Final absoluta del Estadio Letal


Warhammer Fantasy

03-01-2008 14:26
Por: AriOcH, señor de los infiernos

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/987235/

La gente del foro de Warhammer Fantasy habrá leído o al menos sabrá de la existencia de este torneo, del que aún hay una secuela en activo.

Acabó hace tiempo, pero encontré estos combates perdidos en una carpeta de mi ordenador, y me parecía una pena que cayeran en el olvido.


final absoluta del estadio letal
Landin D’Anguile vs Deragaar

La noche se cernía sobre la isla, cubriéndola con su manto de impenetrable oscuridad. El cielo estaba despejado y se podían contemplar todas las constelaciones sin problemas, pero nadie se iba a dedicar a observar astros en esa noche. Esa era la noche. La noche del combate final, los dos mejores luchadores del planeta reunidos allí, combatiendo por su vida, ofreciendo un grandioso espectáculo, una lucha de titanes cuyos nombres quedarían grabados en los anales de la historia para convertirse en mitos y leyendas con el paso del tiempo, para acabar cayendo en el olvido dentro de cientos o miles de años. O tal vez no. Aunque tiempo atrás los dos contendientes habían sido nobles bretonianos, ya no era así. Landin D’anguille seguía siéndolo, y estaba muy orgulloso de ello, motivado por su fe en la dama. Sin embargo, su rival no era igual que él. A pesar de que conservaba parte de su nobleza, ahora era un señor de la noche, joven, pero inmortal al fin y al cabo. Y si ganaba, no sólo su nombre sería recordado, sino que él podría vivir por siempre, habiendo muy pocos capaces de derrotarle, tal vez sólo su señor y ese arrogante de Saeras, aunque las cosas cambiarían, como él solía pensar.

-Eres un estúpido -se decía a sí mismo Deragaar-. Aún no has superado tu primer reto y ya estás pensando en qué harás después. Bien sabes que ese humano no es como los demás, y que te costará ganar… aunque, por supuesto, ganarás. -El vampiro avanzaba por el corredor del castillo con su armadura puesta, la espada envainada, y su regalo entre los brazos. Aquel yelmo irradiaba poder, y parecía gotear sangre constantemente, aunque al tacto ni siquiera estaba húmedo, ni tampoco frío. De hecho, tenía un tacto agradable y cálido. Cálido como la sangre humana…– Maldita sea, Deragaar, acabas de comer y ya estás pensando de nuevo en ello. No probarás la sangre de ese caballero, será un combate digno y limpio -se repetía a sí mismo. Sin embargo, en el fondo de su conciencia, el ansia de sangre retumbaba fuertemente–. Maldito seas, padre… -murmuró, mientras salía a los establos.

Landin terminaba de colocarse el peto y los guanteletes mientras acariciaba a su caballo. No sabía dónde combatirían esta vez, pero el Señor de la isla le había sugerido que sería en lugar familiar para él, y para su enemigo. “Qué macabra idea tendrá en mente ese maldito lunático”, pensaba. “Yo no tengo nada que ver con ese mal nacido engendro. Me da igual su pasado, sólo me importan su presente y mi futuro, en el que él no existirá después de que lo atraviese con mi espada, guiada por mi dama.” Dicho esto, terminó de atarse el cinturón donde llevaba la espada, agarró su lanza, subió a lomos de su montura, y se encaminó hacia la puerta del establo, donde le esperaba un mago para guiarle al campo de batalla, situado no muy lejos de allí, ya que estaba en la explanada exterior del castillo.

