Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/989830/ |
Con las manos entrelazadas, atravesamos los caminos detenidos del bosque, la maleza ascendiendo de nuestros tobillos a las pantorrillas y, finalmente, alcanzando nuestra cintura, sumergiéndonos en un océano de roces y pinchazos.
El tiempo seguía detenido a nuestro alrededor, pero mis pies estaban cocidos y un picor insidioso allí donde la costura de mi calzoncillo rozaba la ingle comenzó a taladrar mis nervios como mil agujas de cristal. Los dedos de Freddy también estaban empapados y me costaba aferrarme a ellos, parecían anguilas en aceite; dos óvalos húmedos crecían bajo sus axilas, oscureciendo la tela azul claro de su camisa. La realidad congelada se doblaba difusa a nuestro alrededor, un mundo de sombras aserradas y altas siluetas fluctuantes vistas a través de aquella cortina rosada, como si flotáramos en el interior de un flan color arándano. Pero Freddy no dudaba. Doblaba a izquierda y a derecha, saltaba por encima de troncos atravesados y vadeaba los zarzales sin una vacilación, como siguiendo un camino de piedrecillas, invisibles salvo para él. Fue entonces cuando me di cuenta de que mi hermano ya había vagado en solitario mucho más lejos del río. Y muy a menudo.
Sólo nos detuvimos tres veces.
La primera vez fue por mi culpa. No podía aguantar más. Sacándome a toda prisa los pantalones, deslicé los calzoncillos por mis muslos, los doblé hasta hacer una pelota pegajosa y con naves linterna estampadas —papá pilotaba una cuando era más joven— estiré mi antebrazo hacia atrás y los lancé con todas mis fuerzas a través del escudo magenta. Los calzoncillos pasaron al otro lado con un leve ondular de la superficie y se quedaron suspendidos en el aire, con gotitas perlando su superficie enjoyada como pequeñas gemas diamantinas. Freddy se rió
—Aún es muy de día para mojarlos —me dijo, palmeándome la espalda con displicencia—; enano, ¿no puedes esperar hast....
Mi puño en las costillas acabó la frase por él. Freddy se frotó el vientre y, sin dejar de sonreír, cogió mi mano y continuó caminando.
La segunda vez fue Freddy quién tiró de mi camisa y me indicó algo sobre la hierba, a nuestra izquierda. Nos acercamos con cuidado a la escena, dudando si creer o no lo que nuestros ojos habían atisbado. No nos equivocábamos. Sobre la hierba, un pequeño ratoncillo de pelaje atezado y brillante colgaba por el rabo de un aguilucho parduzco y moteado con las alas desplegadas en una uve majestuosa. Sus ojos titilaban con un intenso resplandor rubí, sin pupila, probablemente bio-modificados para mejorar su percepción infrarroja. Cogí la esfera de la mano izquierda de mi hermano y, sin soltarle la derecha, me acerqué muy lentamente al cazador y la presa. Al fin, el contorno de la bóveda se encontraba rozando el pico que sujetaba al ratón. Empujé el pico hacia fuera y el rabito se balanceó, la cabeza del roedor penetró en nuestro escudo y mis manos tiraron de su cuerpecito con fuerza. El rabo se partió con un chasquido seco y el animalillo saltó de mis manos a la hierba, corrió hasta topar con la bóveda y se detuvo de nuevo.
—Al menos lo he salvado —afirmé con desgana.
—Sí —contestó Freddy—. Aunque me temo que va a echar algo de menos.
Y nos partimos de risa.
La tercera vez, fue la última. El bosque se había estrechado a nuestro alrededor y las palmeras de hojas azules y troncos translúcidos desaparecieron. Altos helechos luminiscentes de gruesos tallos cercaban la angosta vereda y Freddy tuvo que reducir de nuevo el campo hasta que el domo que nos protegía se apiruló como un globo desinflado. Doblamos dos veces a la izquierda y a la derecha, pisando sobre el barro resbaladizo que cubría esta zona del bosque.
Ni hierba, ni árboles, ni animales. Nada. El mundo seguía congelado fuera del campo de contención, pero sin figuras que lo animaran. Sólo aquellos tallos y ramales luminosos nos acompañaban como guardianes malhumorados y siniestros. Noté que Freddy me cogía la mano con más fuerza. Respondí a su apretón.
