Sobre el Ceniciento y cómo descubrió el amor |
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18-01-2007 12:59
Por: Dersu
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/974459/ |
La historia oculta tras el famoso cuento infantil.
Se ha hablado de la ninfómana y pederasta Blancanieves. Sólo era una caprichosa princesa que se encerraba en una cabaña con siete niños, deformados y con barba para evitar la censura, con los que pasaba placenteras veladas. Se ha hablado también de Bella y su Bestia. Sólo hay una palabra para describir su perversión: zoofilia. Y todos conocemos a La Bella durmiente. Una necrófila. Se ha dicho mucho sobre estas hermosas, poderosas y degeneradas mujeres de la realeza. Sus historias han sido adulteradas para que sirvieran de ejemplo a generaciones venideras. Niñas, bellas o feas, gordas o flacas, han escuchado o visionado estos relatos, han visto sus sueños más inalcanzables y pueriles tomar forma y cobrar vida, y han convertido a esas viciosas en modelos a imitar.
Pero aún estaba por llegar la peor de todas. Los tiempos cambiaron y las nobles damas fueron sustituidas por una humilde y nueva heroína, La Cenicienta, la última y más perversa creación de los depravados sexuales, camuflada, cómo no, en forma de cuento infantil. Esta narración es tan monstruosa porque su protagonista ya no es una dama caprichosa y depravada. Es una persona corriente dominada por el odio y la locura, y trastornada por las humillaciones y los abusos. La suya es una historia espeluznante y perversa, en la que todos son víctimas y verdugos al mismo tiempo.
¿Quién sabe? Tal vez algún día salgan a la luz las auténticas y horribles historias que se ocultan tras las moralizantes fábulas infantiles. Si ese día llegase, no habría mucho que decir sobre la degenerada Bella y su Bestia, ni sobre la ninfómana y pederasta Blancanieves, ni sobre la necrófila Bella Durmiente. Pero sí habría mucho que decir sobre el trastornado Ceniciento, y sobre cómo descubrió el amor. Habría mucho que decir...
Mocoso inútil raquítico mugriento malnacido engendro penoso eran los adjetivos con los que solían referirse a él. También acostumbraban a emplear todo tipo de sinónimos peyorativos o incluso palabras inventadas a falta de términos para describirle. Pero él no prestaba mucha atención a estos insultos. Había entrado a servir como esclavo en la casa a los seis años y los maltratos, abusos e insultos formaban parte de la rutina. Para él, las relaciones humanas se cimentaban en la desconfianza, la humillación y el odio, y la única manera de hallar cierta paz era el aislamiento total y absoluto, una soledad de la que pocas veces gozaba.
Sus padres habían comprado su libertad cuando tenía seis años, pero, como no podían liberarlo a él también, decidieron venderlo a un mísero precio. Apenas tenía recuerdos de su vida con ellos. En sueños, le sobrevenían imágenes fugaces y confusas sobre su abandono, y despertaba asustado y sudoroso en el suelo del trastero donde dormía. Sólo conocía eso. Momentos de dolor y angustia, personas que le odiaban y para quienes no significaba nada.
Pronto tuvo que aprender a desenvolverse como esclavo y hacer frente al rechazo de las otras esclavas, de mayor edad, que veían en él a un competidor en lugar de un aliado. A los siete años de edad, murió el amo y su exuberante fortuna fue heredada por su esposa y sus tres hijas, nuevas propietarias del Ceniciento. Sin más sustento que la herencia recibida, el dinero fue poco a poco sepultado por una vida de lujo y excesos que condujo a las cuatro mujeres a la pobreza. Tal fue el derroche de dinero que tan sólo dos años después, al cumplir el Ceniciento los nueve, despidieron a todas las criadas porque no podían pagarles. Únicamente disponían del servicio limitado que les proporcionaba el pobre niño, quien debió aprender a limpiar y a cocinar, tareas propias de las mujeres, y sobre el cual recayó enteramente la responsabilidad de mantener la casa en orden y habitable. Sus obligaciones eran las propias de tres o cuatro esclavos, y ocupaban todo su tiempo. Apenas dormía cuatro o cinco horas.
