Final del Estadio Letal


Warhammer Fantasy

24-12-2007 14:27
Por: AriOcH, señor de los infiernos

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/986502/

La gente del foro de Warhammer Fantasy habrá leído o al menos sabrá de la existencia de este torneo, del que aún hay una secuela en activo.

Acabó hace tiempo, pero encontré estos combates perdidos en una carpeta de mi ordenador, y me parecía una pena que cayeran en el olvido.


tech
Gregor Von Volk y Elrik vs Landin D'anguile

El gran día había llegado, por fin tendría lugar la gran final esperada por todos, al fin se conocería al mejor luchador de la isla. Pero el clima no parecía querer ayudar al espectáculo, pues negros nubarrones cubrían por completo el cielo a la vez que descargaban un intenso aguacero que amenazaba con inundar todos los edificios de la isla. Pero alguien no estaba de acuerdo con esa situación, y estaba dispuesto a cambiarla. El Señor de La Isla se asomó al balcón de su castillo y alzó los brazos mientras pronunciaba un hechizo y atraía una inmensa cantidad de poder hacia él. Una vez estuvo listo, con un elegante gesto envió toda su energía hacia el cielo, y sucedió el milagro. Todas las nubes que cubrían el cielo desaparecieron instantáneamente, y en su lugar reinó un sol brillante e imponente. Con una sonrisa en los labios, el poderoso mago volvió a sus aposentos, donde le esperaba Deragaar, apenas sorprendido por la pasmosa demostración de poder que acababa de presenciar, pues sabía de sobra que ése no era el límite de su señor.

-Al fin ha llegado el día que esperabas - le dijo el maestro al alumno-. Pronto conocerás a tu rival.

-Sólo son humanos -respondió el vampiro con desprecio-. Gane quién gane, no tendrá nada que hacer contra mí, lo aplastaré como a una mosca.

-Ni siquiera tú confías en lo que estás diciendo, mi cachorro, pues sabes del poder de ambos guerreros y de la potencia de los encantos de sus armas, ¿no es así?

-Ya veremos quién es más diestro y quién tiene el arma más potente -dijo Deragaar, y se encaminó hacia el lugar del combate-. Ya veremos…

-Vaya, eso ha estado bien, muy bien -pensaba Landin-. Espero que en caso de salir vencedor en la final y de lograr derrotar al vampiro después no tenga que enfrentarme a ese hechicero… Aunque por supuesto, no le tengo miedo: mi dama me protegerá y me ayudará a sobreponerme a cualquier adversidad. -Dicho esto, se atusó el pelo de color del oro, y sostuvo su espada con las dos manos mientras se ponía de rodillas para rezar sus oraciones–. De todas formas -pensó para sí mismo- no debería pensar tanto en el futuro, pues aun no he derrotado a mi primer enemigo.

Acto seguido se concentró en sus oraciones, a pesar de lo difícil que era con el traqueteo del carro, que en esta ocasión se encontraba recubierto por varios tablones, de forma que no se pudiera ver el exterior desde dentro ni el interior desde fuera, y su fiel montura comiendo a pocos centímetros de él.

–Es curioso -se permitió el lujo de hacer una última reflexión antes de entrar en trance- pero tengo la impresión de que vamos cuesta arriba, como si fuera la ladera de una montaña, y la temperatura parece ir en aumento cada metro que avanzamos. En fin, creo que no tardaré mucho en saber cuál es esta nueva sorpresa…

Y no se equivocaba, pues su destino estaba cerca.

A varios metros de allí, en línea recta, se encontraba el otro carro, recubierto también por madera de forma que no permitía ver a través de ella. En su interior, los otros finalistas se preparaban también para la cruenta lucha que tendría lugar en breves instantes. Elrik contemplaba su espada sentado en el suelo, mientras que Greg se colocaba las últimas partes de la armadura y se colocaba de rodillas, en posición de rezar.

tech
–¿Qué hacéis, mi señor? -le preguntó Elrik a Greg, con una mirada de sorpresa y ganas de reír.

-Rezo, ¿no lo ves? -respondió, sorprendido por la pregunta.

-¿A quién? -volvió a preguntar Elrik.

-Hombre, ¿pues a quién va a ser atontado? A mi dama…

-¡Pero si no tenéis!

