Canción de hormigón


Otros Relatos

21-06-2007 16:17
Por: velectric

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/979460/

Un relato de lo cotidiano


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Al mirar por entre las ventanas, pude ver cómo se erigía, majestuosa, aquella distribuidora de luz que actuaba como epicentro mágico del solar en destrucción. La farola, tantas veces usada como apoyo por Susana, ahora se derribaba sin el consentimiento de su compañera fiel. Sus ojos tristes reflejaban la pérdida de aquélla. Y sus ojos también desaparecieron. Sin embargo, había que proceder a ello: ya estaba todo firmado.

Así me pasaba las noches, esperando a ver qué pasaba. Pero nada de mi agrado ocurrió. Disponía de piscina climatizada, jacuzzi y pista de tenis, sin embargo, no me encontraba. Mi imagen hastiada volaba por mis adentros. Me conocía cada milímetro de mi zona: memorizaba las salidas de mi gente, las llamadas telefónicas, el camión de la basura y las sirenas de los coches de policías, bomberos y ambulancias. Céntrate, amigo, céntrate. Observa tu interior, estás denigrado, mezquino, obsoleto, inútilmente comunicado. Pásate las noches recordándola. Te acuerdas de ella. Lo sé. Tu aflicción se enterrará cuando hables. Comunícate.

Aquella noche Susana abrió su paraguas al ver que llovía. Fumaba un pitillo. Su aburrimiento lo solventaba vaciando cajetillas y humeando la calle al tiempo que tarareaba canciones que, antaño, eran escritas por su tatarabuela. Susana, que adquiría un tono vehemente al cantar, parecía la reina de la noche, sin que nada ni nadie pudiera hacerle sombra. Cada vez que la observaba en el intervalo de las dos a las tres, actuaba de la misma manera: lanzaba con severidad el pitillo al suelo y le extirpaba las entrañas.

Paseando me encontré el papel amarillento que sujetaba la reina todas las noches; era un manuscrito en tinta negra, con una grafía rebelde, ligeramente inclinada a la derecha y con las terminaciones puntiagudas y abiertas. La canción me conmocionó: “Qué ganas de llorar en esta tarde gris, en su repiquetear la lluvia habla de ti”; me recordó a un tango que oí en la radio y el hecho de que sólo estuvieran esos versos acentuó mi dolor. Sin embargo, no tuve ganas de investigar el resto de la letra.

El martillo sonaba en mi cabeza cada vez que giraba la cabeza hacia el solar. Las máquinas, monstruos con tres labios, inyectaban en la matriz de la tierra su veneno de hormigón. Si hubiese sabido que ya no la volvería a ver, no lo hubiera hecho. Las mañanas eran ácidas, las tardes melancólicas y las noches imposibles. Mi reina, centro de mis madrugadas, refugio de mis angustias, flauta de mis melodías.

Terminada la obra, clanes enteros emigraron a la ciudad, desde los puntos más diversos de la geografía estatal. El edificio, el más grande, el más envidiado, yacía ahora sobre los recuerdos de Susana y los míos. Pero, ¿qué pasó la última noche antes de firmar? ¿A dónde fue Susana, mi reina?

Quería saber de ella, quizá, pensé, ha emigrado. No, imposible, ella no es como los pájaros. Quiero oír su canción, quiero oírla hasta cansarme, quiero ver sus labios, penetrantes, lanzar sílabas de paz, aun siendo pobres de bolsillo.

Y llegó el día. Los vecinos, asustados, no se lo explicaban. Una ventosidad (infernal, según los creyentes, celestial, según los impíos) arribó de improviso, destruyó las estructuras, produciendo un centenar de heridos y pérdidas cuantiosas materiales.

Todavía, después de treinta años oigo la letra, noche tras noche, en mi interior. El otro día, por casualidad, en un bar sonó y se me heló la sangre al oírla y ver a una preciosa joven que, elegantemente vestida, aunque algo flaca y blanquecina, la cantaba, entera, tal y cómo yo me suponía que seguía. En sus manos sujetaba un papel verdoso y cortado a trozos. Desde entonces, no volví a ese bar y me dediqué a hacer nuevos proyectos.

 

El caballero de la rosa negra
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