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Terror y Supense

17-04-2008 14:43
Por: manheor

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/990848/

Relato de suspense

Scott estiró el brazo y cogió la carta del servilletero:

Met:

Nº1 Wichman´s First Class .............................................. 12.95 $

Nº2 Macougnie´s Double Steack .............................................. 11.95 $

Nº3 Darabont´s fresh guts ............................................. 7.95 $

Nº4 White’s foundee ............................................. 12.95 $

Nº5 Mulligan´s beaf ............................................ 11.95 $

terror, canibalismo, relato
Dejó de leer y golpeó la carta contra la mesa, resoplando por sus gruesos labios como un jamelgo apaleado. “¿Por qué coño ahora un simple bistec tenía que llevar nombre y apellidos?” se preguntó Scott, aunque ya sabía la respuesta a la pregunta.

La respuesta era que el nombre del bistec no importaba un jodido carajo en la mente cansada de Scott Camber; era el menor de una larga lista de jodiendas que llegaban de aquí al puto séptimo círculo del infierno. Scott torció los labios en una sonrisa boba imaginando al diablo, recortados sus cuernos como una hoz oscura entre mefíticos vapores y tormentas de ceniza ardiente, protestando por la cantidad de mierda escrita en aquella interminable lista de quejas. “Bueno, son algo más que quejas” pensó Scott, mientras chasqueaba los dedos para atraer la atención de la guapa camarera a la que le había echado un ojo nada más llegar al local. El trasero de las universitarias era el sueño de todo cerdo cincuentón, y Scott era un cerdo cincuentón. Y, sinceramente, no le importaba un carajo.

Lo que si le importaba a Scott era Bud White, Bud “Palo de escoba”, como le llamaba cariñosamente Scott. Sonrió, a pesar de su tristeza, mientras la camarera giraba hacia las mesas del fondo, alejándose de la figura rechoncha que chasqueaba los dedos. Scott maldijo en silencio y siguió pensando en Bud “Palo de escoba”. Al bueno de Buddy nunca le había gustado un pelo el mote, y su alargada silueta se ponía tan tiesa como si un médico cabrón le estuviera hurgando en el recto cada vez que Scott le mentaba el apodo. Los médicos cabrones habían sido el problema de Budd, en opinión de Scott. Ellos y la gran C.

Por fin, la camarera se dio por aludida y se acercó a la mesa de Scott, con una falsa y radiante sonrisa curvando dos labios negros sobre un óvalo pálido, el cuarto menguante de un cielo en negativo. “Dios, cómo odio estas chorradas de Halloween.” Pensó Scott, sin dejar de admirar el apretado busto bajo la blusa negra. La observada apoyó la cargada bandeja y sacó su libretita de un bolsillo de la pechera. Un bordado sobre el bolsillo rezaba en hilo rojo: “The last meater, Restaurant” “Un chiste malísimo” pensó Scott, “Si es que es un chiste.”

—Desea algo, señor, en esta noche de muerte, sangre y tragedia —entonó la camarera con un tonillo siniestro que a Scott le sonó tan bien como uñas rasgando pizarra—. Un alma joven, ¿tal vez?

—Mejor una Coca Cola —contestó Scott, y no pudo evitar arrugar su gordo rostro en una sonrisa porcina que de seguro le hacía parecer un violador— y un Nº4 para acompañarlo.

—Sus deseos le serán concedidos —dijo la camarera, inclinándose ligeramente mientras anotaba en su libreta el pedido y dejaba entrever su generoso escote. “¡Bingo para esos dos deseos!” celebró Scott, sin importarle mucho si estaba siendo demasiado indiscreto—. En nada volveremos con ello del Tártaro, amado huésped, aguárdenos con calma mientras nuestras tres hermanas cardan el hilo y avivan el fuego.

La camarera recogió la bandeja, dejó un cestillo de mimbre con unos panecillos tostados y se marchó, contoneando las caderas de modo nada improvisado, aunque sí bastante torpe. “Bueno, a fin de cuentas sabían que venía” pensó Scott. “Y nunca viene mal hacer un poco la pelota. Además, con un viejo verde como yo, un buen culo meneándose y ya tienen los cinco tenedores y veinte cacerolas”. La camarera se perdió entre en un mar de manos levantadas y rostros impacientes.

