Fuegoeterno II


Terror y Supense

27-03-2008 15:47
Por: Belgarion69

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/989594/

Y bueno, aquí tenéis la segunda parte. Gracias por leerlo y por los comentarios.


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Rhaknur se frotó la barbilla, pensativo, mirando fijamente el fuego que bailaba en la mano de Nara. Se acercó la tea lentamente a la cara, y dijo:

-Fura.

La llama bailó durante un segundo en la oscuridad, para apagarse acto seguido, dejando únicamente unos cuantos rescoldos cálidos en la parte superior de la antorcha. Nara se volvió hacia él con una expresión interrogante.

-¿Qué es lo que has dicho?

-Es una palabra antigua, yakaria ma. Significa muchas cosas, pero lo que más se aproxima en vuestra lengua sería ‘salir’ o ‘desaparecer’.

-¿O ‘apagar’? –sugirió la muchacha.

Rhaknur asintió lentamente tras pensarlo un momento.

-Fura –dijo Nara, casi paladeando el sonido con su lengua–. Bien.

Cogió otra de las antorchas que había cerca después de dar la primera de ellas a Rhaknur para que la guardase en su mochila, y, acercándosela a la cara, dijo con voz alta y clara la palabra. Al segundo siguiente, la llama había desaparecido. Esbozando una sonrisa, la muchacha guardó la antorcha en su mochila con reverencia.

Continuaron apagando y guardando las antorchas durante unos minutos más. Dariv, al ser incapaz de pronunciar la palabra, se limitaba a acercar las antorchas más alejadas a sus compañeros. Pronto las mochilas estaban a rebosar y no pudieron meter más fuegoeterno. Habían despejado una amplia zona de la cámara, y ahora la oscuridad los rodeaba, a pesar de que la luz proveniente de las antorchas lejanas les permitía ver un poco. Cogieron cada uno otra antorcha en cada mano, y, tras apagarlas, se dispusieron a partir.

Nara se volvió un último momento hacia la tumba del anciano. Iba a seguir a sus compañeros, pero se percató de que algo había cambiado, aunque no pudo decir qué era. Tal vez la luz ausente ahora que había menos antorchas le engañaba a la vista. Aun así, se acercó a la pétrea superficie para verla mejor. Recorrió con la mirada cada recoveco, cada esquina, pero no supo decir qué la inquietaba. Finalmente soltó un bufido de exasperación y comenzó a volverse para marchar, cuando se fijé en el rostro del hombre.

-Yakaria ma, larguémonos de una vez. ¿Qué es lo que estás mirando?

Dariv se volvió al percatarse de que la muchacha no los había seguido y se acercó a ella lentamente. Cuando llegó a su lado, siguió la mirada de la chica, y un segundo después le dirigió una mirada preocupada. Lentamente pero con decisión, tocó la superficie de la tumba con una mano después de coger las dos antorchas con la otra, y recorrió la piedra hasta llegar al rostro del anciano.

-¿Qué ocurre? No es más que piedra, yakarie ma, ¿por qué os preocupáis?

Dariv y Nara cruzaron una mirada, inquietos.

-¿Yakarie?

-Es cierto, yakari, sólo es piedra –le contestó Nara al cabo de unos segundos–. Es piedra, y aun así el hombre ha abierto los ojos.

Sin comprender aún, Rhaknur se inclinó sobre la figura del anciano y le echó un vistazo.

-Te equivocarás, yakaria ma. Debe de haber tenido los ojos abiertos todo el tiempo.

-No, Rhaknur. No los tenía.

Dariv negó con la cabeza, coincidiendo con su compañera. Había dejado en el suelo las dos antorchas que llevara en la mano y en ese momento todo su cuerpo estaba en tensión, con los ojos cerrados y la cabeza inclinada, como si intentara escuchar algo.

-¿Y qué puede significar eso, mía hermana? ¿Qué más da cóm…?

Dariv le conminó a que callara, y les indicó con gestos que escucharan. El silencio los rodeó. Al principio Nara no podía oír nada, sólo el chisporroteo de las antorchas, mas al cabo de un momento un leve susurro se elevó suavemente. Nara no había sobrevivido en Pueblo Libre sin hacer caso a su intuición, y en ese momento su intuición le decía que tenía que salir corriendo de allí como alma que lleva el diablo.