Ambos contendientes llegaron a la vez al escenario donde tendría lugar la lucha, y se quedaron impresionados, sin palabras. El señor de la isla quería jugar con ellos, y para eso había creado aquel lugar. Era una reproducción fiel de un campo de justas que hay en cualquier castillo de un señor bretoniano que se precie. Una larga explanada dividida en dos partes por un tablón de madera muy largo, en el que había dibujados decenas de escudos de casas bretonianas. La plebe situada en unas gradas a lo largo de la explanada, justo enfrente de los asientos de los ricos y los personajes importantes, con el señor de la isla en el centro, junto a su fiel servidor, el elfo Saeras. Como siempre, había seres de todas las razas, tamaños y clase social. Y como siempre, un par de personajes disturbaban la “armonía” del lugar. Los dos famosos humanos, William y Uros, se encontraban enzarzados en una pelea a puñetazo limpio con varios encapuchados que parecían ser elfos. En pocos segundos, ya no quedaba ningún elfo en pie, y los humanos estaban sentados en su sitio, con la respiración apenas agitada y un rostro sereno y tranquilo, como si vinieran de comer o de hacer cualquier actividad diaria y básica.

Mientras todo el público contemplaba ansioso, Landin y Deragaar fueron colocados cada uno en un extremo de la valla de madera. Ambos sabían perfectamente cómo funcionaba aquello, puesto que los dos habían participado en infinidad de justas. No obstante, Landin partía con una cierta ventaja, puesto que tanto él como su montura estaban entrenados específicamente para ese tipo de combate, mientras que Deragaar largo tiempo hacía que no participaba en un combate de esas características. Pero su habilidad con las armas se había visto incrementada desde que se había convertido en eso, así que la ventaja de Landin no era tan amplia como otros podían pensar. Además, contaba con una montura que pondría la piel de gallina a casi cualquier mortal; no así a Landin, cuya fe le ayudaba a superar cualquier miedo y cualquier situación adversa.

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Sin más dilación, el señor de la isla emitió su discurso, anunciando que esta vez no permitiría que el vencido saliera con vida, mientras que el vencedor aceptaría su regalo sin rechistar, so pena de enfrentarse con Saeras, lo cual era peor que una condena a muerte según se decía. A pesar de que los dos luchadores era orgulloso y no tenían miedo, aceptaron las condiciones, pues ninguno tenía pensado dejar con vida al otro. Cuando parecía que todo iba a empezar, el mago hizo un gesto con su mano, y una nueva sorpresa quedó a la vista de todos. En lo alto del techo de las gradas donde él se encontraba, se alzaron dos estandartes que ondearon al viento. Tanto Deragaar como Landin se quedaron boquiabiertos, mientras el odio inundaba sus venas. Aquellos eran los escudos de sus familias.

-No permitiré que el blasón de mi casa sea mancillado, y el simple hecho de estar en tu castillo es una vergüenza para mi familia, así que retíralo -le dijo Landin al señor.

-No pongáis a prueba mi paciencia, Landin D’anguile, pues ya os he concedido una petición absurda en el pasado que, por cierto, está cerca de mi -replicó el hechicero mientras miraba con desprecio a Gregor y Elrik, sentados a pocos metros de él. Los dos le miraron con una expresión colérica, conscientes de que aquella ofensa tendría que ser borrada, aunque no en ese momento–. No lo quitaré. ¿Acaso veis a Deragaar protestar? -dijo con un tono de sutil sarcasmo, a la vez que todos se volvían a contemplar la reacción del vampiro.

-Ese escudo no tiene nada que ver conmigo. Hace mucho tiempo que no pertenezco a esa familia, a la que desprecio como los débiles humanos que son -contestó Deragaar fríamente.

Sin embargo, tanto él como su superior sabían que no era cierto, pues el vampiro echaba de menos su antigua vida como noble bretoniano. Pero no dejaría que los sentimientos enturbiaran su mente, pues ya apenas le quedaban recuerdos, signo de su juventud. Un signo de debilidad entre los de su clase. Pero era tarde, los recuerdos acudían a su memoria, borrosos y antiguos, pero estaban presentes. Apretó su lanza con fuerza, dispuesto a acabar con su oponente y poder luego tachar el agravio que había supuesto para él esa imagen. Su señor lo tendría que pagar. Pero primero tendría que pasar por encima de aquel estúpido humano, como había hecho con todos los que se habían cruzado en su camino.