“El jodido cáncer, sí,” pensó Budd, mientras se ajustaba la servilleta sobre las piernas. “El jodido cáncer se nos llevará a todos, es el hombre del saco de nuestro siglo.” De momento, el hombre del saco había llamado a la puerta de Bud White Stevenson, la noche anterior, sobre las tres de la madrugada, llevándose cautivo un rostro arrugado de labios finos, cabello blanquísimo y ojos azules que Scott no volvería a ver jamás. Buddy, el que le había enseñado a distinguir un pepino de un tomate cuando Scott apenas llegaba a fin de mes escribiendo una horrible columna en un periodicucho de New Hampshire. Buddy que lo había llevado por todo el mundo, le había conseguido la entrevista con “First Flavour” y consiguió que la casualidad enlazara a Scott con Miranda; Mindy, su esposa. Y hacía cinco años que Scott no se había pasado a ver a su mentor. “Cinco jodidos años” pensó Scott, mientras cogía un panecillo de la cesta y arrancaba un pedazo con un chasquido seco, como el crujido de una ramita bajo el pie, o de un hueso carcomido. Sus dedos comenzaron a juguetear con la corteza inconscientemente. “Cinco jodidos años...”. Durante su última visita, un Buddy que ya era más perchero que hombre, sumergido en unos pantalones que más parecían las velas de un barco sobre los despojos de un naufragio, le confesó lo mal que estaban las cosas. “Me sabe todo a tabaco, Scotty” le había dicho Buddy cinco años atrás. “Y eso que nunca he fumado”.

“El pobre Bud”, los dedos de Scotty arrancaban ahora diminutas escamas crujientes. “¿Qué jodienda hay más grande que un crítico de cocina con un cáncer de estómago? Joder, si hasta parece un chiste.” Pero no lo era, no lo era en absoluto y aquel reflejo convexo de Bud White Stevenson alias “Palo de escoba” había soportado cinco años de suplicio. “Cinco jodidos años”, se repitió Scott, en una letanía torturada. “Cinco jodidos años...”

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Pero él no podía hacer nada. Los continuos viajes, los niños que ya no eran tan niños pero seguían quitando tiempo, Mindy y sus fines de semana en los que ella no era jefa sino sólo esposa y él seguía siendo Scotty, el gordo simpático, no le habían dejado tiempo para visitar a su viejo amigo. Honestamente, habían sido la excusa perfecta.

Budd no soportaba la enfermedad, le hacía sudar las palmas y el trasero. ¿Acercarse por el hospital?, a regañadientes y con al menos seis enfermeras meneando, “Oh, ninfas salaces de la cruz roja”, el trasero como bienvenida ¿Pero, cáncer? “Oh, no, ni hablar.” Eso no era para Budd. No quería ni oír hablar del tema. Aun así, enterarse de que su mentor había muerto por una esquela en el Chicago Inquirer... Los muy cabrones no le habían escrito más que una triste columna en el editorial, le parecía bastante triste. E injusto.

Scott volvió al asiento del “Last Meater”, sintiéndose como el hombre cavernario de platón: “Y lo primero que observó fue su sombra, proyectada sobre la arcada de su cueva y...” Y un mar de miguitas marrones y blancas tupían el tablero de la mesa. Scott se sonrojó, lanzó fugaces miradas de roedor a las mesas de alrededor y extendió el canto de la mano sobre el montecito, llevándolo hasta el borde de la mesa y dejándolo caer. “El crimen perfecto...”

—Mamá, ese hombre tiene nieve marrón en los zapatos.

Un dedo acusador y diminuto apuntaba a los pies de Scott. Una querubina de hermosos ojos azules y trenzas doradas señalaba insistentemente a los pies de Scott, mientras su joven madre —“solterona... seguro que es una solterona”— lo miraba como Scott miraba comer a los cerdos en la granja de su Tío Wilkins: arrugando la nariz.

Scott apartó a un lado el cesto de mimbre, se acercó rápidamente el servilletero, sin dejar de sudar y sonrojarse, el corredor de maratón más gordo del mundo, y tiró con fuerza del papel, ocultando con sus gordos pulgares el “bienvenido” de “bienvenido por su visita”. El servilletero osciló y se volcó. La pimienta y el salero comenzaron a rodar en paralelo, dos corredores rivales en una carrera suicida. El salero llevaba la delantera pero se topó con el cesto de mimbre que Scott había apartado peligrosamente cerca del borde. El toque de gracia fue sutil. El salero se detuvo y el cesto vibró, como un barco golpeado por una ola especialmente fuerte, se mantuvo un instante en equilibrio y cayó, desparramando los panecillos al vacío. El frasco de pimienta se partió en mil pedazos justo cuando el último panecillo besaba el linóleo. Buddy se quedó muy quieto, observando la montañita negruzca, —“parecía pólvora”— y los panecillos perlados de esquirlas de cristal dispuestos a su alrededor, como un complicado jeroglífico indescifrable.