Resulta perturbador pensar en la extraordinaria e inhumana labor que desempeñó durante los cuatro años siguientes. Ni el cansancio ni ninguna enfermedad impidieron que cumpliera con su trabajo un solo día en ese período de tiempo. Lejos de ser compensado, las deudas de sus amas aumentaban y la ayuda económica que recibían de los numerosos amantes de la señora era cada vez más escasa. El muchacho tenía la esperanza de que alguna, madre o hijas, encontrara marido, pero no sucedía. Sólo oía hablar de amantes. Las muchachas eran demasiado orgullosas para fijarse en alguien de su posición; siempre se disputaban hombres de elevada categoría social que les eran inaccesibles y que finalmente terminaban uniéndose con alguna muchacha más rica y hermosa que ellas. La menor tan sólo contaba once años, la mayor diecisiete, y la otra trece, la edad del Ceniciento; pero él solía pensar que las tres iban parejas en ambición, maldad e hipocresía. Sus nombres eran Josefina, Rogelia y Trisfulia, respectivamente.
Entre ellas existía un aire de rivalidad fraternal que sobrepasaba los límites de lo soportable para los que sufrían sus disputas; es decir, el Ceniciento, sobre el que descargaban después toda su frustración y su rabia. La madre, de nombre Rogelia también, en lugar de refrenarlas las alentaba a proseguir con su irresponsable y pueril comportamiento.
Parecía que la situación ya no podía empeorar, y sin embargo degeneró. Trisfulia comenzó a ser especialmente cruel con el muchacho, a quien culpaba de todas sus desgracias y frustraciones, su miedo y su rabia, agravados por el rechazo de los hombres a los que decía amar y la deficiente economía de la familia. La muchacha no tenía otro modo de dar rienda suelta a todas esas emociones reprimidas. Sostenía con vehemencia que una mujer sólo podía mantener relaciones sexuales con su esposo y sus esclavos, y suplicaba a su madre que comprase un esclavo joven y fuerte para satisfacer su apetito. No era posible, y el mocoso raquítico engendro era incapaz de complacerla. A sus hermanas y su madre, sí, pero ella necesitaba más.
-Búscate un hombre, hija, está mal visto pero todas lo hacemos. Mientras no se haga público, no hay de qué preocuparse -repetía constantemente su madre.
Un día, harta de la indiferencia de Rogelia en relación a su padecer, le respondió de mala manera:
-¿Acaso crees que nadie sabe lo tuyo con ese idiota del coronel Luis Manuel? Por favor, madre, está en boca de todos.
Se ganó una bofetada. El Ceniciento se sorprendió a sí mismo gozando con aquella humillación de su enemiga. “He debido dejar que se notara”, pensó más tarde, porque nada más abandonar el salón, Trisfulia lo alcanzó en el pasillo, agarró la vara de su madre y le propinó una paliza memorable. “¿Piensas que puedes reírte de mí, estúpido malnacido?”, gritaba sin parar mientras le golpeaba.
Al día siguiente, por primera vez en cuatro años, no pudo encargarse de sus tareas. Pensó que podía tener algún hueso roto, pero las mujeres se negaron a avisar al médico. “Si te mueres es problema tuyo. Nosotras no vamos a pagarte lujos”, dijeron. Y al día siguiente lo sacaron prácticamente a rastras de la cama y le obligaron a realizar sus tareas. Como incentivo, le hicieron saber que pronto celebrarían la llegada de un nuevo vecino al barrio, un apuesto caballero de origen noble y grandes riquezas. La cena tendría lugar en la casa. El muchacho no quiso pensar en lo nefasto que sería para la ya de por sí desastrosa economía de la familia. Tampoco en las consecuencias que tendría para él. La necia de Rogelia confiaba en que su hospitalidad y sus “hermosas hijas” deslumbraran al recién llegado.
Los días anteriores al evento el chico trabajó más y en peores condiciones que nunca. Sufría un dolor tremendo en la pierna. Las muchachas estaban tan alteradas por el acontecimiento que soportarlas resultaba más duro de lo habitual, y Rogelia trabajaba con el ímpetu de un artista tocado por las musas. Se le ocurrían ideas extravagantes y muy costosas que desechaba tan rápido como acudían. Compró adornos y contrató cocineros que no podía pagar. Se paseó por la ciudad difundiendo la noticia, tratando con descarada familiaridad a viejos amigos que le habían retirado la palabra hacía tiempo, asistiendo a cenas privadas a las que no había sido invitada, entrando y saliendo de lugares de ocio sin pagar, irrumpiendo en reuniones de clubs para jóvenes, importunando a las pocas amigas de sus hijas en sus propias viviendas... el resultado era impredecible. Había invitado a más gente de la que podían recibir en su casa y había escandalizado a media ciudad con sus groserías y sus aires de importancia; pero también era cierto que todo el mundo hablaba del evento y todos se morían de curiosidad por asistir.
