Horda: El enemigo a las puertas |
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22-01-2007 14:30
Por: Nachob
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/975754/ |
Primera entrega de una fantasía épica en cuatro capítulos y un epílogo
Cientos de pendones rojos y amarillos ondean al viento mientras los jinetes de Zalumar, el país de las grandes llanuras, avanzan orgullosos en perfecta formación. Contemplo el increíble espectáculo desde la galería de la primera muralla, donde han destinado a mi destacamento. Son el cuerpo de caballeros más impresionante que he visto nunca, con sus bruñidas armaduras, sus majestuosas monturas, su porte aguerrido y feroz. Temidos desde hace siglos, no se recuerda una derrota ni una carga que enemigo alguno haya resistido. Los habitantes de la ciudadela los acogen con vítores y alegría, felices de contar con tan bravos defensores.
Sin embargo, parecen disgustados, defraudados. No es sólo el sentimiento de fatalidad y pesar que a todos nos invade. En su caso, el edicto del Señor de todos los hombres, disponiendo que acudieran directa e inmediatamente a ponerse bajo su mando, les ha impedido entrar en combate. Ante la seguridad de que un enfrentamiento en solitario sólo hubiera producido pérdidas innecesarias, ha estimado que era mejor reunir todos los recursos disponibles para presentar una batalla definitiva en un terreno propicio. El enemigo es demasiado terrible para arriesgar. Pero ellos son ante todo guerreros, no temen a la muerte, y consideran humillante tener que haber abandonado sus dominios y castillos sin entrar en contienda, aunque ésta fuera ardua o incluso inútil. Lo acatan disciplinadamente, pero sienten que se les ha privado de una oportunidad para la gloria.
Llevamos meses preparándonos en la Ciudad de las mil torres. Nuestro Soberano ha ordenado a todos los reinos de la tierra que acudan con urgencia al Centro del mundo, con todos sus habitantes y cuanto pudiesen acarrear, dejando atrás cuanto pudiese retrasar su marcha. Tal extraordinaria decisión ha sido necesaria tras conocer los avances de la Horda, y la destrucción que ha ocasionado a más de la tercera parte de los pueblos conocidos. Ninguno de los reyes y señores que pueblan la tierra de los hombres es capaz de enfrentarse por sí solo a ella. Ni siquiera todos unidos la esperanza es mayor, pero sí la única. Del sur y del este han llegado trágicas noticias de regiones devastadas, de villas y ciudades enteras arrasadas, sin prisioneros, sin más testigos de la barbarie que los cadáveres mutilados que la Horda lleva como insignias en su frente. Valerosas huestes se han enfrentado con ella, sin apenas hacerla mella. Fortalezas consideradas desde antiguo como inexpugnables han caído en su marcha. Los supervivientes han contado con los ojos llenos de locura imágenes de depravación y crueldad como nunca antes se había conocido. No, nuestro Señor ha sido sabio al decidir concentrar todas las fuerzas en la capital del universo.
Porque si existe algún lugar en el mundo capaz de resistir el acoso de tan fenomenal enemigo es la ciudad de Asgarmunt, el Centro del mundo. Me basta alzar la mirada para comprender que las virtudes de la humanidad y su poder están representados por tan portentosa construcción. Excavada contra la Cordillera del norte, tras la cual sólo hay hielos eternos, está formada por una amalgama de fortificaciones que se superponen unas sobre otras, a distintas alturas y de distintos tamaños, simbolizando la variedad y riqueza de todos los pueblos de los hombres. Cada reino, antiguo o moderno, ha erigido aquí un castillo según su naturaleza y cultura. Desde tiempo inmemorial se ha arrancado espacio a las montañas para que cada orgulloso monarca edificara y rivalizara con los demás en poderío. Decenas de torres de elevan en disperso orden, rodeadas a su vez por otras menores, sin que la vista sea capaz de abarcar tan fenomenal estructura. Se apoyan unas contra otras y las últimas contra la pared de piedra, en cuyo interior se esconden miles de túneles y pasadizos donde almacenar provisiones y armas. Diferentes estilos, diferentes materiales, pero todos llenos de hombres valientes preparados para la batalla.
