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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/987461/ |
Continúa la exploración de la Dimensión de la Gran Fortaleza del demonio Altozdden
El llano de las esporas
Los exploradores de Creek se internaron en la caverna en busca de trazas o rastros que delatasen a cualquier posible habitante del lugar o cualquier amenaza oculta. Aquel lugar no era más extraño que cualquiera de los que ya habían atravesado, pero Jarja percibía una atmósfera todavía más siniestra.
Su hermano encontró, oculto bajo la vegetación del suelo, lo que pudiera haber ocasionado aquel presentimiento. Grandes bulbos violáceos yacían a cubierto bajo los densos matorrales, y, según le dijo Akena, estallarían bajo la presión de sus pasos. Aquella caverna podía ser una auténtica trampa mortal. Volviendo a colocar el manto de vegetación con cuidado, los dos exploradores continuaron su rastreo. Jarja no tardó en encontrar trazas de grandes pájaros; buitres, a juzgar por sus deposiciones y sus huellas. Justo en aquel momento, cuando se preguntaba qué tipo de buitre podría vivir en una gran caverna como aquella, aparentemente cerrada y sin carroña, una gigantesca bandada de aquellos animales alzó su vuelo de entre los matorrales y cayó sobre ellos.
Eran grandes y negros como las zarpas de una pesadilla. Llenaban el aire con sus graznidos y con sus plumas, desprendidas en sus furibundos aleteos sobre los exploradores. Sus picos y sus garras buscaban ansiosos la carne oculta bajo las armaduras de cuero endurecido.
Jarja empuñó su lanza y con grandes arcos intentó mantener alejados a los pájaros. Sin embargo, éstos, gracias a su gran número, pronto dominaron la situación. Consiguió ensartar a un par de ellos antes de que hincasen sus garras sobre sus hombros. A partir de aquel momento fue una lucha enloquecida por la supervivencia.
La lanza no le servía para batir a los buitres que se aferraban a su espalda, y ni su hermano, sobrepasado por su número, ni sus compañeros, que se batían ferozmente en la plataforma de la espiral de muertos, podrían acudir a su rescate. Sabiéndose solo, Jarja se batió como un animal acorralado.
A los pocos minutos, su hermano caía debilitado por numerosas heridas, y media docena de feroces buitres se avalanzaban sobre él, devorando su carne allí dónde la armadura no alcanzaba a protegerlo. Enloquecido ante aquella imagen, el bárbaro arremetió contra las aves que le rodeaban y cargó hacia su hermano. Al vulnerar la guardia de aquella manera, los animales encontraron hueco en sus piernas dónde clavar sus afiladas garras. Seriamente herido, Jarja hincó la rodilla en tierra y se preparó para una última defensa.
Lo último que alcanzó a vislumbrar, antes de perder el conocimiento, fue a Darkoon, el guerrero solitario, saltando desde la plataforma hacia ellos. Después fue la negrura, atravesada únicamente por los gritos desesperados de moribundos y heridos.
***
Minutos después recuperó la conciencia. El propio Darkoon le había arrastrado de vuelta a la plataforma, dónde los supervivientes se vendaban las heridas y reagrupaban a los caídos. Junto a su hermano Akena, portado por su salvador, yacía el cadáver de Talion, el joven guerrero al que Sith había traído de su natal Saxai. Algo más lejos, Jala, la hermosa muchacha del Mar de Bruma, y su amante, el amable Beilic, yacían desfigurados por los picotazos pero enlazados con inmensa ternura en un último abrazo. Junto a ellos permanecía sentado Crai, el curtido veterano, en silencio. Pues ni aun habiendo perdido una mano y a dos camaradas se permitía lágrimas que pudieran resbalar por sus mejillas. Demasiadas cicatrices.
Nekart, su capitán, no desfallecía a pesar del macabro final de aquella batalla. Seguían en territorio hostil y no permitiría que su grupo cayese en una nueva emboscada. Demorándose tan sólo para prender fuego a los camaradas perdidos, el de Kilimar reorganizó la marcha del grupo. Atravesarían aquella caverna antes de descansar. Tal vez tras ella encontrasen algún refugio.