-Eso será si yo quiero, ¿no? Me da la gana de tener dama y tengo dama, y punto. Al que no le guste que me rete, que lo despacharé sin problemas -dijo, en tono amenazante-. ¿Acaso a ti no te gusta? -preguntó mientras su mano se dirigía a la empuñadura.

–No, no, mi señor, me encanta. Os da un aire muy… interesante. Casi parecéis un caballero de verdad… -dijo de forma que Gregor no pudo oírle.

-Pues ya está. Ahora déjame, que tengo que rendir tributo a mi dama del pantano. O del lago, o lo que sea -dijo mientras cerraba los ojos para concentrarse al máximo.

“Por todos los dioses, espero que lleguemos pronto. Entre este calor inexplicable y la flojera intestinal que parece tener el corcel éste, voy a acabar desmayándome… buag, es insoportable. En fin, ya no creo que falte mucho”. Pocos metros después, el carro se detuvo, y se pudieron comenzar a oír los vítores del público. La gran final iba a dar comienzo.

***

El lugar del combate era impresionante. En medio de un volcán se había colocado, por medio de magia, una roca circular conectada mediante unas rampas de piedra con los bordes de roca caliza. Cada carro se encontraba al final de una rampa, y allí sería abierto. El fuego brotaba de la superficie del magma, y el vapor subía, elevando increíblemente la temperatura del lugar. Sobre la roca viva se habían hecho gradas de piedra, que de alguna forma no quemaban, y el público se encontraba rodeado por un aura misteriosa que parecía protegerlo del fuego y la lava, lo que era un alivio. Toda la gente de la isla se había dado cita allí, nadie quería perderse el combate final, el súmum del torneo, aquello por lo que habían ido a la isla. Todos los magos organizadores estaban al borde del volcán, y parecía que se encargaban de mantener el islote central de piedra a flote, y de que las defensas mágicas protegieran al público. Había representantes de todas las razas y de todos los niveles sociales. Desde el más poderoso noble elfo, hasta el más rastrero goblin tenían su sitio. Durante unos instantes el público tuvo entretenimiento en las propias gradas, puesto que un par de guerreros que se habían hecho famosos por protagonizar varios incidentes en los últimos días, William y Uros, estaban en medio de una trifulca, donde varios elfos ataviados con capas oscuras trataban de matarlos a traición. Pero poco duró el espectáculo pues no tardaron mucho en acabar con sus rivales como si estuvieran jugando con niños más pequeños, y se sentaron como si nada en sus asientos.

tech
Antes de abrir las jaulas, el señor de la isla se personó en la parte más alta de una de las laderas del volcán, junto con su seguidor Deragaar, al que todos contemplaron con una mezcla de miedo y respeto. El poderoso hechicero se levantó, alzó los brazos, y a la vez que éstos se movían, unos fascinantes fuegos artificiales surcaron el cielo para formar un espectáculo de luces y colores, ante el que el fascinado público no pudo hacer otra cosa que aplaudir mientras miraban maravillados el número que había preparado el mago. Una vez finalizó el espectáculo, el oscuro dueño de la isla habló, con una voz potente y firme que incitaba a escucharle:

-Queridos amigos humanos del Imperio y Bretonia, Kislev y los demás reinos del hombre, elfos de las lejanas costas allende los mares y del secreto bosque de Lorien, enanos de las profundas montañas, goblins, orcos, trolls y demás criaturas de las montañas del fin del mundo, vampiros de Sylvania, lagartos de la lejana Lustria, hechiceros de la olvidada Khemri, seguidores de los poderes oscuros de las tierras del norte, halflings de la Asamblea, hombres rata de las profundidades del Viejo Mundo, ogros de las tierras del norte y todas las razas que os habéis reunido aquí. El día que todos esperábamos al fin ha llegado. En pocas horas conoceremos al ganador de este segundo torneo, y veremos si después de obtener esta victoria conseguirá derrotar a mi paladín, aquí presente. Las normas las conocéis todos: el que logre acabar con su rival o sus rivales, ganará y será proclamado vencedor, consiguiendo así la gloria y que su nombre perdure por siempre. Así pues, no hay nada más que esperar. ¡Que dé comienzo la final! Ah, por cierto, un último aviso. Como habréis podido ver, las protecciones mágicas que mantienen mis hechiceros os protegen del fuego del volcán, pero que nadie piense que le protegerían de una caída, puesto que no han sido creadas para eso… -Dicho esto, un aullido precedió a la caída de un goblin a la lava, donde su cuerpo se deshizo en pocos segundos-. Veo que lo habéis entendido. Ahora sí puede comenzar la final. ¡Destapad las jaulas! Landin D’anguile, caballero y noble bretoniano, y Gregor von Volk y Elrik, imperiales. Ofrecednos un buen espectáculo y uno de vosotros será recompensado con la gloria.

