La sacerdotisa de la vidriera


Otros Relatos

05-12-2007 14:33
Por: Solharis

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/985982/

... era el servidor de la sacerdotisa de la vidriera y seguía cada movimiento y detalle de su cuerpo. Se condenaría pero no sin llevarme de la mano hasta la morada de Satanás, su señor.


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Señor, he pecado, y temo, sé, que volveré a hacerlo si tú no lo evitas. Sólo tú sabes lo que ocurre en mi corazón y en mi mente; y sabes que soy un renegado, un traidor, un apóstata… Que cada día te proclamo omnipotente y creador de todas las cosas ante tus fieles y ellos se santiguan y me escuchan arrobados desde los bancos de la iglesia. Son gentes sencillas y cristianas que creen las palabras que les digo aunque yo mismo no las crea. También les digo que eres misericordioso, aunque esto tampoco lo creo y dudo de que puedas perdonar la hipocresía y la mentira. ¡Soy un hombre débil!

Señor, te digo que sigo siendo un hombre de fe. Pero es que esa fe pertenece ahora a una divinidad menos poderosa pero sí más tangible, que hace que me estremezca al sentir su poder sobre mí como en otro tiempo lo hice leyendo las sagradas escrituras.

Ah, me ha dado demasiadas muestras esa divinidad de su terrible poder, y mientras tanto sigo esperando la prueba que tanto he anhelado y que no has querido darme: la prueba de que existes. Ahora me siento hastiado de seguir esperando y ni siquiera estoy seguro de que puedas escucharme desde algún lugar y en este momento. ¿Para quién escribo entonces si no puedes leerme? Ni yo mismo lo sé.

Esa divinidad de la que te hablo, en cambio, vive en cada uno de nosotros y al final de cada uno de nuestros pensamientos. Ha sabido doblegarme y vencerme, y ha hecho de mí un apóstata.

Si todo lo ves, Señor, sabes que le rindo culto con frecuencia. Tan a menudo como puedo me despojo de la negra sotana y del rígido alzacuello, la señal de humildad que antes llevaba con agradecimiento y que ahora siento como un nudo alrededor de mi garganta y de mi espíritu, la más pesada de las cadenas. Con pantalones y camisa, lejos del pueblo, no soy más que un hombre más entre tantos.

En la ciudad nadie me mira como si fuera alguien especial, un sacerdote de la Iglesia Católica. Allí, en la urbe construida con soberbia y hormigón, cada cual vive a su aire y se ocupa de sus propios pecados sin pudor. No saben quién soy y ni siquiera se dan cuenta de cómo brillan mis ojos cuando me acerco al templo...

He estado muchas veces delante del templo y no por ello dejo de estremecerme cada vez que, en un letrero anaranjado y de neón, leo las sagradas siglas que invitan a entrar: SEX. Repito para mí las tres letras y suenan cortantes, implacables y contundentes como la divinidad que me somete a un culto de sensualidad y egoísmo brutal.

¿Cómo pudieron los hombres aceptar la presencia de semejante lugar? No se santiguan ni se escandalizan al verlo, sino que en la céntrica calle las multitudes están siempre de paso y no se horrorizan por nada; ni siquiera le prestan atención, porque están demasiado ocupados mientras contemplan extasiados los escaparates de las tiendas. Esperan comprarlo todo porque para ellos todo se vende y se compra, también la perdición...

Siempre que entro al templo, hallo que hay más acólitos allí que en mi iglesia. Ojean ansiosos las revistas y los vídeos. Son sus imágenes sagradas e impactan mis sentidos porque, allá donde miré, sólo puedo encontrar mujeres hermosas, solas o acompañadas, desnudas o en ropa interior, posando majestuosas o en obscenas posturas, pero siempre sugerentes... Es obsceno pero no puedo dejar de mirarlas. Pienso en nuestra señora María, mujer de gracia y pureza, y me horrorizo con tan marcado contraste entre ella y esas mujeres de perdición. Los acólitos las miran con fanatismo, con los ojos febriles y excitados... y yo también lo hago, preguntándome si todas esas cosas que se ven en las portadas pueden ser ciertas. No podía creer que hombres y mujeres pudieran pecar de tantas y variadas formas. Ahora sé que es verdad.

Pero esto es sólo la entrada. Más adentro están las capillas, y es aquí donde las sacerdotisas de las vidrieras rinden culto a su divinidad y nosotros las adoramos y a través de ellas le adoramos también a él.

Esto no lo sabía la primera vez que llegué, tembloroso por todas esas imágenes que colapsaban mis sentidos. Viendo entonces un pasillo, busqué en él refugio sin imaginarme que quería decir el letrero de “cabinas”. Atravesé la puerta y pasé de la sala de la tienda a un pasillo débilmente iluminado por bombillas fucsias. Intuí que me adentraba en el mismísimo infierno y no estaba muy desencaminado... A ambos lados del pasillo había muchas puertas y entré en una cualquiera que vi abierta. Y así encontré a la sacerdotisa.