Dicen que en el principio la ciudadela sólo la constituía la Torre de nuestro Señor inmortal, y que en los primeros tiempos, cuando se libró la legendaria batalla contra los Djinns, los seres de fuego, se decretó que los trece reyes originarios levantaran a su alrededor cada uno un robusto castillo, que sirviera de escudo protector si la guerra tomaba mal cariz. Posteriormente a esta primera distribución se fueron añadiendo nuevos elementos, según el dominio de los hombres se extendía por el orbe y surgían nuevos reinos y señoríos. A pesar de lo lejos que éstos podían llegar a instaurarse, siempre se ha tenido muy claro que aquel lugar era el origen de todo nuestro poder, y que era necesario reproducir allí una imagen de cada reino para refugiarse si fuera preciso. Lo cual estuvo a punto de ser necesario en la segunda gran contienda de la humanidad, cuando al expandirnos hacia el sur topamos con los nauseabundos hombres-lagarto, y nuevamente la hegemonía sobre la tierra tuvo que decidirse con la espada.
Tras la gloriosa victoria, Asgarmunt ha seguido creciendo y agrandándose con nuevos añadidos, y actualmente el conjunto es titánico y magnífico. Miles de personas la habitan, y su capacidad es tal que puede dar cobijo a todos los pueblos conocidos. Y en su interior, alta como ninguna montaña ha podido siquiera soñar, está la Torre entre las nubes, la fortaleza originaria, morada de nuestro Señor, el Soberano blanco de todos los hombres. En estos momentos puedo verle desde aquí, con sus inmaculadas vestiduras volando al viento, observando desde su atalaya la aparentemente caótica actividad de la ciudad a sus pies, imponente figura cuya sola visión infunde valor a nuestros corazones.
Afirman que es inmortal, y que lleva aquí desde el principio de los tiempos, guiándonos y tutelándonos. Dice la leyenda que todos descendemos de él, como los demonios provienen del Señor negro de la Torre de la tormentas, bajo los pantanos infames. La verdad es que es el ser más sublime y perfecto que jamás he visto o he podido siquiera imaginar, a cuyo lado todos parecemos meras copias burdas. Su altura supera ampliamente los dos metros, y su aspecto es imponente, con un largo cabello blanco que le llega hasta los hombros y unos ojos azules y fríos como el hielo. Va siempre vestido de blanco, con largas túnicas y amplios ropajes, que la tradición dice que ocultan dos hermosas alas. Porta siempre en su diestra la mítica espada de los tiempos, conocida con el sobrenombre de ‘Legado’, y que simboliza la unidad y poder de nuestra raza. No me atrevería a predecir su edad, pero su complexión es vigorosa como la de un joven y en cambio cuando habla transmite la serenidad de la sabiduría de los antiguos.
Yo pertenezco a su escolta personal, los quinientos elegidos, los célebres ‘indestructibles’. Venidos de todos los reinos y seleccionados por nuestro arrojo y bravura, formamos el cuerpo de guardia más duro y fuerte que haya existido jamás. Mi destacamento proviene de las montañas doradas del oeste, y somos conocidos como los dos espadas, por nuestra forma de luchar con un sable en cada mano. A nuestro mando está el capitán Alahur, el soldado más duro y noble que jamás haya pisado el suelo. Curtido en mil batallas, de las que da cuenta la tremenda cicatriz que cruza su rostro y su firme mirada de cazador, es un ejemplo para todos nosotros, que le veneramos como líder. Llevo años con él, y me basta un simple sonido de su voz de trueno para lanzarme sin pensar contra el enemigo, sin importarme nada más. Se ha ganado nuestra confianza y nuestro respeto en primera línea de combate. Ahora, como todos, está ocupado en cuestiones de intendencia, organizando y preparando la extraordinaria ciudad para el próximo e inevitable asedio.