A última hora recordó su escasez de medios. Para ahorrar, ordenó al Ceniciento que buscara unas cuantas vagabundas y las vistiera con ropas de sus hijas. Así no tendrían que alquilar esclavas de verdad. A las pordioseras se les podía pagar una miseria y no rechistarían. Las muchachas se encolerizaron al saber que las mediomuertasdehambre llevarían sus ropas, pero Rogelia las apaciguó asegurándoles que sólo les darían los vestidos que ya no querían y que ella misma se encargaría de comprarles unos nuevos para la fiesta. Dejó un rastro de mentiras y promesas incumplidas tras ella, pero lo hizo. Eran unas consentidas y sabía que, si deseaba que una de las tres conquistara al recién llegado, debía acceder a todas sus demandas. Ni un camello cojo se prendaría de ellas en plena rabieta.
Sin embargo, no todo fueron desventajas para el Ceniciento. La propia Rogelia anunció, delante de las chicas, que él llevaría un atuendo de su difunto marido en tan distinguida ocasión. Ninguna dijo nada ante este comentario, pero el chico sabía que las tres, en especial Trisfulia, ardían de rabia. "Ven conmigo", dijo la mujer. Pero antes de conducirlo a los aposentos de su difunto esposo, le alzó la cabeza y le examinó el rostro con sonrisa maliciosa. Acto seguido, se volvió hacia la mayor de sus hijas y dijo: "Rogelia, querida, no lo maquilles para la cena. Que se le vean bien los moretones. Que se sepa que, aún viviendo rodeado de mujeres, hacemos de él un hombre. Después de esto mi generosidad será conocida en toda la ciudad". Y salió de la habitación, con el chico detrás.
Cuando entró en la alcoba que había pertenecido al amo, el Ceniciento tuvo un ataque de nostalgia. Hacía cuatro años que no pisaba aquella habitación; la propia Rogelia se ocupaba de limpiarla con regularidad. Jamás había sentido curiosidad por examinar el cuarto en ausencia de las mujeres, y ahora se preguntaba por qué. Aquel lugar era atemporal. Allí el pasado aún vivía. Grandeza y dinero todavía significaban algo entre aquellas paredes. No eran sólo palabras, nombres y recuerdos. Eran una realidad. De pronto comprendió que Rogelia había conservado la habitación tal como Él la tenía en vida, y comprendió cuán distinta hubiera sido su vida de no haber muerto el amo.
Se prometió volver a escondidas.
La mujer lo condujo directamente hasta un enorme y metálico armario. Apretó un botón y las puertas se separaron raudas, con suavidad, como si nunca las hubieran abierto. Dentro había todo un mundo de abrigos y trajes de una belleza que no habría creído posible. Rogelia seleccionó unos cuantos y los colocó encima del lecho. Parecían ser los más baratos y estropeados de cuantos había en el armario, pero no tuvo ocasión de comprobarlo; la mujer cerró el armario y le prohibió abrirlo de nuevo en su ausencia o sin su consentimiento. "Lo sabré", concluyó. Después se marchó.
Estuvo probándose ropa mucho más tiempo del necesario. Se sentía extraño con ella. Importante, poderoso. La visión de su figura reflejada en el espejo lo aturdía y lo atemorizaba. Era como renacer. Como salir de una caverna oscura y ver el mundo por primera vez, con nuevos ojos. Le fastidiaba estar lastimado; su rostro deforme, hinchado, desvirtuaba el conjunto de la visión. Apagó la luz. Se acercó al espejo y ajustó el "zoom", y luego fue hasta la pared, la palpó en busca de un botón, lo halló, lo accionó y las cortinas se corrieron. Era un hermoso día. La luz inundó el cuarto. El Ceniciento se colocó de nuevo junto al espejo. Mucho mejor, más magnánimo, menos penoso. Ya no se veían sus heridas; sólo una figura lejana, demasiado escuálida pero de apariencia noble, envuelta en un resplandor dorado. Nunca había visto aquella faceta de sí mismo. Dejó la imagen fija, se aproximó al espejo, lenta, cautelosamente, con los ojos brillando de emoción. Y luego se besó a sí mismo.
Pasos en la escalera. Voces furiosas. Risas histéricas.
