La literatura en nuestras vidas


Opinión

18-05-2007 16:09
Por: Darthz

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/980004

Reflexiones varias


la literatura en nuestras vidas
No deja de sorprenderme el trato que algunas personas le ofrecen a los libros. De ello nace este escrito. Antes de empezar con la reflexión a la que intentaré llevar al lector con este artículo, me gustaría que cada uno hiciese un ejercicio imaginativo. No es difícil, sólo necesita llevar a su cabeza la imagen de un libro, y luego dejar que fluyan las emociones que ésta les cause. Esto es necesario porque el mundo es tan grande y abarca tantas ramas que no todos podrán entender quizá lo que entre estas líneas voy a explicar porque, lo queramos o no, no todos venimos del mismo árbol. Ni todos sacudimos las mismas hojas ni florecemos con la misma ansiedad en primavera. Bien, ya tiene la imagen del libro en su cabeza; seguramente se le haya convenido a su mente jugársela con uno de sus libros favoritos, o con la portada de la novela más reciente que haya leído. Tampoco es necesaria tal exactitud, con que tengan la esencia de una pasta con folios, siendo muy cruel con los que amamos estas figuras, nos bastará.

Estoy seguro de que muchos sienten el impulso directo de la creación. Son, en su mayoría, gente que tiene cosas que contar fuera de la descarnada realidad del mundo nuestro. No todos son escritores, también existen las madres preocupadas, padres dolidos, reyes solitarios, niños soñadores, vagabundos curtidos por la miseria; todos los que tienen esa imperiosa necesidad de llevar al mundo más que sus propias palabras, de poder relajarse y, con parsimonia y serenidad, relatarles a alguien que en ese momento no existe –aunque luego pueda convertirse, curiosamente, en la humanidad entera–, lo que su alma piensa que es necesario que deje de ser sólo una ilusión. Porque cuando algo pasa a un papel, digan lo que digan, comienza a ser real; y muchos sufrirán con esas historias, y se sentirán identificados, y amarán y odiarán, y también reirán. Esa vorágine creativa que impulsa a tanta gente en el mundo, a unos con más suerte y a otros con menos –recordemos, no todos han de ser escritores o ejercer siquiera el arte de la escritura–, no deja de ser un reflejo de que el mundo va más allá de la simple física.

El papel que la literatura ha jugado en el mundo podría resumirse como evolución. No hay nada mayor que el arte escrito para hacer crecer a un hombre, para alimentarlo y transmitirle ideas tan antiguas como nuevas que puedan ayudarle o hacerle reflexionar sobre cosas que ni siquiera imaginaba. Todos bebemos de las fuentes que ya un día fueron hechas, y luego buscamos nuestra propia agua; acaso algunos crean su propio e idílico mundo del que hacer brotar un nuevo agua, aunque desgraciadamente estos mundos nunca lleguen a calar hondo mucho tiempo después, una vez corroborada su buena práctica. La literatura no es solamente un montón libros y novelas, como este mercado caprichoso y discípulo del capitalismo vende a tantas personas ingenuas; la literatura es más que la letra, es la propia comunicación; es, desde sus inicios, la necesidad de contar. Cómo no, tuvo que comenzar de forma oral. Ya los juglares recitaban y narraban sus épicas con sus trucos y su ingenio; temiendo a veces ser apedreados o acaso ganarse unas lastimosas monedas con las que ganarse sus portentos. Y la mayoría de los cuentos y las historias, refranes y cancioneros populares, arrastran tras de sí una ignominiosa carrera hacia el pasado; tal es así que nuestros dichos más populares de hoy, o incluso historias que convergen de la voz de un anónimo, han sido pasados de boca en boca. Ya no es sólo poesía o filosofía, historia o entretenimiento, fantasía o realismo, romanticismo o terror: la literatura es nuestro pasado, presente, y futuro, porque en ella se escribirán todos ellos.

la literatura en nuestras vidas
¿Qué significado tiene hoy en día la literatura?