Ya los hermosos corceles de los guerreros han dejado paso a los carros que traen sus familias y pertrechos. Ahora el sentimiento de confianza que su soberbia visión nos ha traído desaparece al recordar la terrible realidad, reflejada en los rostros asustados de mujeres, niños y obreros, que entran en la capital después de haber tenido que abandonar sus hogares, perseguidos y acuciados por las terribles noticias de los reinos que ya han caído.
Miró al sur, donde está Gondomar, la ciudad entre los dos ríos, el último bastión entre la Horda y nosotros. En una triste pero necesaria decisión, nuestro Señor ha pedido a su valiente líder que resista cuanto pueda y trate de detener su avance para dar tiempo al resto de la población a guarecerse, y a nosotros a prepararnos adecuadamente. Conociendo a sus bravos pobladores, esto significa una lucha sin cuartel. También tiene orden de, cuando considere que ya no puede resistir más, encender en su torreón más alto una hoguera y mandar que regresen los supervivientes con presteza a la ciudadela, para refugiarse y unirse a su defensa. Un batallón saldrá a cubrir su retirada. Y ésa será la señal de que empiezan nuestros pesares.
Los reyes de la tierra siempre han estado en guerra, unos contra otros, en mayor o menor medida, llevados por sus mezquindades y ambiciones. A su vez todos combaten contra el Señor oscuro, el otro inmortal, cuyo poder rivaliza con el de nuestro Soberano, y con el que desde que se tiene memoria se ha estado luchando, con desigual fortuna y relativo equilibrio (hay rumores de que puede que sus huestes se hayan unido a las de la Horda, aliándose el viejo enemigo con el actual peligro, y haciendo nuestro sino aún más incierto). Pero ahora los hombres deben estar más hermanados que nunca, puesto que jamás se había tenido noticia de una amenaza como ésta.
Contemplando la colosal construcción, con sus cientos de almenas y torreones, con sus kilómetros de murallas y corredores, llenos de esforzados y duros guerreros llegados de mil lugares distintos, algunos tan legendarios que su sola mención infunde respeto, y que nunca se habría podido imaginar que reunidos pudiesen tener rival en este mundo, parece imposible que haya enemigo capaz de tomar nuestra ciudad. Y al divisar la imponente altura de la torre de nuestro Señor, y sus albas vestiduras agitándose al viento mientras nos observa, no es posible creer que haya desafío que pueda hacer siquiera inmutar a tan poderoso adversario.
***
La ciudadela es un hervidero de actividad, con miles de hombres de distintas razas, culturas y costumbres disponiéndose para la batalla. Nosotros, como regimiento de confianza de nuestro Señor, actuamos como intermediarios, coordinadores y en muchas ocasiones policías de tan diversos grupos, cuyas relaciones no siempre han sido buenas. Patrullamos la ciudad de cabo a rabo, distribuyendo las instrucciones de nuestro Señor y solucionando cuanto problema o conflicto surge. Los dos espadas somos especialmente apreciados por nuestra capacidad para mediar en disputas, y nuestro capitán no para de acudir de un lugar a otro tratando de que todo funcione. Avezado en las artes de la guerra, su nobleza y comprensión son inestimables en los momentos previos a la batalla. Sabe transmitir confianza a los civiles, y valor a los soldados. El otro día tuvo que mediar entre las tropas de los montaraces, bravos pero iracundos hombres de montaña, poco amigos de las finuras e ironías de los refinados habitantes del reino de los tres lagos. Nos colocó haciendo guardia en el paso que comunicaba sus fortalezas colindantes, mientras transitaba de una a otra tratando de hacer comprender que la tolerancia era necesaria cuando el peligro exterior común era tan evidente e inmediato. Recuerdo que mientras lo esperábamos unos chavales porteños, aburridos por el hacinamiento y la inactividad, y envalentonados por nuestra actitud condescendiente, le quitaron el zurrón a mi compañero Edgard. Edgard, apodado el oso, es un voluminoso y simple hombretón, terrible en la batalla pero bondadoso como un buey fuera de ella. Su simple aspecto