Quitó la imagen fija y ajustó de nuevo el espejo. Rogelia irrumpió en la habitación gritando y gesticulando. La mujer corrió hacia las ventanas, pulsó el botón y las cortinas se cerraron de nuevo. "¿Qué demonios haces, estúpido?", le dijo. "Mi hija y sus amigas te han visto desde la calle haciendo el imbécil delante del espejo". Guardó silencio. Por un momento, pensó que se había ganado otra paliza y, de manera instintiva, se protegió la pierna lastimada. Se equivocó. Rogelia fue indulgente con él, y simplemente dijo que eligiera la ropa que deseaba de una vez. Ya lo había hecho. La llevaba puesta. "Pues largo entonces", replicó, irritada.
Los dos días siguientes estuvo muy ocupado ultimando los preparativos para la fiesta, pero, por fortuna, ninguna de las mujeres hizo comentarios sobre el incidente del espejo. No hasta la tarde del esperado día. Cuando, presionado por Rogelia, subió a los aposentos de las muchachas para atenderlas en lo que fuera preciso, las tres se encontraban ya vestidas y listas. Estaban en el cuarto de Trisfulia, y al entrar le obsequiaron con una cruel imitación de lo sucedido dos días atrás. Se encolerizó, erró por pasillos y salas sin rumbo y finalmente se detuvo frente a la puerta de la alcoba del amo. Ansiaba entrar. Lo había deseado, en secreto incluso para sí mismo, durante cada instante de cada uno de los dos días transcurridos. Sacó sus llaves, las introdujo en la cerradura y penetró en el cuarto.
Estaba oscuro y apenas podía ver sus propios pies. Rebuscó entre los cajones tan silenciosamente como pudo y halló una antigua linterna. Aún funcionaba. Sabía el lugar exacto en el que estaba ubicado el espejo. Se acercó y enfocó la pantalla de éste. Entonces lo vio. La otra cara de la moneda. Una criatura deforme, tenebrosa y temible, envuelta en tinieblas, encogida, con el rostro desfigurado y el odio reflejado en sus chispeantes ojos. Se sobrecogió ante esa imagen de sí mismo. La Bestia de su interior. Quiso huir, pero permaneció inmóvil contemplando su propia locura, como hipnotizado. Nadie lo interrumpió ahora. Nadie se preocupó por saber qué hacía.
***
Al Ceniciento le habían asignado la tarea de recibir a los invitados en la puerta. Veía llegar un coche tras otro. Automóviles con piloto automático que habían sustituido al clásico chófer. Era una buena razón para celebrar la fiesta en la propia casa. Desde que la joven Rogelia había tenido aquel accidente con el coche, ya en plena crisis económica, no tenían medios para repararlo y habría sido vergonzoso comprar uno viejo y de segunda mano. Cuando las mujeres necesitaban ir a algún sitio, lo que ocurría cada vez con menor frecuencia, se las ingeniaban para que alguna amiga las llevase. No era difícil: sólo debían mostrarse preocupadas por la cantidad de criminales y desaprensivos que podían asaltar a mujeres solas e indefensas en la jungla urbana.
No pudo dejar de fijarse en el gran número de asistentes a la fiesta, mayor del que esperaba. Nobles y ricos burgueses lucían sus más elegantes y vistosos atuendos, y se comportaban con exquisita cortesía ante la anfitriona. Nadie habría dicho que aquella era la misma mujer a la que tanto criticaban por su hipocresía, su deshonrosa pobreza y sus alocados romances. Estaban ansiosos por agradar al nuevo miembro de la alta sociedad. Muchos llevaban consigo esclavos. El préstamo o intercambio de esclavos era una práctica habitual, pero el Ceniciento juzgó excesiva tal exhibición de la mercancía. Reconoció a dos o tres propiedad de los Vázquez, cuatro de los Rodríguez y hasta siete, la mayoría muchachas, de los García. Todavía no sabía si eso era positivo o negativo para la familia. Tal vez fuera la fiesta más importante del año, pero no las tenían todas consigo, ni mucho menos. Le inquietaba. Con tantos artículos a la vista, los invitados estarían atentos a las vagabundas que habían hecho pasar por esclavas, y si alguno se encaprichaba con ellas podía resultar un inconveniente.
