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Relato seleccionado de la categoría Atlante, patrocinada por Minotauro, del III Certamen de Relato Joven
Es difícil abrir los ojos, muy doloroso regresar al mundo cuando los sueños son cálidos y el presente humea gelidez. Pero no como un paisaje nevado, sino como una sala vacía, de pulidos azulejos blancos que reflejan un esbozo de tu rostro descarnado. No quiero despertar, se está mejor acurrucado en cama, no tengo a nadie a quien sonreír, abroncar, susurrar, acariciar... a quien querer con locura o simplemente apreciar ufanamente, colega de lecho o de chanzas. Pero la premura está ahí, me mordisquea y me obliga a posar los pies en la moqueta sucia que me cosquillea en las plantas. Ese maldito grillete vibra y titila en mi muñeca, recordándome inmisericorde mis obligaciones y un horario que cumplir. Como si el ogro mecánico sin alma que devora el mundo se fuese a resentir por quedarme yo bajo las mantas, unos minutos más, unas horas o un día entero.
Apenas pisar la calle, otra vez esas sirenas endemoniadas, desconsiderado recordatorio de que las Brigadas de Reparación y Optimización pululan sin descanso por Nueva Hispania. Grata cortesía del Gobierno el crear las B.R.O, solventes pelotones ejecutivos autosuficientes e hiper-equipados, auténticas escuadrillas de fantoches capaces de llegar hasta el último rincón y fumigar cualquier desperfecto, anomalía o simple elemento que ose desentonar en el conjunto sabrosamente engranado. No hay lugar para dejes arcaicos, imperfecciones arrogantes, matices obscenos y ansiosos por macular una dicha perfecta y deslumbrante. Incluso la persistente lluvia ácida golpetea inofensiva en la lejanía de una megalómana sobrecubierta de cuarcita transparente, fogoso y planificado esfuerzo de una ingeniería ducha a la hora de blindar y aislar.
Juanón camina pausadamente por un rail automático, tratando de mostrarse ajeno a vecinos de vía. Es un tipo cargado de espaldas con el rostro ancho impasible bajo un insufrible sombrero clásico. Claro que a cualquier atuendo lo consideran “clásico” hoy en día… qué sabrán esos estúpidos Asesores de Moda del Pueblo lo que es digno de ser llamado clásico, informal, estival, sport o festivo. La mirada huidiza se torna vagamente lasciva cuando un radiante androide femenino de control urbano le solicita, con amabilidad exquisita, los datos diarios de comportamiento.
Una mano orlada por un artilugio, morboso en su simplicidad, aparece presta de debajo de la ancha manga del ciudadano conocido como Juan Sáenz García. Diminutos puntitos luminosos festejan intermitentemente el visionado de la funcionaria, extremadamente eficiente en su rutinario escrutinio de la Pulsera Vital, una de las últimas y menos aclamadas imposiciones a lo que queda de la ciudadanía no artificial. Teniendo en cuenta que el sector social humano es, desde los inicios, el más proclive a acciones aleatorias no estipuladas en el Reglamento de Conducta, la iniciativa de la Oficina de Ética fue acogida como agua de mayo por el decrépito Gobierno. Presidente y sabios ministros y consejeros pueden desde entonces obviar situaciones problemáticas y enfrascarse en lo verdaderamente importante, la pronta consecución de la sociedad perfecta e inalienable, la culminación del objetivo de prevalencia racial, en este Universo que nos ha tocado mancillar.
Pero a Juanón tales reflexiones le son ajenas e indudablemente aburridas. La voluptuosa androide le cede el paso finalmente conforme con los datos recibidos, y el cansino peatón continúa su andanza, sin molestarse en mantener ni un ápice de ese espejismo de libido poco convincente. La funcionaria no coteja a ningún otro ente de los alrededores… acaba de atajar al único orgánico presente y la corriente fluye indolente por el cauce mecánico.