Una vez el señor de la isla acabó de hablar y se sentó, sus órdenes fueron cumplidas y las jaulas se abrieron. De una de ellas salió, montado en su poderoso corcel, Landin, con la lanza preparada y su espada envainada, cuyas runas brillaban ansiosas por probar la sangre. Se colocó el yelmo en la cabeza, bajó el visor, y lanzó una última mirada a las gradas en busca de la reconfortante mirada de su doncella. Cuando la vio, sintió que le invadía una sensación de tranquilidad, y las ganas de vencer en su nombre crecieron en su interior. Tras dedicarle la más dulce de sus sonrisas, se encaminó hacia el círculo de piedra.

En el otro extremo del círculo, Gregor bajó del carro dando tumbos; parecía mareado y confuso. Pero al ver que toda la gente le miraba mantuvo la compostura y actuó lo mejor que pudo. Una vez estuvo sereno y tranquilo, se colocó el yelmo con delicadeza, montó a lomos de su caballo elegantemente, y dedicó una serena sonrisa a su acompañante, que parecía algo más nervioso. A lomos del corcel, con su brillante armadura, la lanza lista para empalar y su porte majestuosa parecía un caballero de leyenda, respaldado por su fiel escudero. No tenía nada que envidiar al noble bretoniano, aunque tal vez su rival fuera aún más elegante, pero a la hora de matar o morir eso no importaba. A su lado, Elrik contemplaba fascinado, como el primer día, el brillo de las runas de su arma. “Nunca conoceré su secreto”, pensaba, “y tal vez hoy tenga la última oportunidad”. Cuando ambos estuvieron listos, se encaminaron a encontrarse con su destino.

tech
Ambos contendientes llegaron a la vez al círculo de piedras, y se observaron durante unos segundos. Una última oración, una mirada al cielo, y se lanzaron al ataque. Los dos jinetes espolearon a sus caballos casi al unísono, mientras que Elrik corrió a la máxima velocidad tras su señor, aunque el caballo de éste era muy rápido a pesar de soportar la carga de un caballero con armadura completa y una barda metálica. Landin y Gregor profirieron sus gritos de guerra, sacando la voz de lo más profundo de sus pulmones, para descargar un poco más de tensión. A pesar de ser dos guerreros expertos y curtidos en mil batallas, siempre había cierta tensión antes de un combate, y ellos sabían bien cómo hacerla desaparecer. Bajaron sus lanzas, apuntando al corazón del enemigo, buscando un punto débil en su armadura. Subieron sus escudos para protegerse mejor aún. Landin partía con ventaja puesto que, como noble bretoniano, había participado en innumerables torneos de justas, y su habilidad con la lanza era legendaria, pero la experiencia en combate de Gregor también era muy importante, así que ninguno de los dos partía con ventaja aparentemente.

tech
El público aplaudía y jaleaba a los guerreros para que comenzara el espectáculo, y no tardaron en recibir la respuesta. Todo el estadio enmudeció en el momento en que las lanzas estuvieron a la distancia adecuada para impactar. Landin sabía de la destreza de su rival, así que decidió lanzar un amago, apuntando primero con la lanza arriba a la derecha, para en el último segundo, con un depurado golpe de muñeca, bajarla y apuntar a la izquierda, el lugar más desprotegido de su contrincante, justo por encima del brazo con el que sujetaba la lanza. Era un golpe delicado dado el riesgo que corría, pero el noble bretoniano confiaba totalmente en sus habilidades. Y su destreza obtuvo recompensa, puesto que sintió cómo la lanza se quebraba al impactar contra el peto de su rival. Pero se confió demasiado al pensar que ya lo había hecho todo, y alzó su escudo demasiado tarde para poder detener el golpe de Gregor, que logró impactar en el hombro de Landin. El choque fue terrible y los dos jinetes salieron despedidos de sus monturas para ir a parar con sus huesos al suelo. Las lanzas se hicieron trizas pero habían cumplido su cometido. Ambas armaduras eran increíblemente resistentes dado que estaban encantadas, así que cumplieron su cometido protegiendo a sus portadores de una muerte segura, pero no pudieron evitar el daño completamente. El hombro de Landin estaba dislocado, y se colocó a duras penas como le habían enseñado, no sin dolor, y no quedó en las mejores condiciones ni mucho menos. Por su parte, Gregor tenía al menos dos costillas rotas, pero eso no era nada nuevo y, aunque no podría combatir al cien por cien, había estado peor en otras ocasiones y había vencido.