El invitado de honor era consciente de su importancia. Fue el último en aparecer, y cuando al fin llegó, lo hizo montado en una limusina que deslumbró hasta al más escéptico. Se deshizo en disculpas por la tardanza, prodigó halagos a la organización, la decoración y la amabilísima anfitriona, y agradeció a todos los presentes el haber asistido a su bautizo en tan maravillosa ciudad, que, presentía, le iba a aportar muchas alegrías, éxitos y placeres. Como era de esperar, Rogelia se aseguró de que sus hijas estrujaran al invitado. Sin ningún disimulo, lo sentó flanqueado por las dos mayores y justo enfrente de la pequeña Josefina, de modo que el hombre terminó embriagado de carnívoras Rogelias ansiosas por embotellar su corazón y devorar su bolsillo. Se presentó como Andrés para las jóvenes damas y Lord Andrew para los caballeros y sus esposas. Al Ceniciento le pareció un hombre harto desagradable, que gozaba teniendo un público fiel y amable ante el que exhibir sus buenos modales, sus dotes de galán y su afilado ingenio y picardía.
Aunque, obviamente, nada podía compararse con el lamentable espectáculo que ofrecían las señoritas, con sus expresiones de criatura inocente, su cómico coqueteo y sus ofensivos modales. Acaparaban la conversación y ante cualquier intento de intromisión por parte de posibles competidoras se mostraban bordes y arrogantes, y a menudo interrumpían a otras muchachas cuando trataban de trabar conversación con Andrés. Éste se mostraba encantado con la atención que le brindaban las jóvenes anfitrionas y avivaba sus esperanzas. De tanto en tanto, era abordado por Rogelia, quien, incapaz de permanecer ajena al juego de miradas y susurros, importunaba a Andrés con preguntas personales un tanto insidiosas. Los que aspiraban a emparejar a sus hijas con Lord Andrew no parecían nada contentos con la indigna y pueril conducta de las señoritas, pudo observar el Ceniciento; pero se cuidaron de hacer comentarios airosos delante del invitado. Otros estaban demasiado atareados examinando a los esclavos para prestar atención a los asuntos de los jóvenes, y pidieron al Ceniciento que les condujera a un lugar tranquilo donde poder explorar con calma la mercancía. Algunos requirieron de sus servicios, y otros le exigieron que acudiese el ama para hablar con ella sobre algunas de las muchachas que habían recogido de la calle.
Al Ceniciento no le gustaba que los ánimos estuviesen tan encendidos, porque pagar sesiones en casas ajenas a las falsas criadas les podía costar más caro de lo admisible, a no ser que consiguieran venderlas y sacar una buena suma por ellas. Pero eso era bastante improbable; la mayoría se cansaba de los esclavos después de unas cuantas visitas y recurría a los propios o a otros nuevos. Uno de los invitados le rogó que le indicase un lugar donde pasar el rato con una hermosa sirvienta que, dedujo, debía tener más o menos su edad. Era un hombre anciano, y nada más sentarse en el sillón se durmió, vencido por el agotamiento. El chico jamás había visto una muchacha tan hermosa como aquel ángel de cabello rubio y voz suave que tenía ante sí. Su cuerpo desnudo no se asemejaba en nada al de las odiosas hermanas que tenía de dueñas, y un anhelo de poseerla se apoderó de él. Ella era demasiado bella para resistirse a su encanto, sus seductores ojos azules lo incitaban e hipnotizaban.
-Tardará un rato en despertarse. Ya he estado con él otras veces -dijo la chica, con una vocecita dulce e inocente que no encajaba con la idea que el Ceniciento se había formado de ella. Había pensado que tras esa apariencia perfecta, semidivina, se escondía una muchacha que nada tenía ya de niña, toda una mujer endurecida por tan miserable vida. Pero no. Sigue siendo una niña inocente y pura, pensó.
Ella se sentó en el suelo, sonriendo, como si la situación se le antojase divertida. El Ceniciento la comparó con su propia experiencia, con las veces en que, contra su voluntad, se había visto obligado a satisfacer las necesidades carnales de las mujeres que regían su vida. Ella no sentía ese odio y esa repugnancia.
Sabía que debía retornar al salón para atender a los demás huéspedes, pero no se atrevía a irse por miedo a perderla de vista y no volver a verla nunca más. Estaban lejos de las miradas inoportunas, y no era probable que alguien los interrumpiese allí. Con sólo acariciarla una vez, con saborearla un único instante, con un único beso bastaría, se decía, y sin embargo no se decidía.
-Es raro que no nos hayamos visto antes. ¿Es que tus amas no salen mucho? ¿Cómo te llamas?
Sordo a sus vanas preguntas, se acercó, la apretó con fuerza contra su cuerpo y la besó.
