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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/987427/ |
El deseo de libertad le hizo aceptar un pacto que lo condenó...
Ya había perdido la cuenta de los días que había pasado en aquel infame lugar en el que había sido recluido. Los recuerdos sobre aquel mundo que existía fuera de aquellos cuatro muros que comprimían cada vez más el espacio y le robaban el aire se desvanecían entre los desvaríos de su floreciente locura. Aquel mundo exterior había pasado a ser un mito, nadie le podía asegurar que ese mundo del que a veces hablaba consigo mismo, ya que él era su única compañía, existía o era un simple desvarío de su mente aletargada.
El tiempo pasaba lentamente haciendo cada instante de su vida mucho más doloroso de lo que era. No conocía las divisiones horarias. Para él no existían las horas, los minutos, los segundos. Sólo el día y la noche.
Comenzó a oír unos pasos que se acercaban. Un manojo de llaves golpeó la puerta mientras la cerradura giraba. El carcelero entró, observó al prisionero encogido en el mismo rincón en el que lo encontraba todos los días, se acercó para verificar que el prisionero seguía con vida, dejó el mísero trozo de pan y la jarra de agua diaria y se marchó.
Era mediodía. Lo sabía porque era la hora de repartir la comida. Todavía quedaba un largo día en el que únicamente podía hacer nada.
Encogido en su rincón, miró lo que le había traído el carcelero. Era lo de siempre. Un pan mohoso y un agua de color verdoso. Se acercó, bebió un trago de agua y cogió el trozo de pan para, inmediatamente después, volver a su rincón. Comenzó a comer el duro pan para, después de pocos mordiscos, tirarlo al otro lado de la celda.
Comenzó a llorar, al igual que todos los días, después de aquello. Era horrible estar en aquel lugar, con aquella comida, si a un simple trozo de pan mohoso se le puede llamar comida, sin ninguna compañía. Solo él y la soledad de aquel lugar.
Podría quedarse en el rincón llorando durante horas y mirando cómo la luz solar que entraba por los barrotes se iba deslizando por el frío suelo de piedra hasta que llegaba la oscuridad.
Aquel era el peor momento. Todo era inquietante en aquel lugar. Las ratas correteaban por los pasillos y entraban por pequeños agujeros en las celdas para comer los restos de pan. De fuera venían horribles graznidos de cuervos y ululares de búhos y lechuzas. Era el momento en el que sus demonios personales se apoderaban de él para hacerle la estancia mucho más terrorífica de lo que ya era a la luz del día.
Aquella noche escuchó una nueva voz diabólica en su interior. Le contaba cosas maravillosas del mundo exterior, aquél que una vez conoció. Le hablaba de todo lo que podría hacer si saliese de aquel lugar. Pero aquello era imposible.
-¿Imposible? –dijo la voz en su interior–. Amigo mío, para mí no hay nada imposible. Soy aquél al que nadie ama. Soy aquél al que todos odian. Soy aquél al que un día rechazaron por querer gozar de los grandes placeres de la vida. Soy aquél que puede liberarte de este horrible lugar.
-¿Liberarme de este lugar? No hay ninguna forma de salir de aquí con vida. La única forma de salir de aquí es una vez muerto. Entonces los carceleros cogen tu cuerpo y lo arrojan a una fosa. Ésa es la única forma de salir de este agujero infernal.
-Amigo mío, creo que todavía no sabes quién soy ni todo lo que puedo hacer –dijo aquella oscura voz-. Si te unes a mí saldrás de este lugar, nada podrá ocurrirte y vivirás eternamente en aquel mundo que amas rodeado de todos los placeres de la vida.
-¿A cambio de qué? –preguntó el prisionero–. Nadie hace promesas de liberación y vida eterna sin pedir algo a cambio.
-Tendrás todo lo que quieras y más si haces un pacto conmigo. Yo no soy malo como todo el mundo piensa. Sólo doy a la gente lo que quiere a cambio de un precio muy bajo.
-Has de saber que no tengo dinero en esta putrefacta celda, por lo tanto no podré pagar ningún precio, sea alto o bajo.
