Asesinos, hombres de las sombras |
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15-04-2008 16:40
Por: Akhul
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Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/990730/ |
Continúan las aventuras de Manana, el veterano perro del aire. Anteriores entregas de Huesos que ondean sobre un mar agitado en Piratas, caballeros de fortuna y Supervivientes, gatos con siete vidas.
El espectro arrastró a Wudji hasta un rincón de la sala de máquinas y, bajo la impertérrita mirada del nipón, le golpeó con sus descarnadas manos hasta reducir su cara y su cuello a pulpa. El asesino no intervino. Esperó a que el engendro diese cuenta de su socio, limitándose, únicamente, a controlar al viejo aviador. A pesar de su baja forma física, éste había demostrado ser un adversario tenaz. Y todavía tenía que hacerle algunas preguntas antes de eliminarlo.
Después de un macabro interludio de sonidos viscosos y carne desgarrándose en el que finalmente la voz del traidor se extinguió, el espectro se puso en pie y salió de las sombras. Con sus característicos pasos de marioneta rota se aproximó a Manana y al nipón. El viejo piloto había pensado que su límite de horror había sido ya saturado, pero ver al engendro acercarse cubierto de sangre, bajo la incierta luz de las lámparas de emergencia y entre el bamboleo de aquella tormenta infernal, despertó en lo más profundo de su ser un terror atávico.
Estaba de nuevo en su primera misión, cerca de la Gran Bahía, acurrucado en la bodega de aquel cuatrimotor en el que habían tenido que emprender el vuelo a toda prisa. Las ametralladoras de los contrabandistas les habían dejado como un colador, y el viento aullaba por todos los agujeros como mil ánimas en pena. Y entonces, cuando ya no le quedaban más lágrimas en los ojos, apareció aquella figura esquelética de entre las cajas. En ese momento algo se rompió dentro de él, para siempre.
Ahora, su horror de juventud venía a reclamarle. En cierto modo, Manana siempre supo que ocurriría algo así.
─¡Detente!
Al principio le costó entender lo que había oído. Era nipón, y era una orden, pero no iba dirigida a él.
─¡Detente! ─insistió la voz.
El hombre de las sombras estaba hablando al espectro. Lo hacía como si fuera algo normal, lógico.
─¡Detente! ─gritó una vez más, ahora con menos aplomo en la voz.
El espectro tenía fijas en él sus cuencas oculares. El tenue resplandor verde que de ellas emanaba vertía una luz fantasmagórica en la estancia, creando una suerte de círculo de tensión en torno a los tres personajes. Manana, horrorizado; el hombre de las sombras, tenso como la cuerda de un violín; el espectro, hierático. Afuera, la tormenta protestaba como un lejano eco.
Cuando el engendro pareció haber acatado la orden definitivamente, la compostura felina del asesino se relajó perceptiblemente. Acto seguido, el espectro cargó contra él, grotesco y espeluznante en sus torpes ademanes.
El hombre devino sombra. Retrocedió hábilmente frente al ataque, manteniendo la distancia. De sus brazos surgió un brillo plateado que impactó contra el monstruo. Un estallido verdoso, como una salpicadura de sangre imposible, saltó del húmero del esqueleto. Un sonido metálico intervino al caer el proyectil al suelo. Voló un segundo ataque. Esta vez, la estrella arrojada se quedó clavada en la osamenta. El espectro siguió su avance, impertérrito.
No hay escondite frente al que no tiene ojos. No hay distancia para el que ya ha muerto. No hay dolor donde ya nada queda excepto voluntad.
El nipón cambió de estrategia. Dejó de escurrirse y saltó sobre su enemigo. Su certera patada le impactó en el cráneo, derribándolo aparatosamente. Sin dejarle recuperar una postura más defendible, el asesino comenzó a golpearle con férrea determinación. Durante unos instantes, sus golpes llovieron sobre la criatura, imparables, incesantes, pero entonces ésta, con una paciencia de cien años, le aferró de las ropas y le atrajo hacia sí.