es aterrador, con su impresionante tamaño y sus enormes espadas que a una persona normal costaría simplemente alzar. Pero cuando no está en la pelea es bueno como un cordero, y glotón como un bebé. Adora el pan de ambrosía, y siempre lleva en su bolsa una buena cantidad (todos la llevamos siempre, dado que es un alimento ligero pero con mucho sustento). Ahora los chavales, que se habían dado cuenta de su benevolencia, se la habían hurtado y jugaban a lanzársela unos a otros, mientras mi compañero corría como un tonto de uno a otro, incapaz de recuperarlo. Me molestó esta falta de respeto y las risas y burlas de los muchachos, y ya me dirigía a recriminarlos y echarlos cuando una mano fuerte se posó en mi hombro. Mi capitán, que regresaba de sus gestiones, mirándome con indulgencia me pidió que los dejara divertirse, que ya llegarían tiempos peores, y que no me enfadase con Edgard, pues era valiente y buen compañero aunque su alma sencilla diese oportunidad a las chanzas inocentes de aquellos mozalbetes. Obedecí pensativo, y al volver a fijarme en la cuadrilla, me di cuenta de que el propio Edgard era quien más reía. Descubrí que en realidad le hubiera costado poco recuperar su apreciada golosina, pero que prefería jugar con aquellos muchachos, y hacerles olvidar aunque fuera por un momento la terrible situación por la que pasábamos. Dejó que le robaran su precioso alimento, amagó un fingido enfado, y cuando los vio huir felices con su botín, se reunió con nosotros con una beatifica sonrisa mientras murmuraba por lo bajo llamándoles pilluelos.
Le golpeé con cariño en el hombro, apreciando como en su nobleza había comprendido perfectamente cual era nuestro cometido en la ciudad en esos momentos de incertidumbre. Fue entonces cuando escuchamos los gritos de los vigías.
No tuvimos que subirnos a la muralla para ver el motivo. Mucho antes de lo esperado, un gran columna negra de humo subía hacia el cielo en la dirección donde estaba la Ciudad de los dos ríos. No era una llama limpia, como la prevista como señal, sino la humareda que producían todos sus edificios y viviendas ardiendo por los cuatro costados. Un contingente de jinetes salió en busca de supervivientes, pero regresó cabizbajo señalando que no habían encontrado a nadie en el camino y que la ciudad estaba siendo devastada. No habían parado de luchar hasta que el enemigo los había reducido a cenizas. Vimos aquel humo negro como un aviso de que la gran batalla estaba cerca. Fue entonces cuando nos dimos cuenta definitivamente del motivo que nos había reunido allí, y de cual era el futuro inmediato que nos aguardaba. La melancolía y la tristeza por los caídos nos invadieron. Nos dijimos que su sacrificio sería recordado en nuestras canciones. Pero en seguida nuestro capitán nos zarandeó y nos conminó a continuar con nuestras tareas. Quedaban muchas cosas todavía por hacer, y no nos podíamos detener ahora.
Horas más tarde estábamos haciendo guardia en el gran salón de recepciones de la Torre entre las nubes, donde los distintos reyes y caudillos se reunían con nuestro Señor para preparar la defensa de la que ya era la última ciudad de los hombres. En el trono que la presidía, la imponente figura de nuestro Soberano supremo escuchaba los acalorados discursos de los distintos monarcas que llenaban el recinto, que exponían atropelladamente sus preocupaciones. Unos se mostraban más alterados y nerviosos que otros, probablemente según hubiera sido su contacto con el enemigo. Los sobrevivientes de sus ataques, que habían perdido sus territorios y casi sus vidas y que se habían refugiado apresuradamente en la ciudadela, se desvivían por explicar a los otros las atrocidades y ferocidad de la Horda. Mientras tanto los poderosos reyes del norte, más antiguos y altivos, les miraban, unos inquietos y otros irónicos, pues la mayoría consideraba que eran exageradas medidas tan extremas, y que una simple unión de sus poderosos ejércitos hubiera bastado para hacer frente a cualquier peligro. El Soberano les miraba circunspecto, sin intervenir, mientras estrechaba en su mano su mítica espada.