-¡Corred!

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No necesitaron que se lo repitiera. Con un movimiento fluido, Dariv cogió una antorcha del suelo con cada mano y salió disparado a toda prisa en la dirección hacia la que apuntaba el puñal que dejara en el suelo. Sin parar un instante recogió con elegancia la daga y siguió a paso vivo. Rhaknur le pisaba los talones, resoplando maldiciones en su idioma. Nara cerraba la marcha. Con el puño cerrado en torno a la antorcha, palpó rápidamente el saquillo donde guardaba los explosivos, y se sintió un poco más aliviada al notar su tacto.

Seguían escuchando el murmullo, ahora más intenso. Después de recorrer unos metros a la carrera, Nara se percató de lo que estaba pasando. ¡Las antorchas se estaban apagando! Las que estaban más lejanas, ya fuera en una u otra dirección, se iban apagando, cerrando un cerco en torno a ellos. La oscuridad allí donde habían desaparecido las llamas era impenetrable. No sabía a qué distancia estaban de la salida, pero sí sabía que si no llegaban antes de que se apagaran todas las antorchas no podrían salir de allí.

Los resoplidos de Rhaknur se hacían cada vez más fuertes, y también Nara se sentía cada vez más cansada. Incluso Dariv mostraba síntomas de cansancio ¿A qué distancia estaba la maldita salida? ¿Tanto habían andado a la ida? Nara dudaba de ello, pero no podía hacer otra cosa aparte de correr. El cerco a su alrededor era cada vez más y más pequeño, y la oscuridad amenazaba con engullirlos.

¡Allí! Después de unos momentos de incertidumbre se cercioró de que aquella débil luz que veían a lo lejos no provenía de una de las antorchas de la enorme sala. Debía ser su salida, y su salvación. Apretaron el paso con fuerzas renovadas. La oscuridad ya casi les había alcanzado, y el susurro era ahora alto y claro, y Nara se estremeció al comprender lo que decía.

-Fura, fura, fura, fura…

Alguien, o algo, estaba apagando las antorchas. Se preguntaba quién podría ser cuando de pronto la oscuridad la engulló. Dariv y Rhaknur desaparecieron de su vista, a pesar de que podía oírlos a su lado, la respiración desacompasada y jadeante del hombre y los pasos ligeros del muchacho. En un instante se dio cuenta de que todas las llamas habían desaparecido, y la oscuridad los rodeaba por todos lados. Aún así no relajaron la carrera, pues podían ver todavía la débil luz de la salida. Se permitió tener esperanzas de salir de allí, ya que ya no estaban demasiado lejos.

Pero éstas se congelaron en sus entrañas cuando un rugido ensordecedor hizo temblar cada uno de sus huesos. Era un grito de furia, de odio frente a un agravio inconmensurable, y la muchacha también notó una nota de triunfo en él. Tuvo que taparse los oídos con las manos, tirando las antorchas que llevaba al suelo, debido a la fuerza del alarido, notando un líquido tibio en las palmas cuando las retiró. ‘Sangre’ pensó. El atronador bramido la había dejado medio sorda, y aún temblaba de la conmoción. Sentía a Rhaknur en el suelo frente a ella. Se había dejado caer de rodillas y también se había echado a temblar.

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-Va… vamos, Rhaknur. Debemos con… continuar –conminó Nara, haciendo que se incorporara débilmente. La muchacha notó que unas lágrimas de terror puro se le saltaban de los ojos y que no podía apenas pronunciar palabra debido a la congoja–. Ten… emos que salir d…de aquí.

El hombre comenzó a caminar lentamente de nuevo, aún temblando, pero aumentando la velocidad a cada paso.

-¿Dariv? –preguntó al aire la muchacha.

Al cabo de un segundo la mano del chico aferró la suya y tiró con firmeza de ella hacia la puerta. Nara notó que ésta no temblaba, y se sintió levemente aliviada. Ya no estaban lejos. Podrían conseguirlo. Cincuenta pasos. Cuarenta pasos. Ya veía el marco de la puerta con la débil luz de la estancia interior. Treinta y cinco pasos. Los relieves del interior brillaban como perlas, y las débiles antorchas parecían soles en contraste con la oscuridad que los cubría. Treinta pasos. Ya casi estaban, casi. Nara comenzó a esbozar una leve sonrisa de alivio. Veinte pasos.