El ciudadano observa torvo su alrededor, esperando que alguna visión anhelada prenda chispa en esa fogata cada vez más adormecida de su mente embotada. Mientras la vía le conduce hasta su puesto de trabajo, elabora mentalmente unas cuentas que no por familiares dejan de provocar pequeños ramalazos de dolor en lo que le queda de espíritu. Ocho meses y un día, concretamente desde el doce Febrero, que no ve a un ser humano de verdad, una “entidad enteramente orgánica”, como lo definiría su cualificado médico robótico clase Zelda. Su seguro de funcionario administrativo de segunda clase no le da para un galeno último modelo, uno de esos infalibles artistas de la medicina originarios de las pronto extintas fábricas de talentos cibernéticos, casi todas asentadas en Gran Japón. Han hecho furor entre los privilegiados de la clase alta, esos escasos reyezuelos del mambo que viven a ras de nube, por encima de esas deleznables cúpulas que apenas dejan pasar los verdaderos rayos del sol. Cómo se libran de las nubes tóxicas, la lluvia ácida, radiaciones cancerígenas… es algo que Juanón ni sabe ni le importa, parco en curiosidad como en palabras corteses.
Multitud de entidades autónomas circulan a estas horas tempranas por la infinita Gran Vía Nacional, hervidero de profesionales autómatas cuyo único aliciente es culminar su actual tarea para acometer la siguiente con insípido entusiasmo. El gigantesco cubo de rubik que es la sede local administrativa se alza ante batallones de sumisas hormigas que son deglutidas sin miramientos. Una obrera, más cargada de espaldas que otras, suspira con un amago de angustia y ansiedad, eso que tan poco le gustaba al doctor Zelda de las narices. Un insistente acorde de la pulsera omnipresente airea información útil para dispositivos cualificados para interpretarla. El hombre sabe, por reiteración, que se aconseja un inminente y opíparo tentempié inhibidor de depresiones incapacitantes, apenas una o dos capsulitas de Felitex. Ajena al dramilla cotidiano, Administración atrapa al reluctante entre sus fauces bostezantes.
El día pasa lento, mórbido, letal en su monotonía. Juanón ya no desempeña sus funciones con la eficiencia de antaño, que tampoco era gran cosa, pero no es reprendido ni vituperado por ningún superior. Lo cierto es que le ignoran, dejándole tranquilo con su pantallita que escupe cifras, datos y más datos, estadísticas e informes irrelevantes. En un descanso se encuentra con una infusión humeante en la mano, pensando en los últimos compañeros humanos, en aquel vestigio de cuando Juan Sáenz García no era único ser humano del departamento, casi con toda seguridad el único de Administración. Recuerda al viejo Morales, capullo integral ya fallecido. Al retraído Peláez, que se cagaba por los pantalones cuando los datos no le cuadraban. La delgadita Alejandra Saavedra, tímida pero guasona cuando le daban cuartel… la irascible Magdalena, con la que tuvo un rifi-rafe que acabó en lujuria en la sección de archivo. De fotomatón, cuando se encendieron las luces y apareció aquella panda de androides de culo tieso y vitalidad congelada. También recuerda a Marcelino de la Hoz, merluzo ambicioso que pensaba que las cosas aún eran como en los tiempos de sus bisabuelos.
Todos eran unos soplagaitas, pero los echa de menos desde un día después de la marcha de cada uno, hasta el punto de que ocasionalmente un dolor sordo le oprime el corazón y le obliga a boquear en busca de aire. ¿Cuánto tiempo ha pasado desde que desapareció el último de ellos? ¿Cinco años?... y él permanece, único representante de un pasado de mierda, precursor de un futuro peor.
