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¿No os habéis sentido nunca diferentes, como que algo dentro de vosotros estaba cambiando? Yo me convertí en dragón por una noche...
Han pasado ya dos semanas desde aquella noche, y aún sigo sintiendo la misma rabia de la que fui poseído. Me acuerdo que paseaba continuamente por la habitación, abstraído, gesticulando y moviendo los brazos, reclamando justicia por el asesinato de mis padres.
Parecía el principio de una crisis. Alguien se había tomado la molestia de cavar mi
tumba y me quería sepultar en vida; yo me sentía inferior, mirando desde abajo, y las paredes se me hacían escarpadas y desde arriba se divertían tirando tierra…me había convertido en una gota de agua en el mar, que gritaba tempestad y destruía cuanto estaba al filo de las olas, y mientras, la almohada engullía mis gritos ahogados.
Me sentía cada vez más extraño, notaba que la furia se apoderaba de cada parte de mi cuerpo y no podía hacer nada, y la habitación se mostraba hostil y cambiada.
De repente, noté un agudo dolor en las piernas, pinchazos violentos que hacían que me estremeciese en la cama, convulsionándome y haciéndo que pensase que era el último momento de mi vida. Sentí que mis piernas ahora eran más fuertes y resistentes, y el dolor se evaporó algunos segundos, hasta que lo volví a percibir de nuevo, esta vez con más intensidad, consiguiendo que saltasen las lágrimas de mis ojos; observé cómo se rasgaban mis pantalones y cómo se resquebrajaban las zapatillas, hasta llegué a tener la impresión de que me habían crecido garras y que mis piernas habían enrojecido; pero apenas tuve el suficiente tiempo para mirar qué me había pasado cuando empecé a tener arcadas y ganas de vomitar, y volvió otra vez el dolor, esta vez en la espalda, sintiendo que crecía un bulto, como una protuberancia exagerada que salía de mi piel. Percibía cada centímetro que nacía, al igual que posteriormente noté que sobresalían dos pequeñas formas más delicadas de mis omoplatos, oprimiendo con fuerza mis pulmones e impidiéndome respirar, hasta que al fin, con un grito como el primero de un bebé al nacer, volví a respirar.
Mis brazos tenían escamas y terminaban en dos feroces garras, de mi garganta emanaba un ronroneo continuo, que cada vez se parecía más a un gruñido. Mi cara se estaba transformando y al intentar tocármela me hice un profundo arañazo del que brotaron gotas verdes azuladas.
Intenté incorporarme, pero al principio no con mucho éxito, mi centro de gravedad se había desplazado unos centímetros hacia delante, y tenía que aprender a hacer contrapeso con las alas. Me costaba mantener el equilibrio al andar y las garras se clavaban continuamente en el suelo de parqué. Sólo quería llegar al espejo para poder ver lo que me había pasado, pero una fuerza me impulsó a cambiar mi rumbo e ir a la terraza. Cuando llegué ya sabía lo que tenía que hacer: salté y desplegué las alas, planeé bajo la luna sintiendo el brillo de mis escamas, observé la ciudad desde las alturas, agradeciendo la precisión de mis ojos y contemplé la belleza de la ciudad sometida a la oscuridad que reinaba. Sabía que esa era mi noche, me sentía fuerte y orgulloso, haciendo piruetas con destreza y sintiendo la mirada de la gente sobré mí mientras volaba.
A los pocos días desperté en un hospital; me dijeron que había tenido mucha suerte y que había sido muy valiente al sobrevivir a un incendio tirándome desde un séptimo, que pasaría varias semanas en esa habitación hasta que estuviese fuera de peligro. Yo, lo único que hice fue ir hacia el espejo, observé mi cuerpo magullado de quemaduras y heridas, y una gran cicatriz que atravesaba mi cara. Me sentí como un dragón malherido, encerrado en una jaula custodiada por médicos, sentí que de mis fauces iba a salir fuego, no aguantaba más…y vomité.
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