Cerberus |
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22-02-2007 16:35
Por: Bastos
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/976469/ |
Prólogo de una historia cargada de violencia.
Caminaba impasible entre las oscuras calles y los estrechos callejones que componían aquel mundo por el que se movía. Prostitutas de sonrisa fácil y ojos tristes llenaban el ambiente acompañadas por vendedores de muerte y yonquis aullantes. Hacía rato que la actividad se había iniciado en aquella miserable parte de la ciudad, un lugar tan horrible en el que la vida de un hombre sólo valía un puñado de dólares, donde el idioma común era el de las balas y, sin duda, encontrar a un hombre virtuoso era como transformar el plomo en oro. Metió la mano en el bolsillo interior de su gabardina de cuero negro y sintió una agradable satisfacción cuando rozó con el dorso de su mano la pistolera donde reposaba su revólver. Rápidamente extrajo de su bolsillo un paquete de tabaco y un mechero. Tranquilamente encendió el cigarrillo, dio un par de profundas caladas, y siguió caminando mientras fumaba observando el decadente espectáculo que se desarrollaba a su alrededor. Al poco rato llegó a su destino: El Liguero Carmesí. Un top less como otro cualquiera de esta parte de la ciudad, si no fuera porque este local era un auténtico sumidero de explotación de mujeres, drogas adulteradas y un estudio de porno rancio y casero. Un proxeneta que se hacía llamar El Barón llevaba el oscuro negocio. Nadie al ver la fachada del edificio podría imaginarse los abominables hechos que ocurrían allí cada noche.
Dio la última calada a su cigarrillo y se dirigió a la rosada puerta. Su mano se aferró al tirador dorado y empujó la puerta. Al entrar en el local, la visión de ese palacio del vicio y la degradación llamado El Liguero Carmesí le golpeó como un puñetazo en su rostro. Bailarinas semidesnudas eran acosadas por trajeados hombres, las rayas de cocaína rompían la monotonía de las negras mesas del recinto, toda aquella escena se encontraba engrandecida por las luces de diferentes colores que adornaban el espectáculo, clientes que se marchaban con señoritas ojerosas y vapuleadas hacia las habitaciones de la parte de atrás del local. La desesperación de las chicas se mezclaba con la lujuria y el vicio de hombres sin escrúpulos que entre los muros de aquella inmundicia encontraban satisfechos sus deseos más oscuros. El portero y él intercambiaron una mirada. Tras ver cómo el portero asentía permitiéndole el paso se internó en el local.
Una amoratada chica se le acercó con la intención de llevar su abrigo al guardarropa. Con un gesto de su mano declinó la oferta: no iba a estar mucho tiempo en aquel lugar. Se dirigió a la barra del bar donde un grupo de clientes bebían de los licores destilados en el mismo sótano del lugar y donde la cerveza aguada corría con presteza hacia las jarras y gargantas secas. Cogió un taburete y esperó a que el camarero, un hombre alto y calvo, de complexión fuerte y la palabra asesino escrita en su expresión terminase de atender a la clientela.
-¿Qué quieres? -espetó el camarero con cierto tono de desprecio en sus palabras-. Si no vas a tomar nada aleja tu culo de aquí, hay más clientes que quieren sentarse.
Sin duda el tipo no sabía a quién se estaba enfrentando.
-Quiero ver a tu jefe, al Barón –dijo tranquilamente mientras miraba a su alrededor -. Es un asunto rápido no le llevará mucho tiempo.
-Escucha, capullo, el jefe no tiene tiempo para hijos de puta como tú, ¿entiendes?
Si había algún defecto importante en su persona es que la paciencia no era precisamente abundante, y aquel camarero se la estaba agotando con gran celeridad.
-Mira, gilipollas, te estoy diciendo que quiero ver a tu jefe, ¿qué coño es lo que no entiendes? -dijo al camarero en un agrio tono.
Tras oír la frase, el camarero sacó de debajo de la barra una escopeta y rápidamente le apuntó. La expresión de su cara no daba lugar a la duda: no era la primera vez que apuntaba a un hombre. Seguramente había arrebatado la vida a una gran cantidad de ellos. No había atisbo de miedo o nerviosismo en sus ojos.
-¡Repite eso que has dicho! –gritó el camarero frunciendo el entrecejo-. ¡Vamos, te reto a que lo repitas si tienes pelotas!
La actividad del resto de gente que estaba en el local se detuvo y fijó su atención en lo que estaba ocurriendo en la barra. El camarero se jactaba del protagonismo que acababa de adquirir, se notaba que no era la primera vez que ocurría, ya que miraba a su público con aires de grandeza. Aquello le iba a costar la vida. Aprovechando que el camarero estaba embriagado por su “grandeza”, empujó la escopeta fuertemente a un lado y desenfundó su revólver en dos rápidos movimientos que parecieron uno solo. Sin dudar un instante disparó, sentenciando al camarero. Acto seguido saltó la barra y se parapetó en ésta ante la posibilidad de que el portero estuviese armado. Los disparos que pudo escuchar entre los gritos de pánico de la muchedumbre así lo confirmaron.