-¿Qué haces tú? Somos iguales, y no te consiento que me trates de esta manera -le espetó ella, como si en su vida la hubiese tocado un hombre. ¿Por qué no quería otorgarle a él lo que había dado a tantos otros?
-Quiero tenerte ahora.
-Quítame tus apestosas manos de encima. Yo no te deseo a ti.
Ciego de deseo, desesperado por la negativa, la abofeteó y la tumbó en el suelo, y después la penetró mientras ella se debatía y gritaba para que la soltase. El anciano ni siquiera despertó, y el Ceniciento pudo sentir al fin el placer de estar con una mujer a la que realmente deseaba. Cuando terminó, se marchó y la dejó tendida en el suelo, sollozando y muerta de miedo. No entendía por qué ella se comportaba de esa manera. Estaba convencido de que muchos otros más feos, decrépitos y detestables que él la habían penetrado, y ella, como buena esclava, no había protestado; todo lo contrario, seguro que se había mostrado accesible y se había visto obligada a satisfacer sus demandas. ¿Por qué entonces aquel rechazo? ¿Por ser un esclavo?
-Mocoso estúpido, rápido, ven aquí. Lord Andrew quiere verte -le gritó Rogelia, y le ordenó que la siguiese hasta donde se encontraba Andrés, siempre acompañado de las impertinentes hijas de Rogelia-. Estamos muy orgullosas de él -dijo, cuando se hallaron al fin en su presencia-. Lo hemos educado desde bien pequeño y ya es como un miembro más de la familia. Le aseguro, Lord Andrew, que no encontrará joven más obediente y capaz que él en toda la ciudad. De vez en cuando hay que darle su merecido, para que se haga un hombre, usted ya me entiende. Pero le aseguro que debajo de esos moratones se esconde un bello rostro.
Al día siguiente, la jactancia de Rogelia dio sus frutos, y el muchacho fue convocado en la mansión de Andrés. Además, rogó, debía acompañarlo una de las bellas damas a las que servía y Rogelia asignó para este cometido a Trisfulia, como incentivo para el muchacho por haberse exhibido con tanto descaro ante el invitado de honor, robando protagonismo a sus hijas, que por derecho debían haber sido las auténticas amas de la velada. Una vez allí, el chico pudo comprobar que ellos no habían sido los únicos citados. También estaban allí una joven noble a la que nunca había visto y a la que acompañaba, oh fortuna, la angelical muchacha a la que él había poseído la noche anterior.
Hizo entrar en su habitación a las dos damas y el Ceniciento quedó a solas con la diosa que había perturbado sus sueños. Ella lo miraba con cierto recelo, aunque no parecía temerle. Al cabo de unos minutos de incómodo silencio, por fin habló:
-Siento haber sido tan desagradable contigo, pero lo que me hiciste no estuvo nada bien. Exijo una disculpa y la promesa de que no volverás a hacerlo. ¿Me entiendes? O chillaré y te acusaré delante de todos.
Sorprendido y decepcionado, el muchacho no sabía cómo reaccionar antes esas palabras. Se debatía entre el deseo de forzarla de nuevo y el temor a que realmente ella pudiese causarle algún perjuicio. Si ella gritaba como lo había hecho la noche anterior, los sirvientes acudirían y le sería imposible realizar lo que deseaba.
-Por si no lo sabes, está prohibido que un esclavo fuerce a una esclava. Ambos son propiedad de sus respectivos amos, y no pueden follar sin su consentimiento, estúpido. Así que discúlpate o gritaré.
Sonreía con malicia, y parecía disfrutar viéndolo tan apurado. Él desconocía por completo si lo que decía era cierto, y se enfureció preguntándose por qué Rogelia y sus abominables hijas no habían referido nunca nada al respecto. Se percató de que ignoraba qué derechos tenía como esclavo porque hasta el momento nunca se había planteado que, en relación a sus semejantes, pudiera haber normas y prohibiciones. Había vivido demasiado tiempo encerrado en aquella casa.
-Lo siento -murmuró al fin, avergonzado, que no arrepentido-. No volveré a hacerlo.
-Está bien. Siéntate a mi lado.