-Bien - gritó el brujo-, ¡que dé comienzo la lucha!

Acto seguido, dejó caer un pañuelo desde su tribuna, y en cuanto éste tocó el suelo, los caballeros se lanzaron a la carga.

El público vitoreaba los nombres de ambos guerreros a medida que se acercaban a galope tendido. La montura de Deragaar, a la que no todos podían mirar y salir ilesos psicológicamente, chillaba a la vez que corría en busca de la sangre de sus enemigos, mientras que el caballo de Landin galopaba elegantemente siguiendo las órdenes de su amo. Los corazones latían rápidamente esperando el choque, y al fin llegó, dejando a todos mudos. Sólo se oyó el entrechocar metálico de las armas con los escudos y las armaduras, y luego ambos contendientes siguieron galopando, con sus lanzas destrozadas. Todo había sucedido a una velocidad tan rápida que apenas una cuarta parte del público había logrado ver lo que había pasado, así que el señor de la isla decidió echarles una mano, y proyectó su recuerdo sobre las mentes de todos los que allí estaban, ralentizando la velocidad del enfrentamiento. Y les sirvió de mucho, pues pudieron ver claramente lo que había ocurrido. La lanza de Landin había traspasado limpiamente la defensa del vampiro pero, cuando parecía que iba a atravesar la armadura y hender la carne, la corona de Deragaar brilló, y pareció repeler mediante algún truco el ataque, dejando a su dueño ileso, con sólo una abolladura en la armadura. Pero las cosas no eran tan buenas para Landin, que había arriesgado demasiado. A la vez que su arma impactaba en el peto del chupasangre, la lanza de éste atravesó su armadura en el costado, causándole un profundo dolor, pero que no le impediría seguir luchando. Si había que calificar de alguna forma la primera ronda del combate, se podía decir que Deragaar iba ganando. Pero eso no significaba nada.

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Landin aún estaba confuso. “No lo entiendo”, se decía, “¿cómo ha podido su yelmo protegerle de un golpe en el peto? Parece que va a ser muy complicado herirle. Pero no tendré miedo, mi Dama me ayudará hoy más que nunca, y tengo la experiencia de haberme enfrentado a muchos como él, algo que no sabe.” Dicho esto, desenfundó su espada, y sintió un cosquilleo en los dedos al liberarse el poder mágico del arma. Sin pensárselo dos veces, elevó una plegaria a su Dama, agarró las riendas de su montura, y se lanzó a la carga.

En el otro lado de la pista, Deragaar respiraba aliviado. Había estado cerca, muy cerca, demasiado cerca incluso. A pesar de ser mucho mejor luchador que antes, había perdido gran parte de su destreza en las justas debido al paso del tiempo sin practicar. Aun así no había estado mal; él había salido ileso, y el bretoniano estaba herido. Poco, pero herido. “Al final tendré que darle las gracias a mi despreciable amo por su regalito”, pensaba para sus adentros. “En fin, primero acabemos con esto, y luego hagamos lo que tengamos que hacer.” Dicho esto, desenvainó la espada y, con un impulso mental, instó a su montura a lanzarse a la refriega.

La velocidad de las dos monturas era increíble, así que el nuevo enfrentamiento era inminente. En el último momento, Deragaar dio una nueva orden a su pesadilla, que saltó la valla y cargó de frente contra Landin, sin nada de por medio, como a él mejor se le daba. Al ver lo que se acercaba, el caballo del bretoniano no pudo evitar ponerse nervioso y el miedo inundó su vacío cerebro. Asustado, se encabritó y tiró al suelo a su jinete, que no pudo hacer nada por evitarlo. Cuando se giró para intentar huir, ya era tarde, y la montura del vampiro rugió antes de hender el cuello del corcel con sus dientes, para decapitarlo y acabar con su sufrimiento al instante. Landin, furibundo, se levantó tan rápido como pudo y se lanzó a por aquella horrenda criatura dispuesto a acabar con ella y vengar a su fiel montura, que le había ayudado en todos sus combates desde que había llegado allí, amén de lo que caro que le había resultado conseguirlo.

