tía suya le había pasado algo parecido y que, tras visitar a un psicólogo, se encontró mucho mejor.
Hice caso a mi camarada y fui a un psicólogo no muy caro. No creía que fuese a solucionarme nada, pero ya que alguien distinto a mi madre o la traidora de Lorena se había vuelto a preocupar por mí, accedí. Me hicieron una entrevista y me preguntaron cosas muy raras, los locos eran ellos. En realidad, no entendía nada de lo que decían, porque a sus palabras extrañas se sumaban las voces, que no cesaban. Creía que mi cabeza iba a estallar en millones de pedazos. Me decían que cuanto más tiempo escuchase a ese hombre más necesidad sentiría de matarle y que si lo hacía no tendría tiempo para acabar con Lorena.
-Por favor, vaya al grano, tengo mucha prisa –le espeté al hombre.
-Verá… estas cosas es mejor tomárselas con calma, tampoco vamos a solucionar su pequeño problema en una sesión y menos si usted se la toma así, esto es algo muy importante. Si tiene prisa váyase, pero vuelva con calma… -encima que vienes quiere robarte más dinero. Acaba con Lorena ya, te está lavando el cerebro- la esquizofrenia es un problema que ha de tratarse con calma y seriedad, yo puedo ayudarle…
-Esquizofrenia ha dicho que se llama, ¿no? -pregunté cortándole en seco.
-Sí, bueno, ése es el nombre más correcto -contestó el psicólogo.
-Vale, es cuanto necesito saber, adiós.
Cogí mi abrigo y salí corriendo del edificio hacia mi casa. Cuando llegué, aproveché para lavarme la cara, estaba muy sofocado. Cogí el raído diccionario que obtuve a los siete años, teniendo cuidado con los cristales que había aún por el suelo desde la mañana. Abrí el libro por la “E” en busca de la palabra que había mencionado el psicólogo minutos antes.
-Exquisito, esquivo, estabilizar… ¡Mierda, no sale! -exclamé irritado-. Mundo, óyeme, ¡hoy va a ser el día que me libere!
Cogí una catana, recuerdo de mi madre que me ayudaría a liberarme. La guardé en su propia vaina tras ver su reluciente filo y la metí en una de esas bolsas para el pan. Un poco irónico, la verdad. Salí con paso sereno hacia el supermercado en el que antaño trabajaba. Llegué al parking y alcé mi cabeza. Me reí al darme cuenta de lo deprimente que era el nombre, que no estoy dispuesto a mencionar, y me puse frente a las puertas, que me abrieron paso. Cuidando de que no me vieran Lorena ni ninguno de mis antiguos compañeros, fui avanzando por los pasillos del supermercado. Llené hasta arriba un carro. Estantería por la que pasaba, estantería que vaciaba con un golpe de mi brazo. Rompí algo de vidrio, de modo que aceleré. Cuando el número de artículos ocuparon lo suficiente como para llenar el carro, observé desde la lejanía la caja de Lorena. Era ya cerca de la hora de cerrar y cada vez había menos clientes. Cuando ya sólo quedaba uno en su caja, me acerqué, agachado tras el carro que ahora me ocultaba totalmente. Justo cuando terminó de pasar el último artículo del cliente, concretamente una viejecita, saqué la catana de la bolsa y posteriormente de su funda, lentamente, para que no produjese ruido alguno. Entonces vi el reflejo de los ojos verdes de Lorena. Se había percatado de mi presencia y estaba llorando. Las voces no paraban de enloquecerme, pero sus serenos ojos me hicieron comprender que ella tan sólo se había defendido. Ella no tenía ninguna culpa, la culpa eran de las voces. No, la culpa es suya ¡Mátala!
-¡Basta, dejadme en paz, vosotras sois las culpables de todo, no la mataré! -dije levantándome y entrando en un frenesí diabólico, tirando el carro y las estanterías haciendo gestos a Lorena para que se fuera.
Ella se quedó paralizada por el miedo, mientras yo continuaba en mi estado de enajenación, tirando todo lo que veía. Entonces comprendí que las voces eran las culpables de todo. Ellas me condujeron a esto y ellas eran las que debían pagar. Esto había llegado demasiado lejos y durante demasiado tiempo. La miré a los ojos y la vi marchar. Yo ya había cometido demasiados errores, el frío que me transmitía este mundo se mezcló con los susurros ardientes que me pedían que acabase con Lorena. Tantos días solo en un mundo tan… Cogí mi catana y la clavé en mi estómago. Había una alternativa a las voces y era ésta. Huía de un helado mundo y unos férvidos susurros. Ahora tan sólo sentía frío, pero no tan profundo. Clavé un poco más el arma en mi tórax; era la única forma de callar a las voces. La catana me dio alas para liberarme de las formas, para irme volando, alejándome del frío y de las sombras, encaminándome hacia la luz.
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