El parricida de Leganés


Terror y Suspense

14-08-2008 13:56
Por: PedroEscudero

Encontrado en: http://www.ociojoven.com/article/articleprint/994179/

En ocasiones la vida es terrible. Hay viejos refranes que esconden más sabiduría de la que pudiera parecer...


parricidio, relato, crimen, refrán
El inspector Roberto Santoña tenía la certeza de que Alicia Carrión y Bernardo Sandoval habían sido asesinados, de que en realidad llevaban dos años muertos, pero no podía demostrarlo. Ojeaba su expediente, intentando encontrar alguna pista que involucrara a Santiago, el hijo de la pareja, en un crimen que oficialmente jamás había existido.

Les conocía desde niño, pues su familia mantenía una estrecha relación de negocios y amistad con el matrimonio; amistad que él mismo heredó, y que se unió al respeto por el buen corazón de ambos. La desgracia quiso que sus padres fallecieran en accidente de tráfico cuando él tenía dieciocho años recién cumplidos. En aquellos difíciles momentos, Bernardo se convirtió en su mentor y su mejor apoyo. De él aprendió el valor del trabajo duro, el respeto por las normas, la necesidad de sobreponerse a las adversidades e incluso su repertorio de refranes Fue como un segundo padre.

Desde luego también conocía a Santiago de toda la vida. De niño había sido un tanto huraño y taciturno, pero no fue hasta la pubertad cuando despertaron sus más bajos instintos. Cada vez que algún psicólogo o experto en la conducta defendía que el mal era algo ambiental, algo adquirido, o bien algún tipo de afección mental, el inspector Santoña negaba aquella afirmación con rotundidad. Había tenido sobradas experiencias en ese sentido a lo largo de su carrera, pero ninguna de ellas tan cercana como las que observó en el hijo de los Sandoval. Era el opuesto a su padre. Disfrutaba atormentando a aquellos más débiles que él. Por fortuna la naturaleza no le dotó con un cuerpo vigoroso, en caso contrario hubiera sido mucho peor. Pero dio igual, sustituyó la falta de un físico adecuado por un intelecto afilado. Se convirtió en un maestro de la palabra, de la intriga y la manipulación para convertirse en un conspirador de la peor calaña, pura malicia. Durante su época de estudiante hundió hasta la depresión a otros compañeros por el puro placer de verles sufrir.

Cuando se incorporó al mundo laboral urdió intrigas para desprestigiar a sus posibles competidores; nada que pudiera ser considerado delito, aunque sin duda fuera éticamente reprobable. Si existían dos caminos para el éxito, siempre elegía el más retorcido, el que más dolor provocara, el que destrozara las carreras de sus compañeros, aun cuando redundara en un beneficio menor. El éxito no era el fin en sí mismo, sino una simple consecuencia de su modo de de pensar.

Además, en cuanto tuvo edad, se entrego a la vida nocturna, las juergas desenfrenadas y los ambientes más sórdidos. Nada parecía saciar su ansia por el lado oscuro de la vida. Era un auténtico dolor de cabeza para sus padres, parte activa de la comunidad de Leganés, que colaboraban en las tareas sociales y programas de inserción para jóvenes conflictivos, pero que nada podían hacer para enderezar el rumbo de su propio retoño. Lo intentaron todo, sin éxito. Los terapeutas se mostraron tan ineficaces como los regalos, las promesas y las buenas palabras. Su mayor preocupación era el futuro de su hijo. Bernardo aseguraba que estaba cansado, que deseaba desde hace mucho retirarse de la primera línea del mundo de los negocios y la vida pública, pero que no abandonaría hasta conseguir que su hijo sentara la cabeza, le costara lo que le costara.

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Entonces todo cambio: Alicia y Bernardo se desvanecieron. Sin explicaciones, sin despedidas, dejando tareas pendientes.

El asunto ―al menos oficialmente― fue resuelto con rapidez. El matrimonio se había retirado a una residencia para la tercera edad próxima a Cartagena, un complejo de lujo cercano al mar, en el que podrían disfrutar de un apartamento tutelado en uno de los parajes más bellos del Mediterráneo. Un retiro dorado con toda la atención y las comodidades que merecían.