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Cuando su espada describía un arco mortal dirigida al cuello de la bestia, Deragaar interpuso su espada, con lo que paró el golpe e hizo retroceder a Landin. Pero la determinación del noble bretoniano era grande, y atacó de nuevo. Lanzó golpes frontales, laterales, por arriba, por abajo, izquierda, derecha, pero todos eran detenidos por el vampiro, más rápido que él.

-¿Cómo pretendes acabar con mi montura -le dijo el vampiro, burlón- si no has sido capaz de controlar a la tuya propia?

-Cállate, maldito engendro. Acabaré con los dos, con o sin mi caballo. No lo necesito. Como ya te dije, para vencer sólo necesito una espada y mi fe. Pronto lo comprobarás -contestó Landin, orgulloso.

-Muy bien, demuéstramelo entonces -replicó Deragaar, que se lanzó a la carga.

Ahora era Landin el que paraba los golpes y Deragaar el que atacaba. El vampiro era muy diestro con su espada, una de las criaturas más hábiles a las que el humano se había enfrentado nunca. Pero daba igual. Por su mentalidad, Landin se crecía cuanto más fuerte era su oponente, y eso mismo le estaba pasando. Sus ojos reflejaban la ira que sentía, y sus golpes la expulsaban. Poco a poco, el combate fue invirtiéndose, y fue Deragaar el que se vio defendiéndose ante los feroces ataques de su rival. Poco a poco, fue presionándole con golpes cada vez más fuertes y precisos, más rápidos y directos hasta que, por fin, logró su objetivo. Su espada describió un arco en dirección al pecho del vampiro y, sabiendo que lo esquivaría en lugar de repelerlo, terminó el círculo cercenando el cuello de la bestia, que se esfumó al instante, haciendo que Deragaar tuviera que ejecutar un grácil y ágil salto para aterrizar en el suelo sin problemas.

-Vaya, parece que me he equivocado contigo -dijo el vampiro con algo similar al respeto-. Luchas bien.

Pero eso era mentira. Se mostraba condescendiente con su rival para parecer confiado, pero en realidad conocía de sobra la capacidad de su oponente, pues le había seguido desde la primera ronda del torneo, sorprendido por ver a uno de su clase en un torneo como éste. Desde el principio, había deseado que fuera él quien llegara a la final y, en parte, deseaba que acabara con su maldición y su sufrimiento. Pero para ello tendría que dar todo lo que tenía dentro de sí, pues aunque por una parte deseara terminar con su actual situación, nunca iba a dejarse matar. Y, a veces, la inmortalidad no sonaba tan mal. “Bonito dilema, Deragaar. Pero ahora dedicate a luchar y dejate de pensar, o no te dejarán escoger”, pensó.

-Lucho mejor de lo que podrías llegar a imaginar, escoria -respondió el bretoniano, iracundo-. Y al menos lucho con honor, no como los de tu especie.

-Vaya, veo que te tomas a pecho todo lo que te dicen, humano. Recuerda que yo fui uno de los tuyos, y si hay algo que conservo es la nobleza, estúpido. Ya que soy superior a todos mis rivales, al menos lucho con limpieza, para dar emoción a los combates… -replicó Deragaar, para luego echarse a reír.

-No sé lo que fuiste o dejaste de ser, sólo me importa lo que eres ahora. Y no me gusta. Por eso, acabaré contigo, maldito chupasangre.

-Deberías luchar más y hablar menos -le espetó Deragaar, enfadado por la falta de respeto que mostraba su enemigo, para después lanzarse al ataque dispuesto a enseñarle a él y a todos cómo luchaba.