-El precio que pido no consiste en dinero, ni en oro, ni en ninguna riqueza terrena. Mi oferta consiste en que, a cambio de tu liberación, tú me des tu alma inmortal.
-¿Mi alma? Pero el alma es parte fundamental de mi ser, nos diferencia del resto de seres vivos. Sin ella… ¡no seré más que un simple animal!
-Serás igual que antes, sin alma, es cierto, pero igual que antes, con los mismos sentimientos y miedos. Sólo vagarás por la tierra condenado a una vida eterna.
-¿A una vida eterna llamas tú una condena? La vida eterna es burlar a la muerte, al resto de seres humanos, a Dios. Es disfrutar de todos los placeres de la vida sin preocuparte por la muerte. Es el sueño de todos los seres humanos. Es mi sueño.
-Es cierto, ¿cómo he podido llamar condena a la vida eterna? –dijo aquella voz–. Entonces, ¿estás dispuesto a darme tu alma a cambio de la libertad y la vida eterna?
-Por supuesto. Creo que no me arrepentiré jamás de este pacto.
Al decir aquellas palabras se oyeron numerosos graznidos de cuervos y un cuervo negro entró en la celda. Dio un estruendoso graznido que se clavó en los oídos del prisionero y de su boca surgió milagrosamente (o diabólicamente debería decir) un rollo de pergamino. El cuervo se arrancó una pluma con el pico y la dejó caer al suelo.
El prisionero, confundido por todo lo que acababa de suceder, cogió el pergamino, lo leyó, tomó la pluma, que goteaba sangre, y se dispuso a firmar el acuerdo. Pero dudó si aquello sería correcto hacerlo. Sopesó los pros y contras del acuerdo y todo eran cosas buenas. Libertad y vida eterna a cambio de su alma. Realmente habría que ser tonto para no aceptar aquel acuerdo.
Firmó el acuerdo con aquella pluma y al terminar de firmar el pergamino, la pluma y el cuervo se esfumaron en una mezcla de fuego y humo.
-¿Y ahora qué? ¿Cómo saldré de aquí?
Volvió a repetir la pregunta, una y otra vez, pero no obtuvo ninguna respuesta. La voz se había esfumado como aquel papel. Sin saber qué estaba pasando realmente, se arrinconó y comenzó a pensar en lo que había sucedido. Pensó que no debía haber firmado nada. Había dado su alma a cambio de nada. Le habían estafado.
Entonces la puerta de la celda se abrió. Allí estaba el carcelero, delante de él. Sus ojos estaban negros y no decía ninguna palabra. Al verlo el prisionero se quedó aterrado. Estaba como poseído por algún espíritu maligno. El carcelero dejó la puerta abierto y se alejó.
El prisionero salió corriendo hacia el exterior. El carcelero le miró con aquellos ojos terroríficos y le hizo una señal para que lo siguiese. Así le llevó al exterior, donde el prisionero comenzó a correr. Por fin tenía su ansiada libertad. Cuando se alejó un poco, echó un vistazo hacia atrás y vio cómo el carcelero caía desmayado en la dura tierra.
Corrió a guarecerse en la espesura del bosque. Llegó a un claro y, cansado, se sentó junto a un árbol. Se le empezaron a caer los párpados hasta sumirse en un profundo sueño.
Aquella voz surgió de nuevo en su interior y le habló de su acuerdo. Ya era libre y la vida eterna la tenía asegurada. Pero nuestro protagonista pensaba que esa vida eterna que le habían proporcionado era una vida eterna con su cuerpo humano y pudiendo disfrutar de todos los placeres de la vida humana. Pero esto no era así. Había sido engañado. Tendría una vida eterna como espíritu errante sin poder disfrutar de una buena comida, de un buen vino o del tacto cálido de una mujer.
Así pasaron los días, los meses, los años. Su locura comenzó a crecer. Hasta que un día, poseído por su locura, se lanzó acantilado abajo pensando que realmente era inmortal y que nada podría matarle. Así, su cuerpo humano se rompió contra las afiladas rocas del acantilado y, al subir la marea, su cuerpo desapareció entre las olas del mar.
Su espíritu todavía sigue vagando por el mundo, arrepentido de aquel maléfico pacto que nunca debió firmar.
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