Jarja se demoró un instante ante el fuego que devoraba a su hermano junto con el resto de sus compañeros muertos. Quería elevar una última plegaria por su alma, para que pudiese encontrar el camino de vuelta a su aldea y esperarle con sus antepasados. Pero no sólo eso. También quería elevar un juramento de fidelidad a Darkoon, al guerrero que le había rescatado de las garras de aquellos buitres infernales y que había evitado que el cuerpo de su hermano sirviese de carroña. A aquel solitario muchacho quería unir su destino, fuera dónde fuese que les condujesen sus pasos.
Sellado el juramento en las mismas llamas que reducían a Akena a cenizas, Jarja dio media vuelta y siguió al resto de la expedición. Quedaba una larga marcha por delante hasta que alcanzasen aquel arco de medio punto casi invisible en la penumbra, y sus miembros todavía estaban resentidos por el ascenso a través de la escalera de caracol y la intensa batalla que habían librado.
El pasaje de las espadas
Exhaustos y derrotados, los aventureros llegaron hasta el pórtico que se abría al final de la caverna. Éste daba paso a un largo pasillo de un metro y medio de anchura que se perdía en la penumbra. Como una burda amenaza, brazos enfundados en armaduras de metal asomaban de las paredes, empuñando espadas relucientes.
Confusos ante aquel hallazgo, pues nada parecía tener en común con el resto de la fortaleza aquel corredor tapizado de fino terciopelo rojo débilmente iluminado por braseros de cobre, los primeros en llegar permanecieron a una respetable distancia. Tras el encuentro con los buitres endemoniados de la caverna precedente, la confianza ganada las pasadas jornadas se había esfumado. El miedo había tomado su lugar y una palabra se mascaba entre dientes. Brujería.
Draco, deseoso de salir de aquella ratonera y dispuesto a utilizar todos los recursos de aquellos hombres antes de poner en juego los suyos propios, se dirigió a los presentes con su voz cargada de veneno.
-¿Por qué os detenéis, mercenarios? ¿Acaso olvidáis que tenemos con nosotros al reputado saqueador de tumbas Ahax, el britano?
Con una sonrisa sardónica, el brujo dejó paso al aludido, quien tocado en su orgullo, se dispuso a franquear aquel pasaje. No se llevaba a engaño: después de atravesar la espiral de los muertos había podido comprobar el sutil arte de la defensa de su anfitrión. Sin duda aquella sería otra trampa mortal impregnada de magia. No obstante, sus compañeros exhaustos necesitaban, tanto como él mismo, un lugar en el que descansar tranquilos, y era a él a quien correspondía obtenerlo.
Desenrolló la cadena que utilizaba en sus saqueos y, balanceándola, la aferró el primero de los brazos. Quería tantear qué tipo de mecanismo accionaba la obvia trampa. Los pelos de la nuca se le erizaron al comprobar que no había resorte alguno: aquel brazo tenía vida propia, como demostró destrozando la cadena de un certero tajo. Pálido, se volvió hacia el brujo. Únicamente obtuvo una sonrisa sardónica y un gesto despectivo.
-Nekart, organiza a tus hombres en un perímetro alrededor de la entrada. Espero tengan alguna utilidad como espantapájaros, pues necesitaré calma durante el ritual que voy a ejecutar. La vida de todos depende de su éxito, así que espero que sepas hacérselo entender a sus primitivos cerebros.
El capitán mercenario apretó los dientes para evitar que se le escapase una réplica. Odiaba estar en manos de aquel hombre, odiaba depender de él para salir con vida de aquel lugar; sin embargo, no permitiría que aquello trasluciese en sus órdenes. Su responsabilidad era demasiado grande.
Destacó a los heridos Crai, Darkoon y Keith frente a la puerta del corredor, allí donde el brujo había comenzado a dibujar extraños símbolos sobre el empedrado, a poca distancia del postrado conde Almack, y con el resto de la partida organizó la defensa.
