Espíritus náufragos III


Relatos de Ciencia Ficción

13-05-2008 19:38
Por: Destripacuentos

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/991519/

La ubicación es vital en el desarrollo de todo proceso social. El marco para las actividades debe ser cuidadosamente elegido para que el escenario cumpla con los requisitos adecuados de confort y solidez. Una ubicación mal elegida puede comprometer la actividad en desarrollo. Las ubicaciones mal elegidas no se pueden tolerar.


ciencia ficción, distopia
Iván y María se dedicaron mutuas miradas de corderos degollados antes de contestar al unísono:

-¡Qué te follen!

-Matar un perro.

-¿¡Cómo que matar un perro!? -estalló María como si se le llevasen mil demonios-. ¿¡Pero qué especie de gilipolleces...!?

El estruendo de un disparo detuvo su perorata. Lentamente, dejó de mirar al azorado y sudoroso Iván, que se había quedado helado con las manos medio levantadas, sujetando ridículamente el machete y la lata de alubias, y se volvió hacia la militar. Ésta mantenía su arma apuntando hacia ellos, y el cañón humeaba como una advertencia macabra.

-Ésa ha sido una respuesta muy desafortunada -declaró con deliberada lentitud. El silencio que se hizo tras sus palabras empezó a pesar como una losa. Los muchachos sudaban.

Al final, María abrió de nuevo la boca, aunque el tono estrangulado de sus palabras puso de manifiesto que no era totalmente dueño de sus actos.

-¿Y por qué? ¿Eres de la protectora de animales?

Ella sonrió como si realmente encontrara gracioso el comentario. Luego dijo:

-Porque tu amigo no ha intentado siquiera ganar tiempo antes de contestar, y eso quiere decir que lo que ha hecho es tan malo que vive veinticuatro horas con la excusa en la punta de la lengua.

Iván tragaba saliva compulsivamente. Su camisa cada vez estaba más empapada. Las fugaces miradas que le dedicaba María naufragaban una y otra vez en su rostro aterrado... insondablemente aterrado.

-¿Q-qué... qué quieres decir? -insistió María.

La soldado contuvo la respuesta unos segundos, paladeando la angustia del chico.

-Ya lo sabes: que si crees que lo que hiciste tú es malo, lo de tu amigo es cien veces peor.

-¿C-cómo? Yo no he hecho nada.

-¿Le abriste la cabeza a un negro? ¿Robaste un coche? Lo suyo es algo mucho más gordo...

-Hey, ¿de qué coño va esto? -protestó sin dejar de sondear a Iván. ¿Por qué demonios está tan callado?

-Venga, suéltalo de una vez. El gordito entrañable superará con creces tu historia...

-¿Qué historia? A mí no me han cambiado de centro por nada. Es mi padre el que tuvo que venir aquí.

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La soldado enarcó una ceja.

-¡Estoy diciendo la puta verdad!

-Su apuesta será mucho más fuerte; no sufras.

-...

-Sólo ponle palabras, chiquillo: ¿ahogaste al gato de tu hermana?

-¡¡No la metas a ella en esto!! -saltó literalmente María hacia la soldado. Ésta se limitó a alzar la pierna, de modo que su bota se incrustó en la boca del estómago del asaltante. Entre toses y gemidos, éste se desplomó en el sitio.

-Tuvo que ser algún crimen violento -repuso la militar poniéndose en pie sin perder de vista a Iván-. Asesinato, seguramente. Me pregunto qué es lo que has hecho tú, alma cándida.

El muchacho no abrió la boca. Siguió callado, conteniendo un sollozo, pero sin dejar de mirarle. Parecía un perro que tuviera miedo de una patada.

-No fue -tosió María- un asesinato. Yo -tosió de nuevo- sólo quería asustarle, alejarlo -un sollozo sustituyó las toses- de casa.

-¿Un homicido involuntario? Entonces debes estar un poco perturbado. Sino, no me lo explico -replicó la soldado con cierto retintín burlón-. ¿Y tú, hombretón? -Se volvió hacia Iván de nuevo-. ¿También hiciste pupa al vecino sin querer? ¿Machacaste a un matón de instituto por llamarte gordo?

Iván bajó la mirada, sumiéndose en sus propios recuerdos. Para su sorpresa, María salió, en cierto modo, en su defensa.

-¿Éste? Sería incapaz de matar una mosca -dijo con la voz todavía estrangulada.

-Entonces se queda sin pistola -exclamó de improviso la mujer lanzando a María su propio subfusil. El muchacho lo recibió con un contundente golpe, y quedó sorprendido por el peso. Le dio cierta sensación de seguridad, pero también mucho vértigo. ¿Era ahora que tenía que tomar el mando? La idea le resultaba lejana.-. ¿De qué podría valerle? -Escuchó decir a la militar de lejos, como en un sueño.

