Pangea sumergida |
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04-03-2008 17:48
Por: Akhul
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/989383/ |
Un pequeño relato sobre la naturaleza y nuestro papel en ella.
Despertó bruscamente, como le ocurría siempre desde hacía un tiempo. Ante sus ojos se perfiló un mundo a la vez cercano y a la vez extraño. Su mundo.
Las paredes de la habitación parecían estar cubiertas de moho, de algún hongo esponjoso que hubiera deformado el papel que las adornaba. Cubría también, con su pátina irreal, los muebles, los rostros de los retratos, los cristales de las ventanas… La propia luz parecía afectada por la plaga, como si hubiera enfermado y adquirido un tono verduzco. El mundo entero ondeaba como en un mal sueño, uno que de tan persistente se hubiera convertido en pesadilla cotidiana. Constatada una vez más su realidad, se puso en camino. Tenía que seguir.
Descendió por el hueco de la escalera flotando, deslizándose como una anguila por una caverna angulosa. Había comprendido que ése era el modo de desplazarse ahora. Era consciente de que algo no encajaba. Sabía que los hombres no se deslizan por los huecos de las escaleras como una anguila en una cueva artificial, del mismo modo que sabía que la luz no tenía ese tono verdoso, ni esa textura esponjosa la madera. Pero, sobre todo, sabía que su bebé seguía extraviado. Lo demás, en el fondo, carecía de importancia.
Salió a la calle, que no era más que una fosa abisal laberíntica, y, orientándose con la caprichosa luz que se filtraba desde las alturas, continuó hacia el norte.
Al norte, siempre al norte. Ya ni siquiera recordaba cuándo había tomado la decisión de seguir, incansablemente, en esa dirección. ¿Había un por qué? Lo desconocía. Sin embargo, había algo en aquella determinación que le tranquilizaba, como si una pieza encajara en el sentido oculto de las cosas. Quizás, sencillamente, hubiera perdido la razón.
Durante un buen rato –la evolución de la luz lo ponía de manifiesto- avanzó por el entramado de avenidas. Los automóviles cubiertos de moho se alternaban con espacios en los que proliferaban extrañas hierbas de gruesos tallos que se mecían bajo un viento inexistente. Sus colores, que pertenecían a una gama que iba desde el verde más pálido a un abigarrado violeta, no rompían, a pesar de su extravagancia, el conjunto monótono de las calles. El habitual gris de la gran ciudad había delegado en el verde, pero era sólo un cambio aparente.
En uno de los momentos de periódica desesperación que le asaltaban, se detuvo para retomar fuerzas. La angustia de la pérdida se había vuelto un dolor sordo con el tiempo, y junto a la certeza de que éste no moriría nunca, anidaba la de que ya era demasiado tarde para creer en la esperanza. Aun así, conjuró en su memoria recuerdos de los tiempos felices, dispuesta a no abandonar.
Vio de nuevo un cielo azul salpicado de nubes de algodón, surcado por pájaros inquietos. Y, reflejándolo, los ojos zarcos de su pequeño. Escuchó el maullido del señor Rayas, su ronroneo meloso cuando caía la noche. Y en su eco rememoró los gruñidos del bebé en su dormitar inquieto. Recreó en su mente el aroma de la leche caliente mezclada con miel, el del cacao incorporándose a la mezcla. En su entramado distinguió el olor a leche agria de su niño y, de algún extraño modo, sintió que le volvían las fuerzas para continuar su búsqueda.
A su alrededor, el mundo conservaba su tono verdeazulado de pesadilla, su consistencia fluctuante de mal sueño, pero a ella poco le importaba. Tenía que encontrar a su pequeño.
Siguiendo su instinto, nadó hacia el firmamento hasta la cúspide de un edificio. Tan alto era éste que jugueteaba con esa cristalina frontera que, en la monotonía de los días sin tregua, había confundido con el cielo. Era el límite de las aguas.
Solazándose en las carcomidas estructuras metálicas que salpicaban la cima del edificio, vio a un nutrido grupo de extrañas criaturas. Su piel era escamosa, sus ojos grandes glóbulos amarillentos, y sus bocas –fauces más bien- siniestras cavernas repletas de aguzados colmillos. Sin embargo, a pesar de su aspecto bestial, no sintió miedo. Había algo en ellas que le resultaba familiar, una cualidad vaga que podríamos llamar civilización. Un escalofrío le recorrió el espinazo al darse cuenta de un sinsentido más: podía entenderles cuando se comunicaban entre sí.
─Dicen que en este lugar habita una presencia maligna, un ser antediluviano que devora las almas de los peregrinos.
─Dicen también que su aspecto es tan horrible que hiela la sangre, y que tiene predilección por la carne joven.