Landin optó por adoptar una postura defensiva con su escudo y su espada, puesto que la fatiga estaba empezando a hacer mella en él, y quería reservar fuerzas. Ése era un problema que no tenía su oponente, pues sus poderes sobrenaturales le permitían luchar durante horas y horas sin notar apenas el esfuerzo. La destreza de Deragaar era increíble, y daba la sensación de que jugaba con su rival, pues no parecía estar esforzándose al máximo. Landin no podía hacer otra cosa que parar a duras penas las estocadas del vampiro, que le hacían recular poco a poco. A pesar del cansancio, el bretoniano era un experto defensor, y no tenía excesivos problemas para detener los golpes de su enemigo. “Vamos, deja de examinarme, usa todo tu potencial”, se gritaba a sí mismo. Pero el vampiro seguía con su repertorio de golpes, por arriba, por abajo, con fintas, estoques directos, en círculo… parecía que era capaz de hacer cualquier cosa con una espada, y el público le incitaba a acabar con su enemigo. Mientras Landin retrocedía, no se dio cuenta de lo que tenía detrás, y acabó por tropezar con una de las patas de lo que había sido su montura, cayendo al suelo de espaldas, sin poder evitarlo. Antes de que llegara siquiera a tocar el suelo, ya tenía al vampiro encima, dispuesto a acabar con él.

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Y allí se encontró Landin, tumbado boca arriba, con sus brazos aprisionados por las piernas de su rival, que estaba de rodillas encima de él, sentado sobre su pecho, deleitándose con la situación. Abrió la boca y enseñó sus afilados colmillos, con lo que una gota de saliva cayó sobre el yelmo de Landin, que luchaba por liberar uno de sus brazos, aunque no podía debido a la fuerza sobrehumana que el vampiro ejercía sobre él. “Esta muerte por un error tan ridículo no es digna de un caballero del Santo Grial. Perdóname, mi Dama”, dijo Landin para sus adentros, avergonzado.

-A qué esperas, engendro? Acaba con esto de una vez -le gritó con todas sus fuerzas, sin dejar que el miedo aflorara a su voz.

-¿Y por qué no disfrutar del momento? Aún no me he esforzado, y ya tengo al campeón del torneo a mi merced -respondió Deragaar con una sonrisa burlona.

-Maldito seas por siempre, vampiro. ¡He dicho que acabes de una vez!

-Está bien, si tienes tanta prisa…

Deragaar alzó su espada, dispuesto a atravesar el cráneo de Landin, que rezaba una plegaria a su Dama. El filo de la espada brillaba con el Sol, y el público gritaba esperando el golpe final. Sin más, la espada bajó a la velocidad del rayo y allí se clavó. Landin había cerrado los ojos para que el vampiro no disfrutara con su dolor, y el dolor desapareció rápido. Ya tenía libres los brazos, no sentía el peso del vampiro en el pecho, y su aliento en la cara. Todo había terminado. El público gritaba con todas sus fuerzas, abucheando al vampiro por lo que había hecho. Entonces Landin pensó que algo no iba bien. Podía escuchar al público, sentía el cosquilleo de su espada en la mano y, al abrir los ojos, veía el mismo cielo azul que contemplaba segundos antes detrás de la cabeza de Deragaar. Entonces se puso en pie y miró a su derecha, donde estaba clavada la espada del vampiro. Ya lo entendía todo. El chupasangre sólo quería ganarse su respeto, y no se había aprovechado de la situación, sino que la había usado para darle una lección. De hecho, ahí tenía otra lección para aprender. El vampiro estaba desarmado, pues su espada estaba al lado del bretoniano. Ahora tenía un dilema. ¿Acabar con el combate a la primera oportunidad, o comportarse de forma noble con alguien que así se ha comportado? La expectativa de ganar el combate sin más era interesante, pero no era así como le habían enseñado a combatir. La decisión ya estaba tomada. Arrancó la espada del suelo y se la lanzó al vampiro, que la cogió con un movimiento ágil, al tiempo que sonreía.

-Bien, caballero -dijo Deragaar- veo que sois noble.

-Sí, eso ya lo sabía. De todas formas, el error fue mío, con lo que habría sido rastrero, digno de alguien de los de tu especie, haber atacado a alguien desarmado que te ha perdonado la vida -respondió Landin, orgulloso como siempre.