De pronto, el camino terminó. Un óvalo sombrío asomaba en el linde del barro, como la boca de un gusano ciego ávida de carne fresca que devorar. Estreché los ojos pero no se veía nada, absolutamente nada, salvo, quizás, una extraña fluctuación de las sombras, como si se amontonaran y se abrazaran entre sí con dedos invisibles y oscuros. Freddy pulsó un botón azul brillante que destellaba sobre la esfera de cromo. El dosel magenta se descorrió y los colores volvieron a lucir tal y cómo eran. Los pálidos helechos que flanqueaban el camino derramaban una luminosidad gris verdosa, el limo en el que chapoteábamos era una asquerosa sopa burbujeante de un color púrpura oscuro —el hedor asfixiante que desprendía me recordó al tufo fétido de los calcetines sudados que Freddy solía restregarme por la cara, sólo que cien veces peor— y el cielo era una franja desvaída, sin nubes que vetearan su monotonía azulada.
Freddy me agarró por el hombro, mientras se apretaba la nariz con la otra mano. Su voz sonó como un bocinazo asmático.
—Ahogha —comenzó, con las mejillas tan hinchadas como el buche de un sapo— tenegmos quge entrag aghí.
Comencé a desternillarme, pero el olor era mareante y, finalmente, tuve que apretarme la nariz como hacía Freddy.
—Vafge —contesté, apretándome también la nariz— pefgo vágmonog yag. Egte pegtazo no hay quieng....
Me apretó el hombro y asintió, sonriendo.
—No te egfuegces tangto, quge no se te entiendge.
Alumbrándonos con la linterna infrarroja que Freddy acababa de sacar del neceser, penetramos en la oscuridad, con la luz rojiza cortando un cono sangriento entre las tinieblas.
Los labios no dejaban de temblarme. ¿Cuánto tiempo llevábamos caminando en la oscuridad? Agarré con más fuerza la mano de Freddy. Estaba fría, seca, como la de un muerto. Lo miré, pero sólo podía verle la nuca y recortada tras el resplandor bermejo de la linterna. Contuve mis deseos de mirar el techo y apreté los párpados con fuerza. No pude evitarlo, la fascinación podía más que el miedo, ¿o era el miedo el que me impulsaba a mirar? La verdad: no importaba en absoluto.
Finalmente alcé mis ojos, mientras mis pies seguían mecánicamente el compás que marcaban los de mi hermano, y contemplé el fluctuante, y cercano, dosel que nos cubría de tinieblas. Había bocas, bocas sin dientes que se abrían y cerraban sin un sonido, mudas, emergiendo y desvaneciéndose al azar, poblando el convulso tapiz de tentáculos enmarañados con sus gritos mudos. Me estremecí, por millonésima vez.
El corredor no había dejado de doblar a izquierda a derecha en curvas cada vez más pronunciadas, que nos impedían ver más lejos que a cuatro palmos de nuestra nariz. Además, el camino se hacía, con cada paso, más angosto. Los bulbos que flanqueaban el camino, en una invariable hilera de capullos húmedos coronados por los cilios que abovedaban nuestro tránsito, inclinaban sus pétalos brillantes y aparentemente gelatinosos en bruscos movimientos peristálticos que amenazaban con rozar nuestras prendas y adherirse a ellas; devorándolas, buscando las zonas más húmedas del cuerpo para apretar, estrujar, reventar.... “¡Basta!”, pensé y grité sin darme cuenta. La mano de Freddy se disparó sobre mi boca, veloz como un áspid entrenada por el hábito, y me amordazó por un instante. Pero pronto me soltó y me guiñó el ojo; ya no era el Freddy de antes, por fortuna para mí. Sólo me faltaba eso.
Freddy puso los ojos en blanco y apuntó con la linterna hacia el techo, cortando el cono de luz con su rostro. Aunque debería de resultar espantoso, sus globos oculares blanquecinos reflejando la luminosidad rojiza como dos pozos del infierno, la verdad es que era bastante patético y me carcajeé. Freddy siguió jadeando entrecortadamente, mientras su lengua giraba y giraba alrededor de sus labios. Cuando mis risas se hicieron escandalosas se detuvo, me cogió del hombro, me guiñó un ojo y, tomándome de la mano, volvió a apuntar al corredor que giraba, esta vez hacia la izquierda, mientras el océano tubular de las paredes se ondulaba como las tripas de un gusano, un gusano gigantesco del que no veíamos más que las interminables volutas de su estómago. Seguimos adelante.
El camino se estrechó aún más y la batería de la linterna se estaba agotando. Freddy tuvo que disminuir la intensidad del haz y ahora apenas sí veíamos por dónde caminábamos. Avanzamos cada vez más deprisa, en fila india, con el roce pegajoso recorriendo nuestras mejillas desnudas y adhiriéndose a nuestras ropas. De repente, me quedé enganchado en la pared y perdí la mano de Freddy. Aleteé los brazos frenético, intentando gritar, pero los tentáculos me rodeaban y sumergían en su trama, silenciándome con una mordaza húmeda y amarga. Cerré mis dientes con fuerza y un chorro espeso de un líquido maloliente me empapó la cara y bajó por mi garganta. Sabía a sangre...