—Mami —dijo la querubina de las trenzas de oro— ahora hay nieve negra al lado del gordo.

Scott se preguntó cuál sería la pena en ese estado por estrangular a una tierna infante de seis años con sus trenzas. Calculó que no merecía la pena. La camarera de labios negros y culo en su punto regresó como impulsada como un resorte, empuñando una escoba y un recogedor. “Ahora sí que corres, maldita zorr...”.

—Parece que hemos tenido un pequeño accidente —masculló con un agudo e involuntario gañido en la última i.

—Mami, el gordo habla como un ratoncito.

Se escucharon varias risas sofocadas a su alrededor. Las mejillas de Scott estaban al rojo vivo. “Me podrían freír un huevo en ellas”, pensó Scott. “O una niña...” Trató de serenarse y de recuperar la dignidad. Consiguió esbozar una sonrisa de tiburón a la niña y la estrecha de su madre y, volviéndose hacia la guapa camarera, se encogió de hombros.

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—Se ve que hoy no es mi día —dijo Buddy.

—Debe de ser por Halloween. Se ve que a los poltergeist no le van los gordos.

El restaurante entero pareció estallar en una carcajada atronadora, una estampida incontrolable de jadeos y resuellos entrecortados; incluso la joven camarera se llevaba una de las manos a los labios mientras sus hombros subían y bajaban en ligeros espasmos. Buddy se quedó con la boca abierta, mirando hacia el joven malencarado y chulesco, con un tupé y unas patillas a lo Elvis —un Elvis zombie, a juzgar por las pinceladas negras bajo los ojos—, que se apoyaba sobre el cabezal de su asiento como un Easy rider de pacotilla. El momento pasó como todos los momentos malos: despacio. Las cabezas se menearon, sonriéndose, resonaron unas risitas a destiempo, de esas que suelen cerrar los chistes y, pasada la diversión, los patricios volvieron a su yantar.

El esclavo gordo contempló cómo la camarera lo miraba con ojos de cordero degollado —aunque Scott, sólo tenía ojos para las dos huellas que emborronaban su maquillaje en retales caoba— y parecía intentar encontrar la disculpa adecuada, la palabra mágica que ordenara el revoltijo caótico en un suspiro. Meneó la cabeza, recogió con destreza los restos del naufragio y se dio la vuelta rápidamente, perdiéndose en los vapores que emanaban de la cocina. “Vuelta al averno...” pensó Scott, todavía demasiado anonadado como para reflexionar con claridad.

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“Rayos y centellas” diría el capitán Haddock de ese estúpido cómic francés que el estúpido de Pierre, el novio de su hija, se empeñaba en regalarle a Nattie, SU nieta —que el fuera el padre era circunstancial—. “Sí. Rayos y centellas” pensó Scott, “o mecagoenlaputamadrequeosparió”. Menudo día.

Pensó que era el epitafio maestro de Mindy, la última nota de una amarga cantinela que ya duraba dos semanas. Y, para empeorar las cosas, todo había sido culpa suya. Dos copas de más, no cerrar la boca a tiempo —“Por la boca muere el pez”, pensó Budd. “Y mira que papá no se cansaba de decírmelo”— y soltar la ropa tendida con los invitados menos indicados y en el momento que suena el gong de la inoportunidad. Había metido la pata, sí, bien metida.

Pero Mindy se la había devuelto, vaya si se la había devuelto. Repóker de ases, señores, K.O. en el primer asalto para la Dama de Hierro a este lado del gran charco. Los últimos catorce días Scott había recorrido veinticinco estados, de Este a Oeste y vuelta a empezar, frecuentando los establecimientos más odiados por el crítico de cabecera de “First Flavour” —algunos aún seguían diciendo que por acostarse con la jefa—: los locales familiares. Ruidosos, grasientos, inflados de colesterol, hormonas, camareras desagradables y clientes chistosos. Como el gilipollas de las patillas y las ojeras, por ejemplo.

Además, la frialdad cortante de las escasas frases intercambiadas con su esposa a lo largo de aquella odisea habían encogido el corazón de Scott, como si un puño gélido lo estrujara con sus dedos fríos de cantos duros. “La gran C más la gran D” pensó Budd, “igual a la gran M”. Pues sí, menuda mierda.