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Iván valoró ponerse en pie y salir corriendo, pero recordó que la soldado todavía llevaba la pistola en la cartuchera. Además, no sabía cómo iba a reaccionar María. Tenía un brillo extraño en la mirada desde que había dicho lo del ¿accidente? ¿Qué había dicho en realidad? Sintió un extraño mareo. Si su compañero se había dado cuenta de que algo no encajaba al entrar en la sala de máquinas, él estaba teniendo la misma sensación ahora con aquella conversación. No llegaba a entender por qué había empezado a acusarles de aquella manera. Estaba claro que María era un matón, pero él nunca había hecho daño a nadie. Si todo era una pesadilla, era la peor que había tenido nunca...

-Bueno, ya vale de camping -rompió sus pensamientos alegremente la soldado-. Es hora de que empecemos a hacer algo útil, así que me vais a decir cómo habéis llegado hasta aquí. Así igual encontramos la salida.

Los muchachos se dedicaron una mirada inquisitiva, como cuando un profesor pregunta algo y todos sospechan que no habrá respuesta buena. Al final, María probó fortuna, quizás por sentirse más congraciado con la mujer.

-Bueno, hemos venido siguiéndote, por el pasadizo. Creo que el gordo ya había estado aquí, pero yo es la primera vez que vengo al ala abandonada.

La soldado entrecerró los ojos con hastío y centró su mirada en el otro chico, aunque su expresión denotaba pocas esperanzas.

-Joder, no me puedo creer que seáis tan obtusos -estalló-. Tramoya. ¿No os dice nada la palabra? ¿Ya no os acordáis de la puta conversación que tuvimos en las calderas? ¿Ni del edificante intercambio de impresiones de hace un momento? -Los aludidos tragaron saliva, evidentemente incómodos-. Venga, joder, que no es tan complicado: ¿cómo cojones habéis llegado a esta puta situación?

-Y-yo, bueno, vine esta mañana al instituto...

-Cómo -le cortó bruscamente.

-¿Cómo?

-Sí, joder, cómo. ¿Saltaste en paracaidas? ¿Usaste el ascensor?

-Yo... mi padre, o mi madre, no sé, me trajeron en coche, como siempre.

-¿Cómo es ese coche?

-Grande... Blanco. No sé.

-Venga ya, gordo -intervino María-. ¿Qué tiene tu padre? ¿Un monovolumen para que quepas dentro? ¿Qué modelo tiene, joder?

-Yo... No me acuerdo.

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-¿Estás de coña?

-¡No, joder, no! ¡No me acuerdo y punto!

-Venga, venga, no seas tan duro con él -intervino la militar en un tono falsamente conciliador-. Dinos cómo viniste tú y así le damos tiempo a que reflexione.

-Yo no vine -repuso María alzando los hombros.

Iván y la soldado se le quedaron mirando claramente perplejos. Al final a ésta se le escapó una risilla nerviosa. Al primero, por el contrario, no parecía hacerle ninguna gracia la respuesta.

-¿Qué quieres decir con que no viniste?

-Pues qué voy a querer decir, gordo: que estoy interno, joder. No es tan complicado de entender. La jodí y me encerraron, y punto. Y ya está, joder, y estoy hasta los huevos de hablar del tema.

-P-pero ¿dónde te encerraron? -balbuceó Iván al verlo cada vez más enfadado. El modo crispado en el que sujetaba el subfusil le estaba poniendo muy nervioso-. Aquí no hay ningún dormitorio. Bueno, los del ala abandonada. Después de una semana...

-¡Y la puta de la semana! -Aulló María interrumpiéndole. Acto seguido le cogió de la pechera con mano izquierda mientras intentaba torpemente alzar el subfusil para apuntarle-. ¡Ya vale con la puta semana, gordo chiflado de los huevos!

-Basta.

-¿¡Qué!? -se volvió furibundo hacia la soldado.

-¡Que basta!

-¡Y una mierda! -exclamó soltando a su compañero y levantando el arma hacia la mujer-. Ya vale de órdenes y gilipolleces. Ahora es cuando empiezas a hablar tú de una puta vez. ¿Qué coño es este circo?

-Tramoya -sonrió maliciosamente.

-Inténtalo de nuevo, niña bonita -le replicó María con un tono lúgubre que no auguraba nada bueno.

Iván aprovechó para deslizarse hasta el suelo y arrastrarse un poco para ponerse más o menos a cubierto. María le ignoró. Sólo tenía ojos para la mujer de uniforme que, indolente, le sostenía la mirada. Sólo tenía ganas de respuestas. De que ella le diera respuestas.

-Ve contándonos cosas -añadió retirando el seguro del arma en un gesto que se antojo familiar. La soldado se alzó de hombros, espectante-. Empieza por tu nombre -le animó.