Anochece mientras camina, a genuino golpe de suela, por el barrio antiguo de Los Gallegos. Por aquí apenas fluyen vías automáticas y el empedrado de las calles, aunque inmaculado, recuerda vagamente tiempos de charlas discretas pero vivaces, miradas que devolvían reconocimiento y no únicamente tu imagen espejada, motores de automóviles aún en uso, antes de la definitiva restricción de las libertades civiles. Juanón ya ronda ahora los cuarenta y ocho años, pero en aquellos tiempos exuberantes era un rapaz robusto y de buen ver que gozaba con la lluvia y el sol, con las mozas desafiantes, los paseos en autobús urbano aero-rail y con los insultos a los antropoides parlantes de tuercas y remaches, que empezaban a mostrarse insultantemente seguros de su triunfo como eslabón superior en la cadena social evolutiva.
No hubo conflicto, no hubo guerra, ni siquiera disturbios… en apenas unas pocas décadas la raza humana delegó sus funciones, pacíficamente, sin apenas gritos de protesta a no ser en los escalafones más bajos, en los que una memoria más rancia obligaba a aferrarse a algunas antiguas costumbres de difícil desarraigo. Por ése y otros motivos comenzaron las Migraciones Estelares, doloroso abandono del planeta madre y dispersión en aras de una búsqueda, ya fuese de recursos naturales, de espacio vital, de disgregación de una conciencia colectiva como especie. Tales migraciones fueron forzadas en bastantes casos y voluntarias en muchos otros, pero siempre propiciadas por Gobiernos que buscaban librarse de cualquier foco de insurgencia, infelicidad manifiesta, resistencia a un nuevo orden cuyas metas implicaban perfección y alejamiento del orden natural de las cosas.
Juanón pasea a las 20:47 su humanidad cerca de su apartamento, nada lujoso y perfectamente funcional. Inesperadamente se ve obligado a esquivar una serie de charcos insalubres que forman isletas oscuras en la poco iluminada calle. Está la ciudad en etapa de ahorro energético tras los últimos problemas de apagones y mal funcionamiento de ciertos servicios públicos. Pero es que, ¡charcos de agua turbia… en el barrio de Los Gallegos! Vuelve lentamente su mirada al cielo. Al principio no se ve nada, pero pronto cree, desea ver una zona más oscura en la cúpula de cuarcita, a cientos de metros de altura. Un punto a favor de la Tierra en contra de las B.R.O., con sus malditas y draconianas actividades de mantenimiento sin fin. Casi como respondiendo a un llamado del espíritu, una fina lluvia empieza a rociarle la cara, por vez primera en años sonriente y mostrando unos dientes amarillos pero enteros. ¡Que importa que la lluvia sea ácida! ¡Viene de fuera, del exterior de esta podrida colmena de chinches llenas de cables y microchips!
-No sabéis apreciar esto. Nunca sabréis nada de nada, marionetas sin hilos, capullos monigotes desalmados...
Un par de figuras que caminan juntas y muy erguidas se vuelven fugazmente hacia el aparente desencajado que balbucea proclamas poco éticas. Van de la mano, como una pareja de enamorados que vuelve tarde a su hogar. Juanón se gira hacia ellos y por un momento, apenas una décima de segundo, su corazón da un vuelco, creyendo ver una imagen del pasado… pero la pareja continúa su camino con el característico caminar elástico absolutamente coordinado aunque excesivamente rígido de los androides que comienzan su proceso de obsolescencia.
Tras un gesto casi olvidado, con dedo corazón tieso y puño cerrado, Juanón se seca la cara con un pañuelo de sintex, material que aísla y todo lo absorbe. De nuevo malhumorado, se encamina hacia El Tugurio, el viejo café-bar que inexplicablemente continúa abierto año tras año, a pesar de la nueva filosofía de vida y la anodina clientela. Lo regenta el único androide que le parece más o menos decente, un modelo tan antiguo y tosco que casi ni parece humanoide.
