Nadie es inocente


Terror y Suspense

29-11-2007 15:29
Por: Nachob

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/986321/

A veces no hay ninguna opción buena…

1ª Parte.- Rostros en la pared

Miró a su alrededor con una mezcla de melancolía y desgana. Había pasado en aquel despacho los últimos treinta años de su vida, y ahora apenas le quedaban un par de días para jubilarse y dejar toda aquella basura atrás. Si eso era posible.

Observó las paredes cubiertas de fotografías, recortes de periódico, informes, esquemas e incluso dibujos hechos de su puño y letra. Dejaba tanto por hacer. Tantos cabos sueltos, tantas investigaciones a medias. Hoy en día los jóvenes disponían de una tecnología impensable cuando él empezó, y no dudaba de su entusiasmo y preparación. Pero no le acababa de convencer tanto formalismo, tanta norma y protocolo. Eran demasiado rígidos. Todo lo hacían según el manual, y apenas pisaban ya la calle. Todo parecía que se podía resolver en una oficina o en un laboratorio. Y al diablo había que perseguirlo en su propio terreno. Era necesario enfrentarse con el mal cara a cara, y ser capaz de mirarlo directamente a los ojos. Y hasta que eso no pasaba, no estabas realmente preparado para este trabajo. De nada servían los músculos de gimnasio, el tamaño de tu pistola con mira láser o la potencia del ordenador. Si no tenías la capacidad de comprender a los monstruos, entender qué les movía, cómo pensaban y porqué lo hacían, nunca conseguirías atraparlos. Ni siquiera acercarte a ellos.

Él había capturado a muchos locos durante su carrera. Había encerrado a cientos de criminales de la peor calaña imaginable. Podría llenar una de esas paredes con los títulos y condecoraciones que le habían otorgado por ello. Podría escribir libros enteros y forrarse como algún compañero había hecho contando detalles espeluznantes y macabros. Pero había algo que siempre le había impedido parar y simplemente disfrutar del triunfo o de la labor bien hecha. Algo que le obsesionaba, que no le dejaba dormir. Algo no podía evitar tener muy presente, con una contundencia casi material. Una evidencia dolorosa que no podía dejar de percibir y le perseguía en la oscuridad de sus noches, en los silencios de su soledad.


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El vacío que dejaban los muertos. Por muy pronto que consiguiese atrapar a los culpables, siempre era tarde. En el mundo quedaría un hueco que pertenecía a una persona que antes lo ocupaba. Que respiraba, reía, sentía. Y que ya no lo haría nunca más. En una cama, en un sofá, en un pupitre. En las nuevas fotos que se harían su familia y amigos. Siempre existiría un espacio que no debería estar vacío. Un lugar yermo en el corazón de alguien, que nunca podría rellenarse. Una ausencia injusta y atroz. Un agujero en el que se perderían sueños, pasiones y alegrías. Y es que los muertos no regresaban ya. Estaban muertos, para siempre. Esa constancia le hacia daño. Se le mostraba como una certidumbre irrefutable cada momento de su vida. Tanto que había abandonado amistades, mujer, hijos, éxito o reconocimiento tratando de luchar contra esos espacios en blanco que le torturaban.

Por eso su despacho, cuyas paredes estaban abarrotadas de los rostros de víctimas y sospechosos, le dolía físicamente. Pero lo soportaba. Porque sabía que no le quedaba más remedio que enfrentarse día a día con aquellos misterios, aquellas incógnitas, aquellos retos. Era lo único que podía hacer para luchar contra esa angustia que sentía. No importaba a cuantos hubiese descubierto. A cuantos hubiese encerrado. Siempre quedaban más.

¿Cómo iba a poder olvidarlos? ¿Cómo una simple fecha en el calendario iba a conseguir que dejara de pensar en ellos, que la inquietud en su corazón cesara y que todo su ser no se obsesionara con cada caso? Quedaban tantos por resolver. Y cada día sólo era la promesa de una ausencia más.

Se tumbó sobre el diván que tantas noches le había servido de cama. Sacó su antiguo revólver de su funda en la pierna derecha y lo dejó sobre la mesita. Lo contempló satisfecho. Los nuevos mandamases no aprobaban que los agentes dispusieran de armas propias, y menos si éstas eran “blancas”, es decir, no fichadas. Pero él era de la vieja escuela, de la que comprendía que las reglas no siempre resolvían los problemas, y se sentía seguro llevando esa protección adicional, como un buen amigo del que echar mano si las cosas se torcían. Un amigo discreto y anónimo.

Reglas. Si hubiera seguido las reglas, no habría conseguido esclarecer tantos casos. Si se hubiera conformado con seguir el procedimiento, no habría podido detener tanta maldad. Porque a veces para vencer al diablo era necesario hacer sacrificios. A veces era inevitable que alguien perdiera para que todos ganaran. A veces, había que elegir. No es que estuviese satisfecho de ello, pero sabía que la vida no es como en las novelas. En la vida real casi nunca había posibilidad de ganar, y apenas se podía elegir el modo de perder menos.

Cerró los ojos y trató de imaginarse un mundo sin rostros colgando de la pared.