Sin más miramientos, los caballeros desenvainaron sus espadas y sus filos brillaron con la luz del Sol. Las runas en el arma de Landin brillaban con intensidad al ser tan elevada la temperatura del lugar. Se colocaron en posición de lucha y se examinaron minuciosamente durante unos segundos, mientras avanzaban con paso lento y firme el uno hacia el otro. En el momento en que parecía que alguno de los dos se lanzaría al ataque llegó Elrik corriendo, con la espada en alto, y dispuesto a acabar con su rival sin más dilación. El poder latente de su espada se sentía en todo el lugar, ya se fuera un hechicero o no, dado el increíble poder del arma. Gritando con todas sus fuerzas, se lanzó a por un imperturbable Landin, que le esperaba con la espada y el escudo en posición defensiva, intentando no dejar ni un solo resquicio que Elrik pudiera aprovechar. Los golpes se sucedieron rápidamente, mientras Gregor observaba. No le gustaba luchar con ventaja numérica, y no quería herir a su compañero o que sucediera a la inversa.

La superior habilidad de Landin se estaba imponiendo, y Elrik se iba desgastando poco a poco, sin ser capaz de herir a su oponente, de hacerle el más mínimo corte. Landin sabía del poder de esa arma, y por eso se esforzaba al máximo para evitar que le golpeara. Bloqueaba los golpes con el escudo, los paraba con la espada, provocando que saltaran chispas, o los esquivaba con gráciles fintas. Pero siempre sin contraatacar para que no ocurriera ninguna desgracia. Pero también sabía que no podía estar así por siempre, y en cualquier momento la nobleza de Gregor podría ser sustituida por las ganas de ganar aprovechándose de la ventaja que podría tener. Además, su hombro maltrecho se resentía cada vez más ante los continuados impactos recibidos, y en cualquier momento podía dislocarse de nuevo y fallarle. No podía permitir que eso ocurriera así que decidió que si no arriesgaba no ganaría, y decidió buscar el momento adecuado para contraatacar. Y no tardó en encontrarlo, puesto que Elrik estaba cansándose poco a poco y sus golpes habían bajado en intensidad y velocidad. Los minutos que estuvo golpeando el escudo de su rival habían hecho mella en él, pero había logrado su objetivo en parte. A pesar de que no había herido a su oponente, y éste no se había desgastado tanto como él: por cómo sujetaba el escudo parecía que su hombro estaba causándole un dolor más grande de lo que aparentaba, y en poco tiempo le sería prácticamente inútil.

La lucha entre Elrik y Landin se estaba prolongando más de lo esperado, y ambos decidieron matar o morir en los siguientes golpes, pues sus fuerzas les estaban abandonando. Elrik concentró toda su fuerza en un golpe que siempre le había dado muy buenos resultados. Lanzó una estocada de arriba abajo por el lado izquierdo de su oponente, pero en el último momento cambió la dirección y el golpe se convirtió en ascendente desde abajo a la izquierda hacia arriba. Tenía esa técnica tan depurada que sorprendió incluso a un caballero tan diestro como Landin, que a duras penas logró interponer el escudo entre su cuerpo y la espada. El impacto fue tan fuerte y pilló al bretoniano tan mal defendido que su hombro acabó por dislocarse de nuevo y soltó el escudo. Para el público parecía que el combate estaba ya decantado del lado de Elrik, pero no era así. Al atacar con tanta fuerza, no le dio tiempo a colocar de nuevo su espada en posición defensiva y eso, contra un guerrero como Landin, sólo significaba una cosa: la muerte. El golpe fue perfecto. Rápido, certero y limpio. Impactó en un resquicio de la coraza de Elrik, a la altura de la cintura. Entró por ahí fue ascendiendo por el cuerpo del imperial, cuyas entrañas mancharon el suelo mientras la espada de su enemigo le quitaba la vida. La sangre cayó por la espada de Landin hasta llegar a la empuñadura, que sintió su calor. El arma había llegado a su destino puesto que había alcanzado el corazón de su desgraciado enemigo, que miró a Landin con una mezcla de miedo y satisfacción, al contemplar el escudo en el suelo. Fue lo último que vio, pues su corazón acababa de ser atravesado y murió en apenas unas décimas de segundo. El brazo de Landin sostenía el cuerpo inerte de Elrik en pie, y en cuanto retiró la espada con un movimiento veloz y limpio, el cuerpo sin vida cayó sobre un charco de sangre y vísceras.