La niñita aún lanzaba miradas indiscretas hacia Budd, inflando los carrillos como dos grandes globos pálidos o sacando su lengua rosada y plegándola como la vela carnosa de un barco perdido en una enorme cueva. La madre seguía engullendo los tallarines con queso y carne, sin molestarse siquiera en dirigir una leve reprimenda a aquel pequeño monstruo de coletas. Scott alejó sus pensamientos psicópatas de la infante y pasó revista, por enésima vez, a la horrible decoración del local.

Pequeñas lamparitas de plástico anaranjado con forma de calabaza iluminaban cada mesa sobre un mantel tupido calaveras blancas y negras; pálidos esqueletos fluorescentes reposaban sobre los anaqueles, con sus huesudos dedos prendiendo botellas de vino como alcohólicos con varios siglos de abstinencia; fotogramas de las escenas más salvajes y desagradables que el cine ochenteno pudo concebir, potros de tortura y tajos ensangrentados adornando cada esquina y lo peor de todo, coronas de gladiolos y mesas plegables con forma de ataúd.

Scott levantó la vista del panorama y miró hacia el techo. “No hay salida, señor Bond”. Un gran póster colgaba justo sobre la mesa de Scott, oscilando sobre sí mismo por las ráfagas de los ventiladores como un ahorcado que se hubiera dejado las ventana abiertas un día de ventolera. En él una vieja vestida con camisón rosado arrancaba su rostro en dos jirones sangrientos, dejando asomar el cráneo entre la carne como la sorpresa de un macabro huevo de pascua. Bajo la imagen, escrito con grandes letras rojas que parecían desparramarse como un manchón de sangre arterial, un título rezaba: “Braindead: Tu madre se ha comido a mi perro”.

Scott sintió una oleada de naúsea ante semejante expresión del mal gusto, oleada que amenazó con convertirse en temporal y arruinarle la comida antes del primer bocado al mirar cómo engullía un jovenzuelo obeso de ojos de ratón y pelo grasiento de color pajizo. Costras de tomate le caían por el rostro mientras roía los huesos de un costillar, sorbiendo con sus gruesos labios la salsa que la embadurnaba. Parecía un zombie de Serie Z devorando a la joven díscola de turno, tetuda y con gruesos labios de silicona.

Meneó la cabeza, tratando de sacudirse la desagradable imagen como quien sacude el polvo de un mueble viejo, y se concentró en recordar la información sobre el “Last Meater”, información que se había bajado de Internet la noche anterior, cansado de menearse como un flan grasiento en el colchón de agua que, según los folletos del hotel, era “La culminación del descanso”. Scott le había indicado al manager del hotel dónde podía meterse su culminación y su descanso.

El Last Meater era, como todos los establecimientos que conseguían conectar con el frenesí comercial y el gusto hortera del público mayoritario, un éxito rotundo y el macabro servicio que prestó en el pasado el solar sobre el que se había edificado aquel enorme restaurante sólo ayudaban a que las ganancias subieran de semana en semana.

Scott nunca había sido muy aficionado a ese furor tan de su país por lo paranormal. Lo más paranormal que estaba dispuesto (y obligado) a tolerar era perder las llaves de su Volvo una vez cada seis meses; como un reloj. Pero la macabra retahíla de barbaridades y rumores sanguinarios que se cernían sobre el más antiguo de los “establecimientos” al sur de Bedford Park sobrepasaban lo que Scott podía aguantar. Qué coño, se pasaba tres estaciones de su parada.

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El primero de los clientes en poblar Bachelor Groove fue acogido en 1828. Su nombre Norman Batchelder, figuraba grabado en abigarrados caracteres sobre la fría losa de piedra. Como epitafio, alguien había grabado con caracteres irregulares: “Púdrete con tus hermanos, bastardo”. Desplazándose por el menú con una lentitud bobina y un creciente e incómodo cosquilleo justo antes de donde la espalda pierde su honesto nombre, Scott navegó por www.bachelorsgrove.com sintiéndose cada vez más absurdamente alarmado e inquieto y lanzado furtivas miradas por el rabillo del hombro hacia los bloques sólidos y oscuros con que la luz de la pantalla sumergía las esquinas de su cuarto.

Saqueos de tumbas, ritos satánicos y dos luces —una roja y una azul— que titileaban noche tras noche entre las ramas de los abetos; coches fantasma cruzando la pista que llevaba al enrejado, una espectacular batida —tras un pandemónium de chillidos la noche de Walpurgis de 1914— en la que se rumoreaba habían fallecido cuarenta y siete cristianos y al menos seis “entes indefindos” y el anunciado exilio de muchas de las lápidas durante la década de los cuarenta, por parte de unos familiares temerosos de que los cuerpos de sus ancestros fueran violentados aún después de la muerte, no eran la mejor de las recetas para doblegar el insomnio que “La culminación del descanso” le había provocado al bueno de Scott.