Contemplándoles se podía recorrer toda la diversidad a que habían llegado los seres humanos después de tantos siglos. Si bien todos asumíamos que descendíamos del Supremo, con los años sus rasgos se habían diversificado. Así, los habitantes de los reinos costeros del sur eran morenos y cetrinos, más bajos que sus homólogos del norte. Los del oeste eras más oscuros, pero esbeltos y de profundos ojos claros. Al este, en la zona de los grandes bosques, los hombres habían ensanchado sus espaldas, sus vestiduras se habían vuelto más rudimentarias y llevaban largas barbas atadas con trenzas. Unos eran más refinados, otros más rústicos, unos rezaban a unos dioses y otros a otros. La tierra era grande, y llevábamos mucho tiempo dominándola. Sí que me percate de que los pueblos que limitaban con las tierras negras del otro Primordial, el eterno antagonista de los hombres, destacaban por su aspecto belicoso y su bizarría. Otros reinos, más alejados de la frontera, no habían conocido más enemigos que sus cuitas personales, algunas de las cuales que a veces habían derivado en tremendas guerras, siendo en todo caso muy raras las ocasiones en que nuestro Soberano había llegado a intervenir. Siempre habíamos pensado que nuestro más letal rival era el Señor oscuro, con el que se llevaba desde el principio de los tiempos batallando, y nunca imaginamos que surgiría un adversario aún más mortífero y temible, que pondría en peligro nuestra propia supervivencia como especie.
Observando con atención aquel soberbio conjunto de jerarcas, me percaté de la presencia de una figura enigmática sentada bajos los arcos que cerraban el recinto al fondo, en la parte más discreta y oscura de la sala. Era una bellísima dama, esbelta, de porte elegante y noble, con rasgos afilados muy similares a los del Señor blanco. Miraba de lado hacia una ventana y parecía ajena al tumulto que se estaba formando. Le pregunté a un compañero más veterano en la guardia real, y me explicó que era la última monarca del reino que antaño separaba los territorios del Señor oscuro de nuestro Soberano, y la única superviviente de la gran batalla que se libró entre ellos en ese lugar. Fue tan terrible que desoló las tierras y las convirtió en un páramo maldito, quedando desde entonces y para siempre como yerma frontera entre ambas zonas, respetada hasta el momento. Por eso la contienda con los reinos negros únicamente se produce al sur. Comentaban además que era pariente directa del Señor blanco, y que sólo eso explicaría que hubiera podido sobrevivir al espantoso incendio que arrasó su castillo y del que fue la única superviviente. Contaban también que tras el mismo había vagado perdida y enajenada por las tierras salvajes e inhóspitas de los grandes pantanos, habitados por ancestrales seres y monstruos de pesadilla, y que sin embargo regresó de ellas viva y con un poderoso aliado.
Intrigado la examiné con curiosidad, justo a tiempo de ver cómo uno de los reyes de aspecto más zafio y actitud más sofocada, se dirigía a ella increpándola soezmente para que participara en el debate. Con ademanes agresivos se acercó a ella, pero se detuvo en seco al escuchar un espeluznante gruñido que surgió de las sombras a su espalda. Era el sonido más escalofriante que yo había escuchado hasta entonces. Al momento en la oscuridad se encendieron dos grandes teas ardientes, dos ojos sanguinolentos cuya sola mirada paralizó al ya aterrorizado reyezuelo. No puedo imaginar qué tipo de animal o fiera podría ser aquella que protegía a la dama, pero desde luego consiguió que el intruso depusiera su actitud y se retirara despavorido. Luego su presencia se volvió a diluir en las tinieblas. En ese momento la reina giró su rostro y pareció fijar la vista hacia donde yo estaba, cómo si supiera que la estaba observando. Se me heló la sangre en las venas. Si la mitad derecha de su rostro era del más hermoso que jamás hubiera podido soñar, la mitad izquierda estaba deformada de un modo horripilante por espantosas quemaduras, dejando al aire trozos de hueso y un ojo sin parpado que miraba de un modo terrible. Supe entonces que ya había oído hablar de ella y de cómo la llamaban. Comprendí por qué era la legendaria Reina quemada.
