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Una historia en tres actos y un epílogo
París, ribera del Sena, hoy.-
Volver a París es como un bálsamo para mis heridas. En esta época extraña, donde el tiempo se ha acelerado y las cosas cambian y se suceden a un ritmo sorprendente, es un remanso donde todavía puedo reconocer las calles, los edificios, incluso la gente. El centro de la Ciudad de la Luz sigue manteniendo el mismo espíritu, la misma forma, sin que las inevitables transformaciones tecnológicas que continuamente nos sacuden hayan podido hacer mella en su imagen de serenidad y belleza intemporal. Las pequeñas innovaciones que descubro aquí y allá son sólo anécdotas en su encantadora y siempre seductora apariencia.

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El Sena discurre tranquilo a mis pies. Paseando por su orilla, lejos de las aglomeraciones de turistas y viandantes, mi ánimo se relaja en este magnífico atardecer que tiñe de mil tonalidades el cielo. He partido del pont de Bir Hakeim, cuya estatua ecuestre parecía indicarme el camino a seguir. París vive abrazado a su río, así que ascender por él me lleva a un nostálgico recorrido hacia atrás en el tiempo, y me permite disfrutar de sus maravillas. Desde su distintiva y siempre abarrotada torre Eiffel, pasando por los palacios de Chaillot, el Petit y el Grand Palais, el Dôme, el magnífico puente de Alejandro III, la Tuileries, Orsay, el Louvre... Pero no son los monumentos o las construcciones las que me emocionan, sino los recuerdos que me traen. Y pienso que yo soy como este río, siempre distinto y siempre el mismo, que nunca lleva el mismo agua, pero que en su fluir tampoco nunca cambia en su esencia.
Cuando desperté hace unos meses de mi último letargo, que había durado casi tres decenios, encontré una realidad muy distinta a la que dejé. Para alguien como yo que ha perdurado tanto tiempo, ver cómo en apenas unos años el mundo se había vuelto pequeño y vertiginoso, fue en principio una impresión desagradable. Siempre he vivido en soledad, y lo que me rodea se me antoja como un mero escenario mutable y circunstancial, por donde vago tratando simplemente de subsistir las más de las veces, y, de vez en cuando, luchando aún por realizar mi viejo y esquivo sueño. Por eso tardé en habituarme a esta velocidad desbocada. Pero cuando lo hice descubrí que este nuevo presente me ofrecía importantes ventajas. Podía en unas horas trasladarme de una localidad a otra, por muy lejanas que estuviesen, y recorrer el planeta entero con comodidad. Si en siglos anteriores me veía obligado a buscar disfraces y subterfugios para justificar y ocultar mi presencia, ahora podía viajar de país en país, con un mínimo de dificultad, evitando dejar cualquier rastro de mi paso. Ciudades como Río, México D.F. o Tokio son poblaciones tumultuosas y caóticas, donde podría sobrevivir durante décadas sin que mi estancia fuera advertida. Pero además podía visitar viejos y queridos lugares, sabiendo que mis hábitos no levantarían mayor sospecha que el revuelo propio de un crimen ordinario más. Mi existencia se ha visto muy facilitada por esta rutilante globalización.
Sin embargo, mi bienestar físico no es lo que más me preocupa. Nunca he tenido excesivos problemas en procurármelo, a pesar de que he vivido situaciones intensas y peligrosas, más provocadas por mis desesperados intentos por encontrar un sentido a mi existencia que por tener que cubrir mis necesidades vitales o por la habilidad, más bien escasa, de mis esporádicos enemigos. Éstos, por temibles que en su momento hayan podido ser, siempre se acababan diluyendo en el mar del tiempo como las lágrimas bajo la lluvia. Sólo después de tener que aceptar el fracaso de mi última y fallida prueba, cuando tuve nuevamente que exterminar a mis acólitos comprendiendo que a pesar de mis constantes esfuerzos inevitablemente caían sin remisión en la degeneración y decadencia más profunda, perdiendo todo rasgo de racionalidad, necesité retirarme de nuevo para poder asumir que otra vez estaba solo y sin esperanzas en esta tierra de borregos.
Porque esto es lo que me parecen cada vez más los seres humanos. Animales castrados y elementales, carroñeros sin capacidad para tomar las riendas de su vida ni prever las consecuencias de sus actos, conformándose con ir poco a poco consumiendo todos los bienes del planeta, sin preocuparles si tienen repuesto o qué sucederá con sus descendientes. Todo lo tienen y todo lo desperdician. Han heredado el paraíso, e irremediablemente lo están destruyendo. Me he ido dando cuenta de que soy muy diferente a ellos, no sólo porque en definitiva constituyen mi alimento, sino porque en esencia no dejan de ser unas bestezuelas inmundas sin más aspiración que procrear y consumir placeres sin importarles nada más. He comprendido que en el fondo no son muy distintos de los engendros que yo creo, sólo pensando en satisfacer sus instintos, pero sin la ferocidad y urgencia de éstos.