Ya casi no podía respirar... Pequeños cilios penetraban en mis fosas nasales, mezclándose con las secreciones mucosas en un tapón viscoso. Mi mente se ennegreció y comencé a desvanecerme....
El tiempo dejó de correr. El movimiento que recorría mi cuerpo como mil víboras enfurecidas cesó por completo. Una mano tiró de mí en la oscuridad. Era Freddy, y en su mano sujetaba la esfera del tiempo que iluminaba su rostro con sus diales violetas. Me abracé a su cintura con fuerza. Recorrimos el resto del pasadizo con el tiempo detenido, pero no usamos el campo de contención para ahorrar batería. No sabíamos que poco sentido tenía tomarnos la molestia.
De pronto, después de un giro pronunciado a la izquierda, un óvalo de luz lechosa se recortó en la oscuridad de la galería, iluminando los tentáculos que lucían pálidos en el resplandor. Freddy apagó la esfera y la guardó en el neceser. El movimiento regresó a nuestro alrededor. La imagen de esas guedejas tubulares serpenteando y retorciéndose como lombrices blanquecinas fue demasiado para mí. Asqueado, me detuve un instante, con la nausea sacudiendo mi vientre. Freddy se paró a mi lado y enlazó uno de sus brazos sobre mi estómago mientras sujetaba mi frente con la mano libre. Un chorro blancuzco brotó de mis entrañas como un aspersor de riego industrial. Freddy se inclinó sobre el vómito y lo estudió con detenimiento, enarcando una ceja y frunciendo la frente.
—Mmm, creo que tenemos que cambiar de marca de cereales. No te sientan bien.
Sentí el impulso de hacerle sorber lo que quedaba de esos cereales. Me sonrió, me revolvió el pelo y corrió hacia el umbral, conmigo tras sus talones.
La sala era amplia y circular y el techo abovedado se perdía muy por encima de nosotros, con un círculo de luz en su ápice derramando la luz solar como un ojo acusador. Rodeando su perímetro, un anillo de oberturas similares a la que nos había llevado hasta allí se abrían a la oscuridad de las tenebrosas galerías. Justo en el centro del suelo —que era aquí más blando que en el pasadizo, como aceitoso— había un pequeño cráter por el que, con esfuerzo, podría caber yo, aunque esperaba que Freddy tuviera otra cosa en mente. Pensé en mamá; como se enterara de esto... Aunque mamá no se enteraba ya de demasiado. Tanta gimnasia simulada y sauna virtual de la hyper-red la tenían tan absorbida que sus ojos estaban perdiendo el color y a nosotros apenas nos hacía caso. Pensé inmediatamente en lo que estábamos haciendo, en el poco sentido que tenía, incluso para un niño asustadizo de seis años, el meterse en un laberinto oscuro para cazar... ¿Qué?
—¿Qué vamos a cazar Freddy?
Freddy no me escuchaba, había dejado la linterna encendida justo debajo del umbral por donde habíamos salido, con la lente apuntando hacia el cráter donde se encontraba agachado, revolviendo de nuevo su neceser. Esta vez le llevó menos tiempo encontrar lo que buscaba.
Comenzó a desenroscar la tapa de la mermelada. Ayudándose con la hoja de la navaja térmica, untó dos hogazas de pan hasta cubrirlas por completo. A la luz tenue de la sala parecían encostradas en sangre seca.
—Sé que esto las atraerá —murmuró Freddy para sí y se volteó hacia mí. La escasa luz que se filtraba por la lucerna se reflejó en sus ojos en dos diminutos puntos blancos. Un escalofrío recorrió mi espalda—. Ven, acércate, enano, cógelo.
Dejó caer sobre mi mano un cono anaranjado con una palanquita metálica asomando por la tapa más ancha. El quemador...
—Yo las atraigo y luego tú, tú les disparas, ¿vale? —el brillo de sus ojos no había desaparecido; es más, aunque fuera imposible, había crecido, dos pupilas ciegas en la penumbra—. Las otras veces no pude atrapar ninguna porque estaba solo... Pero ahora lo conseguiremos —y volvió a dedicarme una sonrisa fría. Los ojos de un fantasma, la sonrisa de un muerto...