Pero al segundo volvió a girar su rostro y a encerrarse de nuevo en sus pensamientos, mientras el debate continuaba. Éste se había dividido ahora entre los que consideraban que la amenaza en realidad no era tan grave y bastaba con afrontar al enemigo en campo abierto con una fuerza combinada y bien preparada, pues habían oído que sus integrantes no tenían comparación en fuerza, coraje ni técnica con nuestros avezados guerreros, y los que ya se habían enfrentado a ellos, que completamente fuera de sí repetían una y otra vez que nunca se había conocido un rival igual.
En esos momentos se abrió la gran puerta de la sala y entró por ella un soldado, con la armadura totalmente cubierta de sangre, que arrastraba un saco tras de sí. Reconocí a uno de los bizarros oficiales de la tropa que defendía el castillo de los dos ríos, último baluarte que habíamos visto sucumbir y arder hacía unas horas. Había sido enviado in extremis por su superior para llevar un último mensaje cuando todo ya parecía perdido. Cojeaba y estaba visiblemente herido, lleno de magulladuras y laceraciones. Se situó trabajosamente en medio de grupo, que lo miró entre curioso y preocupado, y saludó al Soberano, pidiendo su venia para hablar. Cuando la recibió expuso con entrecortado aliento que habían tratado de defender la ciudad todo lo que pudieron, pero que el enemigo había resultado demasiado fuerte, imparable. Narró con simpleza de combatiente cómo habían fallecido todos peleando hasta la extenuación. Nuestro Soberano, afligido por la noticia, le preguntó quién era ese contrincante tan poderoso como para poder acabar con las formidables defensas de la ciudad en tan escaso tiempo. Ante esta cuestión el oficial, que parecía a punto de derrumbarse, alzó la mirada y arrojó a sus pies el saco que portaba, de cuyo interior extrajo lo que parecía una especie de mono furioso, lleno de pelo, que se agitaba y lanzaba continuos e infructuosos zarpazos y dentelladas. Su tamaño era de un poco más de la mitad de un hombre e iba cubierto apenas con pieles en forma de harapos. Sucio y primitivo, parecía una alimaña rabiosa que a pesar de estar rodeado de enemigos, o a lo mejor por eso mismo, se comportaba como un animal enjaulado y atacaba continuamente a todo lo que se le acercaba. Su hedor era inmundo, y apenas se podía distinguir un brillo de inteligencia en sus minúsculos ojos hundidos.
Lo sujetó con una cuerda al cuello, sin que pudiera evitar que le mordiera en su ferocidad. Luego lo ató a una argolla y se retiró para que todos pudieran examinarlo. Los allí reunidos se adelantaron extrañados y algo inquietos, y lo rodearon dispuestos a inspeccionar a aquel diminuto ser salvaje que no parecía sino una bestezuela iracunda y que, sin embargo, era el motivo de sus zozobras. Tras la primera sorpresa inicial, los reyes del norte estallaron en una carcajada, algo nerviosa, apuntando que semejante espécimen era imposible que constituyese una amenaza seria contra bravos soldados formados y entrenados para la batalla.
El oficial les miró con cólera. Les contestó que, no obstante, esos seres les habían barrido. Ante su actitud inquisitiva les explicó que tal vez fueran como animales, sin mente, sólo movidos por el impulso brutal de destruir y exterminar todo lo que se cruzara a su paso, que tal vez su fuerza no fuera apreciable, y sus armas, fundamentalmente unos puñales largos toscos, no fueran muy sofisticadas, pero que su determinación e instinto asesino era abrumador. Avanzaban sin respiro, por encima de sus muertos, llevados por el miedo o la locura, pero sin detenerse nunca. Y eran miles, cientos de miles. Como un inmenso hormiguero que lo arrasaba todo a su paso. Por cada uno que eliminabas aparecían diez más, y luego veinte, y luego cien. Podías estar horas aniquilándolos, pero seguían surgiendo más y más, con igual ímpetu homicida, hasta que el cansancio o su aplastante superioridad numérica te vencían y como ratas caían sobre ti, cortándote en pedazos. Eran zafios en su armamento y estrategia, pero lo compensaban con barbarie y cantidad. Cuando marchaban, no se veía el suelo. No se veía el horizonte. Sólo se les veía a ellos. Y el infernal zumbido que sus bestiales gruñidos producían, que te volvía loco y que era como si procediera de todas partes. No era un ejército: era un océano de diminutos monstruos implacables obsesionados con acabar con todo.