Alguien llamó a la puerta. Casi sin esperar respuesta el sonrosado rostro de uno de sus muchachos asomó tras ella.

-Jefe, no se olvide de la cena de esta noche. Va a ir el mismísimo Director General. No todos los días se retira el agente del FBI que más asesinos en serie ha atrapado de la historia.

Le contempló apático, como si fuera incapaz de entender de qué hablaba o no fuera con él lo que decía. El joven detective sonreía ufano ajeno a sus preocupaciones. Portaba bajo el brazo una carpeta. Roja. Su mirada se encendió. Se incorporó y le preguntó de qué se trataba, señalándola con un gesto de su mandíbula. Su subalterno la miró como si hubiese olvidado que la llevaba, y un poco a regañadientes le contestó.

-Es un expediente que nos han remitido de una comisaría del sur, en contestación a la solicitud que hicimos sobre el asesino del centavo” –un gruñido le hizo notar que sólo la mención de ese nombre había puesto en tensión a su jefe-. Pero no se haga ilusiones. Lo he revisado y aunque la tipología de la víctima responde, en el resto no existe ninguna similitud. No ha sido ni violada ni estrangulada. La mataron a puñaladas con un cuchillo de cocina y, de hecho, el culpable ya está en chirona. Lo atrapó el propio marido. Llegó a casa antes de tiempo, y se encontró con el pastel. Aún así tuvo las agallas de coger un garrote y golpearle dejándole sin sentido. Así que, en realidad, es un caso resuelto. –Se le notaba incómodo. Probablemente en esos momentos estaba pensando que no era cuestión de molestar a alguien a punto de jubilarse con esas tonterías. Sobre todo alguien con su conocida obcecación por el trabajo. Se sentía casi avergonzado por habérselo recordado, aunque fuera de un modo accidental. Quiso zanjar el tema–. Lo han debido mandar por pura rutina. Me dirigía ahora a archivarlo con los demás.


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”Otra falsa pista”, pensó. Una cosa más que dejaría a medias. Otra fuente de insomnios. Miró el techo. El familiar y desconchado techo que había contemplado durante largas horas mientras trataba de encontrar en su mente una inspiración, una luz al final del túnel, un resquicio donde poder agarrarse para evitar una nueva grieta en el universo.

-Déjalo encima de la mesa, le echaré un vistazo.

Tras un segundo de duda, su subordinado suspiró y le obedeció. No era cuestión de discutir, y menos aún dado su legendario mal carácter. A continuación, y ante su falta de respuesta, optó por despedirse discretamente y marcharse.

El tiempo pasó mientras contemplaba las sombras que producía el sol al filtrarse por la ventana desplazarse por la superficie blanca del techo. El repentino encendido de los fluorescentes le sacó de su ensimismamiento. Se levantó, elevó sus brazos y se desperezó con un gran bostezo. Vio el expediente sobre su mesa. No sabía muy bien por qué había pedido que se lo dejara. Fue un simple impulso, una rutina demasiado asentada como para abandonarla. En fin, recapacitó, probablemente no serviría de nada, pero todavía era policía. No le gustaba dejar nada a medias, ni aunque le quedasen dos días para retirarse.

Lo cogió y desplegó su contenido casi mecánicamente. Empezó a examinar los informes, fotografías y atestados que lo componían, con la precisión que dan tantos años de servicio.

Horas más tarde el Subintendente tuvo que ir a buscarle personalmente para que asistiera a su propia fiesta de despedida, donde todos ya le estaban esperando. Abrió la puerta del despacho y le vio rodeado de papeles, mirándole como si no comprendiera por qué era interrumpido. Sonrió entre triste y comprensivo. Aquélla era la vida de aquel hombre.

Cuando acabaron los abrazos, los regalos y los discursos, el veterano agente llamó a la unidad administrativa para encargar un billete de avión.

Todavía quedaba tiempo suficiente para un último caso.
2ª Parte.- Asesinos

El juicio había levantado gran expectación en aquella pequeña ciudad. Desde sus primeras sesiones la sala se había abarrotado con curiosos y periodistas dispuestos a sacar partido de la única noticia relevante que se había producido en aquellas tranquilas tierras desde que el ahora Presidente se detuviera allí unas horas durante su gira electoral, hacía más de tres años. Y esa tarde, cuando se esperaba que tras una breve deliberación el jurado declarase por fin culpable al acusado, algo de lo que nadie dudaba, ninguno quería perderse el momento culminante del folletín que había llenado los diarios y corrillos locales.