tech
El noble bretoniano jadeaba por el esfuerzo, y una mueca de dolor cruzaba su rostro, aunque nadie podía verlo puesto que su finamente decorado yelmo le cubría la cara por completo. Acabar con aquel escudero le había costado más de la cuenta, de hecho ya no podía sujetar su escudo, y había tenido mucha suerte de que sus entrenados reflejos le hubieran permitido parar el último golpe de aquella espada encantada, puesto que si no ahora sería su cuerpo el que reposaría inerte en el suelo. Al contemplar el rostro de Elrik vio que no era miedo lo que había en su rostro, sino satisfacción. La satisfacción de un trabajo bien hecho. Entonces comprendió. Aquel hombre valiente había dado su vida por su señor para ponerle el combate en bandeja, a sabiendas de que si Gregor ganaba a él lo resucitarían. Entonces pensó que aquella lucha fraticida no tenía sentido. Miró a todas partes en busca de una respuesta, y la encontró. Allí estaba su damisela, aquélla por la que él luchaba y daría la vida, como había hecho Elrik, si fuera necesario. La desilusión que estaba llenando su corazón se transformó en Fe. Fe capaz de mover montañas, de llevar miles de hombres a encontrarse con su fatal destino. Aquello era por lo que él luchaba. Por su Fe, y por su honor, y por encima de todo, por su Dama, que le contemplaba desde algún lugar. Las fuerzas renacieron en su interior, y a pesar de que no curarían su maltrecho hombro, le permitirían luchar hasta el final. Se encaró hacía Elrik y se dirigió hacia él. Pero antes, lanzó una última mirada al cuerpo sin vida de Elrik y rezó una oración por su alma. “Eras un hombre valiente”, pensó, “pero los combates no se ganan sólo con valentía, y no será tan fácil vencerme… Ahora te toca a ti, Gregor Von Volk.”

Gregor había contemplado con desesperación cómo Elrik moría, pero sabía que no podía haber intervenido porque no habría sido justo. Y también sabía que si ganaba, lo traerían de vuelta a la vida. Así que eso sería lo que haría. Miró a Landin durante unos segundos, y, tras sopesarlo, arrojó su escudo a la lava, donde se desintegró en segundos. Landin contempló asombrado la escena, y no pudo hacer otra cosa que agradecer el gesto de su adversario.

-Gracias -dijo- pero no era necesario.

-No hay de qué -replicó Gregor-, me gustan los combates justos, y por lo que tengo entendido creo que a ti también.

-Así es. Lamento lo de tu compañero, pero las cosas son así. Comprenderás que tenía que matarle para ganar, como tendré que hacer contigo -le respondió a la vez que se colocaba en postura de lucha, desafiante.

-Intentálo… Aquí me tienes.

-¡¡Por mi Damaaaaa!! -bramó Landin, y se lanzó al ataque, dispuesto a acabar de una vez por todas con el combate.

-¡¡Por la míaaa!! O quién sea -replicó Greg, y se lanzó al a refriega con la espada en alto.

El público rugió contento ante lo que habían visto y lo que quedaba por ver, y no quedarían decepcionados.

El choque de espadas hizo que saltaran chispas, y por unos segundos los dos se quedaron ahí, cara a cara, intentando doblegar a su oponente para obtener cierta ventaja, pero ninguno pudo, así que se retiraron al unísono, y se lanzaron de nuevo a la carga. Ésta vez obtuvo la iniciativa Gregor, más fresco y descansado. Lanzaba estocadas con la velocidad del rayo y precisión de cirujano, pero Landin sabía defenderse y paraba la mayoría de los golpes, esquivando el resto con elegancia. Pero Greg no estaba dispuesto a darle ni un respiro, y se lanzó de nuevo a la refriega. Uno, dos, tres, lanzaba golpes sin parar, por arriba, por abajo, por el centro… pero no lograba romper la defensa de su rival. Entonces una idea comenzó a formarse en su ya poco lúcida cabeza. A pesar de que el intenso calor le nublaba los sentidos, su mente era muy ágil, y eso era muy importante a la hora de combatir.