El local está medio vacío, como es habitual. Una nubecilla de humo inocuo planea tratando de dar ambiente. El tabaco está prohibido desde hace siete años, por tanto el humo es generado por un aparato cuya única función es ésa, producir un humo que no sirve para nada. Un par de parejas ocupan otras tantas mesas, un androide enorme está sentado en la barra, bebiendo uno de esos asquerosos concentrados de sabe dios qué cosa, un grupo de enlatados conversan afablemente en una esquina y un viejo robotijo artísticamente cincelado le devuelve la mirada tímidamente al recién llegado.
-¿Qué va a ser, Juanón… así llamado por ser un tipo grande en su juventud cada vez más lejana? –dice una voz raspante y metálica.
A Napias, el barman y regente de El Tugurio es al único artificial al que Juanón le tolera estas cosas. Por ello sonríe y da una palmada en la mesa de sintex endurecido. Napias casi parece divertido, mohoso pero afable, con un torso anormalmente ancho propio de un diseño realmente anticuado aunque pletórico en prestaciones físicas. Se diría que ningún otro como él para dar la apariencia de un tabernero de los de antes.
-Lo de siempre, boquita de piñón. Hoy tampoco ha sido mi día, para variar. –Se frota la nariz, congestionada tras la inesperada cortina de lluvia de momentos antes. Repara de nuevo en el viejo tipo casi chatarra que le contempla con torpe disimulo. Debe de ser un perteneciente a esas series nuevas que procuran simular humanos de edad avanzada, un absurdo en una sociedad que pretende camuflar cambios tajantes con pintadas de brocha gorda.
-Marchando una cerveza de barril para el señor.
El atardecer cede ante la noche, dando paso a la luz tenue de las pequeñas lámparas de tono amarillo sucio, muy del gusto de Juanón, el único que comienza a estar bebido en la sala tras cuatro o tal vez cinco jarras rebosantes de espuma. Los demás ocupantes se han ido ya, excepto el vejestorio pelanas que parece inquieto. Se hurga los bolsillos y mira hacia la puerta con ansiedad, una actitud cuando menos extraña para un artificial de pautas marcadas.
-Hora de cerrar –truena Napias tras la barra, mientras le pasa una bayeta con verdaderos e impecables aires hosteleros.
Juanón se apoya en el mostrador y muestra la pequeña Pulsera Vital. Apenas un destello y Napias sonríe satisfecho, como si el momento del cobro fuese para él la culminación de su interpretación de tabernero y debiese de alcanzar, por fuerza, una álgida camaradería.
-A la última invita la casa.
Juanón agradece muy serio, acostumbrado a la misma historia todas las noches y deseoso de seguirle la corriente a lo más parecido a un amigo que le queda. Un nuevo destello confirma una ligera recuperación de saldo en su cuenta personal… Lástima que los tacos e insultos anteriores también quedasen registrados; detalles como ése empañan el considerar la Pulsera Vital como gran invento.
-Yo, yo… no tengo dinero –grazna una voz aguardentosa desde la única mesa aún ocupada del local.
Los dos de la barra lo miran al unísono. Napias frunce su ceño único y sale de detrás del mostrador, poco amistoso y avanzando amenazadoramente hacia la pulga temblorosa. Para asombro de Juanón, agarra con fuerza al desconocido por la solapa de lo que parece una gabardina toda deshilachada. Hasta ahora no se había fijado en tales detalles, pero lo cierto es que aquel tipo va desarrapado como un mendigo de los de antes, imitando incluso de maravilla la expresión de perro apaleado.
-Si no pagas, la Ley de Latrocinios, por su artículo 23.a.bis, me autoriza a golpearte para impedir tu inminente huída.
El viejo empieza a temblar como un flan y Juanón no puede creer lo que está ocurriendo. Nunca había visto a Napias en esa situación… Claro que jamás nadie había dado problemas con el pago. Antes de que pudiese reaccionar, el tabernero golpea al individuo indefenso. Una bofetada seca pero de tal contundencia que la cabeza del desdichado se bambolea como una pera de boxeador en plena acción. Tras un momento de desconcierto gime como un pobre viejo de verdad, de los de antes.