Le sonreí, ocultando mi temor. Sus ojos resplandecían con aquel brillo gélido, asesino.
—Claro que sí, Cisco —contesté—, lo que tú digas.
Me senté de rodillas, chapoteando en el suelo viscoso, con la imagen de aquella masa aceitosa reptando por mis pantorrillas, dejando atrás la cintura, envolviendo el abdomen y el vientre, antes de ondularse y saltar hacia mi cara y cubrirme los ojos, la boca, la nariz... Nada de eso ocurrió. Volví la vista hacia mi hermano. Freddy avanzaba a gatas, con los brazos sumergidos en aquella pastosa pátina oscura. Parecía que nadaba en un mar de mocos negros. Sonreí ligeramente, imaginándome cómo se hundía en una masa verde y gelatinosa, agarrándose como un marino en un naufragio a los largos pelos quitinosos. Y entonces Freddy se dio la vuelta y me miró. Aquel brillo en sus ojos... El Freddy amable parecía haber desaparecido, allí sólo estaba el cazador que tanto disfrutaba con el olor socarrado de las sardinas electrón. Un sudor frío y denso, como una sábana congelada, abrazó mi espalda.
Ya había llegado al borde. La luz de la linterna cortaba su figura en dos largas uves que nacían de sus hombros y difuminaban su resplandor rubí en las tenue luminosidad de la estancia. Parecían las alas de un cuervo sobrenatural. “Algo va mal” me dije, “algo va muy mal. Estúpido, qué hacemos aquí, ¿no has visto el tamaño de esos túneles? ¿No imaginas qué puede haberlos hecho?” Alejé esos pensamientos como quien se sacude un mosquito molesto y centré mi atención en Freddy, que ya asomaba la cabeza por la abertura, y en mis dedos, que sujetaban la fina palanca metálica, listos para disparar el quemador.
Freddy se quedó un rato allí inclinado, observando el fondo del cráter, mientras mis dedos resbalaban, pegajosos, por la palanca metálica. Al fin, muy lentamente, Freddy extendió la mano izquierda, con las dos hogazas de pan cubiertas de mermelada, y la agitó sobre el agujero. Burujos de color carmesí cayeron al interior de la sima. Desde donde me encontraba, parecían brotar de la mano de Freddy, como si se la hubiera cortado y ahora ofreciera su sangre a un monstruo inimaginable.
Quizás Freddy y yo viéramos demasiados holo-films del pasado, ésos en los que personajes de las historias aún estaban encerrados en una ventana y eran planos como una hoja de papel, pero el caso es que mi mente no dejaba de imaginar la criatura tentacular y translúcida que brotaría de las entrañas del cráter, acabaría con Freddy — probablemente desollándolo vivo y dándole la vuelta a sus músculos y sus vísceras— y luego, cuando todo hubiera terminado, se encargaría de mí. Sí, mamá no sabía lo que veíamos últimamente.
Freddy sacudió su mano con más fuerza, manchándose la muñeca de mermelada, esperó; volvió a agitarla. Otra vez. Y otra vez. Nada ocurrió. Nada. Ni un gran saurio con grandes ojos amarillos y un géiser de fuego azul brotando de sus ollares, ni una serpiente metálica de ojos rubí, ni siquiera una triste trucha electrón con su cola azulada chispeando en la oscuridad. Nada, nada de nada. Vi que Freddy se levantaba, dejaba caer la tostada y se doblaba por la cintura, abrazándose los tobillos con los brazos goteando aquella masa negruzca. Estaba decepcionado, pero el furor asesino parecía haber desaparecido. Se giró y me miró a los ojos, con los labios pálidos y las ojeras de no haber dormido bien resaltadas en tonos oscuros por la luz rojiza. Me sonrió débilmente. Yo me encogí de hombros y le devolví la sonrisa. Todo sucedió muy rápido...
Una cabeza enorme, de ojos multifacetados y ambarinos, coronada por dos antenas afiladas y unas fauces con forma de tenazas, emergió del cráter. Freddy apenas pudo empezar a darse la vuelta cuando aquellas horribles tijeras aserradas se cerraron sobre su muñeca. Escuché el chasquido del hueso. La mano de Freddy giraba en el aire, derramando un cúmulo de abanicos sangrientos. Una pata reluciente cortó el cono luminoso, reverberando con un fulgor volcánico en la oscuridad. La pata atravesó el tobillo de Freddy como un estilete metálico, clavándose en el limo. Mi hermano cayó boca abajo sobre el fango negro. Levantó los ojos una sola vez y pude ver su súplica. No podía moverme.