Obedeció. Ella comenzó a contarle que había sido esclava desde los siete años, y que estaba muy contenta de poder servir a una familia tan generosa y atenta como los Luena, y que sentía una gran admiración por su joven ama, a la que juzgaba la muchacha más hermosa y noble de toda la ciudad, mucho más que, sentía decirlo, las amas del Ceniciento. Le contó que tenía para con ella una consideración excepcional y que le daba un trato casi de hermana, y le relató cómo habían pasado juntas largas y largas horas peinándose y arreglándose para la importantísima velada de la noche anterior. Tan extraordinario evento había requerido de un esfuerzo sobrehumano por parte de todos para causar el efecto deseado, y por culpa de sus arrogantes dueñas casi se echa todo a perder. El Ceniciento no la escuchaba, sino que revivía en su mente lo ocurrido la noche anterior, cuando la niña había exhibido su desnudez sólo para él, y se imaginaba a sí mismo penetrándola de nuevo allí mismo, en el suelo.
-Reconozco que me pareciste hosco y aborrecible anoche, pero ahora te veo diferente. Creo que hay conexión entre nosotros -declaró, para sorpresa del mudo interpelado.
Éste, interpretando a merced sus intenciones, sin ninguna consideración ni disimulo, trató de quitarle la ropa. Pero ella se resistió y lo abofeteó. Esto lo retuvo, e iba a dar rienda suelta a su rabia cuando de pronto Trisfulia salió de la habitación, airada y cerrando la puerta de un golpe, y el Ceniciento no tuvo más remedio que seguirla. La muchacha dueña de sus anhelos le susurró una dirección antes de que se fuera, y le pidió que acudiese a medianoche al sitio indicado.
Así lo hizo, ya acostadas las arpías. Habían tenido una acalorada y prolongada discusión sobre el comportamiento de Trisfulia. La muchacha, idealista y soñadora una vez más, se había negado a practicar el sexo con Andrés y la otra muchacha, porque opinaba que cortejar a la vez a dos damas era innoble y ofensivo, y que no pensaba casarse con un hombre tan grosero e inmoral. Ambas Rogelias, madre e hija, le habían achacado su falta de determinación y la habían criticado duramente por repeler a un partido más que jugoso, que podía haberlas salvado de la ruina económica. La mayor de las hermanas se lamentó una y otra vez por la poca visión de su madre, que, cegada por el odio al raquítico engendro, no había previsto tan fatal incidente. De haber sido ella la elegida, ya mismo estaría con el anillo en la mano y ataviada con el traje nupcial.
Pero el Ceniciento era ajeno a todo esto. En su cabeza sólo había lugar para su amada. El suyo no era un enamoramiento como el de los cuentos de hadas, era sombrío, difícil, dramático, pero era apasionado. Eso no se podía negar. Si ella insistía en verse, debía ser que, pese a haberla forzado, se sentía atraída por él, y no era descabellado pensar que sólo estaba avivando su pasión con la espera y la abstinencia. ¿Qué otra cosa podía ser?
Cuando llegó al lugar del encuentro, ella lo esperaba. Lucía un bello vestido que, supuso, debía pertenecer a su ama. Le preguntó si le gustaba, y él dijo que sí, y después le cogió de la mano y lo guió hasta un sótano en el que se celebraba una fiesta. El Ceniciento sólo había asistido a fiestas en el papel de esclavo, y nunca había tenido ocasión de bailar con ninguna muchacha. Ahora aquella Venus lo alentaba para seducirla, y le abría las puertas del paraíso. Allí había muchos esclavos, más de los que había visto juntos en toda su vida, y ninguno parecía compartir su asombro por aquel descubrimiento.
-Algunos viven como tú, siempre sumisos -le reveló su acompañante-. Pero a muchos se nos permite gozar de vez en cuando de unas horas de esparcimiento, sin inhibiciones ni intromisiones. Aquí mandamos nosotros. Fíjate; a mí incluso me prestan un vestido. ¿No es adorable mi ama? Ya te dije que lo era. Tienes que aprender a saborear eso.
Observando a los demás, se percató de que la mayoría iban vestidos con harapos y ropas raídas, como él. Tuvo la sensación de estar bailando con la más hermosa muchacha del local. Y así transcurrió la noche, entre risas y pura diversión. Ni siquiera dedicó un solo pensamiento a sus tareas, que, con el bullicio de los últimos días, había descuidado. Sólo pensaba en ella, en esa diosa que danzaba a su lado.