-¡Espera, hombre… yo me hago cargo de la cuenta del tipo éste, antes de que le revientes los circuitos! -intercede Juanón, escandalizado y abrumado por la brutalidad de quien había tenido por bonachón y pachorrudo.
-No intervenga, señor, o transgredirá la Ley de Latrocinios y me veré obligado a reducirle a usted también.
¿Qué sentir? ¿Rabia, pena, indiferencia…? El que hasta ahora consideraba como único amigo por muy cabeza de lata que fuese, le amenaza con aplicar en su persona una ridícula y bárbara ley de la que nunca había oído hablar hasta ahora. Y además, además… aquel viejo sangra. Un hilo de roja sangre resbala a través de su rostro lleno de relieves, arrugas de la edad y no simple diseño como había creído en su ceguera. El carmesí fluido comienza ahora a gotear luctuosamente sobre el suelo impoluto. El rostro ladeado del hombre le mira implorante, avergonzado, esperanzado, desdichado… de todo un poco. Ningún ser artificial es capaz de semejante alarde de patético desamparo.
Napias le ignora ahora que permanece callado y vuelve su feo rostro titánico hacia su víctima, como circunstancial verdugo de la Ley de Latrocinios. Juanón tendrá tiempo de pensar más adelante en las razones que le llevaron a convertirse instantáneamente en un delincuente, candidato primario a la aplicación severa de efectos estipulados en temibles artículos de una Ley redactada por unos aficionados a las películas remotas del Far West. Romper una silla en la cabeza del barman ha sido una estupidez, en todo caso. El coloso apenas se inmuta y con lentitud se gira imperturbable. Ya no ve a un amigo ante sí sino a un agresor y, teniendo en cuenta el castigo para los que no pagan, el correspondiente para los pendencieros tiene visos de ser dramático y puede que de consecuencias dantescas.
Juanón ya no es un chaval, así que apenas puede evitar al androide desbocado aunque por fortuna lento como un buey. Napias hace crujir ominosamente unos dedos para los que los blandos huesos de un orgánico deben mostrar similitud con el queso de cabra que en ocasiones ha servido en mesa al propio cliente en un alarde de contactos con las altas esferas del aprovisionamiento. Sillas y mesas vuelcan con estrépito. Por los pelos el héroe de los desvalidos esquiva una carga que desconcha la barra y deja un reguero de madera astillada o abiertamente partida… hasta que finalmente un estampido a su espalda ensordece a un Juanón exhausto, jadeante, que se deja caer en el suelo convencido de que su hora ha llegado. Es un consuelo pensar que al menos es en la Tierra, ajeno por siempre a las malditas Migraciones… y con la distinción de rufián de taberna pugnando contra un malvado inquisidor camuflado de posadero.
-Amigo mío… nunca se lo podré agradecer lo bastante -dice la voz cascada a su espalda. Una mano sutil y temblorosa se posa en su hombro inclinado mientras otra más firme porta a la vista una vieja pistola energética ahora candente. Juanón lo observa perplejo, atónito, deseando largarse de allí a su entrañable apartamento con TV-Global-Net e hilo de música monoprograma un tanto chocante, pero música al fin y al cabo.
-Ahora vayámonos de aquí en seguida. En pocos minutos llegará una escuadra de las B.R.O., y no quiera usted verles en acción en una situación así.
Napias yace sobre el mostrador, la espalda humeante y los brazos colgando del otro lado. Su tosca composición anatómica parece ahora un mero amasijo, un proyecto fallido de una robótica ajena a las tres grandes leyes mencionadas en la antigua literatura de ciencia ficción. Juanón a pesar de todo siente lástima, una irrefrenable pena que casi le obliga a lagrimear como tierno infante. Durante años esa masa de apariencia humanoide deslustrada fue el único punto de luz en el pozo de un engranaje social contra-natura, única bocanada diaria de aire en un océano oleoso, maloliente y repleto de ausencias.