-María.

-María qué más -le espetó parpadeando, como si se hubiera mareado por un momento.

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-María Zeta.

-Ahora, Zeta, dinos a santo de qué venían esas preguntas.

-Intentaba averiguar por qué estabais aquí -contestó sin signo de impaciencia ni temor. Aunque María sujetaba la ametralladora, no tenía la impresión de retener realmente a la militar.

-¿Y por qué no lo preguntaste sin más?

-Estoy estableciendo un patrón.

-¿Un patrón? ¿Un patrón de qué?

-De orígenes. Nadie se acuerda de por qué está aquí.

-Y una mierda: yo me acuerdo. Y aquí dónde, ¿qué quieres decir?

-María -intervino Iván-, aquí no hay ningún dormitorio para internos, en serio.

El chico se giró hacia él y pegó un tiro en la pared. Un trozo de escayola saltó no muy lejos de su cabeza, e Iván sintió la garra del terror removiéndole las entrañas. Le extrañó no haberse orinado encima.

-Cállate, gordo. No te he preguntado nada.

Zeta permaneció en silencio, y al final el chico se volvió hacia ella de nuevo.

-¿Por qué estás tú aquí si no eres de un grupo de rescate? ¿Y por qué me has dado un arma de fuego? Soy un menor, ¿sabes? Y no me conoces de nada, joder.

-Estoy aquí porque le pegué cinco tiros a mi amante, dos en la cabeza y tres en el pecho, cuando le descubrí follando con mi capitán. A éste no le pareció el comportamiento adecuado para un oficial y me hicieron una corte marcial. Así acabe aquí. En cuanto al subfusil -añadió con una expresión que hacía pensar en el gato jugando con el ratón- te lo di como muestra de confianza, para que empecéis a asimilar que somos un equipo, por poca gracia que nos haga y estúpida que nos parezca la situación. Es algo que más vale que os metáis en la cabeza los dos y rapidito, porque no está permitido que nos paremos mucho rato.

-¿Qué quieres decir con que no está permitido? -intervino Iván desde su rincón viendo que María no acertaba a hilar una nueva pregunta.

-Quiero decir que el mundo tiene sus reglas, y cuando anuncian una alerta def con dos por todas las antenas de radio quiere decir que hay que mover el culo, poner bombas, disparar pistolas y mantenerse en marcha. O morir, claro.

María, de repente, se sentó en el suelo. Estaba abatido. Estaba cansado y se sentía desbordado. Era como cuando estás en mitad de un examen y te das cuenta de que no tienes ni idea de nada, pero sabiendo que el examen no se limita a una simple aula.

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Iván le miró con cierto pesar, y luego se volvió hacia la militar -Zeta- con patente inquietud. Ésta, sin embargo, no había desenfundado la pistola ni había adoptado ninguna actitud ofensiva. Seguía mirándoles con ese deje extraviado en la mirada, pero no parecía especialmente peligrosa.

-Fúmate un pitillo -dijo de repente. Y María sacó la cajetilla sonriendo cansinamente.

Cuando se hubo colocado un cigarrillo en los labios, lanzó el paquete a la mujer y se lo prendió. Zeta tomó uno a su vez y se lo encendió con su propio mechero. Iván deseó que le ofrecieran uno, en vano. Tras la primera calada, la militar repuso:

-Por suerte, casi todos son fumadores, ¿sabes? Porque los estancos son tramoya...

-¿Casi todos? -dijo Ivan-. ¿Qué quieres decir con “casi todos”?

-Bueno -continuó ella constatando que a María había dejado de interesarle el tema. Parecía como si se hubiera quedado hueco, totalmente exhausto-, no creeríais que érais los únicos, ¿no? Qué curioso: ninguno de ellos se había cruzado tampoco con nadie. Supongo que soy una chica afortunada, o mala hierba. Ya sabes lo que dicen...

De nuevo, el silencio se instauró en el grupo. Junto a él, la sensación de irrealidad, la impresión de estar olvidándose de algo. Iván sintió unas terribles ganas de gritar, pero no sabía muy bien qué ni por qué. Zeta les miraba entre divertida y burlona. Y María, finalmente, recuperó el habla y un brillo de determinación en la mirada. Se volvió hacia Zeta y le dijo:

-¿Y las ratas? ¿Qué son esas ratas?

-Tramoya -replicó de nuevo. Y lanzando el cigarrillo lejos de ella, añadió-: O quizás un símbolo. ¿Sabes? Los de arriba nunca hacen las cosas sin meditarlas mucho, y, aunque sean tramoya, son ratas. Ni rinocerontes ni marcianos. Putas ratas.

María asintió como si entendiera lo que le estaba diciendo y apuntó con el subfusil. Al menos, pensó, estaba armado. Esperaba estar listo también.

 

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