Una sombra cruzó rápidamente por delante de ellos, bloqueando durante un segundo la luz que provenía de la puerta, solo un segundo. Pero los tres, fija la vista en la salida, la vieron perfectamente. La sonrisa del rostro de Nara desapareció al instante. Se detuvieron de forma brusca. Nara comenzó a temblar levemente, y la muchacha escuchó el leve gemido de Rhaknur frente a ella, casi como si llorara. Incluso la mano de Dariv temblaba un poco, pero aún así no aflojaba su presa.

En tensión, intentó escuchar algo en la oscuridad. Ahí estaba. Un leve jadeo, una respiración rasposa que se superponía a la de Rhaknur, a unos pocos pasos a su lado. La luz del interior del corredor era incapaz de iluminar lo suficiente para ver de qué se trataba, pero Nara lo sentía a su alrededor. Sentía su tamaño. Y luego vino el sonido, como el choque de piedra contra piedra. Era un quejido lento y profundo, y Nara tardó unos segundos en percatarse de que eran palabras. Palabras que no entendía, pero palabras al fin y al cabo.

-Rhaknur –susurró. El sonido se detuvo, como si lo hubieran interrumpido en mitad de una frase–. Rhaknur, ¿qué dice?

El silencio los rodeó durante unos segundos, y entonces volvieron a oírse las palabras, esta vez con tono interrogante. Sorprendida, Nara se dio cuenta de que era Rhaknur el que hablaba. Nara no podía ver a su amigo, pero se imaginaba perfectamente el cuerpo de Rhaknur temblando incontrolablemente, ya que su voz delataba su terror. Tras un breve silencio, la cosa que tenían cerca volvió a hablar, y Rhaknur le contestó.

-¿Qué está diciendo, yakari?

Pero Rhaknur la ignoró. Continuó hablando con la criatura, y Nara se percató de que su voz era cada vez más desesperada y se asemejaba más a unos balbuceos que a palabras coherentes y de que la voz profunda sonaba más y más irritada. Los gemidos del hombre se convirtieron en llantos, en ruegos, mientras que la voz comenzó a subir de volumen, cada vez más alto, más alto, hasta convertirse de nuevo en un rugido. Rhaknur barbotó otras incoherencias, con lágrimas corriéndole por la cara, gritando a su vez, suplicando. El rugido aumentó de volumen hasta hacerse insoportable, y Rhaknur finalmente gritó de terror.

-¡¡Corred, yakarie ma!! ¡¡Corred por vuestras almas!! –y salió disparado hacia la puerta.

No había dado dos pasos cuando Nara sintió como si desapareciera de su lado, como si se elevara bruscamente, y escuchó su grito de puro terror. Un gemido inarticulado, un sonido que ningún hombre vivo podría emitir, inundó la sala, seguido del acuoso chapotear de la sangre contra la piedra. Nara sintió medio segundo después un fuerte tirón en el brazo, y pensó que sería la siguiente en morir, y soltó un grito de espanto. Pero se trataba de Dariv que había comenzado a correr hacia la salida con todas sus fuerzas. Se tambaleó, y estuvo a punto de tropezar y caer cuan larga era al suelo, pero el férreo agarre de su amigo la mantuvo en pie, hasta que pudo igualar su velocidad y mantener su ritmo. Solo necesitaban unos segundos para alcanzar la salida.

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A su espalda sintió la presencia de la cosa, lo que fuera, que había matado a Rhaknur, y un rugido de terrible rabia la persiguió. Sintió como temblaban sus huesos por la presión del sonido, y estuvo a punto de caer, pero, de nuevo, Dariv la mantuvo en pie. Estaban a apenas cinco pasos de la entrada cuando Nara sintió un roce salvaje sobre su hombro. ‘Ya está. Me ha alcanzado. Voy a morir. Voy a morir, voy a morir, voy a morir…’. Cerró los ojos con fuerza, pero un segundo después, al ver que no había muerto y que nada la había alzado en volandas ni nada parecido, los volvió a abrir. Lo que vio la perseguiría para siempre en sus peores pesadillas.