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Porque el caso parecía sacado de una novela negra. El maleante oficial del pueblo, un exconvicto malencarado y pendenciero, siempre involucrado en peleas y delitos de baja estofa, viejo conocido de la policía, había dado por fin la razón a las lenguas maldicientes de la ciudad que ya prevenían de su naturaleza malvada. Ya en su momento pasó una temporada a la sombra por un turbio asunto en el que resultó muerta una niña. Y ahora, había terminado asaltando con dios sabe que intenciones la casa de un honrado convecino, muy conocido y apreciado en la comunidad. Lo había hecho tan colocado que ni siquiera comprobó que la casa estaba vacía, porque el ser malo no implicaba ser listo, y ésta era una cualidad que muy pocos le reconocían (aunque nadie negaba que poseía un algo raro y siniestro, un aura perversa que lo distinguía del resto de la chusma que poblaba los suburbios). El caso es que, sorprendido por la dueña, y atrapado entre la espada y la pared, había acabado atacándola y apuñalándola hasta matarla. Además, todos en aquel lugar opinaban que si no hubiera aparecido el desventurado marido a tiempo, el degenerado seguro que habría consumado su infamia abusando del cadáver. Naturalmente, esto era una mera especulación. Y desde luego, muy pocos habrían echado en cara al infortunado esposo si, después de noquearle, le hubiera rematado a golpes. De este modo habría librado definitivamente al condado de una de sus peores lacras. Aunque puede que la rápida llegada de un coche patrulla, alertado por una vecina que había escuchado gritos y ruido de pelea, le hubiera impedido siquiera planteárselo. Además, esto, en el fondo, les habría privado del disfrute de haber asistido expectantes y espantados a la pormenorizada exposición que del crimen hizo el joven fiscal encargado del caso. Toda una delicia para alimentar el morbo de aquellos decentes ciudadanos.

Sin embargo, el abogado defensor, que tuvo que ser contratado en Nueva York pues ninguno de los picapleitos locales accedió a llevar el asunto, resultó ser un hueso duro de roer. Y eso a pesar de la presión a que era sometido por los indignados parroquianos, algo nostálgicos de viejos tiempos en los que la turba solucionaba estos problemas con ayuda de una cuerda y un árbol. Comprendiendo que le iba a ser imposible tratar de negar la evidencia, había optado por apelar a los sentimientos piadosos del jurado, sacando a relucir los míseros orígenes del acusado y una vida llena de desdichas y penalidades. De este modo trataba de crear una imagen del mismo como una víctima de la sociedad, más necesitado de ayuda que de castigo. Y su habilidad parecía dar buenos frutos, pues incluso alguna mujer de blancos cabellos y profunda miopía, había llegado a soltar alguna lagrimita furtiva mientras narraba, con estudiado gesto y elocuentes palabras, la difícil vida de aquel hombre.

Así que aunque la condena parecía segura, la ciudad se había dividido sobre la dureza que debía tener la misma. Una cuestión sobre la que se debatía con pasión, y que había llegado a enfrentar a amigos y familias. Nadie olvidaría, desde luego, este crimen en mucho tiempo.

El apenado marido tampoco había querido perderse la última sesión del juicio. No había querido entrar en la sala, prefiriendo esperar discretamente sentado en un banco, alejado del tumulto que se arremolinaba a las puertas. Algo nervioso, y deseoso en su interior de que toda aquella pesadilla pasara, había declarado unos días antes, narrando con voz quebrada hasta los últimos detalles de aquella infausta noche: como por un azar del destino aquel día llegó un poco antes del trabajo a su casa, y al entrar en ella se enfrentó con el dantesco espectáculo de su mujer moribunda todavía en brazos de su asesino, quien cuchillo en mano se empapaba de su sangre aún caliente. Cómo a pesar del impacto que esto le produjo, fue capaz de reaccionar a tiempo y, cogiendo un bastón del paragüero de la entrada, consiguió noquear al agresor e inmovilizarlo hasta que llegó la policía. Su declaración fue tan concluyente y estremecedora que dejó a toda la sala en silencio. Sobre todo cuando recordó la mirada de su mujer todavía agonizante. Al rememorarlo de nuevo, un escalofrío le recorrió de arriba abajo.

-No creo que el jurado tarde mucho en dictar un veredicto.


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Aquella voz le sacó de sus meditaciones. No se había dado cuenta de que alguien se había sentado a su lado. Era un corpulento hombretón, vestido con traje y abrigo, que ojeaba indolente el diario. No parecía uno de esos periodistas que hasta entonces le habían estado agobiando buscando algún escabroso detalle que se le hubiese pasado, y de los que ya creía haberse librado. Ni siquiera parecía haber sido él quien hubiera pronunciado aquella frase, enfrascado como estaba en la lectura.

-¿Disculpe?

El hombre bajó el periódico y le miró. Tenía un rostro duro, surcado de arrugas y varias cicatrices antiguas. Sus ojos eran pequeños, pero extremadamente vivos e inquisitivos. Sonriendo le repitió:

-Digo que no le costará mucho al jurado declarar culpable a ese tipo. Según he leído en el diario, su testimonio ha dejado claro lo que pasó.

Había algo extraño en aquel sujeto, y en su manera de dirigirse a él. Era como si tuviera experiencia en intimidar a la gente y arrancarle sus más íntimos secretos. Como si nada pudiera ocultársele, y supiera cosas que nadie le hubiera contado. Sin embargo, también le resultaba ligeramente familiar. Se puso a la defensiva.

-Eso espero. Que se pudra en la cárcel. Cuantos más años, mejor.

El hombre se retiró hacia atrás. Suspiró.