Y ahora, a uno de esos genios del marketing más chabacano se le había ocurrido comprar la inmensa extensión del antiguo cementerio, conservando y restaurando muchas de las tumbas originales, y alzar un no menos inmenso restaurante dirigido al público más corriente y —al menos eso pensaba Scott para sus adentros, apunto ya de arrojarle el tenedor a la jodida niña de las trenzas— vulgar.

Para vergüenza de su especie, la iniciativa había sido un éxito colosal, gracias, en gran medida, a una agresiva y, todo había que reconocerlo, brillante campaña televisiva. Durante un mes se habían proyectado testimonios de personas ya muertas que anunciaban su regreso del más allá. Cada semana el aspecto y ropajes del confesante correspondía con una época histórica distinta y se revelaban nuevos datos sobre la clave que ligaba a todos los terribles testimonios que los cadáveres vivientes confesaban, sentados sobre su lápida, a una implacable cámara en plano fijo. Scott recordaba con especial horror el testimonio de un niño de seis años que confesaba, con una sutileza en el libreto que lo hacía aun más terrible, cómo su padre los había encerrado a ella y a su hermana en un pozo para después arrojarles un cubo lleno de ratas y serpientes. El negocio marchaba tan bien que ya se hablaba de una nueva cadena de restaurantes en América instalados en los numerosos cementerios abandonados que poblaban el país. “Desde luego los yanquis” pensó Scott, “sabemos de qué pie cojeamos y cómo aprovecharnos de ello”.

La camarera volvió a emerger de entre los vapores de la cocina —Scott apostaba seis días más de suplicio a que tenían una máquina de humo detrás de las puertas correderas—, con una bandeja cubierta por un cubreplatos de metal que centelleaba en visos dorados. Scott observó cómo se acercaba, una jugadora de rugby internándose en campo contrario para anotar, o un mensajero recorriendo las trincheras francesas mientras desde el cielo llovían las bombas.

Antes de derrumbarse sobre la mesa de Scott, con el rostro húmedo y el pelo desmadejado como un estropajo a punto de pedir la jubilación, su joven heroína había esquivado las migas de pan que un chavalín rubito le lanzaba desde su pajita, un ovito con cerbatana disparando a una Indiana Jones desentrenada; resbalado dos veces, a punto de descalabrase, con sendos charcos burbujeantes de coca cola y recibido seis pellizcos, cuatro en la nalga derecha y dos en la izquierda, de los adolescentes hiperhormonados que la observaban como Scott imaginaba que los leones observaban a los antílopes antes de echar a correr: salivando. Scott respondió a su hazaña con una sonrisa de comprensión que le fue devuelta con un guiño de propina y bajó los ojos hacia el gran iglú inoxidable con curiosidad, tras indicarle a la joven que no necesitaba nada más.

El relieve de una calavera le sonreía sobre la superficie cromada, con un asidero oblongo que le recordó a Scott el mango de un cuchillo de cocina, de hecho, parecía diseñado para dar esa impresión. Arrugando el entrecejo y resoplando con desdén, pero recordando a la vez las palabras de su fallecido mentor para estas ocasiones —Bud siempre decía: “el buen crítico nunca escribe la primera línea antes de haber engullido el último bocado”—, descartó sus resquemores como quien espanta a una mosca zumbona, cerró su mano sobre el asidero y comenzó a alzar el acampanado cubreplatos.

Una vaharada caliente le hizo lagrimear mientras agitaba las manos como abanicos de morcillas, tratando de despejarla. Un olor acre fuertemente especiado—podía identificar el curry y la pimienta pero había otros tres olores que se le escapaban y eso fue la primera de las sorpresas— invadió sus fosas nasales como un motín invisible. “Delicioso” reconoció Bud, muy sorprendido. “Un olor delicioso. Me pregunto sí...”

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Su visión se aclaró y pudo contemplar, entre las espirales vaporosas, ahora más tenues, cómo lucía la obra. “Segunda sorpresa” y los labios de Scott se entreabieron, mientras su boca se llenaba de saliva, como la taza de un urinario después de tirar de la cadena.