Su manera de contarlo hizo que se produjera un silencio total. Todos miraron de nuevo a aquel ser que parecía fácilmente aplastable, y por un momento trataron de imaginarse rodeados por centenares de ellos. Un estremecimiento recorrió sus espaldas.
El Soberano se adelantó y preguntó al oficial si había visto cabecillas o jefes en sus filas, que les organizaran o dirigieran. Era vital conocer sus métodos de ataque, conocer quiénes les mandaban, para tratar de eliminarlos lo antes posible. E incluso era importante en el caso de que hubiera que pactar o negociar en la victoria o en la (vaciló unos segundos, pero al final dijo la temible palabra) derrota. Éste dudó un momento antes de contestar, pero luego señaló que la Horda estaba compuesto por individuos muy similares, e incluso pensaba que muchos de ellos eran hembras y crías, que no desmerecían en brutalidad a la de los machos adultos. Pero no recordaba ver estandartes o uniformes. Sí que los componentes de la Horda llevaban como una burla cruel objetos arrancados a sus víctimas, que resultaban chocantes en sus pequeños cuerpos, pero salvo la especial crueldad de algunos de ellos, no recordaba haberles visto seguir instrucciones o planes en la batalla, sólo el ataque hasta la muerte. El Soberano se mostró intrigado por el interés de esos seres por asumir comportamientos o vestiduras de los hombres, como si a pesar de la batalla en el fondo se sintieran fascinados por la parafernalia de sus trajes, armaduras y blasones. Se acercó al espécimen, que ante su magnificencia se acobardó y empezó a gemir asustado. Lo levantó con su vigoroso brazo y lo reconoció, tratando de descubrir en su rostro algún signo de entendimiento. Sólo encontró instintos primitivos. Lo dejó caer y se volvió hacia los presentes. Todos esperaron sus palabras. Levantó las manos abiertas en actitud solemne y proclamó que era hora de que los hombres demostraran otra vez ser merecedores de habitar la tierra. La más difícil de las batallas había llegado, e iba a decidir quien iba a heredar el mundo. La humanidad y su inteligencia, o aquellos animales y su ira. Era hora de matar para vivir. Y tendrían que hacerlo, mucho y por mucho tiempo, si querían acabar con semejante y tan cuantioso enemigo. Les pidió que afilasen sus espadas, que transmitiesen su valor a sus súbditos, y que se prepararan para la guerra.
Más taciturnos que a la entrada, los distintos reyes y señores fueron saliendo de la sala, enfrascados en abatidas conversaciones y pesimistas pensamientos. La dama blanca, majestuosa en todos sus movimientos, abandonó también la estancia del brazo del Soberano. Mi alma quedó apesadumbrada, ante el incierto futuro que nos aguardaba. Cuando quise darme cuenta advertí cómo el prisionero capturado había conseguido liberarse de su atadura y trataba de huir corriendo en dirección a una de las ventanas que se abrían al fondo. Iba a salir en su persecución cuando de las sombras de los arcos donde momentos antes había estado sentada la reina quemada surgió como un rayo un descomunal y musculoso brazo peludo acabado en una demencial garra, que de un solo zarpazo atrapó a aquel ser en pleno salto y lo arrastró a la oscuridad. Oí sus chillidos de pánico y al momento un sonido de crujir de huesos, como si lo hubiesen partido por la mitad. Luego el silencio. Ni yo ni el resto de los que hacíamos guardia nos acercamos a ver que había pasado. Nos bastaba con saber la fuga se había frustrado. Me pareció percibir unos intensos ojos rojos que nos escudriñaban desde la penumbra, y un estremecedor sonido de enormes mandíbulas masticando.
Por la ventana la luz de la luna apenas conseguía atravesar con leves rayos las nubes que cubrían el cielo. Mañana sería un día de tormenta.
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