Volviendo al tema inicial, podría comentar un caso que me ocurrió no hace mucho, allá por navidades, el cual es posiblemente el causante de este artículo tan peregrino. Andaba yo caminando por las secciones de literatura de un gran centro comercial; no recuerdo exactamente si buscaba algún libro para mí mismo o iba a hacer un regalo, o si estaba simplemente allí por curiosidad, pero la causa que desencadena todo esto fue un hombre que apareció –ya en una edad donde la tierra debería haber echado raíces y haber cimentado progresivamente– con una sonrisa en el rostro y el clásico abanico de bolsas que en esas fechas uno se puede encontrar por cada rincón que pisa. Navidad, vendemos hasta nuestra propia alma, pasen, pasen. Cuál fue mi sorpresa al ver que aquel hombre se fue directo hacia uno de los encargados de la zona –de lo cual por cierto daría para otro artículo– y le dijo literalmente: “Mira, yo es que andaba buscando una novelita así guapa, pa hacé un regalo”. Aquella frase creo que se me grabó a fuego en la mente, y por vergüenza no pude ni levantar la cara para mirar los ojos de aquel individuo. ¡Qué habría dicho Shakespeare! ¡Homero, levántate y regálale tus ojos ciegos, quizá así vea mejor! No es ya de por sí sólo un desprecio a la humanidad entera, a los siglos que nos preceden y a los que vendrán con su peso y su oro después de nosotros, sino a la misma entidad del libro; que, digan lo que digan, yo siempre he creído y creeré que tiene sus propios sentimientos. Ya me hubiera gustado que aquel gerente en vez de darle el best seller de aquel momento, “La sombra del viento”, le hubiese aderezado al brazo un tomo de Conan el cimmerio, y éste hubiese salido a romperle el cráneo. Para que no haya confusiones: no soy tan arriesgado como el autor, es Howard el que habla por mí en este momento.

Todo esto, que no es más que un simple y vulgar ejemplo con el que quería reafirmar mi crítica, me hace pensar que en este mundo los que no aman la literatura es porque ni siquiera la comprenden. ¿Qué imagen, como en el ejercicio inicial que le puse, amigo lector, habría tenido ese hombre de un libro? Supongo que hubiese resultado igual que si le dicen que imagine una mesa, y dibuja una tabla tallada con cuatro patas llenas de astillas. Seguramente aquel hombre no hubiese leído más de un libro en su vida, seguramente no haya leído más que una asquerosa parte del Quijote pronunciada en sus clases cuando aún era un niño y no sabía sumar o restar, y claro, le jodieron por completo; pobre chavalote, seguramente, seguramente, seguramente... le quitaron el gusto por los libros.

Con todo esto no quiero hacer más que pensar en lo siguiente: ¿por qué algo que ha existido desde siempre y lo seguirá haciendo, pueden algunos verlo de forma tan vulgar? Es curiosa la regresión a la que la sociedad continuamente se va acercando, para luego dar otro golpe y quizá encontrar en la dureza o la miseria el aliento necesario para respirar el aire verdadero. Todos esos hombres y mujeres que danzan por este mundo creyendo que lo único verdadero que existe es eso que la televisión les vende, lo que en el colegio le han enseñado y lo que únicamente los carteles publicitarios y los anuncios callejeros le han puesto frente a los ojos, en mi humilde y sincera opinión, ignoran lo más grandioso que se pueda tener en esta cárcel o edén: la imaginación. ¿Dónde la han dejado esos hombres tan herméticos del siglo veintiuno, en el que piensan que un libro es un símil de una mesa con patas?

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La literatura frustrada

Me ha gustado hacer esta otra sección con el siguiente título, porque me parece el adjetivo más idóneo para esos escritorcillos que creen que la literatura es mercado y dinero: frustración. ¿De qué ingenua mente puede salir el deseo de convertir amor en materialidad? Desde luego, de la mía no. Pero acepto que de la de muchos sí, e incluso puedo respetarlo. Entiendo que muchos sean fáciles de engatusar con las monedas, y decidan cambiar la calidad de sus historias por la infame e infumable categoría de best seller o libro cómprame lo llevo clavado en la puta cara; pero eso no es literatura. Sí, verán, sigue siendo comunicación, pero no toda la comunicación es arte. Y para mí la literatura debe ser arte, al menos la verdadera. Lo que no está escrito con amor, difícilmente alcanzará la fama en la posteridad; de ahí que muchos escritores no sean premiados y aplaudidos en vida, y se le concedan los honores de forma póstuma; y de ahí que toda la mierda que la gente compra para leer en su casa porque es lo primero que han visto en el estante de su tienda más cercana, creyendo que es lo más de lo más, y que si no lo has leído la gente te mira con cara rara (seguramente esta persona ni sepa quién es Borges). Ojo, tampoco digo que esto sea malo, yo también he consumido este tipo de obras, pero no merecen ni el respeto ni la fama que muchos le adjudican; todos esos muchos, por cierto, esclavos de este consumista y mísero mundo de mierda en el que te venden hasta el aire. Tranquilos, no me estoy asfixiando, es que me gusta respirar con fiereza.