Arrancaron matorrales y los apilaron en media docena de montículos. A continuación los impregnaron de aceite y les prendieron fuego. Ayudándose con antorchas y bastones, mantuvieron un arco de humo y llamas en torno al improvisado campamento para ahuyentar a los voraces seres alados. Además, ordenó a todos sus hombres empuñar los arcos. No estaba dispuesto a dejarse sorprender de nuevo.
Las bestias no les importunaron. Sin embargo, apenas tuvieron descanso. Inquietantes cánticos y salmodias emanaban como un denso gas de la entrada del pasillo. El ocre hedor de las hierbas mágicas y de los ungüentos hechizados invadía la caverna donde el resto del grupo aguardaba, imponiéndose al intenso olor de los matorrales ardiendo.
Durante horas y horas esperaron a que el brujo finalizase su ritual, pero éste parecía no tener fin. Bajo la incierta penumbra de aquella sala resultaba difícil saber si el día había dado paso a la noche, si el tiempo avanzaba o habían sido condenados a un eterno limbo de fatiga. Harto de la espera, Nekart ordenó a sus hombres que hicieran turnos para comer y beber. Algunos deliraban por el cansancio y las heridas; la fiebre les devoraba. Sin embargo, el cántico no concluía.
A veces la voz del brujo parecía desfallecer; otras se alzaba como un alarido que desgarrase el alma. El olor de drogas e inciensos quemados cada vez era más insoportable, y la situación parecía no tener final.
No obstante, cuando el mercenario empezó a valorar volver sobre sus pasos, un intenso silencio llenó el lugar. Fue el preludio de la aparición del hechicero. Draco, demacrado, pálido y aparentemente más pequeño, salió a la caverna y les informó del resultado de su sortilegio.
-Mi nuevo esclavo nos abrirá paso. Ninguna espada puede hendir su piel.
Nekart volvió la mirada al interior del pasillo; la criatura que columbró le heló la sangre. Su cuerpo retorcido era de un intenso color azul, y su piel se veía salpicada de protuberancias coriáceas. Sin embargo, lo peor de todo era la cabeza, un apéndice en el que culminaba aquella arquitectura deforme con una enorme boca coronada de viciosos colmillos sobre la que brillaba un maligno ojo opaco como una noche sin estrellas ni esperanza.
No obstante su patente ferocidad, que expresaba mediante sordos aullidos, la criatura obedeció de inmediato a la orden dada por Draco en la Lengua de los Brujos, y con pasos sesgados se abalanzó sobre el primero de los brazos. A continuación se desarrolló una encarnizada y grotesca batalla: la criatura, carente de extremidades superiores, se lanzaba contra los brazos que nacían en los muros y los mordía una y otra vez sin intentar siquiera defenderse. Tal y como había dicho Draco, el ser era inmune a las estocadas, y así, aun siendo patentemente más torpe, acabó por desmembrar con poderosos tirones de su cuello todos y cada uno de los brazos. Lentamente, fue abriendo el pasaje para los mercenarios.
Exhaustos, trémulos ante la dantesca visión, los aventureros siguieron a la criatura y el brujo hasta el final del pasillo. Al término de éste se extendía una titánica sala octogonal plagada de instrumentos de tortura. Desde el punto donde se encontraban se observaba que no había nadie en ella. En aquella tesitura, Draco ordenó un alto.
-Dormid, perros; descansad. Mañana puede que necesitemos vuestras energías.
Sin ánimos para discutir la orden, se dejaron caer en desorden entre los primeros potros de tortura y las jaulas oxidadas. Rápidamente, cayeron en un sueño inquieto. Únicamente Draco, el dragón, veló todavía algunas horas. Tenía que consignar muchas cosas en sus pergaminos, tenía que sacarlas de su mente antes de que fueran una carga demasiado grande. Sólo él entendía la real naturaleza del lugar que estaban explorando.
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