La tela se desagarró, los puños siguieron golpeando el hueso dispuestos a quebrarlo y, entonces, la calavera hincó sus dientes en el hombro de su rival. Un nuevo grito llenó la noche.
Manana intentó ponerse en pie. El miedo, pero sobre todo el dolor, le anclaban a su rincón miserable. La lógica le decía que esperara el desenlace del combate para intervenir, pero algo se sublevaba en sus entrañas. No podía dejar morir a un hombre en manos de aquella aberración. Intentó de nuevo ponerse de pie, aferrándose a la maquinaria, y, entonces, un golpe de mar sacudió violentamente toda la embarcación.
Rodaron perdidos en el tiempo, en un absurdo de pesadilla sin principio ni final. ¿Se estaban yendo a pique? En un momento dado, las luces parecieron vencer las sombras y Manana acertó a ver que el combate proseguía ajeno a sus tribulaciones.
El hombre de las sombras, aprovechando su superior agilidad, había retomado la iniciativa. Mantenía la distancia y, con golpes certeros, sin buscar la victoria inmediata, hacía retroceder al espectro. El piloto adivinó varias heridas sangrantes en el nipón, pero éste parecía no darles importancia. Quizá fuera el momento, se dijo, para pensar en su propio pellejo. Su pie, providencialmente, chocó contra su pistola. Su rostro se iluminó. Bravo.
Se agachó a coger el arma, pronto a poner punto final al enfrentamiento, pero antes de que sus dedos la atraparan, una cuchilla le atravesó el antebrazo. Sus gritos se mezclaron con los informes sonidos de objetos retumbando que un nuevo golpe de mar arrancó a la sala de máquinas. Cuando volvió a abrir los ojos, Manana se encontró con que el asesino había conseguido volcar sobre el espectro un pesado archivador metálico.
─Eres mío, demonio ─masculló entre dientes.
─No era a mí a quien llamaban así en el barco.
La voz venía de todas partes y a la vez de ninguna. Resonaba dentro de uno mismo, como un recuerdo robado a otra persona. Fue algo tan inquietante que tanto el piloto como el asesino se quedaron petrificados por un instante. Fue el tiempo necesario para que el disparo del revólver impactara al hombre de las sombras. El estallido de la pólvora fue como el gong que marcaba el final del combate.
“Mika”, pensó el perro del aire con un destello de esperanza mientras buscaba a la muchacha a su alrededor.
─Hola, viejo ─fue la respuesta que obtuvo.
Pero no era Mika. El circo de los horrores no había terminado. Aquella voz no había retumbado en la sala, sino en su cráneo. Como ocurriera antes con el desplante del espectro, no había sonido tras aquella contestación. Temblando de nuevo como un joven recluta en su primera misión, Manana consiguió ponerse en pie y afrontó la realidad.
Un segundo espectro, mayor que el anterior, le observaba desde el otro extremo de la sala de máquinas. Un revólver humeaba en su mano bajo la luz de una lámpara de emergencia. Su postura, caricaturizada por ese vacío que circundaba lo poco que quedaba de su cuerpo, le resultó inconfundible.
─¿O’Dowd? ─inquirió, trémulo, al aparecido.
El cráneo asintió solemnemente, quizás sólo con la torpeza propia del que estrena movimientos en el mundo.
─Pero esto es una locura ─exclamó Manana sin darse cuenta de que lloraba de nuevo.
El espectro se adelantó y le tendió el arma al veterano piloto mientras le susurraba sin palabras “sí, viejo; es una locura”.
El perro del aire tomó la pistola y la contempló unos instantes, confuso. Tenía la impresión de que su cordura se iba escapando irremisiblemente. Entonces, como un asidero en mitad de la tormenta, una idea preclara cruzó su fatigado cerebro. Respuestas. Sí, obtendría respuestas y, después, podría… hacer algo. Descansar, matar, volar, saltarse la tapa de los sesos. Lo que fuera, pero algo.
