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Ejercicio en el que buscaba aplicar los principios sobre el terror que nos diseccionó Mik616 en "El terror no tiene forma"
El aguzado filo de acero, deslizándose suavemente, dejando tras de sí un surco rojo y húmedo. A pesar de los horrores vividos durante aquel año de nuestro señor de 1664, aquélla ha sido la imagen que ha atormentado mis sueños durante todo este tiempo. Un sollozo contenido en mi garganta, que poco necesitaría para convertirse en verdadero y desesperado llanto, me asalta cada vez que lo rememoro. Tal vez se deba al carácter innecesario que tuvo aquel gesto. Tal vez a lo que sirvió de preludio. Sea como sea, jamás olvidaré esa estela encarnada en el cuello del joven novicio.
Se llamaba William, y llevaba con nosotros ya seis años. Era uno de los mayores y a veces nos apoyábamos en él cuando necesitábamos disciplinar a los más pequeños. Tal vez demasiado, pensé en aquel momento. Parecía totalmente desquiciado, y no era para menos.
Había sido un año horrendo. La plaga de peste comenzaba a remitir, pero los escasos sepultureros que todavía continuaban trabajando seguían llevando carros repletos de cadáveres a los cementerios y extramuros. Cuerpos azulados, con los ojos desorbitados y las manos como garfios. Cuerpos oscuros con protuberantes bubas que nos asaltaban continuamente en sueños. Dios mío, ¡cuánto horror!
De toda mi congregación, yo era el único que permanecía con vida. El dedo de Dios fulminaba sin hacer distinción entre justos y pecadores y, poco a poco, había enterrado a todos mis hermanos en el huerto del monasterio. Exhausto, llevado al límite de mis fuerzas, había recurrido al joven William. Necesitaba a alguien para compartir mi carga, pero el buen Dios tenía otros planes para nosotros. Así lo intuí cuando me reuní con el novicio en la sacristía. Así lo intuí cuando tuvo lugar la escena que no abandonaría ya mis sueños.
-¡Ya nada importa! -aulló William después de desfigurarse el cuello con aquel cuchillo-. ¡Ya nada importa!
-¡Por Dios, William! ¡Detente! -le grité, pero de nada servían mis ruegos: para él, el buen Pastor ya no existía.
Si no hubiera sido por el rumor procedente de la capilla, no sé qué hubiera ocurrido: la curiosidad detuvo su mano allí donde mis plegarias no había surtido efecto. Salimos ambos dos corriendo, pues habíamos congregado a todos los internos en la iglesia, y temíamos, o al menos yo lo hacía, que les hubiera ocurrido algo. Mis temores se disiparon en algo, pero no completamente: dos tipos de muy mala catadura habían irrumpido en la Casa del Señor violentando la puerta.
El más alto, que también parecía el jefe, se cubría con un largo abrigo de cuero. Su rostro permanecía casi oculto por un sucio pañuelo, cuyo color se perdía entre la mugre, y el ala ancha de un sombrero de campesino. Lo que se entreveía de sus rasgos no impelía a buscar más. El arcabuz que portaba apoyado con indolencia sobre su hombro, tampoco.
Su compañero no era de mejor casta: renegrido, pequeño, cubría su cuerpo con tiras de cuero, harapos y bufandas en un sucio revoltijo, y sobre éste llevaba algunas cadenas de oro y otras joyas procedentes, seguramente, del saqueo de los muertos. Quizás hubieran venido a nuestra santa casa a perpetrar nuevos latrocinios, pensé
-Vade retro, villanos. Éste es un lugar sagrado.
Pude captar las miradas aterradas de mis protegidos, que se escondían entre los bancos de la capilla; algunos habían buscado refugio incluso en el interior de los confesionarios. Los intrusos, no obstante, no reaccionaron mal ante mis palabras, sino que se destocaron con un gesto de falsa humildad y me sonrieron conciliadoramente.
-Padre, no pretendíamos perturbar la paz de este lugar -declaró el más bajo-, pero andamos buscando a gente que todavía permanezca en la ciudad, pues es imperativo que la abandonen.