tech
Continuó presionando a Landin, que se defendía como podía, cada vez más cansado. Iba retrocediendo poco a poco mientras Greg le atacaba y le obligaba a ir hacia atrás. Entonces el plan de Gregor comenzó a tomar cuerpo para los espectadores. Landin estaba ya muy cerca del borde del círculo de piedra, y si seguía así se precipitaría a una muerte segura en pocos instantes. El bretoniano trataba de salir de la trampa en la que estaba, pero la determinación de Gregor era grande, y sus golpes rápidos y potentes. Ya sólo estaba a dos pasos del borde y sólo podía defenderse. Desesperado, Landin lanzó una patada a la espinilla de su rival, dándole el tiempo suficiente como para echarse a un lado y salir de esa situación. No le gustaba usar ese tipo de estratagemas, pero cuando la vida está en juego todo vale.

Tras salir de esa situación, se tomaron un respiro para recuperar fuerzas. Gregor se frotó la espinilla aún dolorida mientras recuperaba el aliento. Había invertido gran parte de sus fuerzas en intentar llevar a cabo su plan y no lo había conseguido, a pesar de haber estado a punto. No sabía qué rumbo tomarían ahora las cosas, pero tenía que ganar, por su orgullo y por Elrik. Jadeando, se irguió, apretó la empuñadura de la espada con todas sus fuerzas hasta que los nudillos se le pusieron blancos, y se lanzó de nuevo al ataque. Casi a la vez, Landin cargó dispuesto a, esta vez sí, acabar de una vez por todas.

tech
Los golpes se sucedieron a una velocidad a la que al ojo le costaba seguirlos. A pesar del cansancio, los dos bravos guerreros se estaban empleando a fondo, lanzando estocadas, tajos, patadas y golpes de todos los tipos. Todo valía. En juego estaban el honor y la vida, y eso podía hacer que un hombre moviera montañas. Pero había algo que podía hacer que un hombre moviera un continente entero, algo cuyo funcionamiento nadie entendía del todo bien… la Fe. Poco a poco, Landin se estaba imponiendo. Sus golpes eran apenas una milésima de segundo más rápidos, y tal vez un poco más fuertes. Desde fuera no se apreciaba, pero Gregor y el propio Landin lo sabían. Esta vez era el imperial el que retrocedía sin remedio, bajo una lluvia de golpes asestados con destreza. No podría aguantar así apenas unos minutos, pues su anterior ataque le había dejado apenas sin fuerza, y le costaba llevar el ritmo. El calor hacía que sudara aún más de lo normal, y sus pulmones estaban llenos de azufre, con lo que le costaba respirar un mundo. Su experiencia le dijo que debía encontrar un golpe definitivo, y rápido, o moriría irremediablemente. Había estudiado la secuencia de golpes de Landin y, a pesar de tener un gran abanico de ataques, había un lugar que a veces le quedaba apenas un poco desprotegido, allí donde debería estar el escudo. Ése sería su objetivo. Esperó pacientemente, defendiéndose cada vez con mayor dificultad, a que ese flanco quedara desprotegido, y al fin llegó su oportunidad. Atacó con velocidad y precisión, encontrando el hueco necesario por el que introducir su espada. Y logró su objetivo, pues atravesó la armadura de su rival, y se introdujo por entre sus costillas. Parecía que su plan había dado resultado, pues sintió como la sangre le llegaba hasta los pies. Notó la cálida sangre mojándole las manos, los pies, e incluso su propio pecho y la espalda. Entonces se dio cuenta de que algo no iba bien. Aquella era su propia sangre. Miró hacia abajo y comprendió. Su espada había atravesado el peto de Landin y le había herido de gravedad, pero, a la vez, la espada del bretoniano había entrado limpiamente por debajo de su propia pechera, atravesándole el estómago de lado a lado. Parecía que al fin iba a acabar todo.

