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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/975198/ |
Ésta es la historia de un velero y su capitán, que va improvisando nuevas tretas para avanzar por el mar sin perder el respeto de sus tripulantes...
Bajo el viento navegaba el viejo barco velero, cos sus cientos de remeros que luchaban contra la tempestad y las olas, contra los calamares gigantes y contra los mareos de los tripulantes. En el barco nadie se libraba de fregar, desde el más bajo marinero hasta nuestro señor capitán.
Entre los devaneos de las olas el barco avanzaba, pues nunca se detenía y así y todo, los días no pasaban. “¡Todo el día viendo mar!” gritaba un remero que no paraba ni un minuto a descansar. Remaban y remaban y sus músculos no se resentían, apenas lo notaban.
Los pasillos eran estrechos y los camarotes fríos y pequeños, pero a todos les parecía bien con tal de dormir bajo techo. No había camarotes privados, exceptuando claro está, el del señor capitán.
Había una gran cocina, llena de todo tipo de comida, entre la que abundaban los pescados y los palitos Pescanova. Los marineros estaban hartos de comer pescado pues no creían que fuese pecado comer ternera o cerdo asado, o incluso arroz, pero no a la marinera…
Paco, que de remero tenía poco, se pasaba todas las tardes apostando su paga en las partidas de mus con sus camaradas. Él nunca perdía ni una sola partida, pues aparte de ser buen jugador se sabía tan bien las reglas que las incumplía.
La visita preferida de todo buen marinero era ir a la bodega para beber ron y vino añejo. Pero el capitán, que con este tipo de asuntos se enfadaba y era tajante, si se enteraba, ya sea por casualidad o por un marinero castigado sin paga, empezaba a jugar con los marineros al escondite; los marineros empezaban a esconderse, pues decían que era un asunto de vida o muerte, y así se divertían y así jugaban los marineros con el capitán, mientras los tiburones esperaban tranquilos en la mar. Decían: ¡alguno caerá, alguno caerá! Y decían esto y animaban al capitán, pues cuando encontraba a un remero le mandaba a nadar, aunque no sin antes expropiarle de cualquier propiedad ¡Cuánto se reía el joven capitán!
El capitán, no como tal sino como persona, tenía su corazoncito y sentía pena y lástima por sus pobres remeros, que trabajaban día y noche para que avanzase el viejo barco velero. Bajo las manos tenía el timón que marcaba el rumbo de su vida y mientras lo giraba iba recordando viejas aventuras y hazañas, esas historias que dejan cicatriz y no curan en la mar, por ser de agua salada.
Un día, cuando llegaron a la bien conocida isla de las Mil Maravillas y atracaron, se fue directo el capitán a hablar con un comerciante. Tenía mala pinta, alguno le llamaría truhán, pero nuestro joven capitán consiguió hacer un trato: cambiar los remos por unas velas de buena tela, para que los remeros pudiesen disfrutar mientras el barco avanzaba sobre la mar.
Cuando se enteraron de la noticia nuestros preciados marineros, estaban tan contentos y cantaban tan alto, que cualquiera que hubiese pasado cerca hubiera pensado que estaban borrachos.
Bajo el viento navegaba el viejo barco velero, con las velas izadas y los remeros festejando tan buena racha; pero las rachas se acaban, y en este caso fue la del viento, que amainó y amainó tanto que el barco se quedó parado. La incredulidad se apoderó del cuerpo de nuestros valientes marineros. Todos estaban callados, el barco seguía parado y nuestro capitán pensando. “¡Tengo una idea!” dijo el inteligente capitán. “¡Poneos delante de las velas!” Continuó el capitán y ante la fama que tenía los remeros acataron sus órdenes sin rechistar. “¡Ahora todos juntos, soplad!” Hubo un estruendo prolongado, eran las risas de los remeros que no paraban de reír a carcajadas. “¡Iba en serio!” Dijo enfadado el capitán, a lo que respondió un marinero: “¡soplad fuerte, soplad, pero antes pedid un deseo, que se os concederá!” Y los marineros rieron, esta vez mucho más, y lo mejor de todo, junto al capitán.
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