-¿Qué queréis decir? La peste remite, y en nuestra propiedad estamos a salvo de todo peligro.
Los tipos cruzaron unas significativas miradas, aparentemente sorprendidos por mi reacción, sin acertar a contestar. Al final, el mayor tomó la palabra.
-No nos referimos a la peste, padre, sino a... los diablos. -Un murmullo aterrado prendió entre los chiquillos-. ¿No han intentado entrar todavía aquí? Sois francamente afortunados.
-¿De qué estáis hablando? ¿Qué estratagema es ésta? -inquirí. Su respuesta, sin embargo, me desarmó totalmente.
-Mejor que palabras, será mostraros sus hechos -dijo y, a una señal suya, su compinche retiró algunos de los vendajes dejando al descubierto unas horribles heridas, como de zarpas.
Me acerqué a examinarle, y William vino conmigo, y lo que descubrimos nos heló la sangre: los trazos eran siempre de seis uñas en paralelo, a pesar de que no hay animal en la creación que cuente con seis dedos en sus extremidades. Además, los arañazos supuraban una especie de infección azulada, como una ponzoña inimagible. Al parecer, las marcas eran extremadamente dolorosas.
-¿Quién ha os ha inflingido semejantes heridas?
-Diablos, padre. Diablos.
-Y frente a ellos -terció el hombre grande- tenemos que permanecer unidos. Los justos y los pecadores.
Fue de este modo que abandonamos los muros del monasterio. Una extraña compañía en un extraño momento. Londres no presentaba un aspecto más normal: a los horrores que la peste había traido -casas abandonadas, incendidadas, saqueadas; pilas de cadáveres, montañas de enseres calcinados, fantasmagóricas carretas de enterradores- se unía ahora una densa niebla que, según me dijeron los hombres, era el preludio del ataque de los demonios.
-Así que éstos eran los gritos que escuchábamos de noche. Pensábamos que eran simples asesinos.
-Asesinos son, pero no de este mundo. Se valen de la niebla para atacar a los incautos, y ésta les responde espesándose antes de sus fechorías. Sólo fuera de Londres estaremos seguros. La ciudad entera está condenada.
Caminamos por sus calles -¡qué duda podíamos albergar sobre su condenación sintiendo su pestilencia!- iluminándonos con faroles, atentos a cada rumor. El menor de los dos tipos, Jack, abría la marcha seguido por media docena de chiquillos. En el centro, sin perder de vista a uno ni a otro, iba yo con el segundo rufián. Tras nosotros, los otros cinco internos y, cerrando la marcha, mi pobre William. Hubiera querido permanecer a su lado, pero ¿cómo dejar a mi rebaño en compañía de aquellos lobos aunque merodeasen peores alimañas? Fue cuando llegamos a King's Cross cuando supe que me había equivocado en todas mis decisiones; más nos valdría habernos quedado en la relativa seguridad del monasterio.
Una bruma densa como la nieve se cernió sobre nosotros convirtiendo las calles en blancos sudarios. Apenas podíamos ver a escasos dos palmos de distancia. El frío, al mismo tiempo, parecía haber arreciado. Entonces, Jack apareció jadeando junto a su compinche.
-Ya está -le dijo-. Uno de los chiquillos abre la marcha con el farol.
-Pero, ¿cómo osa dejarles solos ahí delante? -le increpé sin atreverme a avanzar demasiado, tan terrible era la niebla.
-¿Para qué cree que los hemos traído, padre? -replicó el mayor de los dos tipos con un deje sarcástico en la voz al tiempo que comprobaba que su arma estaba cargada y lista-. Serán un cebo expléndido para los diablos, y quizás así consigamos salir de esta piojosa ciudad. -Luego, adivinando mi gesto, añadió-. Le sugiero que permanezca a nuestro lado, muy quieto. Si no interfiere ni hace ninguna tontería, es posible que abatamos a esas bestias antes de que acaben con todos los chiquillos.