-Era… mi amigo, lo crea usted o no.
El viejo le contempla con mirada extraña. La lastimada nariz apenas sangra, pero uno de sus ojos cercados por arrugas permanece casi cerrado, entumecido, ya apenas una rendija. Nuevamente la ansiedad se apodera de él y le tira del brazo con fuerza inesperada. Se deja llevar, consciente de que sus problemas como cómplice de asesinato son ahora de difícil solución. Como un pasajero somnoliento en una barca, permite que el experimentado barquero le conduzca por callejones ignotos, desconocidos para su anterior yo, el legal aunque disconforme.
Las odiosas sirenas suenan a lo lejos, aproximándose velozmente. Un matiz novedoso acompaña y adereza el sonido tan familiar… un matiz de temor, pánico a ser atrapado, horror a someterse a unas leyes que ni siquiera parecen ser ya debatidas, consensuadas o al menos redactadas por humanos. El mundo está muerto, vacío de alma, limitado a ser una jaula de pájaros metálica. Es curioso que el antiguo ciudadano Juan Sáenz García se dé cuenta de esto justo ahora, cuando se reencuentra con el primer humano tras ocho meses de soledad.
-Aquí estaremos seguros… por el momento.
Ambos fugitivos respiran agitadamente tras largo rato huyendo por un laberinto de callejones, túneles, entrando en casas semiderruidas que Juanón nunca había visto en la distancia. Aún sin recuperar el resuello, el nuevo campeón de necesitados se recuesta contra una pared de antiguo ladrillo que delimita un solar repleto de escombros, polvo y madejas de alambre en circulación por el viento, como en un desgraciado suburbio urbanita con toques de viejo oeste.
-Pufff… ya me contará… donde está… su guarida,… Señor Anónimo. Espero que cerca y bien camuflada –comentó agónicamente Juanón mirando a su interlocutor de reojo. La adrenalina hacía rato que lo había abandonado desconsideradamente y veía puntitos negros por el esfuerzo desacostumbrado.
-Deckard, llámeme Deckard -dijo en un suspiro en anciano pistolero. Seguía teniendo un aspecto lastimoso, pero tras su demostración de tener redaños para dispararle a un androide en regla, su rostro vapuleado tenía un toque de peligro. Tal vez una chispa en esos ojos desvaídos.
-Vaya un nombre, creí que usted era de origen español, como yo.
-Lo soy. De antepasados burgaleses, concretamente. El nombre es un homenaje a un legendario héroe de una antigua película… prefiero guardarme mi yo verdadero, muy profundo aquí dentro –se señala el pecho.
Se deja caer lentamente en el suelo, cerca de un montón de cartones y deshechos varios. De mala gana, Juanón decide imitarle. De cuando en cuando algún aerodeslizador les sobrevuela, por encima de los bloques de vetusto hormigón, reminiscencias de incómodas y antiestéticas edificaciones del siglo veinte. Una petaca aparece de entre los pliegues de la ajada gabardina de Deckard, una prenda llena de sorpresas. Tras un rápido trago le ofrece con un ademán.
-No, gracias. Dígame… su organización, o banda clandestina, lo que sea… ¿está lejos, o no me quiere decir nada? Me he jugado el tipo por usted, como ya sabe.
El anciano le mira con lo que parece franca sorpresa, dejando un trago a medio camino. Se revuelve incómodo y hace desaparecer la petaca de nuevo entre los pliegues mientras un motor de aerodeslizante aúlla rasposo en las cercanías. Sonríe desdentado y traga antes de responder.
-No hay nada de eso que dice. Sólo Deckard, sus recuerdos y una destilería casera a un par de sótanos de aquí. Mi único orgullo pues la hice yo mismo, no quiera saber cómo.