Los dos caballeros se mantuvieron el uno frente al otro, sujetando las espadas con sus últimas fuerzas mientras la vida se les escapaba. Pero la herida de Gregor era mucho peor, y en cuanto Landin soltó su espada, el imperial se desplomó de espaldas, soltando su espada y dejándola clavada en el costado del bretoniano, que se la arrancó a la vez que profería un grito de dolor. La arrojó a los pies de Greg, y se acercó a él tambaleándose. Se quitó el yelmo y el peto puesto que ya no los necesitaba, y los dejó caer contra el suelo, produciéndose un estruendo metálico. El público gritaba y le animaba a acabar con el combate de la forma más cruel y sangrienta posible, y se encaminó a hacerlo. Cogió su espada por la empuñadura y la extrajo del cuerpo de Gregor con un sonido de succión, a la vez que el imperial gemía de dolor, pues no podía hacer otra cosa. Landin alzó su espada y se preparó para dar el golpe de gracia. Miró a su alrededor y vio que todos le incitaban a hacerlo; miró a su damisela, que le devolvió una cálida sonrisa y, por último, posó sus ojos sobre el señor de la isla y su elegido, que sonreían satisfechos y le hicieron un gesto para que acabara con su enemigo. Entonces centró su atención sobre el cuerpo que había a sus pies. Miró fijamente a Gregor, que le devolvió una mirada llena de respeto y de perdón. Comprendía que tenía que matarle, y así lo haría. La espada del caballero comenzó a descender rápidamente hacia el corazón del imperial y, cuando parecía que iba a acabar con su sufrimiento, se detuvo a apenas unos milímetros de su objetivo.

-No lo haré -gritó de repente Landin, a la vez que soltaba la espada y miraba desafiante al señor de la isla.

-Claro que lo harás -le replicó éste, que le miró con odio. De repente, Landin sintió que algo penetraba en su interior. El poderoso hechicero estaba intentando doblegarlo bajo su voluntad. Tras unos breves instantes de lucha, en los que nadie, excepto los magos y el propio Deragaar parecían entender lo que ocurría, el mago volvió a hablar–: Vaya, veo que tienes una voluntad férrea, Landin D’anguile.

-Sólo yo y mi Dama decidimos mi camino -replicó éste, burlón.

tech
-Está bien. Haremos esto: dejemos que nuestro público decida… ¡Querido público! La vida del perdedor está en vuestras manos, ¿que decidís? -Dicho esto, estiró su mano y extendió el dedo pulgar, dejándolo paralelo al suelo. Si el dedo señalaba hacia arriba, viviría. Si señalaba hacia abajo, moriría.

Inmediatamente, el público comenzó a agitar sus dedos. Al principio, todos apuntaban hacia abajo, puesto que querían ver más sangre. Pero, poco a poco, algunos dedos empezaron a señalar hacia el cielo, al creer que acabar así con la vida de ese valiente guerrero sería como sacrificar una res. En pequeño número al principio pero siendo cada vez más, al final todos los dedos señalaban hacia arriba. Daba igual la raza o la clase social del espectador, al final todos pensaban que aquel hombre merecía vivir, por el espectáculo que les habían dado entre los dos. Landin miró al público primero y al señor de la isla después, cuyo dedo se elevó lenta y casi dolorosamente. Parecía que era el único que quería que Gregor muriera.

-Está bien. No acabes con su vida. Pero la herida que le has abierto en el estómago acabará con él en pocas horas. -dijo el hechicero con malicia.

-No. Como ganador del torneo exijo mi premio. Quiero que le curéis a él, y que resucitéis a su aliado. Ésa es mi petición y mi deseo. Renuncio a mi premio a cambio de esto -replicó Landin con voz firme y convincente.

-¿Estás seguro de que eso es lo que quieres? ¿Realmente renuncias a tu premio, sin el cual no tendrás posibilidades de vencer a mi paladín?.

-Así es. Para ganar, sólo necesito una espada y mi Fe. Y tarde o temprano tú y tu paladín lo comprobaréis.

-Que así sea, Landin D’anguile. Te nombro vencedor del torneo, pero no recibirás tu premio. A cambio, las heridas de tus dos contrincantes serán curadas, aunque no podrán ayudarte en la última lucha. La final, ha terminado.

Tras decir ésto, el señor de la isla lo dejó todo en manos de sus secuaces, y desapareció junto al vampiro, dejando tras de sí sólo un rastro de polvo.


tech

 

Necrarca en dragón zombi
Necrarca en dragón zombi
Precio: 39,00 €
 Imágenes
tech