La capilla no era muy grande. Estaba en semipenumbra y había un cómodo asiento delante de la cabina en la que ella estaba. Aislada por la vidriera, se me antojó más terrible que ninguna fiera salvaje. El pelo, de color caramelo, le caía largo y liso casi hasta la cintura. Los ojos eran cortantes y los labios lascivos. Los pechos... ¡Oh, Señor, ella estaba casi desnuda! Tan sólo un mínimo sujetador y una tira de cuero colgando de su cintura para cubrirse, y más que disimular se hacía desear más e invitaba al pecado...

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Jamás había visto algo así. A decir verdad, jamás había visto una mujer tan ligera de ropa delante de mí. ¡Y yo que creía que era fácil evitar ciertos pecados! Bastó que llegara la primera tentación y sucumbí. ¿Cómo no quedar moralmente aplastado bajo sus pechos? Su carne lujuriosa y sujeta por el cuero me recordaba una juventud perdida, y ahora temo que desperdiciada, y me invitaba a abrazarla, besarla y hacer cosas que empecé a imaginar.

Completamente asustado, si no escapé corriendo de allí fue porque no podía dejar de mirarla. Sentía la fascinación de la presa que mira arrobada al depredador hasta el punto de dejar que se acerque y caer luego entre en sus garras. Yo era la presa.

-¿Qué? ¿Te decides a entrar? –me dijo, y me senté a toda prisa en el sillón.

Debí mirarla como un pasmarote porque ella se rió:

-¿Es tu primera vez, eh? No tengas miedo... aquí dentro no puedo hacerte nada –bromeó–. Bueno, ¿qué quieres que haga?

No respondí porque no entendí la pregunta. ¿Cómo iba a ordenarle nada si era yo el que hubiera obedecido cualquier orden suya sin protestar? Lo hubiera conseguido todo y así lo hizo al final... Callaba y me limitaba a mirarla con los ojos bien abiertos y empezando a imaginar cosas que sólo hubiera osado pensar en la intimidad de mi dormitorio...

Ella me miraba divertida, sabiéndose poderosa. Se llevó las manos a los pechos.

-¿Te gustan?

Era incapaz de decir nada pero no hacía falta. Deseaba la carne jugosa y fresca como un perro. Ahora sólo deseaba verla sin el sujetador. Se volvió de espaldas y lo desabrochó. Luego se mostró ante mí pero cubriéndose los pechos con las manos. Quería, y sabía, hacerse desear.

-¿Y ahora qué? ¿Ya sabes lo que quieres que haga?

Por fin, me atreví a hablar.

-Retire las manos... ¡Por favor!

Había perdido toda mi dignidad. Sentía la llamada de la terrible divinidad y no vacilaba en humillarme ante su sacerdotisa y suplicar su gracia. ¡Quería que se apiadase de mí y me dejase ver sus pechos!

-¡Por favor! -insistí, y mi tono lastimero debió sorprenderla. Y es que siempre he sido un humilde servidor tuyo, Señor, y ahora soy igualmente humilde con ese nuevo dios...

Por fin retiró las manos y vi sus pechos. ¡Cómo era posible tanta belleza! Luego empezó a contonearse. Sus piernas eran como poderosas columnas y yo me sentí tan excitado que me eché al suelo de rodillas. Se extrañó pero siguió moviéndose. ¡Yo me hice idólatra en ese momento! Pero en vez de adorar ningún estúpido becerro de oro la adoraba a ella, la sacerdotisa, tan poderosa e inalcanzable que yo sólo era digno de arrastrarme delante de ella. ¡Qué confusión de sentimientos! Quería besar sus pies y decirle que era mi dueña y que le pertenecía... Quería que me dijese que era suyo y quería que saliese de la vidriera y me obligara a todos los actos de lujuria posibles. Yo me creí en ese momento capaz de hacerlo todo.

-¡Quiero que te desnudes! –le imploré, y ella se quitó el trozo de cuero que cubría su sexo, con una sonrisa de poder.

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Ahora estaba completamente desnuda y yo no podía creerlo. No estaba suficientemente preparado para aquello. Nunca había visto a una mujer así, tan poderosa. Comprendí por qué las mujeres pierden a los hombres. Me había parecido siempre tan estúpido que un hombre pudiera preferir su perdición para fornicar con una mujer... Pero yo deseé perderme por ella más que otra cosa en el mundo y pensé las más sucias palabras. Quería arder con ella en el infierno más húmedo y caliente. Mi alma ardería como ardía mi cuerpo y no me importaba absolutamente nada. ¿¡Es que algún hombre puede resistir a esto!? ¡Yo no puedo, Señor!