Pero no todo resultaba tan maravilloso como parecía, en especial para Roberto. La desaparición de la pareja fue tan súbita que despertó sus sospechas. Cuando dos días después de que se desvanecieran sin dejar rastro sus amistades recibieron cartas firmadas del puño y letra del señor Sandoval comunicándoles su decisión de abandonar Leganés y vivir sus últimos años en la costa, la noticia asombró y desconcertó a partes iguales a todos sus conocidos. Aquello no cuadraba con su carácter.

El inspector Santoña nunca creyó en la versión oficial. La noche anterior a la desaparición había cenado con el matrimonio, y conversaron sobre sus planes para el futuro cercano sin mencionar en ningún momento su intención trasladarse a una residencia; es más, estaban especialmente ilusionados con el proyecto de reforma de su casa y la ampliación del negocio familiar.

Sus sospechas se vieron reforzadas por un hecho adicional: el matrimonio había arreglado todo el papeleo necesario para que su único hijo se hiciera cargo del negocio familiar, un prospero almacén de venta de muebles, y una serie de propiedades en el centro del casco urbano, lo que le convertía en una de las personas más ricas e influyentes de la localidad. Para los no allegados podía parecer un acto lógico, en cambio para el inspector, que había pasado tantas veladas escuchando a su mentor lamentándose por los actitud de su hijo y preguntándose una y otra vez cuál había sido su error, resultaba inconcebible.

Roberto intentó convencer a sus superiores para que se abriera una investigación, pero fue inútil. Todo parecía en regla. Sin embargo, el matrimonio jamás respondía a sus llamadas, ni –por lo que pudo averiguar- a las de nadie. Su insistencia tuvo como único resultado una carta remitida por Bernardo ―con matasellos de Cartagena― en la que le explicaba de nuevo su insólita decisión, y le rogaba que la respetara. Desde entonces terminaron todos los contactos con la pareja, a excepción de las felicitaciones navideñas, y una postal que recibió el día de su cumpleaños. Los demás olvidaron, pero Roberto no, porque su olfato le decía que había algo raro en todo aquel asunto.

Pasado el asombro inicial comenzaron a extenderse rumores sobre los asuntos turbios en los que se decía que estaba involucrado Bernardo. Nada serio, ni comprobable. Todo basado en hechos circunstanciales, conjeturas y medias verdades. “Habla mal que algo queda”, como el mismo señor Sandoval hubiera dicho. En poco tiempo se asentó la idea de que el matrimonio había huido de sus problemas, dejando que su hijo se hiciera cargo de sus deudas y resolviera la papeleta. Roberto no tuvo dudas sobre que el origen de todas aquellas habladurías fue Santiago. Encajaba a la perfección con su estilo.

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Sus intentos por olvidar el asunto resultaron baldíos, iba en contra de sus principios ver una injusticia y volver la mirada, no digamos ya un posible crimen. Para colmo ambos frecuentaban los mismos lugares. Rara era la semana que no se encontraban. Siempre le saludaba con amabilidad, como si se trataran de viejos amigos, pero algo en su mirada y sus gestos delataba inquietud y avivaba las sospechas del inspector. Además su comportamiento había cambiado, sustituyendo los ambientes conflictivos y las continuas juergas por un modo de vida más tranquilo. Incluso inició una relación estable con una concejala de la cercana Getafe.

Tras unos meses de indecisión, el inspector Santoña decidió emprender una investigación por su cuenta. Al fin y al cabo conocía los métodos y tenía una de las hojas de servicio del cuerpo con mayor número de detenciones.

Primero recopiló toda la información que pudo sobre Santiago y el suceso en cuestión, desde fotografías familiares hasta recortes de prensa. Una vez analizó todo el material reunido sus sospechas adquirieron solidez. El matrimonio Sandoval no había preparado viaje alguno. Todo había sido demasiado repentino. Por desgracia aquellos indicios eran circunstanciales, nada que un juez admitiera a trámite.

A continuación, inició una discreta vigilancia del sospechoso, con la esperanza de que cometiera un error. Su experiencia la decía que pasado un tiempo la mayor parte de los criminales se relajaban y hacían alguna estupidez. Santiago resultó ser una de las excepciones. Su vida no podía ser más normal. Dividía su tiempo entre su negocio y las relaciones sociales con la alta sociedad madrileña.

Después centró sus esperanzas en las cartas, y contrató a varios reputados grafólogos para que las analizaran. El resultado fue idéntico en todos los casos, con un noventa y nueve por ciento de posibilidades de que correspondieran a Bernardo Sandoval. Aquello no le tranquilizó. El uno por ciento restante todavía implicaba sus sospechas fueran ciertas.