-Este Estado no es de los más duros, pero por homicidio le pueden caer fácilmente de treinta a cuarenta años. Menos si su abogado ha conseguido enternecer al jurado. Aunque de todos modos podrá salir en veinte años, si tiene buena conducta y convence a la comisión de libertad condicional. Pero no se preocupe, es tiempo más que suficiente para destrozar una vida y hacer que se arrepienta por lo que ha hecho.

El marido le observó con más detenimiento, suspicaz. No le gustaba aquel tipo. Le traía malos presagios. Trató de disculparse y levantarse, pero el hombre le sujetó del brazo y le obligó de nuevo a sentarse. Sus dedos eran como garfios de acero. Le miró algo asustado.

-No se vaya aún. Antes déjeme que le cuente una historia. Le aseguro que le resultará muy interesante. Le sorprenderá.

Aprovechando el desconcierto que había causado en el esposo, continuó.

-Va sobre un matrimonio mal avenido en el que la convivencia ya se había hecho insoportable. Y a pesar de que seguían manteniendo las formas y siendo una pareja modelo, su vida privada era un infierno. Tanto, que el marido tomó la decisión de terminar de una vez por todas. No sé si lo meditó mucho, si lo tenía preparado o fue efecto de un calentamiento repentino. El caso es que cogió un cuchillo de cocina, fue hacia su mujer y se lo clavó con saña varias veces, hasta que ella dejó de respirar. Muerto el perro, acabada la rabia, debió pensar.

El marido, que había escuchado hasta entonces anonadado, se incorporó en un acceso de furia.

-Pero, ¿cómo se atreve? Voy a…

Un brillo metálico en la mano del otro le hizo enmudecer. Con una señal de su viejo revólver le indicó que volviese a sentarse discretamente. Una vez recuperada la compostura, prosiguió.

-Sea bueno y espere a que acabe de contar la historia. Luego ya tendrá ocasión de hablar. Ahora viene lo interesante. Verá, aquel hombre, cuyos planes para deshacerse del cadáver no conozco, tuvo en ese momento un encuentro inesperado. El destino hizo que, justo después de cometer el crimen, o incluso mientras lo ejecutaba, un tercer actor apareciera en escena. Un ladronzuelo de poca monta, o, en mi opinión, más bien uno de esos degenerados que les gusta visitar la lencería de casas ajenas, se había introducido en la vivienda creyéndola vacía, y había asistido al brutal crimen. Un inoportuno testigo. Pero nuestro amante esposo era un hombre de recursos y supo improvisar e incluso sacar provecho de la situación. Aprovechando la sorpresa y estupefacción del intruso, le golpeó dejándole sin sentido. La llegada inesperada de la policía le obligó a ser expeditivo. Rápidamente modificó el escenario a su gusto. Puso el cuchillo en manos de insospechado intruso, le colocó sobre el cuerpo inane de su mujer y salió a recibirles compungido. El engaño estaba servido. De asesino a héroe en segundos. Luego le bastó con seguir representando su papel durante los días siguientes. Nadie iba a dudar de su historia. Nadie iba a cuestionar su palabra.

El esposo lo contemplaba con los ojos como platos, incapaz de moverse o responder siquiera. Satisfecho ante su falta de reacción, el viejo inspector concluyó su exposición.

-Y todo le habría salido a la perfección si el expediente no hubiera llegado a las manos de un veterano agente del FBI, obsesionado hasta la médula con los detalles. Detalles que podrían pasar desapercibidos a los inexpertos policías del condado, poco habituados a enfrentarse con enrevesados asesinatos, pero que para él eran tremendamente reveladores. Detalles como el ensañamiento con que se realizó, común en crímenes pasionales y no en circunstanciales como éste. Como la trayectoria de las puñaladas, propias de un zurdo un poco más bajo que la víctima, perfil que no coincide con el detenido. Como la dispersión de la sangre sobre la ropa de los dos únicos presentes. La del supuesto asesino concentrada, sin proyección, impropia de un ataque de tal virulencia. La del marido, supuesto testigo, llena de salpicaduras en arco.

El marido le miraba completamente blanco, con la boca abierta, sin poder articular sonido alguno.

-Incluso la presencia de esas pequeñas heridas en sus manos, características del uso compulsivo de un cuchillo le delatan. Detalles, solo detalles. Pero suficiente como para pedir que se reabra el caso, solicitar nuevos análisis de ADN y corroborar su autoría.

El silencio del esposo era para él la mejor prueba de que había acertado de pleno. Se sintió satisfecho por haber seguido su intuición y poder resolver un nuevo y a lo mejor postrero caso.

-Ahora le leeré sus derechos, pero, antes, una duda que me queda. ¿Cómo ha convencido al otro tipo de que no le inculpara? ¿Iba tan colgado que ni siquiera sabe si lo hizo él? ¿O le ha sobornado o amenazado con algo peor que la cárcel? Es el último fleco que me queda por averiguar.

Su interlocutor estaba tan consternado que se tomó un tiempo para responder. Hundió sus manos en los bolsillos. Al poco la piel de sus mejillas volvió a recuperar el color. Trago saliva y susurrando contestó…

-Optó por el mal menor…

El investigador puso cara de extrañeza ante tal respuesta. Pero el rostro del marido pareció iluminarse de repente, como llevado por una súbita revelación. Se giró hacia él y continuó.