El cuerpo segmentado del insecto arrancó la corteza del cráter como si fuera de cartón. Dos patas aguzadas se elevaron en el aire y atravesaron la mano sana y el muñón de Freddy. Hilos oscuros de sangre se desparramaron cuando la monstruosa hormiga levantó el cuerpo empalado de mi hermano, una marioneta desmadejada en manos de un títere monstruoso. Su rostro era un amasijo de pelo apelmazado, limo negro y calvas pálidas de su piel. Los ojos multifacéticos y ambarinos se clavaron en mí, como dos panales llenos de abejas furibundas. Sus labios se movieron sin exhalar un sonido: “¡Dispárale! Dispárale...” El cuerpo de Freddy era una cruz grotesca protegiendo el cuerpo del animal, sólo parte de su abdomen quedaba visible por debajo de los pies de Freddy que se agitaban en convulsiones espasmódicas. Mis dedos jugueteaban con la palanca, apuntando la boca del quemador lo más bajo posible. No podía estar seguro, ¡no podía! Freddy estaba demasiado cerca. Volví a mirar a mi hermano. Sus ojos estaban en blanco y sus párpados aleteaban en un frenesí agónico: hazlohazlohazlohazlohazlohazlohazlohazlo... Apreté la palanca.
Un chorro de llamas surgió de la boca del quemador, recorrió los escasos metros que me separaban de la hormiga e impactó contra su cráneo metálico. La cubierta estalló en una explosión de metal líquido y chisporroteos azulados; por un instante, vi el órgano esponjoso y recubierto de cables y diales luminosos que albergaba en su interior. Un chirrido agudísimo taladró mi tímpano como un cuchillo al rojo vivo, penetrando en mi cerebro. Me cubrí los oídos con las manos y apreté hasta que los nudillos se me quedaron blancos y mis músculos parecieron cuerdas de un violín a punto de estallar. Una vorágine de puntitos multicolor se expandía tras mis párpados sellados y el sabor del cobre inundó mi paladar. El chirrido se hizo aún más agudo, una uña de diamante rasgando la pizarra. Caí al suelo, encogiéndome sobre mi vientre. Ya no sentía dolor; sólo gritaba. Y de pronto se extinguió.
Abrí los ojos lentamente, aturdido, dejando que los ecos luminosos de las formas que me rodeaban se volvieran sólidos. Chapoteando en el barro, me levanté y traté de sostenerme en pie, mis piernas convertidas en dos flácidos amasijos de regaliz. Un pensamiento se dibujó, nítido, en mi mente, como esculpido con un cincel luminoso: “Freddy”.
Corrí hacia el amasijo de cables chisporroteantes y metal fundido, iluminado en fogonazos rojizos como relámpagos sin trueno. La batería de la linterna se estaba agotando... La hormiga estaba muerta, sus tenazas se habrían y cerraban en un espasmo mecánico, recordándome más que nunca a unas tijeras relucientes, pero sus circuitos motrices se habían fundido y la masa encefálica esponjosa que había entrevisto por un instante yacía desperdigada a su alrededor, pedacitos de cerebro embadurnados en aquel limo negro como sanguijuelas bien alimentadas. Un olor dulzón y nauseabundo hizo que mi estómago se estremeciera en una náusea y no provenía de aquellos sesos socarrados y cubiertos de barro negro. “¿Dónde estaba Freddy?” Y entonces pensé, el olor...
Salté por encima de una maraña de cables seccionados que asomaban por el hueco vacío de la cabeza como espaguetis gruesos saliendo de una olla volcada. A pesar de todo lo que había pasado, mi estómago maulló en protesta. No podía creer que tuviera hambre, pero la tenía. Avancé, guiándome por el olor entre aquel caos de bultos informes. Los intervalos de oscuridad eran cada vez más prolongados y la luz rubí más débil. Lo encontré, muy cerca del borde, con media cara sumergida en aquel barro y un pequeño géiser de burbujas brotando allí donde estaba la boca; aún respiraba.
Tenía la tela de la camisa rasgada y mil pequeñas esquirlas relucientes atravesándole la espalda en mil puntos. Parecía un puercoespín humano. El olor que despedía su cuerpo era tan intenso que retrocedí tres pasos después de acercarme. Pero era mi hermano quien estaba allí tendido, muriéndose... Me senté en cuclillas a su lado, olvidando mi repugnancia, olvidando los terribles años de maltratos, olvidándolo todo salvo su mano apretando la mía, mientras el bosque yacía en suspenso a nuestro alrededor, y su cabeza reposada contra mi pecho. Un susurro sordo ascendió de sus labios.