Cuesta digerir eso. Tras el amago de esperanza, los deseos enfermizos de ver gente de verdad, y sobre todo una mujer… ¡sí, una mujer, joven o madura, no importa! Todo eso duele ahora en el pecho, provoca calambres en el alma, ganas de dejar de respirar. Pero Juanón hubiese hecho de buen matón de taberna en otros tiempos, quedó demostrado. Así que se limita a resoplar desdeñoso.
-No se ofenda, buen hombre. Pero es que por un momento me imaginé que la humanidad no se limitaba a usted y yo. Haga el favor de pegarme un tiro entre ceja y ceja, porque me niego a que me embarquen en una de esas tumbas que van al espacio a Dios sabe dónde… ¿lo comprende, verdad?
-Claro, yo también pienso así. Pero hasta ahora he ido tirando, aunque me costó desde que murieron Marta y Rogelio, hará unos cinco o seis meses. Los pobres parecían tísicos, tanto tosían.
Ante el ademán evidente de Juanón, Deckard vuelve a sacar la petaca y se la alcanza al vuelo. Un largo trago seguido de convulsas toses mal contenidas y bocanadas de aire, un indicador manifiesto del fragor del brebaje, auténtica agua de fuego en palabras de un comanche. Tras el paréntesis, el viejo sobreviviente se levanta con pesadez y conduce al otro a su santuario particular, efectivamente a un par de sótanos.
Bajan por unas escaleras terrosas y medio obstruidas, un descenso a una madriguera húmeda y penumbrosa. La corpulencia del invitado le obliga a menudo a ponerse de lado para poder continuar tras el silencioso guía, seguro de sus pasos a pesar de la poca luz. Hay multitud de goteras y el suelo es traicionero, acudiendo las manos con anhelo hacia los pasamanos bañados en herrumbre. Tras unos pocos vericuetos, llegan a una pequeña sala, más bien un trastero. Un par de camastros a un lado, una mesa destartalada frente a un mueble sin cajones ni portezuelas, un ventanuco dejando entrar una cascada de luminosidad escasa y descolorida. Sólo una silla, frente a un armatoste oxidado de mediano tamaño erizado de tubos, rodeado por varias botellas y escudillas. Un olor acre lo impregna todo.
-Yo fui policía, ¿sabe? Hace mucho tiempo que terminó aquella época dorada, pero siempre quedan mañas del oficio. Los policías de ahora, esas Brigadas de androides que todo lo pueden… son toscas y sin imaginación, incapaces de bucear en lo miserable y sórdido de una urbe intrincada como ésta. No sé cuantas veces enviaron a mi departamento a la caza de contrabandistas, casas de juego, prostíbulos o destilerías ilegales. Algo se te pega, je je. –Ahora sí parece un viejo taimado. Posa la pistola de energía en la mesa y se lleva al coleto un nuevo trago.
-¿Qué hacía usted allá arriba? –inquiere Juanón, sentándose en uno de los jergones con patas sin pedir permiso. El ex-policía se derrumba en la otra cama sin quitarse siquiera la perenne gabardina.
-Oh, a veces me puede la nostalgia. Necesito ver gente, aunque sea enlatada. El saldo de mi cuenta bancaria ya hace años que se agotó, pero aunque me busco la vida entre desperdicios, a veces quiero ver rostros. Normalmente no he tenido dificultad para escabullirme de Napias antes del cierre, pero esta vez me pilló pues yo no reaccioné. Eso a pesar de que su chip de intelecto debía de ser de los más rústicos, el de un garrulo, je.
-Pero… -ensaya Juanón. Le pesan los párpados, sus músculos se tensan involuntariamente y no deja de abrir la bocaza.
-Usted fue el motivo –continúa Deckard.- Yo nunca había acudido tan tarde al local, por eso nunca le había visto. Tampoco esperaba volver a encontrar a nadie que respirase, se emborrachase y sobre todo mirase el entorno con esa sensación de estar solo en el mundo.