-Imagino que conoce la teoría. Cuando las opciones entre las que elegir son las dos malas, no queda más remedio de decidirse por la menos mala de las dos. En este caso, a aquel tipejo no le quedó más remedio que no delatarme, si no quería enfrentarse con algo mucho peor que unos años de prisión.

Sonrió recuperando de nuevo la seguridad. El policía no comprendía aquella actitud en una persona a la que acababa de descubrir y que se enfrentaba a la cadena perpetua. Le dejó proseguir.

-Ha sido usted extremadamente competente en su trabajo, y con los datos que disponía ha averiguado la verdad… hasta donde le era posible. Efectivamente yo maté a mi mujer y aproveché la entrada de aquel sujeto para incriminarle en mi lugar. Cuando le detuvieron y recuperó la consciencia, pronto comprendió cuál era su situación. Y bastó cruzar la mirada conmigo para que entendiera que le convenía no soltar prenda de lo que había visto. Y es que no es lo mismo una condena por un homicidio sin premeditación ni alevosía, que freírse en la silla eléctrica, mi querido amigo.


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Ahora era el agente el que no sabía bien qué pensar ni cómo reaccionar. Pero su instinto le hizo darse cuenta de que había algo tremendamente turbio en todo aquello. Satisfecho por haber conseguido recobrar las riendas de la situación, el marido continuó.

-Yo también leo los periódicos, y me gusta estar informado de lo que pasa por el mundo. De hecho, y puede que en realidad todo esté relacionado, tengo una especial afición por las noticias de sucesos. De hecho ahora sé que le conozco. Sé quién es usted y lo que hace. Y a quién lleva buscando desde hace años. Así que, hasta cierto punto, debería alegrarse cuando sepa lo que pasó en realidad. Porque cuando descubrí esto en la mano del tipo que acababa de tumbar con el bastón, enseguida me di cuenta de quien había puesto la casualidad en mi camino.

Sacó un objeto de su bolsillo cuya sola visión hizo palidecer al agente. Lo miró desconcertado y aturdido. Pero no tuvo duda. Aquella media enrollada sobre una moneda de un centavo era el objeto que con más intensidad había buscado en toda su vida. La infame y peculiar arma homicida del más perseguido y despiadado de los psicópatas con los que se había enfrentado. El más escurridizo de todos: el asesino del centavo.

Y aquélla era la prueba definitiva. Era él. No un ladronzuelo o un salido incontinente. El asesino del centavo. El reto irresuelto de su vida. El criminal que durante años le había dado esquinazo y dejado en ridículo una y otra vez. El culpable de los rostros más amargos de los que poblaban las paredes de su despacho. Capturarlo sería la culminación de toda su carrera. La emoción afloró en su cara, incapaz de contenerla. Como en un sueño, mientras su cerebro se llenaba de tantas ideas y recuerdos que amenazaba con explotarle, siguió escuchando a su interlocutor, cuyo interés para él había disminuido considerablemente.

-Veo que sabe de quién estamos hablando. Y ahora comprende el motivo por el que ha mantenido silencio durante todo este tiempo. No es lo mismo enfrentarse aquí a una condena por robo con homicidio que con la silla eléctrica por múltiples asesinatos tras ser deportado a otro Estado menos progresista. Él sabe que el silencio nos conviene a ambos. Simplemente, ha elegido el mal menor.

El inspector se puso de pie, aún conmocionado por la revelación que acababa de tener. Sostenía el arma, pero ya no la apuntaba a su primera presa. Ésta había dejado de tener relevancia. Su cuerpo, de una manera inconsciente, parecía querer llevarle a la sala donde, sin saberlo, se estaba juzgando por un delito que no había cometido a uno de los mayores asesinos en serie de la historia del país. Quería conocer sus rasgos, enfrentarse con sus ojos lo antes posible. Una carcajada orgullosa le sacó de su ensoñación. El marido, que se sentía ahora dueño de la situación, le sonreía malignamente.

-No tenga tanta prisa, amigo, todavía no he acabado. ¿O cree que me voy a conformar con entregarme y a la vez concederle el mayor éxito de su carrera porque sí? No me conformé con una vida de mierda al lado de mi apestosa mujer y no me voy a dejar atrapar tan fácilmente. Así que no se deje llevar por el entusiasmo y piense con la cabeza. Porque, en realidad, ¿qué pruebas tiene de que lo que he dicho sea verdad? Únicamente un trozo de tela y una moneda, algo realmente… frágil.

En apenas un segundo, encendió un mechero que acababa de sacar y convirtió en cenizas la media, que ardió como una tea. El sonido de la moneda cayendo en el suelo resonó en los oídos del viejo policía, que de repente veía difuminarse su ilusión de atrapar a aquel monstruo. Miró atónito al marido.

-Es usted un… un… -no encontraba calificativos con los que terminar la frase.

-Ya ve, se ha quedado sin ninguna prueba física, aunque tampoco habría tenido mucho valor sin mi testimonio. Algo que obviamente no iba a conseguir. Así que recapacitemos y veamos a dónde nos conduce esta situación. Creo que se abre un nuevo dilema, una elección que debe tomar.