—Te quiero —musitó, y casi no lo escuché, casi, cuando repitió en un susurro—. Te quiero. —Un muñeco roto y sin cuerda...
—Yo también, Freddy —los ojos me ardían de furia y miedo, pero le acaricié el cabello crespo con delicadeza, olvidándome de los pegotes pegajosos que se adherían a mis yemas—. Yo también.
Froté las manos contra las perneras, tratando de limpiar la aceitosa pátina que las cubría, pero mis prendas nadaban impregnadas en su viscosidad oscura, un macabro sudario de inmundicia. Inclinándome hacia Freddy, lo abracé por debajo de las axilas y comencé a tirar hacia mí, intentando hacerlo suavemente. Un grito desgarrado emergió de su garganta. Su aliento olía a sangre. El sudor resbalaba por mis brazos y se mezclaba con el barro de mis manos. Por dos veces se me escurrió el cuerpo de Freddy. Por dos veces exhaló aquel horrible alarido. Por fin, conseguí voltearlo, cayendo sobre él. Volvió a gritar, más débil. Me levanté de inmediato y esperé a que la linterna volviera a parpadear. Me cubrí la boca con las manos. Freddy siguió gimiendo, pero ahora era un gañido balbuceante y casi inaudible: Nanadanadananaaanaa. Miré sus manos perforadas. Nanadannnadnana. Miré su tobillo desgarrado. Nanadananaanaadanana. Miré su pecho.
Un amasijo encostrado de sangre, barro, metal licuado y retazos de tela tupía por completo su cuerpo desde los hombros hasta la cintura. Pero lo que hizo estremecerme, lo que hizo que mis tripas se agitaran como anémonas devorándose entre sí, fue lo que asomaba entre la costra. Su carne era un tizón ardiente y negro, atravesado de vetas blancas y angostas; sus costillas. Ésa era la fuente del olor indescriptible. Freddy se había asado en la explosión como una hormiga en un volcán. Hormiga... Con un último resplandor vacilante, la linterna se apagó.
Lo sujeté por los tobillos y comencé a arrastrarlo por el légamo. Me dolían los brazos terriblemente, como si alguien hubiera embutido mis nervios en dos bloques de madera totalmente inútiles, dejando sólo dolor. Freddy no dejaba de farfullar su letanía incoherente y el hedor que emanaba se hizo más dulzón y nauseabundo. Ya sabe cómo se sentían aquellas truchas, verdad; oh sí, lo sabe. Cerré el puño y lo blandí en el aire, intentando golpear aquella voz malévola que enturbiaba mis pensamientos como un veneno amargo vertido en agua limpia. Un zumbido creciente, más bien un raspeo, como metal sobre roca y piedrecillas cayendo y rebotando contra las paredes, captó mi atención. Me detuve. Otra vez, delante de nosotros; justo delante. Subiendo por el cráter...
Apenas había conseguido arrastrar a Freddy a la mitad de la distancia que nos separaba de la abertura por el que habíamos llegado cuando seis nuevos pares de ojos, de un furioso color ambarino iluminado desde el interior sus múltiples facetas, emergieron de la oscuridad. Los brazos de Freddy se me escurrieron de las manos y me quedé paralizado, los labios temblando frenéticamente, mientras mis oídos enloquecían con el restallar metálico de sus mandíbulas.
Me di cuenta de que no podría arrastrar a Freddy más allá de unos metros antes de que nos alcanzaran; me di cuenta de que el neceser tirado sobre el suelo, que contenía nuestra salvación en forma de una esfera cromada, estaba demasiado lejos; me di cuenta de que los furiosos ojos insectoides que nos contemplaban, se abalanzarían en un instante; me di cuenta de lo único de que sólo tenía dos opciones. Y elegí. Freddy levantó la cabeza del barro, sin percatarse de la amenaza letal que acechaba a sólo unos pasos. Su rostro, un óvalo lechoso y oscurecido en la tenue luminosidad que se filtraba por la tronera del ápice de la cámara, dibujó una sonrisa macilenta, de muñeco estropeado. Inconscientemente, extendió su muñón hacia mí, como si pudiera aún tocarme con sus dedos. No dejaba de sonreír, pero yo ya había elegido. Sin mirar atrás, me di la vuelta y corrí.
Los montículos han estallado.
Un sabor salado y ocre desciende por mi garganta: lágrimas y la sangre de mis labios. Regreso del pasado como la rata que asciende, furtiva, desde los túneles nauseabundos donde crece la inmundicia. Decidí vivir, sí, decidí darle la espalda a Freddy y los cientos de noches insomnes que he sufrido no han servido para pagar la cuenta. Pero Lyra, el día a día despertándome con el olor de su cabello impregnando la almohada, había ayudado a olvidar la herida, a cicatrizarla lentamente. Ahora la herida sangra a borbotones, como una arteria seccionada.
