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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/986359/ |
La historia de un niño al que la guerra le quitó el alma. Un hábil asesino que elude a la muerte.
Desde el comienzo de la guerra, había adoptado la costumbre de usar sus audífonos con el máximo de volumen. Así no debía escuchar los gritos de sus compañeros pidiendo una oportunidad más para vivir mientras su sangre los dejaba y la muerte les cubría con sus harapos. Sus ojos fríos habían perdido hace mucho ya todo amago de miedo o piedad. Sus dedos se movían con mortal precisión por su rifle mientras metía otra bala en la recámara y ajustaba la mirilla del teleobjetivo. El crudo rechinar del martillo se perdía en la inmensidad del campo de batalla. Jamás miraba el momento en que la bala alcanzaba su objetivo, jamás los veía morir, jamás veía una sola gota de sangre derramada por sus manos, jamás fallaba.
A sus quince años era el francotirador más experimentado y certero de la resistencia. Un héroe silencioso que no había salvado nunca a nadie y al que sin embargo todos admiraban. Sin amigos, sin familia, sin algo real por lo que luchar. Disparar era para el sólo una forma de distraer la mente y no enfrentarse a su propia imagen, a su vida vacía, carente ya de todo sentido. Tenía muy claro que la muerte debía habérselo llevado y, no obstante, lo pasó por alto. Y ahora ante el temor de su regreso le ofrendaba todas las vidas que podía y así le mantenía distraída. Pero nada dura para siempre.
Subía la escalera de uno de los edificios en ruinas que daban frente al puente que unía la pequeña ciudad con la carretera. Le dijeron que defendiera esa posición mientras movilizaban al resto de las tropas para emboscar a los imperiales. Él era suficiente para retener a un escuadrón entero siempre y cuando no contasen con blindados, y dado que ése era el caso, parecía la mejor opción. Llegó al piso más alto y abrió la puerta. Entró en una habitación pequeña, de decorado simple; con un armario, un escritorio lleno de papeles y una vieja foto cuyo recuerdo ya no pertenecía a nadie. Se instaló entonces tras una ventana y esperó paciente a que el enemigo hiciera su aparición.
Veinte minutos después del otro lado del camino comenzaron a aparecer, sigilosos, los primeros hombres. Se movían entre los escombros y miraban asustados por sus binoculares. Él, en cambio, sólo los observaba a través de un pequeño espejo. Ya era el momento. Le puso “play” a su MP3 y comenzó el juego. En un par de segundos ya tenía el rifle apoyado en el marco de la ventana y, al siguiente, apretó el gatillo. Uno menos. Otro menos y así alrededor de tres minutos en los que mató a más de treinta personas. Y fue en ese instante eterno, en el que soltó la vaina vacía y metió otra bala en la recamara, el mismo instante en el que la canción terminaba y hacía una fugaz pausa para dar paso a la siguiente, cuando un sonido llamó su atención. De inmediato observó el armario. Había alguien ahí. Sin dudarlo se puso de pie y caminó hasta allí. Tras el puente reinaba la confusión. Los hombres ocultos se preguntaban si el francotirador había hecho una tregua o les tendía una trampa. Querían ir en busca de los cuerpos y rogaban porque alguno aún respirara, pero era en vano: cada bala había atravesado un corazón distinto. Jamás fallaba.
Y al abrir la puerta del armario, la explosión retumbó más allá de sus audífonos. Una luz que claramente no era el túnel del que tanto hablaban, sino el destello de una pistola, le nubló la vista. Cayó en seco y se dio cuenta de que ni todos esos muertos habían sido suficientes. Un dolor intenso como ningún otro le recorría entero. Su estomago retenía una bala perdida y una muchacha sostenía un arma entre sus manos.
La chica había estado escondida desde su llegada, sin saber si era amigo o enemigo el que desde la habitación disparaba. Se había aferrado a su pistola como la única oportunidad de sobrevivir y había tirado del gatillo sin siquiera pensarlo. Para cuando se recuperó del susto notó que había abatido a un niño. Apenas un niño tirado de espaldas al piso con –lo que creyó– una expresión de confusión (que era más bien de sorpresa). Su cabello revuelto y su piel blanca de mejillas sonrosadas hacían que el rifle entre sus manos perdiera todo sentido. De inmediato rompió en llanto y se acercó a él en un inútil intento de ayuda. Sus manos, temblando, acariciaron el rostro del pequeño y fueron quizás las únicas caricias que éste había recibido desde que la guerra le arrebató su humanidad. Oh, por dios… era todo lo que ella lograba balbucear mientras ponía sus manos sobre la herida del estomago y fingía una sonrisa húmeda ya de lágrimas.
Él por su parte, la observó un momento. Era hermosa… elegante, de nariz perfecta y labios gruesos y angostos que parecían siempre estar a punto de besar el aire. Sus ojos de largas pestañas ahora cubiertos de lágrimas irradiaban una paz que él no lograba comprender. Su cabello castaño y liso era tan largo que, allí de rodillas junto a él, se amontonaba en el piso dándole a la escena un aire tan surrealista que creyó estar en un sueño. Quizás ya muerto. Le pareció haberla visto antes, quizás en sueños. Pero un destello de lucidez le hizo recordar que tres años atrás, cuando se supone que debía haber muerto, ella había estado allí. Observándole salir de los escombros. Surgir de las cenizas como un fénix.
“Así que tú… tú eres la muerte…” pensó. Y en un abrir y cerrar de ojos sacó el cuchillo de su pantalón y se lo clavó a la mujer en medio del cuello. Jamás había visto a alguien morir, y menos el instante en que la persona es consciente de su nueva condición: vivos que ya no seguirán viviendo pero aún no muertos o, al menos, no lo suficientemente muertos. Fue precisamente en aquel momento en que ella se aferraba a la vida y apretaba su cuello tratando de disminuir en vano la hemorragia cuando él se dio cuenta de lo que acababa de hacer y creyó, por primera vez en su vida, que había hecho algo bueno. “No te volverás a llevar a nadie…” pensó.
Entonces la chica se derrumbó sobre el cazador abatido. Nunca antes había sentido el cuerpo de una mujer. Menos su calor, ni la suavidad de sus pechos. Ambos, inmóviles, de a poco perdieron noción de lo que a su alrededor sucedía.
Los soldados de la resistencia lograron su emboscada y sólo al segundo día notaron la ausencia del francotirador. Lo enterraron junto a la chica, en un funeral sin oficios religiosos, sin luto y sin dolor. Al poner la lápida cayeron en la cuenta de que nadie conocía el nombre del joven héroe, pues sólo le llamaban “francotirador”. Entonces dispararon con su propio rifle a la lápida y el casquillo fue para siempre mudo testigo de su oficio innoble. Una pequeña inscripción en latín rezaba “Omnia Mecum Porto”, todo lo mío lo llevo conmigo, quizás como un recordatorio de la transitoriedad de la vida, lo efímero de nuestros logros terrenales. Lo cierto es que ahora todo lo que lleva consigo es el peso de las vidas que arrancó.
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