Agazapado esperaba el momento adecuado en el que actuar mientras las balas silbaban a su alrededor y una lluvia de cristales rotos, astillas y alcohol se precipitaba sobre él. Estaba en clara desventaja. La cadencia de fuego de su Magnum 357 no tenía nada que hacer contra la de la pistola automática del portero. Los segundos se le hicieron eternos, hasta que los disparos cesaron y escuchó el característico sonido de un objeto metálico impactando contra el suelo: sin duda el portero estaba recargando su arma.
Emergió de su parapeto con la pistola presta a dar muerte. El portero recibió un disparo en el pecho que lo derribó. Aún jadeaba: el disparo había atravesado el pulmón izquierdo ocasionándole una brutal agonía. Pensó en darle el tiro de gracia, pero irónicamente se rió de aquel pensamiento; él no era un hombre piadoso, además de que le supondría el malgasto de una bala. Sin más dilación se dirigió a las escaleras que subían al cubil de su objetivo mientras pensaba que éste o era un completo estúpido o confiaba demasiado en su reputación al tener sólo dos hombres para su protección. Probablemente sería una mezcla de las dos cosas.
Ante él se hallaba la ostentosa puerta tras la que se escondía El Barón, una puerta de color blanco con numerosos ribetes en color dorado. Aquella puerta casi celestial resultaba insultante entre tanta depravación. Echó a correr y justo cuando se acercaba a la puerta saltó para abrirla de una potente patada. La puerta se abrió con un gran estruendo revelando a su víctima, un hombre de unos cuarenta años, de pelo canoso, ojos marrones y entrado en carnes, y a una prostituta caucásica de Europa del este copulando en una cama vibratoria. El muy imbécil había insonorizado su habitación y no se había percatado de la vorágine de violencia que se había desatado en el piso de abajo. La chica gritó, y El Barón y él intercambiaron miradas.
Metió la mano en su gabardina y extrajo su revólver, encañonando a su objetivo. La chica enmudeció y se impuso un violento silencio. Mientras, El Barón agarró a la chica usándola como escudo.
-¿Quién te envía? -Las palabras del Barón no podían ocultar su miedo. Seguramente nunca había tenido un arma encañonándole. Temía que ésta fuese su primera y última vez, pero no se lo iba a dejar fácil a aquel bastardo-. ¡Te pagaré el doble de lo que te ofrecen!
Aquel manido ofrecimiento le enfureció. Él era un profesional, uno de los mejores pistoleros de aquella infecta ciudad. No se vendía nunca y siempre ejecutaba sus encargos a la perfección. Éste no sería una excepción. Lentamente, El Barón fue poniéndose en pie sujetando a la chica del cuello, mientras se acercaba a su escritorio, donde reposaba una pistola de 9mm con las cachas de marfil. Sin mediar palabra abrió fuego sobre El Barón y sobre la chica vaciando todo el tambor de su arma. Los dos cuerpos cayeron pesadamente en un charco de sangre. La chica aún estaba viva y respiraba con dificultad y le miraba con los ojos empañados en lágrimas mientras sus ojos color esmeralda iban perdiendo color paulatinamente. Solemnemente cogió una bala y recargó su arma, apunto a la cabeza de la chica y acabó con su sufrimiento. Suavemente cerró sus inertes ojos con la yema de sus dedos. No debería haber muerto, pero al haberla usado El Barón como escudo podría haberle costado la vida si éste hubiese cogido su arma y ambos hubiesen intercambiado al tener que apuntar con cuidado para no darle. Él no era ningún justiciero y no era la primera persona inocente que moría en sus manos por estar en el lugar equivocado. Sin más, encendió un cigarrillo y salió con paso leve del local.
Al llegar a la calle no se sorprendió de que no hubiese nadie por los alrededores. Lo que acababa de ocurrir no era nada fuera de lo común en aquella zona. Seguramente la policía haría la vista gorda, pero a los demás ciudadanos les darían la falsa información de que estaban investigando el caso. Echó un último vistazo al local y partió hacía su casa. Al llegar colgó su gabardina en el perchero y guardó su revólver en uno de los cajones de su mesilla de noche. Se dirigió al baño y se aseó, encontrándose en el espejo con su acerada mirada. Sus azules ojos, siempre gélidos, reflejaban un rostro inmutable y lleno de dureza que no reflejaba ningún atisbo de arrepentimiento por lo que acababa de hacer.
Él era uno de los mejores asesinos de aquella ciudad. Él era Cerberus.
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