El cuerpo de Rhaknur, o lo que quedaba de él, se había estampado contra el marco de la entrada, pasando a su lado y rozándola en el hombro. La débil luz que salía del corredor, que les deslumbró después de la impenetrable oscuridad, iluminó su rostro. Éste mostraba una mueca de un terror tan profundo, tan primario, que Nara tembló de pies a cabeza. La mitad de su cabeza estaba aplastada y la mandíbula desencajada caía flácida, pero sus ojos abiertos estaban intactos, y la miraban fijamente. El resto del cuerpo era una masa sanguinolenta, destrozada, y era incapaz de reconocer ninguna de sus partes, ni de decir si realmente estaba entero o si había sido desmembrado.

Sólo tardó medio segundo en pasar a su lado y cruzar al umbral, pero cada detalle, cada nimia característica del cuerpo de su amigo, se quedó grabada a fuego en su mente.

No se volvieron. No miraron atrás. Podían oír, podían sentir al ser a su espalda, su ira, su rabia, su odio, y su sed de sangre. Pero los dos sabían que el momento en que giraran la cabeza sería el momento en el que morirían, así que continuaron corriendo. La piedra temblaba violentamente, y del techo caían polvo y rocas aquí y allá a cada paso que daba la cosa, y podían sentir cada vez más cerca a la criatura. Así que Nara hizo lo único que pudo hacer.

De un tirón se arrancó la bolsita de explosivos del cinto y, tras dar la vuelta a un recodo, se volvió, la balanceó y la lanzó contra el pasillo por el que acababan de pasar, todo en un mismo movimiento. Durante una fracción de segundo pudo ver una sombra recortada contra la pared, antes de que todo el pasillo explotara, pero no pudo distinguir de qué se trataba. Dio gracias a los Antiguos Padres por ello. Salió disparada hacia atrás, de espaldas, con una fuerza brutal, chocando con tanta violencia contra la pared que notó cómo se le rompían varios huesos. Las rocas, el polvo, las antorchas… todo salió volando y cubrió completamente el pasillo. Pero Nara no lo vio, pues había perdido el conocimiento al chocar contra la pared.

Las sacudidas de Dariv la despertaron y la devolvieron a la realidad. Durante unos segundos no pudo recordar dónde estaba, pero, al fijarse en la destrucción de su alrededor, los recuerdos volvieron a ella como un mazazo. Se incorporó de un salto.

-¡Tenemos que salir de aquí! ¡Tenemos que…!

El muchacho apoyó una mano de forma suave pero firme en su pecho y la hizo recostarse de nuevo, tranquilizador. Respondiendo a su mirada interrogante, Dariv señaló con un gesto de la cabeza al pasillo por el que acababan de pasar. Estaba completamente bloqueado. La explosión había hecho que el techo y las paredes se derrumbaran, dejando el corredor lleno de cascotes, rocas y polvo. La débil luz de la antorcha que sujetaba Dariv iluminaba la escena.

-Rhaknur… -susurró Nara. Las lágrimas empezaron a aflorar y recorrieron sus mejillas silenciosamente. Se incorporó lentamente, ayudado por Dariv, y se acercó al montón de escombros. No había ninguna señal del monstruo que les persiguiera desde la cripta. Ni temblores, ni pisadas, ni rugidos. Nada. Al parecer la explosión había disuadido a la bestia.

-Rhaknur –repitió. Se le quebró la voz–. Arik sie, yakari.

Con paso débil pero decidido, se dio la vuelta y, apoyándose en Dariv, comenzó a andar hacia la salida, renqueante. La única fuente de luz provenía de la antorcha que Dariv llevaba en la otra mano. Nara vio que se trataba de fuegoeterno. Vio su propia bolsa tirada en el suelo, cubierta de polvo y escombros, con unas cuantas antorchas esparcidas en el suelo de forma descuidada alrededor de ella. Durante un momento estuvo tentada de dejarla ahí tirada, de darse la vuelta y olvidarse del maldito tesoro que había causado la muerte a su amigo, pero antes de que se diera cuenta se había acercado a ella y, apoyándose en Dariv, la había recogido y colgado al hombro. Tras una última mirada al interior de la mochila, se dirigió a la salida, con su nuevo tesoro colgando de forma descuidada a su lado.

-Espero que haya valido la pena.

 

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