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De cómo dejé de psicoanalizar el rol.
Al final uno siempre vuelve a lo básico.
Al final uno deja de lado toda esa inmensa montaña de discusiones sobre qué es o debería ser realmente el rol, esa eterna disputa entre la interpretación pura y teatral, idílica y utópica, y la sangrienta sensación del instinto desenfrenado que otorga el llevar a verdadero super-PJ. Al final no importa si te saltas las reglas, si tu halfling espadachín ha conseguido aprender bladesong, si tu Colt de seis tiros tiene una reserva interminable de balas, si casualmente olvidaste la regla sobre magia y armaduras...
Al final no importan las doscientas tablas que te has aprendido de memoria, las pilas de libros, manuales, revistas y fotocopias que terminaron por obligarte a llevar gafas.
No importa, de verdad que no importa, eso de que si es mejor la fantasía épico-heróica medieval o el terror psicológico, que si el misterio y el espionaje o los tiros y la pólvora, que si el futuro o el pasado o el presente y sus cientos de vampiros, magos y hombres lobo.
No importa el sistema de juego. No importa si los dados tienen 4 caras o 58... van a terminar en el suelo de todas formas.
No importa si tu hoja está limpia y brillante y tiene un anexo con toda la historia y las posesiones de tu personaje, o si es sólo un pedazo de papel con un par de números y algunas notas ininteligibles.
Al final, cuando llevas dos o tres meses sin jugar una sola partida, te das cuenta de que nada de eso importa, de que lo único que realmente importa es jugar, de que no hay nada que se compare a estar un viernes por la noche, o un domingo por la tarde, o un día cualquiera a cualquier hora, sentado alrededor de una mesa, o en el suelo, o donde sea, rodeado de tus amigos y matando orcos, o huyendo de un garou, o salvando al mundo, conversando de cualquier cosa mientras te concentras para cargar el dado y conseguir una buena tirada.
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