Los más fuertes |
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06-02-2007 16:15
Por: yosu RC
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/975926/ |
De La Guerra de los Mundos (HG Wells).
La Tierra está en poder de los marcianos. El plan del Artillero sigue en curso...
“Por fin ha llegado el gran día. Por fin revelaremos al mundo nuestra propia identidad. Por fin conquistaremos nuestro mundo.” El Artillero, como había sido apodado desde un principio, solía abstraerse muchas veces en la esperanza y en la victoria tan ansiada. Aquellos pensamientos nunca lo habían abandonado desde el principio de la invasión, y últimamente lo acompañaban durante más tiempo.
Cada vez que pensaba en ellos, cada vez que recordaba aquellos días, cada vez que sentía el tacto de la cicatriz roja cubriéndole la cara… los invasores pagarían por todo el mal que le habían hecho.
-Artillero, las tropas de asalto están listas para subir al exterior –informó de pronto un oficial.
-Perfecto –respondió éste, entusiasmado-. Por fin reconquistaremos Inglaterra.
Todos los habitantes del subsuelo de Londres estaban pendientes de aquel día, el día elegido para salir a la reconquista. Pocos en comparación con los que eran en un principio. Habían pasado ya más de cincuenta años, y muy pocos habían sido capaces de soportar la presión. “¡Fuera los débiles!” era el contundente lema de la oligarquía instaurada en Nueva Londres. Tiranía según aquellos que no se atrevían a hablar o aquellos que habían sido desterrados al atreverse a hacerlo. Se necesitaban hombres vigorosos e inteligentes, el resto habían sido expulsados al exterior, a merced de los marcianos. “No queremos idiotas ni incapaces. Los inútiles son engorrosos y los malos tienen que morir. Vivir para inficionar la raza es alta traición. Tenemos que salvar nuestro saber y aumentarlo, no sólo preservar la raza y sobrevivir. La muerte no es cosa tan horrible: es el miedo lo que la hace antipática… Aquellos que hoy deciden abandonarnos deberían morir de buena voluntad.”
Éste era el discurso que El Artillero repetía cada vez que expulsaban a alguien. “Animaba” a los presentes a reafirmarse en su situación, y a los renegados a asimilar el destino que habían elegido. Pero nadie volvió. Jamás. Cuando alguien salía afuera, no regresaba.
De hecho, los primeros años bajo tierra, El Artillero enviaba espías frecuentemente para aprender de la tecnología marciana. Su objetivo a largo plazo era capturar trípodes, aprender a usarlos y atacar a los demás con su Rayo Ardiente. Pero ningún espía regresó.
El último suplicó por su vida ante la salida de la ciudad. “Te perdonaré la vida, si la traes de vuelta con información importante” –fue la respuesta del Artillero antes de cerrar la compuerta. Un día después, en su desesperación, el padre del espía y miembro del Consejo de Sabios, solicitó el fin de dicha práctica. Consideraba más viable estudiar en la ciudad a partir de la tecnología humana existente y de lo que ya habían visto antes de fundar Nueva Londres, y enviar un equipo de rescate antes de que fuera demasiado tarde.
Su propuesta fue aceptada, y él fue el único enviado como “equipo” de rescate. Nunca volvió.
Pero todo aquello había quedado atrás. Hoy las diferencias eran olvidadas. La tiranía era suavizada. Todos se unían contra un enemigo común. Se le declararía la guerra a los marcianos.
Las tropas de asalto estaban entrenadas para la victoria. Los soldados estaban entrenados sólo para la victoria. Nada los detendría. Capturarían trípodes y no tendrían piedad. El Artillero los llevaría a la victoria. No sabían con qué se encontrarían. No sabían cuánto habría podido avanzar la tecnología marciana en la Tierra. No sabían nada. Pero estaban seguros de su victoria.
Un atronador grito de batalla abrió la puerta. El ejército salió. El Artillero estaba orgulloso. Era el rey de la colonia. Pronto sería el emperador de la Tierra. El Amo del Mundo. La tiranía surgiría de las profundidades para ocupar toda Inglaterra, como la explosión de lava de un volcán enfermo de poder.
La puerta se cerró, encerrándolos en el exterior. Una densa nube de polvo lo cubría todo. No se podía ver más allá de un palmo. De repente, la primera línea de batalla dejó caer sus armas al suelo. Luego, la segunda. Luego, la tercera. Bajo sus pies, marcianos muertos. Marcianos destrozados y demacrados, genéticamente destrozados. Aquella nube comenzaba a afectarles a ellos también. Algo había matado a unos, y ahora mataba a otros. Comenzaron a caer, no podían respirar, no podrían sobrevivir. El Artillero golpeaba la puerta con las pocas fuerzas que lograba reunir. Nadie podía oírlo. Ya no tenía fuerza para gritar. Nadie le escuchaba.
En pocos minutos, los cuerpos de los soldados cayeron. Cayeron sobre los cuerpos de los marcianos. Y allí, inmóviles, inertes, unos abrazados a otros, siguen hasta hoy, dos mundos en guerra que nunca se supieron unir. Dos mundos en guerra fueron unidos al morir.
Invierno nuclear.
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