Jack obsequió con una sonrisa mezquina a su jefe y sacó de entre sus ropas una pistola y un siniestro puñal. Luego, se situó al lado de su compinche, a la distancia justa para no perderlo entre la bruma. Y yo hube de aguantarme mi rabia y continuar avanzando en silencio. ¡Oh, Dios mío, qué tortura! Es imposible imaginar la angustia que sufría, paso a paso, vagando por ese mar de bruma. Éramos incapaces de ver nada más allá de nuestras narices; apenas era posible, de este modo, orientarse en el laberinto de callejas. Y, además, estaba la omnipresente amenaza invisible de los demonios. Hubiera querido correr junto a William, reunir a mis novicios y conducirles de vuelta al monasterio, pero era imposible con aquella niebla. Sólo podía resignarme a seguir caminando y rezar porque esos malhechores abatieran a las bestias, y que sus balas no dieran con alguno de mis niños.
Entonces, lo oí. Era un sonido apagado, como un rasguño en el empedrado, sutil como cuando las ratas merodean por los sótanos. Y frío, un frío helador más allá de toda lógica. Creí que la niebla devenía hielo, y que todos quedábamos allí atrapados. Y entonces, empezaron los gritos.
Primero un chillido infantil, sorprendido, incrédulo ante el dolor sufrido. Luego otro, más alto, más desesperado. Me detuve e intenté captar su procedencia. Jack, a mi lado, giraba sobre sí mismo con la pistola en ristre, el puñal preparado. Se oyó un nuevo alarido acompañado del ruido de cristales astillándose, y luego los gritos se generalizaron.
Unas sombras fugaces empezaron a pasar a nuestro alrededor. Jack perdió los nervios y disparó, pero la bala se perdió tras el telón de bruma. En ese momento, algo chocó contra mí con inusitada violencia, y ambos caímos al suelo. Era mi pobre William, tan aterrorizado como todos estábamos. Fue al ver su rostro cuando me di cuenta de su desesperación, y de que mis chiquillos estaban solos.
-¡Venid! ¡Venid aquí! -grité intentando atraerlos al grupo al tiempo que me levantaba, pero ninguno parecía escucharme; los gritos continuaban, y cada vez el estruendo era mayor.
Se oyó un nuevo disparo, y nuevos alaridos, y entoces se unieron al coro los de un adulto. Yo continuaba gritando y, entonces, alguien me golpeó en la nuca con algo pesado. Caí de bruces y me sobrevino un gran mareo. En aquel eterno blanco era imposible saber dónde estaba el norte, y dónde el sur. Intenté levantarme de inmediato pero trastabillé y me alejé unos pasos de mi objetivo. Cada vez me sentía más solo, más perdido, y los gritos no cesaban.
Tropecé con algo y caí de nuevo al suelo. Los fríos adoquines de Londres me recibieron inclementes. Extendí las manos y palpé en busca de algo -un muro, un poste- y lo que encontré me llenó de horror: un cuerpo blando y frío. No podría decir si era el cadáver de un pestilente o el de uno de mis pupilos; tampoco me importó en aquel momento. Un grito de pánico salió de mis labios.
Avancé a ciegas, sordo también por mi propio terror, sin saber muy bien qué hacer. Quería encontrar a los niños, huir de allí, pero sobre todo -oh, Dios mío- quería no estar en esa horrible trampa; quería, más allá de cualquier cosa, no encontrarme con los diablos. Y entonces mis manos se posaron sobre algo cálido y vivo, algo cubierto de aspero pelo bestial, y su mero tacto rompió algo dentro de mí.
Retrocedí corriendo, temiendo ver aparecer a través de la bruma a la horrible criatura que había sembrado de terror y muerte nuestras calles. Nada me importaban ya los gritos de los moribundos, el terror de los otros, los niños perdidos. Al final, volví a tropezar en esa oscuridad blanquecina y cai y cai hasta las gélidas aguas de un río. La corriente me arrastró. Me salvó, supongo, de las criaturas, pero ésa fue toda su misericordia, pues no se llevaron consigo ninguno de los recuerdos de ese día de locura.
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