Empezaba a intuir donde quería llegar aquel mezquino individuo. Sintió la rabia crecer en su interior cuando comprendió que en realidad no tenía nada con que inculpar al asesino del centavo. Siempre había sido tan escurridizo porque nunca había dejado restos biológicos ni de otro tipo que le pudieran permitir relacionar a un sujeto con los crímenes. Sin la palabra de aquel testigo, no había caso. Otra vez un callejón sin salida. Las caras en la pared se clavaron de nuevo en su memoria.

-Si me delata, ese cabrón saldrá en libertad, y volverá a las andadas. Si hasta ahora lo ha conseguido, es probable que nada le impida seguir matando. Pero si se calla, ese energúmeno irá a la cárcel por veinte años, en los que al menos no cometerá más canalladas. Y quién sabe lo que le puede pasar durante su estancia en prisión. Y, yo, aunque libre, es difícil que vuelva a cometer un nuevo homicidio. No tengo porqué. Ya me libré de quien quería. Aunque reconozco que haber probado el sabor del crimen me produce cierto… placer, es dudoso que vaya más allá. Seré un viudo respetable, un miembro útil de la sociedad. Pagaré impuestos, contribuiré en la iglesia, votaré a los republicanos…

El policía se hundió en su asiento, taciturno. Notó una desagradable sensación en el vientre, y un dolor agudo se apoderó de su pecho. No era un infarto. Era el dolor de la injusticia, la furia que le producía saber que aquel miserable se podía salir con la suya. Éste, por su parte, parecía exultante, y eso le hacía ser extremadamente locuaz.

-Curiosa elección. Debe usted decidir si deja libre a un monstruo que volverá a matar, o a un pobre asesino circunstancial que no repetirá de nuevo su delito. Bueno, al menos si no me vuelvo a casar…

Acompaño aquella tétrica broma con una leve carcajada, que atravesó el corazón del policía como una daga. Le dirigió tal mirada de ira que por un momento la seguridad del marido flaqueó.

Las puertas del juzgado se abrieron y una nube de personas invadió el vestíbulo. El acusado, tras conocer la sentencia, era conducido de nuevo a los calabozos, acompañado de su abogado y de varios periodistas y lugareños que no paraban de acosarle con preguntas. Al parecer la condena había sido más clemente de lo esperado, por lo que se escuchaban gritos de indignación entre el público asistente. Una leve sonrisa de satisfacción se dibujaba en su rostro.

El inspector le observó cuando pasó a su lado. Al principio sólo le pareció un tipo vulgar, anodino, incluso algo torpe al verse atosigado por tanta gente. Había esperado encontrarse un ser impresionante, un superhombre capaz de poner en jaque a todo el FBI durante años. Pero sólo veía a un individuo normal, uno más entre muchos. Sus miradas se cruzaron por un momento. Y al fin creyó distinguir en el interior de sus ojos ese brillo maligno de los locos, de los despiadados, de los viles. Sí, aquella mirada escondía algo. Algo perverso y cruel. El mal.

El disparo retumbó como un cañonazo por todo el recinto.
3ª Parte.- Humo

La detonación fue tan inesperada que la primera reacción de todos fue agacharse, incluso la de los policías que custodiaban al preso. Cuando pasado el primer susto recuperaron la compostura, poco a poco se percataron de lo sucedido. El prisionero yacía en medio de un charco de sangre, agonizante. A unos pasos de él, con una cara que más que de miedo o determinación parecía de incredulidad, el marido de la víctima sostenía en sus manos un revolver aún humeante mientras observaba al herido como si fuera una aparición. Lo sostenía como si fuera un pajarito herido, dejando que resbalara de sus manos que parecían haber perdido toda la fuerza. A su lado, un sujeto grande y canoso, vestido con una oscura gabardina, le encañonaba con una pistola automática, gritándole que arrojara el arma y mostrando una placa de agente federal. Durante unos segundos la imagen se congeló en el tiempo, como si los presentes fueran estatuas en vez de personas, y todo aquello una irreal secuencia de película.


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Luego todo se precipitó. Los guardas se arrojaron encima del agresor, mientras era el propio agente quien le quitaba el revólver con el que se acababa de disparar al condenado. Los flashes de las cámaras parpadeaban incesantes, mientras por los móviles se transmitía la impactante noticia que daba punto final al dramático caso que había conmocionando a la ciudad en las últimas semanas. Un digno colofón a la tragedia vivida. El apenado viudo, seguramente trastornado por el odio y el dolor, se había tomado la justicia por su mano terminando con la vida del asesino de su querida esposa. Una historia conmovedora. Una primera pagina segura. Su protagonista era arrastrado esposado hacia el interior de una sala, todavía con los ojos como platos e incapaz de articular palabra.