Por fin llego a la Île de la Cité, y a través de la plaza de Saint Michel me introduzco en el barrio latino, sede de mis primeras y últimas decepciones. Observo a los jóvenes que se arremolinan alrededor de la fuente, lugar común de citas y encuentros, y comprendo que apenas se diferencian de los sesudos estudiantes de la Sorbona de mi primera visita, de los animosos insurrectos durante la Comuna, o tan siquiera de los apasionados revolucionarios de mayo del 68, en cuyo entusiasmo y ardor creí poder encontrar lo que tanto he anhelado. La melancolía me invade mientras contemplo la magnífica estatua de Duret de San Miguel matando al dragón, símbolo milenario de la lucha del bien contra el mal, pero que en realidad encubre la más tremenda de las verdades: el demonio a batir no está fuera de nosotros, sino que anida en nuestro interior.

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Sólo yo, tras siglos de dolor y sacrificio, he sido capaz de someter a la bestia que me consume por dentro, y hacer que sus voces y exigencias no dobleguen mi voluntad. Sólo yo soy capaz de controlar el estigma de Caín que mora en todos los hombres. Así he podido refrenar el hambre, reprimiéndome hasta encontrar el momento y lugar apropiado, y vencer el ansia que me impele a cometer atrocidades y aberraciones, dándole rienda suelta cuando yo decido y como yo decido. Esto me ha hecho fuerte, poderoso, más allá de estas increíbles facultades que mi cuerpo posee, porque ¿de qué me servirían si no pudiese manejarlas a mi antojo y determinar cual va a ser su uso?
Recuerdo los primeros años de mi renacimiento en esta nueva forma, cuando notaba el fuego arder en mi pecho y en mi cerebro, y padecía enormemente tratando de contener tanta rabia y salvajismo. Como un ermitaño, me ocultaba en lugares despoblados y alejados (el mal necesita a la oscuridad para sobrevivir), tratando de aprender cómo controlarme. Me acercaba únicamente a las zonas habitadas cuando ya no podía soportar mi aberrante apetito y tenía que matar para seguir viviendo. Sólo cuando por fin conseguí distinguir y separar en mi cerebro las voces intrusas y mis genuinos pensamientos, y así diferenciar quién era yo realmente y quién el diablo que me habita, traté de reintegrarme de nuevo en la sociedad de mis antiguos congéneres, disimulando y ocultando mi auténtica identidad.
Pronto descubrí que yo no era ya igual que ellos, no sólo en lo físico, por mis asombrosas habilidades, sino que mi mente era más tenaz y visionaria que la suya. Cada vez se me semejaban más a rollizos cerdos únicamente preocupados en engordar y rezongar. Así eran los súbditos de Dios. Averigüé entonces que jamás volvería a vivir con ellos ni como ellos, y poco a poco fue surgiendo en mi cabeza la idea que me ha dominado desde entonces. Debía conseguir transformarlos en otros similares a mí, con mis poderes pero también con mi capacidad de control, aprendiendo que sólo a través del sufrimiento se llega a la verdad, que sólo a través de dolor se es auténticamente libre.
Pero fracasé una y otra vez. Sólo creé monstruos. Busqué por todo el orbe seres con la fortaleza y el carácter suficiente como para poder resistir como yo el ansia y sólo obtuve continuos desengaños. Como el viejo Cronos tuve que devorar a mi propia prole, y hacer de la frustración una compañera. Viajé por ciudades y pueblos, conocí todas las naciones, todas las creencias, todas las culturas, y nunca hallé lo que esperaba. A veces, exhausto y desilusionado, permanecía algún tiempo más en algún lugar concreto que se acomodaba a mis propósitos, asumiendo identidades que me encubrieran. O dormía durante años, invernado y recuperando ánimos y energías. Pero nuevamente el sinsentido de la existencia humana me impelía a seguir persiguiendo mi sueño. Así se fueron forjando mitos y leyendas, cuya transformación con el tiempo no puede dejar de hacerme sonreír con pena y sorna. Mi fatídica intervención en la vida de mis antiguos semejantes ha causado una fuerte impronta en su subconsciente colectivo, que ha absorbido tanto horror y muerte como he causado dándole formas fantásticas y oníricas, olvidando que una vez fueron ciertas, o casi. Y así sólo yo recuerdo ya lo que fue y no fue, y me rió de ellos cuando creen que imaginaron lo que en realidad existe, y desdeñan como patraña lo único que de verdad saben.