El plato era una delicada composición, equilibrada tanto en las formas como en el cromatismo, sin caer en el artificio pero sin pecar de austero. Dos pequeños montoncitos de guisantes ocupaban el centro, pirámides esmeralda en un desierto liso y nacarado; a su alrededor, una triple corona de verduras en tempura —remolacha, coles de Bruselas y medallones de berenjena— ceñía los dos monolitos verdosos como la cola de un vestido hecho al corte. Para finalizar la función, patatas doradas cortadas en gruesas obleas como doblones de oro y un montoncito de taquitos de cebolla confitada reforzaban la guarnición. Las damas de honor del desfile, seis tiras finas de una carne rojísima y sin apenas más grasa que una saludable y finísima veta de un blanco untuoso, encuadraban el plato como el marco perfecto. Scott parpadeó, anonadado. Desde luego no era lo que se esperaba y la agitación no le había permitido más que echar un vistazo a los platos de sus convecinos que en su mayoría optaban por la consabida hamburguesa y el pollo frito. Pero aquello...

Se puso la servilleta sobre el regazo, tomó el tenedor y el cuchillo con movimientos pausados y reverentes y se dispuso a cortar un trozo de aquella carne incendiada. La hoja se deslizó con una suavidad exquisita, como una mariposa posándose sobre los pétalos de una flor, antes de libarla; Scott trinchó uno de aquellos doblones dorados para acompañar la fina tira de carne y, sin vacilar, se llevó, con gesto experto de virtuoso, el bocado a la boca. Cerró los ojos y comenzó a masticar, deslizando la lengua entre sus dientes, ávida de perderse en el placer de los sabores.

La mona no se había vestido de seda; no era mona, siquiera. Aquello era extraordinario. Extraordinario...

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Dos horas después, contento, aunque todavía algo inquieto por la extrañeza de su reciente encuentro, Scott caminaba hacia el aparcamiento de asfalto, sus pies levantando las piedrecillas blancas que tupían el camino hacia la entrada ya cerrada. “Un tipo peculiar, sí señor.” Se dijo para sí, mientras apuntaba con su mando hacia el único vehículo que quedaba en el aparcamiento. Las luces le guiñaron sus ojos cuadrados y amarillos con un doble pitido. “Aunque, que me parta un rayo si no es un genio con los fogones”.

Scott había insistido en felicitar en persona al cheff por lo excelente del plato y le había extrañado la fugaz mirada opaca, una mirada de depredador, alerta, que cruzó, por un instante, los ojos de la hasta entonces risueña y guapa camarera que lo había atendido, la única que quedaba en el restaurante después de que, pasada la medianoche, hubieran cerrado sus puertas. Pero Scott no le había dado mayor importancia y se había sentado a esperar en el vestíbulo, reposando sobre un incómodo banco anguloso que parecía salido de una película de Tim Burton.

Al fin, una hora más tarde, la camarera, con la cara ya limpia y más hermosa que nunca —sus ojos eran de un azul agrisado con pequeñas pecas marrones— le hizo un gesto con el índice desde el umbral de la entrada. Scott se levantó y la siguió al exterior, preguntándose por qué no había salido por la puerta principal y por qué no bajaban a la cocina.

Mientras abría la portezuela de su vehículo y aposentaba sus enormes nalgas en el asiento del conductor de su Volvo —“No podía ser otro” pensó, divertido—, Scott se preguntó si realmente había examinado lo extraño que había sido aquel encuentro. Se pasó uno mano por los labios y comenzó a tamborilear el índice sobre la mejilla, un pájaro carpintero tratando de penetrar un tronco grueso y gastado. “Realmente, ¿se lo había preguntado?”

Las suelas de sus mocasines crujían sobre la hojarasca, un crepitante sonido que le recordó las patatas cortadas como doblones de oro; sus dientes masticando, gigantescos glaciares blancos, un cielo dorado y delicioso. Se pasó la mano por la mandíbula, limpiándose el hilillo de saliva que se le escapaba por la comisura de los labios y apretó el paso para seguir a la guapa jovencita, alejándose del restaurante para internarse en la espesura de cipreses que salpicaban la colina del cementerio.

La camarera sujetaba un quinqué de latón en una mano, y Scott no pudo menos que sonreír al imaginarse, sentado sobre el mullido asiento de su utilitario, la estampa discordantemente victoriana que debían formar a ojos ajenos. Una joven sexy aunque demasiado delgada, vestida con unos shorts incongruentes con su camisa sedosa de mangas abullonadas y un gordo embutido en un gabán algo gastado que bien pudiera ser la tripa de un cerdo gigantesco cubriendo una morcilla descomunal; sólo faltaba un niebla verdosa y un chepudo de ojos saltones, pero el día estaba despejado y Notre Damme al otro lado del gran charco. Scott recordaba que la luna había emergido, en cuarto menguante, de entre las nubes, una hoz nocturna iluminando las piedras y el enrejado de la construcción ante la que se habían detenido.