El primero en interrogarle fue el propio policía que le detuvo. Un agente del FBI que había llegado de la capital a curiosear en un caso del que tuvo conocimiento por rutina, pero que le había tocado la fibra sensible. Quiso conocer al valiente individuo capaz de sobreponerse al shock de pillar al asesino de su propia esposa in fraganti, y conseguir atraparle y ponerle en manos de la justicia. A pesar de haber hablado con él durante un buen rato, no había sido capaz de prever ni evitar el fatídico desenlace. Tal vez por eso insistió tanto en verle sin la presencia de más gente. Los locales, impresionados con su placa, su fama y el hecho de haber sido el primero en reaccionar, le permitieron esa licencia creyendo que únicamente pretendía entender cómo, a pesar de su experiencia y conocimientos, no había podido percatarse antes de sus intenciones.

A solas, en aquel cuarto de interrogatorios improvisado, el viejo policía se sentó sobre la mesa frente a un desolado y presunto verdugo, que apenas era capaz de levantar la mirada del suelo. Ajeno a los carteles que poblaban todo el edificio, se encendió un cigarrillo, privilegio de tantos años de servicio y de su pertenencia a otra época menos aséptica e hipócrita. Sabiéndose nuevamente dueño de la situación, se lo ofreció al detenido, que lo ignoró. Se lo llevó a la boca y dando una profunda calada empezó a hablar:

-Hace años que deje de fumar, pero siempre lo he echado de menos. Tener vicios nos impide disfrutar de placeres, y el tabaco es para mí uno de los mejores. Así que siempre llevo una cajetilla por si surge una excusa, y puedo volver deleitarme de nuevo con esta agradable sensación. Y desde luego creo que la ocasión lo merece.

Expulsó el humo llenando la sala con volutas grises. Estaba feliz y quería disfrutar del momento. Se sentó ampulosamente al lado de su interlocutor, que cabizbajo parecía ajeno a su perorata, concentrado en sus propias cavilaciones.

-Bueno, ahora la decisión ya no es mía. La pelota ha vuelto a su campo. Ahora es usted quien debe elegir si prefiere enfrentarse a un cargo de asesinato en primer grado, o a uno de homicidio con la atenuante de trastorno emocional. Tal como están las cosas, con un buen abogado, sin antecedentes y jugando bien sus bazas, puede dar suficiente pena al jurado, e incluso obtener una sentencia de apenas diez o quince años. No será joven cuando salga, pero es mejor que la perpetua.

Ahora fue él quien emitió una risita irritante. La respuesta le llegó entre sollozos.

-Cabrón. Hijo de puta. No podía dejar las cosas como estaban. No podía perder, ¿verdad? Es usted un asesino, un criminal peor que yo. Lo ha matado a sangre fría, y encima me ha colgado el mochuelo. Cabrón, cabrón…

La verdad es que no lo había pensado mucho, pero la cosa había salido bien. Harto y rabioso, al ver a aquel cerdo sonreír seguro que se iba a librar, y al otro degenerado feliz por no acabar frito como merecía, no había aguantado más. Un disparo certero y el segundo había dejado de ser un problema. A continuación, antes de que nadie pudiera siquiera percatarse de lo que había pasado, arrojó el arma a las manos del esposo, quien instintivamente la agarró, incapaz de darse cuenta de lo que acababa de suceder. Luego había sacado su arma reglamentaria para encañonarle y proceder a su detención. Farsa completa. Lo demás, detalles. El revólver que había usado no estaba fichado, y nunca lo relacionarían con él. Al quitárselo él mismo en la confusión de los primeros momentos, justificaba sus huellas, e incluso le transfería restos de pólvora. Ya sólo restaba endosarles una historia que medio convenciera a los patanes de la local. No querrían problemas ni darle más vueltas. Asunto cerrado. Un buen día.

Se encontró pensando que después de todo la jubilación no iba a estar tan mal. Se incorporó dispuesto a marcharse, cuando una carcajada histérica le sobresaltó y le hizo detenerse y volver a tomar asiento. Aquel desgraciado, a pesar de su situación, había comenzado a reírse como un trastornado. Se giró extrañado, y le escuchó mientras éste empezaba de nuevo a hablar.

-No se sienta tan satisfecho. Todavía le queda recibir su castigo. Es usted un presuntuoso, un loco presuntuoso. Cree que ha matado a un asesino peligroso y encerrado a un marido homicida. Imbécil. Le he engañado como a un chino. Ha matado a quien no debía. A un pobre desgraciado, un cabeza de turco. Un infeliz pelele. Cree saberlo todo y no sabe nada.

Satisfecho por haber captado su atención, continuó:

-Es cierto que yo llevaba tiempo maquinando liquidar a mi mujer. Para ello elaboré un plan hasta los últimos detalles. La idea me la dio un reportaje que vi en televisión. El perfil de las presas que el asesino del centavo elegía, era similar al de mi esposa. Sólo tenía que matarla siguiendo sus pautas y fingir que era una víctima más. Por eso preparé la media y la moneda.

nadie es inocente
De nuevo la situación se le había ido de las manos al policía, que le observaba entre incrédulo y desolado, mientras éste fuera de sí siguió con su explicación casi escupiendo cada sílaba.