Su cuerpo se movía con agilidad y yo, que soy sacerdote y creo saber captar la atención de la gente, era el servidor de la sacerdotisa de la vidriera y seguía cada movimiento y detalle de su cuerpo. Se condenaría pero no sin llevarme de la mano hasta la morada del mismo Satanás. Si tuviera la certeza de que existe un infierno quizás no la hubiera seguido pero cada vez estoy menos seguro de ello; todo son dudas.

Yo sólo sé que, pocos minutos después, estaba arrodillado, gimiendo y abrazando el cristal que había entre la sacerdotisa y yo, contemplándola con los ojos vidriosos mientras alcanzaba el clímax de la perdición...

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Señor, así fue el principio de mi caída. Porque volví para verla otra vez. Había muchas mujeres para elegir pero yo soy un hombre fiel. Quería someterme a una única sacerdotisa y lo hice. Y mi mente fue de nuevo un sucio torbellino mientras ella se sonreía por todo lo que podía hacer conmigo...

Fue creciendo la confianza y empezamos a hablar algo más. Hasta que un día tuve una desagradable sorpresa.

-¿Eres sacerdote? –me preguntó.

-¿¡Cómo lo sabes!? –solté inmediatamente, en vez de callarme discretamente la boca.

-Jajaja, es que no suelen hablarme en latín...

¡Qué necio había sido! Era cierto: había alabado todo su cuerpo en latín. Siempre he adorado esa lengua antigua y que es la de tu Iglesia Católica. Ahora la había mancillado, utilizando la lengua con la que te había alabado para alabar un cuerpo lujurioso en mis momentos de excitación. De todas formas, ella pareció más divertida que escandalizada.

-¡Eh, tranquilo! Muchos sacerdotes vienen a estos sitios y aquí, ante todo, hay discreción. –Y me hizo un guiño.

¿Hay muchos, Señor, como yo? No lo había pensado antes y fue un pensamiento que me entristeció. ¿Acaso no los ves? Los sacerdotes no somos tan fuertes para servirte, Señor. Yo, al menos, no lo soy.

Pero el pecado no harta ni calma. Había adorado a la sacerdotisa pero quería más... Te había traicionado en pensamiento y sólo deseaba hacerlo en hechos. Quería tocarla y recibir la Comunión de esa malvada e implacable divinidad.

Por suerte, pensé, no se trataba sólo de resistir o no la tentación. Existía también el problema económico y los servidores de la Iglesia no tenemos contados recursos para proporcionarnos caprichos. La entrada en el templo y en las capillas no era gratuita y parecía imposible reunir el dinero suficiente para convencerla para algo más. Dejé de comprar periódicos, libros, etc. pero incluso así me costaría reunir el dinero.

Y entonces cometí el mayor de los pecados. Señor, ni siquiera tengo valor para contártelo, aunque tú lo sabes si estás en algún lugar. Sabes que siempre he tratado de paliar mi falta de fe con las buenas obras y por esto he aprovechado mi posición como sacerdote para promover las causas benéficas. Recoger dinero para una buena causa me parecía una de las formas más eficaces para lograr el interés de mis feligreses.

Pero este año fue distinto. Estaba corrompido hasta la médula cuando terminó la colecta. Vi una gran cantidad de dinero, reunido por la buena voluntad del pueblo, y sentí la más horrible de las tentaciones... ¡Un pecado lleva a otro! ¡Jamás había sentido el poder de la avaricia pero ahora el de la lujuria me arrastró a él!

Pasé la tarde entera pensando y en silencio. Ese dinero era para las misiones de mis buenos amigos en África. ¡Ojalá hubiera acompañado a aquellos viejos compañeros del seminario a esos países de miseria y necesidad! Puede que hubiera conservado mi fe y la paz de espíritu ayudando a otras personas y luchando por una buena causa, pero no lo hice. Recé muchas veces pero no me animaba. ¡Si tú hubieras respondido! Pero yo rezaba y cada vez que terminaba de hablar sólo había silencio. Te pedí una señal y no me la diste. Me enfurecí y me desquicié... Finalmente te abandoné y renegué de ti. Cogí parte del dinero para visitar la ciudad del pecado esa misma noche.


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Fue la noche en la que acabé de condenarme. Sabes, Señor, que yo era virgen y mi mayor deseo había sido presentarme así ante ti. Creía, aunque no lo reconociese, que la castidad era suficiente mérito para que se me perdonasen los demás pecados. Pero yo estaba corrompido hasta la médula y no me importaba nada...

La sacerdotisa se extrañó de mi impaciencia, de mi deseo. No esperaba que yo quisiera encontrarme con ella fuera del cristal. Al principio no quiso aceptar pero cedió: era mucho dinero el que le ofrecía.