Aquellas palabras le llenaron de terror. Un ser así bien hubiera podido atacar a su pequeño. La mera idea de que una criatura capaz de asustar a esos monstruitos hubiera asaltado a su chiquillo le llenó de pavor. Sin pensarlo dos veces, se echó a gritar como una loca.
─¡Dios mío! ¡Tenéis que ayudarme! ¿¡Dónde habita ese monstruo!? ¿¡Dónde tendré que buscarle!?
Los anfibios, al oír sus gritos, saltaron al unísono de vuelta a las aguas y se alejaron espantados nadando a una velocidad de vértigo. Todos excepto uno, un ejemplar viejo y arrugado que, con su piel más clara, tenía un aspecto enfermizo. Éste permaneció donde estaba y exclamó más sorprendido que asustado.
─Entonces, ¡es cierto! ¡Existes!
Ella se quedó confundida, enmudecida, antes de contestar, de entender lo que estaba diciendo.
─¿Q-qué quieres decir? ¿Creen que yo soy el monstruo?
El anfibio le miró con sus grandes globos oculares, perplejo.
─¿No sabes lo que eres? ¿No sabes quién eres? Dicen que vienes de antes del cataclismo, cuando las aguas vivían prisioneras en jaulas heladas y no dominaban todo el orbe.
─Hace tiempo, no sé cuánto, el mundo no estaba cubierto de aguas…
─Nosotros nacimos con ellas, hace muchos siglos.
─Pero… no es posible. Esto tiene que ser un mal sueño. Mi niño… sigue perdido.
La criatura parpadeó.
─Tu niño ya no está en este mundo ─le dijo─. Ya no queda ninguno de los tuyos en este mundo. Vuestro tiempo pasó. Ahora es el nuestro.
─No entiendo qué quieres decir.
─Verás, hace muchos siglos, tantos o más que los que ha vivido mi civilización, el mundo vivía bajo vuestro dominio, el de los hombres –Porque tú eres un hombre, aunque también eso hayas olvidado-. Las aguas estaban prisioneras en los polos, muy al norte, muy al sur, y la tierra emergía desafiando al mar. En los bajíos del mundo, allí donde las aguas saludan al cielo, hemos encontrado muchos restos de los hombres. Ciudades, huesos, herramientas… Nos ha llevado tiempo poder acercarnos al límite entre el mar eterno y el cielo inabarcable, pero poco a poco –somos un pueblo testarudo- lo hemos conseguido. Leyendo en vuestros vestigios hemos reconstruido vuestro esplendor y vuestra decadencia, vuestros sueños y vuestras locuras. Hemos visto cómo creíais dominar la naturaleza, y cómo ésta os acogía de nuevo en su manto borrándoos de la faz del mundo. Créeme: ya no hay de los tuyos en el orbe. Eres un recuerdo de otra época. Tu bebé ya se ha ido.
─¿Fuimos… Somos monstruos? ─inquirió, llorosa, impresionada por la revelación del anfibio.
─Sois mitos, ecos de otra época. Antes hubo otros, después nos sucederán otros distintos.
─Nosotros desafiamos a la naturaleza. Por eso hemos sido castigados, maldecidos.
La criatura permaneció en silencio unos instantes, valorando aquella afirmación. Después, pausadamente, intentó explicar por qué no creía en ella.
─Vosotros también teníais arte, así que seguramente me entenderás. ¿Sería posible un castigo por destruir una obra única? ¿No es su propia destrucción el único castigo real? La naturaleza os brindó sus maravillas, y vuestra civilización las consumió. Vuestros hijos ya no las verán. Vosotros ya no las disfrutaréis. Han perecido para siempre junto con vuestro pueblo. Si hay un castigo, ése es. La naturaleza no castiga porque somos parte de ella. La naturaleza no puede ser dominada, porque ella es la regla. El hombre no estuvo nunca por encima de ella, ni la maltrató porque no pudo hacerlo: se maltrató a sí mismo maltratando lo que le rodeaba y destruyó lo que hubiera podido disfrutar. Quizás si aceptases que eres parte de la naturaleza, tú misma pudieras abandonar de una vez tu búsqueda, aceptar que no es un castigo.
Ella le miró con los ojos desorbitados, aterrorizada con la mera idea de que su pequeño ya no estuviera a su alcance. Sucumbiendo a un terror atávico, se zambulló y se alejó, buceando como una anguila, hacia el norte.
En su mente resonaban las palabras del anfibio –Tu bebé ya se ha ido. No hay de los tuyos en el orbe─, pero no eran otra cosa que un sinsentido más que sumar a su agonía. Sólo quedaba un asidero en ese mundo enloquecido, una astilla de su verdadera naturaleza: encontrar a su prole, reunirse con su pequeño. Lo demás carecía de importancia.
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