-¿Por qué cree que sabía tanto de ese caso? Me documenté a conciencia. Incluso leí el libro que escribió aquel periodista sobre usted. No le dejaba muy bien, ¿verdad? Y contraté a ese idiota para que hiciera el trabajo sucio, mientras yo me aseguraba una coartada perfecta. Pensé que por su reputación se prestaría a ayudarme por una cantidad razonable, y así lo hizo. Pero luego todo salió mal. Ella me descubrió, amenazó con delatarme. Se encaró conmigo cuando iba a marcharme para conseguir mi coartada y dar tiempo a mi sicario de actuar. Incluso se rió de mí y me retó a continuar con mi intención. No lo soporté. Me sacó de quicio con sus burlas, y acabé apuñalándola. Al poco llegó el idiota que había contratado. No debí pagarle por anticipado. No si hubiera sabido que era tan patán. Con dinero fresco en el bolsillo, no pudo resistir la tentación de celebrarlo antes de tiempo. Iba completamente borracho, dando traspiés y armando un follón enorme. Imagino que no había podido evitar tener que de tomarse unos tragos para reunir el valor necesario, y que se había pasado. Tanto que cuando despertó apenas se acordaba de lo que había sucedido, y como en el fondo le había pagado por matarla, creyó en su estupidez que en realidad lo había hecho.

Levantó el rostro, que tenía totalmente desencajado, y miró directamente al policía, que inmóvil continuaba sentado a su lado. El cigarrillo había resbalado de su boca y humeaba sobre la mesa.

-Cuando me pilló en el pasillo del juzgado, me sentí perdido. Buscaba desesperadamente una salida, cuando al meter la mano en el bolsillo, descubrí la media que tenía preparada, y se me ocurrió una absurda idea. No creí que fuera a funcionar, pero al menos me daría tiempo. Recordé cómo le describía aquel libro, y creí poder aprovecharme de su enfermiza obsesión. Improvisé, y acerté. Casi lo había conseguido. Y ahora, todo se ha ido a la mierda.

Estaba desquiciado, fuera de sí. Los nervios le estaban superando.

-Yo voy a ir a la cárcel, pero usted cargará con la muerte de un inocente toda su vida. Espero que la conciencia se le pudra. Y que cuando cada noche se vaya a la cama, su rostro le atormente. Y los de todas las victimas del asesino del centavo , que no va a atrapar nunca.

Las últimas palabras eran apenas un gemido. Se hizo un silencio que pesó en la habitación como si fuera una losa. Tras unos segundos, el policía se levantó, cogió su abrigo, se dirigió a la puerta y antes de salir se encendió de nuevo un cigarrillo. Recordó los ojos del sicario. Mezquinos, crueles. Pensó que la verdad era como el humo. Cuando crees que la tienes, cambia de forma y desaparece. Casi sin volverse, tras dar una profunda inhalación que inundó de hollín sus pulmones y que soltó poco a poco, sin prisas, concluyó a modo de despedida.

-No hay nadie inocente.

Se marchó. Aún le quedaba un día para seguir buscando.


Epilogo.- Los muertos

Nunca atrapó al asesino del centavo. A pesar de haberse jubilado, durante años siguió persiguiendo fantasmas por su cuenta hasta que la enfermedad y la vejez le confinaron a una silla de ruedas en un desatendido y cochambroso asilo. De algún modo, comprendió que por fin había llegado el momento de que él también cumpliera condena por los crímenes que había cometido en su vida. Sólo que su cárcel estaba hecha de pañales y abandono.


nadie es inocente
El desalmado esposo murió en prisión ocho años después de ser sentenciado, cuando apenas le quedaban unos meses para poder acceder a la libertad bajo palabra. En su momento se llegó a decir que fue eliminado por otros reclusos, pero la investigación interna sólo pudo confirmar que se había desnucado al caer por unas escaleras, no si el motivo fue un resbalón fortuito o un empujón intencionado.

Curiosamente no hubo más víctimas que se pudieran atribuir a aquel famoso psicópata. Fue como si lo hubieran borrado de la faz de la tierra. Puede que se cansara, que tuviera un accidente de tráfico o que contrajera una enfermedad que lo hubiese dejado inválido o muerto. Puede que por motivos de trabajo tuviera que mudarse a otro país, o que se topase con alguien aún peor que él. Incluso los monstruos como él tienen que vivir en el mundo y están sujetos a las miserias humanas. Pero el viejo policía, en sus últimos meses de vida, en los escasos instantes que la demencia senil que le corroía le daba una tregua, llegó a pensar que quizás no fue una coincidencia o un mero accidente que el fin de las muertes se produjera a la vez de los hechos aquí narrados. Tal vez el mundo fuera más pequeño de lo que parecía, y el marido no le hubiera dicho toda la verdad. A lo mejor la primera historia que le confesó fue la real, y la segunda simplemente una ruin mentira en venganza por su detención. O puede que realmente no llevase aquella media con aquella moneda por los motivos que le contó, y que el hecho de que las víctimas de asesino de centavo fueran físicamente tan parecidas a su esposa, no fuera del todo simple azar. Este pensamiento era el único que en sus últimos momentos conseguía arrancar una sonrisa en forma de mueca a aquel decrepito anciano.

Aunque probablemente la verdad nunca la conoceremos. Porque los muertos, muertos están.

 

El contrincante
El contrincante
Precio: 20,00 €
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