Jeanine


Terror y Supense

17-05-2007 16:44
Por: Yumi.neko

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/976911/

Relato seleccionado del concurso "Homenaje a John William Polidori"

La lluvia copiosa inundaba tu “patíbulo”, donde el ataúd, con el cuerpo inerte de tu amada yacía. Inmóvil, frío. Y sin ese aire pacífico y angelical que suelen tener los muertos cuando parecen dormir plácidamente en eterna tranquilidad. Resulta una imagen inquietante.

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Los dolientes se han retirado menos tú. No. Tú sólo permaneces de pie junto a ella, esperando que en cualquier momento despierte y declare ante ti la verdad: que acuse al culpable, al siniestro demonio que tras causar esta irreparable tragedia ha desaparecido sin dejar rastro. ¡Ah, pero lo encontrarás! ¡Lo encontrarás y harás que pague por esa ola de crimen sin fin que ahora te ha afectado a ti de la forma más dolorosa...!

Temblando de furia y aprehensión, escondida en un rincón del cuarto tras cortinas rojas de brocado, oculta su faz y su desnudez con las manos, aprieta sus rodillas contra el pecho y el cabello cubre su rostro húmedo, pero no tapa su espalda encorvada, ni sus pies helados.

La puerta se abre con un chirrido, ella no alza la mirada. Puede percibir la boca abriéndose con voluptuosidad, su lengua olisquear con ansia cual una serpiente en el sopor de la habitación en búsqueda de su preciada esencia. Parece saborear con deleite el olor dulzón desprendido de esa piel ambarina que se estremece al sentir la vida que le es arrebatada con cada aspiración.

No se atreve a cruzar su mirada, como si esos ojos pudieran absorber su alma, punzar su carne y arrastrarla hacia la misma boca del infierno. Vuelve el rostro al suelo con desprecio, tratando de ocultar su temor. Clava los ojos en el muro deseando, pidiendo contra toda esperanza despertar de la pesadilla que está viviendo.

Oye las secas pisadas que indican la proximidad de su perdición; lento y silencioso.
Su sombra consume la luz de las velas y la cubre a ella hasta envolverla con un aura fría y aplastante. La cercana presencia, cada vez más cerca... le ahoga. Cuando se inclina y extiende su mano en la penumbra del rincón, sufre su odiado contacto y se eriza la piel, pude palpar el denso flujo de aquello que, con una succión sutil, le está siendo robado.

Abre los ojos con determinación pensando en no ser ella rebajada por la vileza de esa criatura. Decide luchar pese a sentirse desfallecer: trata de huir trastabillando, cae y se arrastra torpemente hacia el otro lado de la habitación; sus piernas le fallan al tratar de levantarse y cae de nuevo llevando parte del cortinaje consigo. Humillada en el suelo comienza a golpear histéricamente la ventana.

Continúa siendo observada en silencio. Él sabe que es inútil. Le produce asco ver a la infeliz, pero no se mueve.

Rendida, en su final, su desgracia, cae avergonzada. Su pecho sube y baja a fuerza de contener el llanto.

Al borde del pánico suelta a llorar amargamente, recargada contra la ventana.

Amaniatada, trata desconsoladamente de cubrir su cuerpo con las cortinas que ha tirado. Con la garganta irritada causa de sus sollozos compulsivos, jura en voz alta por su arrepentimiento y maldice su suerte con profundo odio.

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La fuerza de sus lamentaciones rompe con violencia a sus extremidades que se contorsionan involuntariamente. Se araña a sí misma para aliviar la tensión, y permanece ahora encogida y jadeante. Cubre con nuevo afán su pecho y sus caderas con la suave tela carmesí.

Siente el odio como agua hirviendo a punto de derramarse por los poros de su piel y recorrer sus venas como abrasante veneno.

Se levanta inundada de cólera y se arroja como un animal salvaje contra su enemigo tratando de derribarlo. Él, sin hacer esfuerzo alguno, la sujeta por las muñecas y aprieta.

El torrente de sangre corre violentamente por sus venas en ejecución de una dulce tortura. Sólo espera a que beba de su mágico elixir...

A ella sus últimas fuerzas le abandonan. Incapaz de hacer otro esfuerzo, y apresada, ahora sólo insiste en evitar su contacto visual. Esos despreciables dedos, fríos como la muerte, la toman por la barbilla y le obligan, sin embargo, a hacerlo.

No puede evitarlo, a pesar de su esfuerzo se tropieza con sus ojos ominosos y le es imposible contener un grito de rabia y horror. Dentro ve bailar hielo y fuego, un abismo ignoto, una nada terrible y poderosa, tan densa y oscura que se siente succionada hacia su interior.... Hacia su interior....

***

Ya no se mueve tratando de escapar.

De sus ojos ha desaparecido todo vestigio de odio. No puede pensar por sí misma, no quiere pensar por si misma... Una seductora fascinación diabólica le ha atrapado, legándole a las órdenes de su odiado enemigo.

Con malicia en los ojos y una sonrisa triunfante en el rostro, él se atreve ahora a tocarle; su rostro pintado por los colores del alba irradia luz, los hombros de la más fina porcelana parecen derretirse como una fuente de la que emana un exquisito chorro de leche fresca.

Se acerca a su cuello, inhala con avidez. Ella siente una descarga que le recorre la espina hasta el sexo vibrante al encontrarse examinada por aquellos imperiosos ojos que ya la han atravesado. Le acaricia una estela romántica y satánica, inexplicable, que emana de su nuevo amante, sumida en un éxtasis profundo.

Se deja manipular con sumisión. El poderío, sus crueles cualidades malignas, hipnotizantes son ahora el mayor gozo sobre la Tierra. Casi no recuerda cuando él clava sus colmillos en su garganta y bebe con fruición, provocando un dolor y placer agudos. Siente el amor rebosar su pecho y clava sus uñas en la carne del vampiro tratando de impedir que se separe de ella. Ni uno. Ni un segundo. No podría jamás desasirse de su amigo, su amante, su dueño.

Del dominio en su provecho de su inocencia y espíritu la conducirá a la autodestrucción.

***

Me espía constantemente, acecha tras mi puerta. Cada vez que se presenta extrae un pedazo más de mi alma. Pronto me habrá consumido hasta hacerme de su propiedad; dependiente de su trato, adicta a su voz, inexistente sin su ser.

Yo, impotente, sólo puedo sufrir mi gradual debilitamiento, gota a gota derramándose por mi cuello con sensualidad.

Agobiada por la confusión y la culpa, sin poder dar marcha atrás.

 

El contrincante
El contrincante
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