-Veo que no has aprendido nada… -contestó el vampiro, realmente decepcionado.

-Te equivocas. He aprendido que tú eres noble. Pero no eres más que la excepción que confirma la regla. De todas formas, si tengo oportunidad de acabar contigo lo haré, pues es mi objetivo primero y último.

-Que así sea.

Y una vez más, los dos se lanzaron a la carga. Esta vez sin ahorrar energía y sin contemplaciones. Una vez más, fue Deragaar el que obtuvo la iniciativa, y esta vez atacó usando todo su potencial. Un torrente de golpes cayó sobre Landin, que se encontró en serios apuros para no verse abrumando. No obstante, no pudo parar todos los ataques, y sufrió un corte en el brazo. Por suerte, era superficial. Pero Deragaar seguía presionando, y su fuerza no disminuía con la fatiga. Sus golpes seguían siendo precisos y potentes, y Landin cada vez lo tenía más difícil. Pero se había visto en situaciones similares y sabía lo que tenía que hacer. “Si tu rival es más fuerte que tú, usa su fuerza contra él”, recordaba Landin, palabras que le habían enseñado cuando era joven, y muchas veces le habían sido útiles. “El problema es que además de más fuerte es más rápido, pero tengo que intentarlo o acabaré perdiendo sin remedio.”

Landin aguantó como pudo, esperando el momento adecuado, y no tardó en llegar. Cuando Deragaar le lanzó una de sus estocadas frontales, el bretoniano, en lugar de hacerse a un lado, atrapó la espada con su escudo e intentó atravesar el estómago de su rival con su arma, pero cuando parecía que iba a lograrlo, la corona brilló con fuerza y detuvo el golpe. Landin siguió apretando, intentando atravesar la coraza, pero era imposible. Entonces el vampiro intentó destrabar su espada, pero Landin no se lo permitió, así que Deragaar se tiró al cuello del bretoniano, dispuesto a dejarle seco. Cuando parecía que iba a conseguir morderle, Landin dejó que sus reflejos actuaran por él y le lanzó un cabezazo al vampiro, que le impactó en la sien, haciendo que la corona cayera al suelo. Aún así, Deragaar consiguió su objetivo y sus colmillos encontraron las venas del humano, que gimió de dolor. El público gritaba enfervorizado, pues sabía que el desenlace estaba cerca, y parecía que sería el vampiro quien se alzaría con la victoria. Pero Landin no había dicho su ultima palabra, y le lanzo una estocada de nuevo al estomago para liberarse, pero el vampiro era rápido y logró atrapar la muñeca del bretoniano con su mano, impidiéndole avanzar.

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Parecía que todo estaba decidido, pues Landin no podía mover el brazo de la espada, y con el escudo no podía hacer nada, así que lo dejó caer. Entonces, mientras su cuerpo se vaciaba de vida, se acordó de la visita que le habían hecho Greg y Elrik, minutos antes del combate, para desearle suerte. Pero no sólo le habían deseado suerte, sino que también le habían hecho un presente. Giró su muñeca para ver si seguía ahí, y notó su frío tacto. Con un rápido movimiento, la dejó resbalar por su brazo hasta la mano, la empuñó, y le clavó la daga en el cuello al vampiro, que le soltó al instante y rugió de dolor. Sin darle tiempo a reaccionar, Landin atacó con todas sus fuerzas y atravesó, esta vez sí, el estómago de Deragaar, que cayó al suelo al tiempo que intentaba arrancarse ambas armas. Pero esta vez no había nada que hacer, y el vampiro lo supo enseguida, así que cejó en su empeño, y se quedó quieto, esperando al golpe final.

Landin se acercó a él con paso firme y seguro, dispuesto a acabar con el combate de una maldita vez. Había perdido bastante sangre, pero no la suficiente. Cuando estuvo frente al vampiro, arrancó la espada de su vientre mientras éste gemía de dolor con las pocas fuerzas que le quedaban.