Por último decidió viajar a Cartagena para comprobar si el matrimonio se encontraba allí. Para su sorpresa estaban registrados en el complejo residencial desde la fecha de su desaparición. Los datos concordaban. Pero no pudo verlos, aunque gastó todas sus vacaciones esperando la oportunidad. Durante los veintiocho días que duró su estancia estuvieron en un crucero, en un viaje cultural y contrajeron una extraña afección de riñón que impedía las visitas. Además el personal se negó a comentar nada sobre la pareja, incluso cuando hizo uso de su condición de policía. De nuevo algo raro sucedía.

A su regreso a Leganés lo que debió ser una excelente noticia tuvo un sabor amargo, dada su obsesión con el caso. Le ascendían a subcomisario, lo que implicaba su traslado a Pontevedra. Si se marchaba jamás se averiguaría la verdad, pero tampoco quería desaprovechar una oportunidad como aquella.

Roberto estaba decidido a que el crimen de Santiago no quedara impune, así que tomo la decisión de hacer justicia con sus propias manos. Conocía cada uno de los movimientos y costumbres del hijo de los Sandoval, y además era un experto en sistemas de seguridad y procedimiento policial, por lo que no pensaba dejar ninguna pista que lo involucrara.

Una semana antes de su marcha acudió de madrugada al domicilio de Santiago, desactivó las alarmas y se coló dentro. Lo encontró en el salón, todavía despierto, viendo distraído la televisión.

En ese momento, una voz a su espalda le sobresaltó.

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-Siempre tan previsible. De tal palo tal astilla.

Roberto no daba crédito a sus ojos. Ante él, Bernardo Sandoval le encañonaba con una pistola.

-¿Cómo…?

No acabó la frase. Santiago aprovechó que no le prestaba atención para golpearle en la nuca con un pesado cenicero de cristal. Cuando despertó estaba detenido, acusado de intento de asesinato.

Las semanas siguientes fueron un festín para los periodistas. En casa del inspector se encontró abundante material que demostraba que llevaba meses espiando a su víctima. A esto se sumó el acoso al que sometió a los señores Sandoval, que se habían visto obligados a rehuirle durante todo un mes. Incluso había intentado utilizar su condición de policía para intimidar al personal de la residencia.

Además en las investigaciones subsiguientes se halló un trastero alquilado por un hombre ―cuya descripción física coincidía con la del inspector― en el que se encontraron pruebas que le implicaban en la muerte de sus padres, suceso que durante años se creyó un simple accidente de tráfico. Los medios de comunicación se apresuraron a apodarle como “El parricida de Leganés”. Una legión de psicólogos, criminalistas y tertulianos de medio pelo llenaron los platós de televisión y las columnas de opinión de los periódicos con sus análisis sobre la personalidad del inspector, y se preguntaron cómo un monstruo de semejantes características podía haberse hecho un hueco respetable en la sociedad y pasar desapercibido durante años.

Entretanto Roberto Santoña, encerrado en el módulo psiquiátrico de la prisión de Talavera de la Reina, era ajeno a toda aquella polémica. En los escasos momentos lúcidos que la medicación le dejaba, intentaba convencer de su inocencia a quien quisiera escucharle. Negaba su participación en la muerte de sus padres y acusaba a los Sandoval del crimen. Según él había algo malvado en aquella familia, algo insano, perverso, que no supo ver en su momento por la aparente bondad de Bernardo. Insistía en que todo había sido un retorcido complot en su contra. En un principio no lo comprendió, escapaba a su entendimiento, pero poco a poco, a medida que los días se convertían en semanas y éstas en meses, una revelación fue tomando forma en su mente: al igual que se cría a un cerdo con mimo, cebándolo con los mejores piensos para ser sacrificado, él había sido educado con unos preceptos morales para llegado el momento oportuno ser sacrificado y que recayeran sobre sus espaldas los peores crímenes de los Sandoval. Cruel y eficaz.

Sí, aprovechaba cada oportunidad de que disponía para intentar convencer a quien quisiera escuchar, explicar sus argumentos y las conclusiones que de ellos había deducido, pero cuando las miradas de lástima o repugnancia le dejaban claro que nada podía conseguir, la impotencia le vencía y, antes de que le inyectaran más sedantes, gritaba hasta el extenuación:

―¡Es una conspiración! ¡De tal palo tal astilla!

Nadie le creyó. Nunca.

 

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