Se acercó al hombre de las sombras, quien intentaba arrastrarse a algún rincón oscuro por el que escapar, silencioso y traidor como una víbora. El balazo, no obstante, le había dejado sin movilidad en la pierna izquierda y su fuga se veía frustrada. Aquel mortal saltimbanqui sería mucho menos peligroso de ahora en adelante.
Manana le arrebató la capucha antes de empezar el interrogatorio, sabía cuán grande podía ser la impresión que causaba un disfraz, y no pensaba dejarle ninguna baza a aquel tipo; por si acaso. Entonces, antes de que pudiera salir una primera pregunta de sus labios, el piloto cambió de idea. Sin previo aviso, le dio un culatazo con el revólver en pleno rostro, saltándole varios dientes.
“Ahora”, se dijo, “veamos si soy capaz de hilvanar alguna pregunta interesante.”
Manana se sentía muy cansado. Tenía la impresión de que aquel ferry al Infierno no iba a llegar jamás a puerto. “¿Me habré muerto ya?”, pensaba sin demasiado interés. “¿Estaré delirando en algún fumadero de opio de las Costas del Norte?”
Tras él iban los dos espectros (¿O’Dowd y María?) transportando, uno de cada brazo, al maltrecho hombre de las sombras. Sus cuencas resplandecientes llenaban los pasillos de sombras todavía más siniestras, si es que aquella comitiva diabólica podía superar el propio aspecto que tenían. “Me he convertido en una especie de Barquero del Infierno y no tengo a nadie alrededor capaz de interesarse por la ironía del momento”, se decía Manana totalmente desbordado por los acontecimientos.
Tras unos buenos minutos de caminar por las oscuras entrañas del portaaviones, se detuvieron frente a una exclusa cerrada. Por fin, el perro del aire pudo decir algo en voz alta, y así romper el macabro hechizo:
─Final del trayecto, si no me equivoco ─el hombre de las sombras, que resultaba mucho menos terrible con el rostro marcado por los golpes, asintió dócilmente─. Adentro pues ─concluyó Manana con una sonrisa carente de humor.
Lo que debiera haber sido un simple almacén de repuestos perdido entre salas de máquinas aparecía, tras una breve barrera de cajas sucias y maltrechas, como una ordenada sala de comunicaciones. Extrañas radios de corto y largo alcance, armarios con armas y municiones, incluso un catre para descansar. Aquél era el cubil del demonio.
Los espectros llevaron al hombre de las sombras hasta un rincón y ahí se quedaron custodiándole. Manana hizo un pequeño registro de la sala, pero se veía desbordado por todo lo que en ella se encontraba. No entendía para qué servían algunos instrumentos ni qué contenían los archivos y documentos de los armarios.
─¿Cómo demonios pudo pasar desapercibido este sitio?
El nipón empezó a contestar pero se atragantó con algo de sangre. Cuando recuperó el aliento dijo:
─Los piratas son miserables. Pagué las miradas que pude desviar, y silencié las que eran muy persistentes, o las que creyeron que podían ejercer poder sobre mí.
─Así nació el demonio.
─Así nació el demonio ─asintió pesadamente el asesino─. Al principio usé una máscara ritual. Luego, mi mera sombra sirvió para sembrar el terror. Me hubieran acusado rápidamente por ser el extranjero, sobre todo los que conocían mi refugio, pero mi “muerte” les disuadió. ¿Quién puede temer a un muerto? ─repuso sarcásticamente.
Los espectros no reaccionaron ante el comentario. Su presencia resultaba perturbadora, más por su propio silencio que por su apariencia. Era como estar con dos muñecos a los que, en nuestra locura, hubiéramos dado atributos humanos. Verles ahí, parados en mitad de la cabina, afectaba extrañamente al estado de ánimo del nipón y de Manana. Era como si la lógica de las cosas se hubiera roto, como si nada tuviera la misma importancia que antes.
─¿Por qué? ─suspiró Manana.
─Por la gloria del Emperador.
Manana sacudió la cabeza como si no entendiera la respuesta. Al final, reformuló la pregunta.
─¿Por qué el Emperador se interesaría por este portaaviones perdido en mitad del océano?