-Dime una cosa, vampiro -preguntó Landin, ya más tranquilo-. ¿Este mordisco provocará algún efecto en mí?

-No… claro que no. Te dije que lucharía con nobleza, y ese mordisco simplemente era para acabar contigo usando mis habilidades, no para condenarte como me condenaron a mí, Landin D’anguille. Créeme cuando te digo que no le deseo lo que me han hecho a mí a nadie -respondió con sinceridad el vampiro.

-Está bien, Deragaar. Me das dado razones para confiar en ti, así que lo haré. Como comprenderás, tengo que acabar contigo, como prometí.

-Que así sea -replicó el vampiro, que ya tenía dificultad para hablar–. Pero, antes de hacerlo, quisiera pedirte un último favor. Sé que no tengo derecho a pedirlo, pero lo necesito. Necesito tu perdón. Si uno solo de los tuyos, de los que erais los míos, me perdonase, podría descansar al fin en paz. Odio esto en lo que me han convertido, y siempre lo he odiado. Pero tenía miedo a la muerte, y no me atreví a acabar con mi propia vida. Intenté que lo hicieran otros, pero no pudieron. Pensé que estaba condenado a permanecer así, maldito, toda la eternidad. Pero entonces vine aquí, con la esperanza de que alguien pusiera fin a mi sufrimiento, y por fin lo he encontrado. Te he encontrado a ti, hermano. Como noble bretoniano que fui, sé lo que piensas de mí, porque yo lo pensaba. Y tienes razón, ni uno solo de estos malditos engendros a los que pertenezco merece nada, pero yo te pido este favor aquí, en la hora de mi muerte. ¿Me concederás esta ultima petición?

-Como bien has dicho, ni tú ni ninguno de los de tu especie merece nada, y podría pensar que estás intentando engañarme para que no te mate, pero tus ojos casi vacíos me dicen que eres sincero. Está bien, Deragaar. Yo, en nombre de todo mi pueblo, el que fue tu pueblo, te perdono. Puedes ir en paz, hermano. Que la Dama del Lago te recoja en sus aposentos si eres digno, y si mientes, púdrete en el infierno.

-Gracias, Landin D’anguille, tu nombre será recordado por siempre -respondió Deragaar, mientras algo que parecía una lágrima de color carmesí recorría su mejilla- pero no creo que la Santa Dama me acepte pues, a pesar de que te digo la verdad, he cometido atrocidades que no tienen perdón para ella. Ahora, acaba con todo esto, por favor -dijo, antes de cerrar los ojos.

-Descansa en paz.

Acto seguido, Landin usó su espada para acabar con el sufrimiento de aquel ser, decapitándolo con un golpe seco y limpio. Al instante, tanto el cuerpo como el cráneo se desintegraron dejando sólo un rastro de polvo y cenizas, junto a sus objetos. “Nunca sabré si decía la verdad o mentía pero, sea como fuere, ahora soy yo el que aquí sigue, todo gracias a mi Dama… y a Gregor Von Volk y Elrik y su daga…” pensó para sus adentros mientras debajo de su yelmo se esbozaba una sonrisa, que fue a recoger una gota que se deslizaba por su rostro, desde sus ojos. Decidió que no se quitaría el yelmo aún.

Mientras el público rugía y coreaba su nombre, Landin se arrodilló para elevar una última plegaria a su Dama, como muestra de su Fe. Mientras, el señor de la isla y su fiel seguidor se acercaron a él. Una vez a su lado, el mago abrió los brazos y gritó con todas sus fuerzas.

–Landin D’anguille, yo te declaro Campeón del torneo de la isla y, como tal, recibirás tu regalo, y ocuparás el lugar de mi antiguo paladín. Tu nombre será escrito en los libros y será recordado por siempre por los seres de todas las razas, que recordarán con orgullo el día que vieron combatir al mejor luchador de la tierra. Enhorabuena, caballero.

 

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