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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/984201/ |
¿Nos importan los trasfondos de los juegos de cartas? ¿Daría igual que en vez de goblins fueran comecocos, o que los vampiros fueran simples lobos?
Sin duda ésta es una cuestión que me he planteado –como supongo que les habrá pasado a otros- con todos los juegos en general, sean de ordenador, de cartas, de rol o de los de mesa de toda la vida. Sin embargo, creo que con los juegos de cartas el tema es distinto, o, al menos, presenta algunos matices.
Si empezamos por el principio, veremos que los juegos más clásicos, como el ajedrez, también tienen un trasfondo detrás. Efectivamente, lo de poner un telón de fondo estético, que haga pensar en otras cosas, no es un invento moderno: el ajedrez, todos los saben, representa elementos jerárquicos dentro de la sociedad batiéndose en una guerra.
Sin irnos tan lejos, tenemos otros clásicos modernos, como el Risk o el Monopoly, que también prestan atención al trasfondo. Estrictamente, el Risk podría no ser un juego de batallas, pero lo es. Y además presenta ambientaciones muy distintas. Del mismo modo, el Monopoly saca versiones con las calles de distintas ciudades porque, en el fondo, sí que tiene su importancia –aunque no sea a nivel de juego-.
En los juegos de miniaturas es más que obvio: a nadie que prefiera la ciencia ficción le parecería más apetecible, a priori, un juego de miniaturas medieval. Seguramente tirará por el Warhammer 40.000 o por el Infinity antes que por el Señor de los Anillos o el Horror Clix. Y resulta obvio porque el componente visual de los juegos de miniaturas tiene un peso indiscutible.
Pero, ¿y los juegos de cartas? ¿Acaso no tienen el mismo, o mayor, elemento visual? Después de todo, las cartas son trozos de cartón con ilustraciones y algunos datos. Y creo que nadie pensará que si sólo estuvieran los datos serían igual de atractivos los juegos. De hecho, creo que a casi todos nos parecerá fuera de discusión que la baraja napolitana –la española de toda la vida- es más llamativa que la francesa –ésa que se usa para el póquer-.
Me atrevería a decir, aunque obviamente hay otros muchos factores, como los amigos o, simplemente, qué juegos y cuáles no venden en la tienda de nuestro barrio, que en una primera aproximación al mundo de los juegos de cartas tomamos la elección desde un punto de vista meramente estético.
No es ningún misterio por qué mis amigos aficionados a los samuráis decidieron probar La leyenda de los 5 anillos, o por qué al final yo he probado el juego de cartas coleccionables de Harry Potter (a pesar de su escaso éxito). Bien es cierto que el Yihad lo probé cuando apenas existía otra cosa que el Magic: The Gathering, pero sin duda me hubiera llamado la atención igualmente gracias a su estética y tratamiento –inicial- del mundo de los vampiros.
Es por lo mismo que continúo empeñado en aprender a jugar a La llamada de Cthulhu JCC o por lo que intentaré abordar el abrumador Magic, con sus sugerentes hordas de siniestras cartas negras.
Curiosamente, y aunque sigo creyendo que esta primera aproximación es correcta, los juegos no sobreviven únicamente por lo bonitas que sean sus cartas. Había por ahí uno de “El mercenario”, de Segrelles (La ira del dragón, se llamaba), que era de una calidad formidable, pero que pasó sin pena ni gloria. Quizás fue la distribución la que se lo cargó, quizá fue su sistema de juego.
O quizás no sea tan curioso, y sea, simplemente, que yo soy un poco inocente. Desde luego, cuando escucho a hablar a los jugadores “experimentados” de sus mazos, rara vez hacen referencia a lo que representan sus cartas, sino simplemente a su efectividad en las partidas. ¿Será que, al final, el trasfondo del juego no es realmente tan importante? Quizás, una vez atraído el público, ya no haga falta seguir presentándole cosas atractivas.
Francamente, espero que no sea el caso, porque, para mí, esta afición perdería mucho interés si al final se convierte en una especie de Sudoku de competición, algo así como números y reglas puestos en un trozo de papel, o de cartón.
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