El inmueble en cuestión era un enorme mausoleo de piedra blanca que a la luz tenue de la luna lucía azulada. Un óvalo de luz arrancó reflejos dorados de la celosía metálica cuando la joven se cambió de mano el quinqué para destrabar el cerrojo y Scott pudo vislumbrar una palabra entre los barrotes metálicos: Batchelder. La palabra le decía algo, pero era ese algo que se pega a la lengua sin querer salir o a la punta del lápiz el día del examen; lo dejó correr. Scott y su improvisada guía penetraron en el panteón y un olor aséptico y frío, a hospital, los recibió como un roce de dedos vendados y muertos.

Hasta ese momento Scott se encontraba relativamente sorprendido. Sabía que un negocio como aquél fiaba su éxito a la apariencia, así que conducir al sorprendido crítico culinario, sabiendo que éste había disfrutado sobremanera la comida, a través del bosque en mitad de la noche para acabar en una enorme tumba no le parecía del todo inusual. Lo que sí le molestaba, como si un grillo estuviera de excursión bajo sus calzones, era la sensación de ordenada austeridad de la estancia.

Unas luz fluorescente, —“de hospital” pensó de nuevo Scott, inquieto sin saber por qué— iluminaba el interior del sepulcro, iluminando con su resplandor crudo la macabra sillería que componía techado, paredes y pavimento. Lápidas, tumbas, nombres y años inscritos sobre la piedra. Algo intimidado, Scott miró hacia la camarera, que sonreía con una tirantez un poco alarmante, con su hermosa piel morena luciendo anaranjada por la llama del quinqué.

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—Ahora es cuando usted saca el cuchillo y el doctor Eichman prepara los alambiques —Bromeó Scott, pero su voz tembló tres veces en una docena de palabras.

La camarera dejó de sonreír y sus mandíbulas se apretaron con tanta fuerza que el fulgor anaranjado dibujó sombras planas sobre su rostro, como cicatrices tenebrosas. El quinqué cayó al suelo y sus botines Nike crema lo mandaron rodando de un puntapié hasta los mocasines congelados de Scott.

—No, no me hace falta ningún doctor Eichman —y levantó unas manos de uñas largas y postizas, “uñas de putón”, pensó Scott, con una lentitud bovina—. Me basto con mis amigas...

Los testículos de Scott se encogieron de nueces a cacahuetes y luego a pistachos pero ni siquiera así pasarían por su esfínter. El crítico del First Flavour que aún no había arrancado su vehículo, sacudió la cabeza y resopló, “la verdad, la jodida me hizo cagarme de miedo”.

La camarera había estallado en carcajadas instantes después de lanzarle el quinqué a Scott, justo cuando éste pensaba que una fea mancha oscura en sus pantalones iba a ser su regalo de despedida al mundo antes de abandonarlo de una muerte brutal. Scott comenzó a reírse tambien, al principio moderadamente, pero luego con desternillantes y agudísimas carcajadas, que acabaron por ser histéricas. Se apoyó sobre las lápidas antes de poder continuar, con una opresión tras sus costillas que parecían llenas de un plomo espeso, cada vez más sólido y pesado. Su visión dejó de ser fiable y la figura que se acercaba corriendo hacia él se multiplicó. La oscuridad lo emborronó todo con un brochazo de pintura negra.

—Despierte, por dios, despierte.

La voz le había llegado desde un pozo infinito, un pozo cálido y cómodo. “Déjame dormir mamá, no ves que es Domingo, a Angus Dickney le dejan dormir hasta las...”

—¡DESPIERTE!

Y se despertó.

La muchacha estaba blanca como la cera y sus ojillos eran los de un cervatillo asustado, o los de un chaval que no sabía qué podía pasar si se le ponía un trapo al tubo de escape. Una leve pátina de sangre brillante le enrojecía los labios.

—Estoy bien mujer, estoy bien. Pero... —Scott pensó que ahora debería enfadarse, y mucho. Por alguna razón no pudo hacerlo—. Pero no es la forma de ganarse al jurado gordo para la votación.

No fue un gran chiste, los chistes siempre habían sido especialidad de Syd el capullo escultor pop que tenía como hermano, pero la camarera lo acogió como si fuera lo más gracioso desde que Osgod le dijera a Daphne: “Bien, nadie es perfecto”.