También existe, abocando de nuevo al mismo y genial título que he compuesto, lo mismo pero desde la perspectiva contraria: el escritor frustrado pero que ama lo que hace. Pues sí, es jodidamente triste pero tan realista como que dos más dos suman cuatro. Las matemáticas no fallan, ya saben: puro detallismo. Existen ingeniosos y abrumadores escritores o gentes que necesitan comunicar (llámenlo como quieran, para eso tienen imaginación), que no pueden vender una mísera página porque en este mundo de teclas y bombas con caras sonrientes no tienen el hueco que merecen. Pero eso ha sido así desde siempre; quizá ahora más acuciado, pero el azar sacude a todos con el mismo viento, y sólo el que no se sale del camino puede llegar a la meta que se propone. Por ello, al aguantar impune los vientos y las mareas y los huracanes y la tempestades, ese escritor puede sufrir lo que se llama depresión esquizoide literaria (no se lo crean, me lo acabo de inventar); es decir, sentir que lo que escribe es tan malo que decida tirar la toalla y mandar a tomar por culo a las editoriales y a los foros y a las páginas virtuales e incluso a sus lectores más confiados. ¿Por qué? Pues porque todos necesitamos apoyo, y la manita en la espalda y el que nos alaben, y que nos digan que gusta lo que hacemos; a veces más, a veces menos, pero siempre que pueda llegar a transmitir algo. Porque si la comunicación es solitaria, poco sentido tiene; por ello intentar salir al mercado y hacer notar ese egocentrismo tan radicalizado que en realidad todo artista tiene y, si me apuran, ha de tener, no es malo. Es bueno. Necesario. Vital. Porque sin él no llegarán a ningún lado, y porque es necesario tenerlo para poder amar lo que se hace, a la vez que odiarlo y detestarlo. Porque si en algo pueden compararse los artistas es que tienen esa necesidad de deprimirse por lo que hacen pero también para sentirse luego recompensados. Es una extraña y adictiva mezcla; pruébenla si creen que pueden aguantarla.

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Un género marginado

Les pensaba hablar en el punto anterior sobre esa clase de escritores frustrados que más aman lo que hacen pero que también más se odian a sí mismos por haber elegido tal declive. El escritor del género fantástico. Ya sea de ciencia ficción o fantasía épica, e incluso terror, está claro que decididamente pasa al vínculo de los “frikis” o los “menos serios” del gran barco que es la literatura. ¿Qué clase de capitán ha decidido quién debe ir en popa y quién en proa, o quién ha de refugiarse en los camarotes? Es completamente absurdo tachar un tipo de literatura de infantil o menos seria por el hecho de que no se comprenda o no se quiera comprender. Porque lo peor de todo es la ignorancia que circunda en torno a esto. ¿Cuándo dejamos de soñar con tierras inhóspitas y las aventuras de un bárbaro? ¿Cuándo dejaron esa gente de creer que más allá de las estrellas se pueden encontrar tantos mundos e historias como en este mismo, e incluso especular y filosofar de manera más fácil y entretenida? La mayoría de la gente que etiqueta inmediatamente algo se está etiquetando a sí mismo, se pone una pegatina en la frente que llama la atención con la expresión de: juez todopoderoso, o, a mí me gusta más la otra; gilipollas.

¿No es acaso Tolkien considerado como un fenómeno de masas y todo el mundo lo lee? Pues os aseguro que en este mundillo de aficionados al género hay gente que odia rotundamente muchas partes de esta “obra universal”, por ser densa y sobrecargada, empalagosa y hasta aburrida. En cambio hay tantos otros títulos de autores no tan conocidos que para muchos han sido un disfrute mucho más verdadero, pero claro, como no vende, no vale. Literatura infantil, petarda, insulsa, para niños que no han crecido. A la estantería más pequeña, vamos; eructar al que se acerque a esa estantería para que se aleje asustado y no vuelva nunca jamás de los jamases para comprar algo. Sí, la gente es así, no piensan más que en el dinero o beneficio que ese algo les vaya a reportar, e ignoran el trabajo y la ilusión de tanta gente por poner un poco de sal a este plato tan soso que es la vida, y muchos otros aumentan esta conciencia general por simple y llana ignorancia. En otros sitios, el género no sufre de tal marginación. Pero en este país de fachas o progres, qué más se le va a pedir a la industria: o mierda o best seller. Así vamos.

Además me gustaría hacer una pequeña reflexión acerca de todo esto, más intima y personal que objetiva, pero que, ya que es mi artículo, creo que merece su respeto. ¿No es acaso más fácil especular y mandar mensajes al lector a través de la fantasía? ¿Es realmente necesario hacer creer a la sociedad en tales etiquetas cuando todas pueden resumirse en una sola? ¿No juegan todas con lo mismo, con la imaginación y con el hacer pensar, con el comunicar un mensaje y con abrir la mente o hacer que ésta persiga otros caminos? Entonces, ¿por qué esa necesidad de marginar un género que podría dar de sí tanto o más que ninguno otro?

Lo dejo ahí, de momento. Espero que las reflexiones de un humilde servidor les hayan hecho imaginar un libro con un símil distinto al de una mesa con patas.

 

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