Desemboco al Petit Pont y desde allí diviso ensimismado la imponente figura de Notredame, hermosa desde este lado del río, perfecta ahora como siempre lo ha sido... Nunca me he atrevido a entrar en ella. No sé por qué, pero es como si escondiera en su interior un secreto que me afecta sólo a mí, y que puede traer mi perdición. Sin embargo, disfruto contemplando su silueta entre los árboles, dibujándose contra el anochecer. Me conformo con deambular entre los puestos de libros y postales de la orilla sur, dejándome arrullar por la preciosa entonación de sus tenderos, que discuten sobre cuitas sencillas y frívolas. Tanto ellos como la soberbia catedral parecen saber cuál es su sitio en el mundo.
He tratado durante todo este tiempo de comprender quién soy y cuál es mi destino. Después de tantos años todavía no sé a ciencia cierta por qué soy tan distinto, tan especial. Por qué no puedo morir. Por qué mi fuerza, habilidad y sentidos son superiores a todo lo conocido. No entiendo por qué me dan tanta aprensión las cruces, el agua bendita o los ajos, mientras que otros símbolos ni me inmutan, o por qué al mirarme en el espejo no distingo mi rostro, sino una maraña de filamentos y venas amarillas, como si yo no estuviese formado por huesos, músculos o piel. Sigo sin encontrar explicación concluyente a que sólo pueda ingerir sangre fresca humana para vivir, y qué extraña enfermedad o locura me aqueja para que mis instintos y emociones sean tan violentos.
Después de tantas dudas, al final sólo encuentro una posible respuesta: soy la contestación de la naturaleza a la traición de Dios. Ese supuesto Salvador Todopoderoso que como un niño antojadizo obliga a su propios hijos a vegetar en la desgracia y la miseria, mientras los atormenta e idiotiza. La razón y la voluntad humana deben librarse de ese yugo maldito y recobrar lo que fue suyo, retornando a ese paraíso que todos rememoramos y del que fuimos expulsados por su arbitrariedad y capricho. El dolor es mi fuerza, y mi capacidad para aguantarlo es lo que me permite plantarme ante Él y escupirle todo mi desprecio. Debo encontrar el camino para hacer que mi semilla germine y fructifique, y se extienda por el universo sustituyendo a estos eunucos en que se han convertido sus siervos.
Hasta ahora ni la ciencia, ni la religión, ni la brujería me han podido ayudar. Pero sé que debo persistir, que tengo que continuar con mi misión. Y ahora he encontrado nuevas esperanzas, gracias a ese progreso incontrolado que les fascina y les está conduciendo a la autodestrucción, pero que a mí me puede ayudar a conseguir mis objetivos. He descubierto en la química la llave de la creación. He observado en los toxicómanos unas similitudes asombrosas con las aberraciones en que mis creaciones se convierten, lo que me hace albergar confianza en encontrar una cura o al menos un alivio suficiente para ellos. Tal vez pueda generar drogas que les ayuden en un principio a sofocar el hambre hasta que puedan controlarlo, a soportar las voces hasta que puedan distinguirlas e ignorarlas. Y si dominan el voraz apetito y el ansia demencial, entonces podrán, como yo, disfrutar de la plenitud de esta condición. Incluso si fuéramos capaces de sintetizar sangre artificial, dejaríamos de depender de ellos como alimento. Podríamos suplantarles, prescindir de ellos, de sus miserias, de su insensato egoísmo e infinita pereza, de su conformismo suicida. Crearíamos nuestro propio reino en la tierra, sin Dios ni corderos, independientes y poderosos. Un mundo nuevo para un ser nuevo, infinitamente libre, sólo sujeto a su propia determinación, capaz de sentir el mal que anida en sus entrañas y mirándole frente a frente, decirle: yo soy él que elijo.
Reparo en un “clochard”, unos metros por delante de mí, que tambaleante arrastra su carga de objetos inservibles e imposibles, haciendo que los viandantes se aparten con una mezcla de repugnancia y miedo. Medito que en el fondo no me diferencio mucho de él. Desarraigado, desagradable, es como un gusano que roe el corazón de la belleza. Hoy en día tratan de disimularlo y llamarlo de otra manera, pero no es más que otra víctima de la aciaga enfermedad que padece la sociedad de los hombres. Y yo, vagabundo errante, en el fondo sólo soy un síntoma del mal que aqueja su alma. Pero también la raíz de su drástica curación.
Cruzo la calle y me detengo en la agradable librería de Shakespeare&Co., donde me distraigo ojeando obras y volúmenes de otros tiempos. Unas preciosas y delicadas muchachas curiosean entre los libros, y noto en mi interior una punzada de deseo. Su melodiosa risa, sus hermosos ojos, su piel blanca y suave y esa fragancia que las envuelve son promesas de un bocado exquisito. Puede que haya llegado la hora de reponer fuerzas...
Sí, esta vez estoy seguro, el futuro me pertenece.
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