Juanón apenas entorna los ojos, mientras piensa que mañana será otro día. Tensión, esfuerzo y ese matarratas han minado su resistencia. Aún oye las palabras del viejo, aunque cada vez más lejanas. Luego cree escuchar un par de tumbos y el raspar de una oxidada persiana metálica al bajarse. Su nuevo compañero sigue hablando, más tenue y nostálgico.
-Quizá usted no se haya dado cuenta, pero ya no salen naves. No compensa el enorme esfuerzo para cuatro pelagatos que quedamos. Nos arrinconan y nos dejan morir, para ellos es más fácil y les da igual que sea sucio. Verle a usted, Señor Juanón, ha sido lo último emocionante que me podía pasar… a mí, un viejo sin futuro.
Un sueño acude a una cita frecuente en el subconsciente de Juanón. Un lunarita con ridícula vestimenta otea la esfera azul y blanca que es la Tierra, por encima de una aserrada orografía lunar. En un momento dado una especie de zoom acerca velozmente las bandas nubosas que cubren el planeta, sobrevolando cúpulas extensas como continentes. Un estruendo sobresalta al durmiente, como un trueno en un cielo sin tormenta, apagado pero retumbante. El viajero onírico se sumerge de lleno entre las cúpulas, a la vista ahora una desparramada aglomeración urbana, un leviatán de acero y hormigón en medio del cual se halla Nueva Hispania. Pero a pesar del fulgurante intento ansioso, no alcanza el diminuto apartamento, sino que se queda sobrevolando el Barrio de Los Gallegos. La luz mortecina invade sin ser invitada los ojos entornados llenos de legañas, agitando la conciencia de aquél que vuelve a la vigilia.
Deckard está recostado sobre la cama, atravesado en una postura incómoda. Aún sale humo de su cabeza, ligeramente transfigurada. La mano aún aferra la pistola misericordiosa. Se ha pegado un tiro mientras su huésped dormía, cayendo sobre el camastro como un muñeco articulado desechado por un niño. Apenas hay sangre.
-Menudo hijoputa –la voz pastosa ofende el sórdido silencio.– Para eso le salvo el pellejo.
Tras un rato de sobria contemplación, Juanón da un par de vueltas a la estancia. En el exterior los gemidos de los aerodeslizadores suenan lejanos, pero enervantes como zumbidos de avispas. Tras un instante de duda, alarga la mano hacia el arma del finado. La sopesa en su mano grande de dedos nudosos y luego despoja al cadáver de la raída gabardina. No se arrepiente cuando sale al exterior, hosco pero decidido a tratar de ser uno de los piojos más condenadamente duros de exterminar en un mundo de chinches metálicas.
-Viviré de migajas... hasta que me atrapen o me canse. Qué argumento, el último hombre sobre el planeta de las cúpulas y los androides de los cojones.
Enfila el cutre sendero empedrado envuelto en el desastrado chaquetón, inseguro del rumbo. A los pocos pasos, como al descuido, golpea la muñeca engrilletada contra un muro, una, otra vez...hasta que un chasquido delata el fin del artilugio, la Pulsera Vital, fiel testigo de todo lo acontecido en las últimas horas. La sangre resbala por el dorso de la mano, pero los dientes apretados sugieren ira e impotencia, no dolor. Burlonamente un estertor vibrante en la muñeca recuerda al nuevo montaraz su caduca obligación de acudir a su puesto de trabajo... la mueca airada muta en sonrisa canallesca. Varios niveles por encima, un ama de casa último modelo se asoma a tender la ropa de cama. Apenas alcanza a distinguir en el fondo del abismo sombrío un revoloteo grisáceo que se esfuma tras una esquina, cuando una rociada de lluvia densa obliga al casero androide a pestañear y recogerse al interior. No siente curiosidad, sus patrones de conducta no contemplan tal variable como alternativa ociosa e improductiva.
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