Al terminar la noche, ella se entregó gustosamente. Lo hicieron en los lavabos. No era un final de velada muy romántico, pues tales sentimientos elevados no tenían cabida en sus vidas. Su máxima aspiración era ser elegidos de la fortuna y obtener ganancias para pagar su libertad. Algunos, con mucho esfuerzo y a base de privaciones, conseguían ahorrar lo suficiente durante toda su vida y encontraban un pequeño edén en el que asentar su vejez. Muy pocos. Sin embargo, el Ceniciento no tenía en cuenta tan alarmante estadística. Cavilaba sobre el asunto, ideando un plan que lo liberase al fin de la tiranía de sus celadoras, y soñaba con una discreta existencia en una pequeña y solitaria casa donde poder envejecer junto a su amada y donde poder criar a sus hijos. En sus pensamientos sí se concedía el lujo de ser romántico.
-Tenemos que matarlas.
-¿Qué dices?
-Piénsalo. Si las matamos, tu ama no tendrá más remedio que acogerme. Tú se lo suplicarías, y si en verdad es tan buena como dices, accederá.
-¿Estás loco? ¿Es que no te he enseñado nada esta noche? Mira a tu alrededor. Las parejas se aman, felices, los niños juegan y bailan, los jóvenes se divierten, los ancianos se regocijan, nostálgicos, contentos por ver a los suyos divertirse. Nosotros nos tenemos el uno al otro. ¿Qué más puedes desear?
-¿Y qué sucederá mañana cuando despierte, solo y angustiado, en una viejo y cochambroso lecho? No estarás tú para consolarme, ni podrás frenar la ira y los abusos de mis amas. Sufriré por el simple hecho de estar lejos de esto. Dime, ¿cuándo lo repetiremos? ¿Quién podrá ayudarme si me descubren y me prohíben asistir? No puedes darme todo esto y luego privarme de ello. Tengo que matarlas, aunque sólo sea para vengarme por estos años de inagotable sufrimiento.
-Acompáñame -dijo, y lo agarró de la mano y lo condujo hasta un cuartucho mal iluminado en el que un grupo de hombres adultos bebían y jugaban a los naipes-. Diles lo que me has dicho a mí -gritó, y el Ceniciento, intimidado, no se atrevió-. Díselo y te matarán.
-¿Qué pasa? -inquirió uno de los hombres. Era obvio que conocían a su amada.
-Lo he intentado. De verdad que lo he intentado. Pero si no juras aquí mismo que te arrepientes de lo que has dicho y que nunca cometerás tal atrocidad, yo misma te apuñalaré. No guardes silencio, sé valiente, y di lo que realmente anhela tu corazón. Habla, maldita sea; yo he intentado que entiendas, pero tú no quieres estar conmigo. Te niegas a concederme mi deseo. ¿Por qué?
-Tengo que irme -dijo el Ceniciento, asustado, y dio media vuelta para salir de allí.
-Detenedlo -gritó la muchacha, y los hombres se levantaron y corrieron tras él.
El chico atravesó la pista de baile huyendo como una presa acosada por el cazador, y una vez en la calle corrió hasta que los hombres, con peor físico que él y aturdidos por la bebida, quedaron atrás y se perdieron de vista. En el trayecto de vuelta a casa, en el frenesí de la huída, perdió un zapato, y, aún a riesgo de ser prendado por sus perseguidores, retrocedió y lo buscó por las calles desiertas, sin éxito. Horas más tarde, el zapato sería hallado por su musa, que lo llevó a su casa y lo colocó en su estantería, sobre un pequeño trono de juguete, a modo de altar sagrado.
Nuestro malogrado Ceniciento, en cambio, no dedicó ningún pensamiento a su amada, asustado y dolido como estaba. Se afanó en recuperar su calzado sin conseguirlo, y una vez de regreso al odiado hogar, subió hasta la habitación del difunto amo y rebuscó en el armario hasta encontrar un par de zapatos nuevos. Sí, por un desgraciado azar, se las vio de nuevo con el espejo de Jekyll y Mr. Hyde. Vislumbró a la Bestia, al ser maldito que hacía del odio y del dolor el motor de su existencia. Era aún más terrible que la otra vez. Parecía estar sumida en un pozo oscuro de locura, y, como ya ocurriera anteriormente, lo atraía, lo atrapaba, dominándolo, estrangulándolo. Nadie acudió a rescatarlo. Ni su adorado ángel ni sus aborrecibles dueñas. En esa lucha estaba solo...
Al día siguiente, la noticia de una terrible tragedia sacudió la ciudad entera. La viuda Rogelia y sus tres hijas habían sido brutalmente asesinadas por el esclavo, un joven muchacho de trece años, que había estado al servicio de las mujeres desde temprana edad. El maníaco fue hallado en la habitación del difunto esposo de Rogelia. Había muerto desangrado junto a un enorme espejo roto.
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