El resto de la visita había transcurrido sin incidencias. Bajaron por la trampilla, descendieron los peldaños de una escalera bastante más austera y vulgar de lo que Scott esperaba y se detuvieron frente a una puerta metálica con cerrojo de seguridad que se encontraba entreabierta. La camarera la empujó y Scott pudo contemplar el almacén de la carne y, en el centro, flanqueado por los inmensos costillares trinchados y envueltos en plástico como trajes secos en una lavandería, al chef del restaurante: Norman Batchelder.

La conversación fue menos fructífera de lo esperable. El tal Norman era un tipo listo, culto y vivaz, pero extraordinariamente reservado; no quería dar ni la “a” de su abecedario. Pero había algo en sus gestos medidos, en su aquilino rostro de rasgos angulosos y en aquella mirada fría y azulada que resultaba tremendamente irresistible y atrayente, un magnetismo irresistible incluso para el escéptico crítico del “First Flavour”.

Una de sus frases yacía en el bolsillo trasero de los vaqueros de Scott, garabateada con prisa sobre su cuaderno de anotaciones: “La cocina es más escultura que pintura, más poesía que narrativa, más inventiva que tecnicismo. Y, como sucede con el mar, sus horizontes son infinitos”. “Un tipo, listo” Pensó el Scott del presente, que ya giraba la llave del contacto. “Y leído”.

Abandonaba ya la ciudad, recorriendo la carretera inhóspita y vacía a esas horas de la madrugada cuando un detalle del extraño diálogo atravesó sus neuronas en un ramalazo fugaz, como un sonido blanco. El tal Norman había dicho que tuvieron problemas con los suministros, que se le habían acabado las existencias acumuladas, pero que había encontrado nuevas fuentes de las que nutrirse; y había esbozado una sonrisa tan cruel que Scott, rodeado de toda aquella carne muerta y en compañía de aquel extraño individuo, no pudo reprimir un escalofrío. ¿Qué había querido decir...?

Detuvo el vehículo bruscamente y un estruendo de papeles volcados resonó en el lado del copiloto. Scott miró hacia el felpudo y tomó el periódico desmadejado que reposaba sobre él, todavía ajeno a los motivos que lo habían llevado a parar y a sentirse tan incómodo. “Era algo en su cabeza, algo que no casaba, algo...”

Abrió las páginas centrales y buscó la esquela de su amigo Budd, persiguiendo la inspiración que siempre emanaban aquellos amables ojos azules. Pero sus ojos parecieron tomar las riendas, ajenas a su voluntad, y se pasearon por el resto de las esquelas, como si aquellos nombres contuvieran la respuesta de un jeroglífico en apariencia inexplicable.

Joanha Wichman, Lucie Macougnie, Dave Darabont, Robert Mulligan el gran Buddy White, alias “Palo de escoba”, nombres, huellas en trazos impresos de vidas que sólo eran polvo; y cenizas, en algunos casos. Allí no había nad...

terror, canibalismo, relato
Y entonces lo golpeó, un tren de mercancías que había estado pitando desde hacía dos estaciones. Pero Scott seguía inmóvil sobre la vía, sin avanzar, congelado como un maniquí al que le hubieran cortado los hilos.

Recordó el color verde del cartón, el plástico transparente que lo cubría e incluso los precios impresos en tipología Courier New: 12.95, 11.95, 7.95... Y los números del plato con sus nombres:

Nº1 Wichman´s First Class
Nº2 Macougnie´s Double Steack
Nº3 Darabont´s fresh guts
Nº4 White’s foundee
Nº5 Mulligan´s beaf

Nº4 White´s foundee. Nº4 White´s... Su plato. Pensó entonces en todos los clientes del local, todas aquellas caras granujientas arrancando a grandes mordiscos la carne de los huesos, todas aquellas madres remilgadas sorbiendo la carne de sus macarrones con queso, todos los rostros infantiles, manchados por costras de tomate que parecían sangre seca... Y llevó su pensamiento aún más lejos, a todos los cadáveres putrefactos de carne pútrida, infestada de gruesos gusanos, que dormían bajo cada estado de su país, en todos los nuevos restaurantes alzados sobre las colinas repletas de lápidas, buitres de hormigón y cristal sobre un coliseo repleto de gladiadores y esclavos pudriéndose al sol.

Y pensó en los ojos azules de Bud White, Buddy “Palo de Escoba”, y con este pensamiento, la locura lo envolvió en su bruma roja.

Y comenzó a gritar...

 

El hombre divergente
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Precio: 9,50 €
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