Frente a mí, miles de esquirlas transparentes centellean sobre el pavimento cromado, resplandeciendo en la luz solar en mil visos iridiscentes. Tres siluetas abultadas reverberan esa luz sobre sus cuerpos pulidos y segmentados. Seis ojos facetados me devuelven la mirada. Mandíbulas de cromo chasquean hendiendo el silencio del paisaje. El pasado ha venido a buscarme, como las cadenas de un fantasma culpable. Aprieto los dientes y mis manos aferran la culata de mi rifle. He vuelto a elegir. Elijo luchar.
Avanzo lentamente, paso a paso, con el crujido de las esquirlas tintineando bajo mis botas, dirigiéndome hacia el centro del triángulo definido por las tres hormigas. Un suave giro de sus cabezas persigue mi movimiento, como si tres estatuas monstruosas se giraran para contemplar a un visitante impertinente. He llegado; los tres insectos metálicos se encuentran a igual distancia de mi cuerpo, enclavados en sus vértices, sin más movimiento que el espasmódico aleteo de sus mandíbulas. Divido mi visión en tres cuadrantes, enfocando las minicámaras inteligentes a cada uno de mis objetivos. Diales de mil colores se superponen en cada sector y un despiece tridimensional de los complicados mecanismos internos de las máquinas insectoides se superpone sobre sus cubiertas resplandecientes. Pulso el botón a un lado de la guarda y la culata del rifle se pliega hacia dentro, quedando sólo el cañón y un mango alrededor del gatillo. Mi brazo izquierdo empuña la pistola mientras un óvalo azulado y translúcido se materializa sobre mi brazo derecho. Las tenazas de las hormigas comienzan a brillar con un aura violácea en la imagen triplicada de mi visión, como tres gemelas ejecutando un vals memorizado. Trago saliva. Espero...
El ataque llega simultáneamente desde los tres frentes. Sin pensar, extiendo el antebrazo del escudo y lo descargo sobre la hormiga de mi derecha y al mismo tiempo aprieto el gatillo y pivoto sobre mis pies. Un arco de plasma lapislázuli traza una hoz en el aire. Las dos hormigas saltan al sesgo por encima de la curva luminosa y sus tenazas zumban a pocos centímetros de mis brazos mientras la tercera impacta contra mi escudo. El impacto es brutal. Mis pies hienden dos carriles en las placas cromadas mientras la furiosa cabeza intenta atravesar el campo de fuerza combándolo hacia dentro. Las minicámaras me devuelven la visión del aterrizaje brusco de mis otras atacantes. Se vuelven. Algo brilla en sus mandíbulas mientras intento canalizar la energía del escudo en un impulso que me libere de la presión que ejerce el insectoide. Entonces comprendo qué brilla y ya no sé si es demasiado tarde. Apagando de súbito el escudo, salto.
Dos haces láser rasgan la suela de mis botas con un chisporroteo anaranjado y siguen su camino. El cráneo de la hormiga que había atrapado en mi escudo recibe el doble disparo. Metal líquido y una lluvia de chips socarrados estallan en una onda expansiva. Los cables latiguean como gruesos nervios arrancados de un cerebro muerto. Aterrizo sobre mis pies con el resplandor de dos nuevos hilos luminosos apuntando a mi pecho.
Gasto gran parte de mis reservas energéticas en convocar un escudo que resista la carga y aun así el choque me envía volando por los aires. Antes de caer ya veo los dos juegos de tenazas sobre mí, brillando con su fulgor violeta como dagas encantadas. Estiro mis antebrazos y apoyo mi peso sobre las palmas. Volteo mi cuerpo, viendo cómo las hojas afiladas atraviesan el cromo a tan sólo centímetros de mi casco. Me giro sobre los talones y comienzo a correr en zigzag hacia el bulbo oscuro del laboratorio, con el resplandor rubí de sus disparos iluminando mis hombros.