-Espera fuera y estoy contigo.

Esperé sentado entre toda la imaginería erótica de la tienda. Sentía que el corazón me iba a explotar y tenía miedo. No de ti, Señor, sino de ella. Ah, era una fiera y yo iba a encontrarme con ella sin la vidriera entre los dos. Qué fácil sería para ella devorarme...

-¿Qué? ¿Nos vamos? –me dijo. Había salido al fin, llevaba un jersey de lana y pantalones. Supongo que le gustaba el anonimato cuando acudía a trabajar. De todas formas, era ella: los labios, el cabello largo y lacio, los pechos que se meneaban al andar... Todo en ella era provocación y pecado.


Salimos a la calle y apenas sí nos miraban. ¿Qué tenía de extraño que un hombre que iba camino de los sesenta años caminase al lado de una provocativa mujer mucho más joven? Sí, ella era más joven en años pero yo lo era más en espíritu e inocencia. Realmente era un adolescente que hasta hacía muy poco tiempo había sido un niño.

El trayecto fue corto hasta la pensión. Ella conocía bien el sitio e imaginé que no era el primero que la había acompañado allí.

-Será sólo una hora –le dijo al dueño de la pensión. Yo no me atrevía ni a levantar la vista. No lo hice hasta que llegamos a la habitación.

No era muy grande el dormitorio pero ha quedado grabado en mi mente hasta en los últimos detalles. La cama cubierta por una sábana de color beige, la mesita de madera con una lamparita encima, el papel de las paredes... Un lugar extraño para recibir mi Comunión y abandonar tu culto, Señor. Fue allí donde cambié de religión.

La sacerdotisa volvió a despojarse de la ropa. El grueso jersey cayó al suelo y luego los pantalones, el sujetador... Yo la miré con tanta o más inquietud que las otras veces. Porque ahora no había un cristal entre nosotros. Ella era temible y no había nada que me protegiera.

-¿No te vas a desnudar?

Y me desnudé. Yo, que me había desnudado únicamente ante mi madre y cuando era muy niño, me desnudé delante de esa mujer. Apenas podía desabrochar los botones porque me sentía como un niño.

-¿Por qué me miras así? –me preguntó, divertida. Y es que me había dado cuenta del crucifijo que llevaba en su escote. Sí, la sagrada imagen de tu fe resbalaba por sus senos hasta reposar sobre el hueco que había entre sus pechos, valle del pecado y del placer. Esa imagen me conmovió. ¿Cómo podía ser que el Salvador se hubiera hundido allí?

Se dio cuenta del detalle y tuvo la delicadeza de quitárselo, pero era la señal de que todo estaba terminado. Dejé de mirar y me acerqué a ella, indeciso... y la toqué. Luego ella me acarició y me arrastró hacia la lujuria insatisfecha desde hacía más de cuarenta años. Lo que ocurrió fue tan elemental, tan simple, tan poderoso... La sensación resultaba tan intensa que pensé que no había tenido una experiencia realmente mística hasta entonces. Yo sentía que me iba a salir el alma por la boca y no encontré palabras en la Biblia para describir lo que ocurrió en unos pocos minutos. No, no encuentro en los escritos de los místicos algo que me ayude a describir el éxtasis del final, el momento en que mi alma escapó de mi cuerpo y la calma que vino después…

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Ella volvió a vestirse y yo me di la vuelta. No quería que me viese llorar. Y esas lágrimas terminaron de condenarme, si existe un infierno en verdad, porque no lloraba por arrepentimiento sino por la sensación de que había perdido algo importante de mi vida. Mi celibato no había sido un sacrificio digno sino una pérdida, una mutilación cruel de mi espíritu. Había esperado para descubrir que estaba equivocado, que no había valido la pena conservarme “puro”.


Pero a los cincuenta y seis años ya no puedo recuperar mi juventud. Quizás, si hubiera aprendido a amar a una mujer hace muchos años, hubiera sido un hombre feliz y que te hubiera servido mejor como los fieles que vienen a mi Iglesia. Puede que tuviese en estos momentos una mujer a mi lado y un equilibrio. Pero ya es tarde para amar y ser amado. Me arrastro por una vida de lujuria que me corrompe por entero. Éste es el resultado de una juventud desperdiciada en la falsa virtud: una vejez indigna. No contaré, Señor, todo lo que he hecho desde entonces. Porque acabé de gastar el dinero. Las prostitutas, la pornografía, las cabinas, las luces de neón... todo eso ha dominado mi vida y me ha consumido moralmente.

Ahora sólo puedo esperar una señal, la señal que tanto he esperado. Pero ya no confío en ti. Quizás no me respondas pero yo no puedo dejar de preguntarme si existes y por qué ha tenido que ocurrir esto. ¿Por qué?, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?

 

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