El hombre de las sombras esbozó una mueca orgullosa que se traslució bajo la capa de sangre y derrota.
─El Emperador todo lo sabe porque sus hijos le servimos fielmente. Él conoce los proyectos de la metrópolis, las investigaciones de sus hombres santos. Él sabe por qué el viejo capitán Manana fue a una de las ciudades olvidadas a buscar un libro. Y también sabía, en su inmensa sabiduría, a dónde iría a buscar refugio cuando la metrópolis le persiguiera. Porque el Emperador sabía que sería perseguido, y sabía qué carga transportaba su aeronave, incluso si el propio capitán Manana no lo sabía.
El piloto amartilló su revólver, loco de furia. Aquel tono de suficiencia le estaba sacando de sus casillas, pero tampoco sabía muy bien por qué. Pensó en preguntar por Wudji, por su traición, por su muerte, por el por qué de todo aquello. Cuánto tiempo hacía, cómo le habían captado, qué le habían ofrecido. Pero había algo que mataba todas las palabras antes de que llegaran a la lengua, algo que le obligaba a mantenerse lejos de aquel tema. Al final, hizo la pregunta que menos esperaba hacer.
─¿Por qué me estás contando todo esto? ¿No deberías haberte suicidado con honor, en silencio y todas esas fanfarronadas de opereta de las que presumís?
El cañón del arma apuntaba directamente al rostro del asesino. Las palabras de Manana salían trémulas de su boca, pero una determinación absoluta latía bajo ellas. Apretaría el gatillo, sí, sobre todo porque tenía miedo y no sabía de qué. El hombre de las sombras adoptó una expresión seria, solemne.
─Mi honor está en servir al Emperador, no en malgastar mi humilde valor en actos inútiles. Muerto ya no podré servirle, y vosotros tampoco. ─La mano del piloto se agitó, crispada sobre el arma─. El Emperador no busca esclavizar a los espectros. No es como la metrópolis. El Emperador busca el bien de sus súbditos, y tiene un lugar para acoger a cada uno de ellos. Capitán Manana, la vida del proscrito es dura y difícil; nadie mejor que un veterano perro del aire para saberlo. La vida bajo el manto del Emperador es cálida y suave. Un buen piloto siempre tendrá cabida en el imperio. Y también habrá un hueco para ellos ─añadió señalando a los espectros─, y para los amigos del capitán Manana.
El piloto pensó en el Malayo y en Mika, a quienes consideraba bajo su responsabilidad. El maltrecho estado del hiryu y el bamboleo descontrolado del portaaviones se mezclaban con aquellos pensamientos. Súbitamente, también la imagen de su copiloto, de Wudji, se unió al torbellino de su cabeza, y, antes de que se diera cuenta, había apretado el gatillo.
El disparo resonó brutalmente en la estancia, reverberando en los oídos del piloto durante unos instantes. Cuando su eco se silenció, dejando paso a los gemidos de dolor del hombre de las sombras, cuyo hombro había destrozado del tiro, tardó en comprender de dónde venían éstos. Al final, recuperando la compostura le ordenó con voz lúgubre:
─Dame todos los documentos de las comunicaciones que has establecido. Lo quiero todo. Si quedo satisfecho, no te tiraremos por la borda.
El asesino, todavía hecho un ovillo, se acercó renqueando a una de las taquillas metálicas. En sus ojos podía leerse rencor, pero Manana sospechaba que, bajo esa capa de sentimiento, el hombre de las sombras seguía valorando los elementos que le quedaban para cumplir su misión. Tenía un brazo y una pierna inutilizados, y tres adversarios rodeándole y atentos. Con su cómplice muerto, sus posibilidades no eran muchas.
Cuando abrió el armario, dejando a la vista el detonador, Manana entendió demasiado tarde hasta qué punto aquella apreciación era certera.
─¡Banzai! ─aulló el asesino con orgullo.
Y tras despedirse con aquella loa a su adorado Emperador, pulsó el mecanismo de contacto.
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