Las descargas de energía desconchan la superficie del laboratorio, derramando una lluvia de fragmentos oscuros y fotosensibles. Mis pies se acoplan magnéticamente a la superficie del edificio y comienzo a ascender por su contorno. Giro los objetivos de las cámaras y contemplo una panorámica del valle, con el anillo de cromo que engarza el complejo adelgazándose a cada paso y los macizos de chalma y el bosque de helio-cedros asomando por el borde del encuadre; rodeando el edificio, saltando lateralmente alrededor de su contorno, los insectos no dejan de disparar sus láser, como figuritas metálicas de un tablero infantil. Los haces siguen atravesando las placas solares, pero ahora ya no me apuntan a mí, sino que distribuyen sus disparos alrededor del perímetro, intentando dejarme sin adherencia para seguir subiendo. Zizagueo entre los boquetes y una de las descargas impacta tan cerca que el calor desprendido se filtra en mi armadura como el roce de un metal ardiente. Aguanto el dolor y doy los últimos pasos hacia la cúspide. Me impulso sobre los pies y me lanzo, de espaldas, al vacío.
Activo la munición quinética mientras el mundo se ladea y se invierte. Mis pies apuntan al cielo; mi yelmo refleja las diminutas formas de mis objetivos sobre el anillo metálico y pulido. Fijo los blancos con dos triángulos de neón rojo. Extendiendo mi brazo, comienzo a girar sobre mí mismo, como un pequeño tornado de poly-acero, y aprieto el gatillo en modo automático derramando una lluvia de proyectiles energéticos como si un meteorito hubiera estallado a cien metros del suelo en mil pedazos ardientes. Los meteoros energéticos recorren la distancia en un suspiro, iluminando de un fulgor verdoso toda la extensión del paisaje que abarca mi visión. Y entonces estallan.
Columnas de metal licuado saltan como géiseres de plata; explosiones plasmáticas de gas ionizado se entremezclan con la amalgama de circuitos y piezas mecánicas que se derriten como un helado en el desierto. No sé si es mi imaginación recordando el pasado o si realmente esas gargantas artificiales exhalan el chirrido insoportable, bordeando lo subsónico que atraviesa mis oídos como una estalactita aguzada mientras vuelo por encima del paisaje arrasado. Paso de largo la devastación que reina sobre la llanura cromada y aterrizo violentamente en el barro, hundiéndome hasta la cintura y dejando una cuña profunda tras de mí, como si un topo gigantesco hubiera despistado el rumbo.
Tras varios forcejeos, consigo liberarme y, apoyándome en el suelo deslizante con ambas manos emerjo de la tierra blanda cubierto desde los pies hasta el abdomen por el humus resbaladizo. Froto lo mejor que puedo la suciedad con mis palmas también manchadas. No quiero gastar más energía del traje. El dial de la batería me indica que me encuentro al veinte por ciento. Apenas me resta nada. Compruebo también la munición del rifle. Agotada, sólo me queda por usar el depósito del lanzallamas. Me vuelvo y contemplo la devastación que he provocado.
Toda la parte sur de la meseta cromada ha desaparecido. Amplias columnas de vapor enturbian el aire y difuminan la silueta bulbosa del laboratorio. Rimeros de cristal y lagos de metal cuajado se entremezclan en una amalgama fluida y caliente. Me apoyo sobre mi rodilla, sentándome alejado de la orilla fluyente donde la tierra se junta con las losetas de metal, ahora una masa ondulante que avanza deshaciendo el légamo a su paso con siseos hirvientes. El sol tardará en calentar mis baterías solares y más con este vapor flotando en el ambiente. Agotado, me dejo caer con un chapoteo, blanqueando por un instante mis pensamientos, antes de dar el siguiente paso.
Un temblor me devuelve a la hora. Un temblor constante, removiendo la tierra bajo mis pies. Me levanto y camino unos pasos hacia la llanura. La vibración se hace más intensa a medida que avanzo. Un deja vu cruza por mi mente: el temblor que precedió a los mojones de cristal... Pero éste es mucho más intenso y no deja de hacerse más y más violento. Mis pies resbalan y vuelvo a caer sobre el barro que se ondula como un océano de tierra. Frente a mí, el amasijo de la meseta sigue agitándose y despidiendo vapores al cielo. Y entonces sucede.
Unas cumbres picudas y transparentes atraviesan los restos de la meseta, tupiendo por completo la superficie del anillo. Mis manos apenas pueden sujetar el rifle. Decenas de monolitos de cristal se alzan al sol tempranero, difractando sus rayos anaranjados en mil brillos arco iris. Las grietas comienzan a resquebrajar su superficie transparente. No me queda munición, ni energía en el traje. Miro por encima del hombro hacia la línea rojiza y fluctuante de los macizos de chalma. Tampoco a mi espalda hay salida. De pronto, una idea me golpea. Desesperada. Pero no tengo tiempo para pensar. Antes de que los montículos estallen echo a correr a toda velocidad, gastando las últimas energías del traje en acelerar mis músculos a la carrera.
|
 |