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Buh!


Relatos de Fantasía

04-11-2002 10:15
Por: BigMasterH

El señor Edgard apoyaba la barbilla contra su pecho, aplastando el vistoso fular que se interponía entre ambos; los párpados le caían dulcemente, impidiendo que el más mínimo rayo de luz interrumpiera su sueño.

Los endurecidos rasgos tililaban al ritmo del crepitante fuego que chisporroteaba nervioso en la chimenea. Un libro de cubierta negra y aterciopelada mordía suavemente su pulgar, mientras los demás dedos impedían que se precipitase al suelo. Los enormes orejones del sofá protegían al durmiente de los ruidos extraños que se producen en las noches lluviosas.

El fuego se avivaba por momentos, lanzando chispas hacia la raída alfombra que recubría toda la sala, pero sin llegar a ponerla en peligro. La lluvia azotaba con fuerza los cristales del ventanal, que las ramas del centenario roble del patio golpeteaban con el viento. Cada poco tiempo una lejana fulguración iluminaba la estancia formando tétricas sombras sobre las paredes; unos segundos más tarde llegaba el ronroneo del trueno, que hacía entrechocar las lágrimas de la lámpara del techo.

Las llamas se hacían más y más grandes sin que la cantidad de leña hubiese aumentado, como si hubiesen encontrado alguna forma de potente combustible escondido entre los maderos; las volutas salían ahora despedidas violentamente por la chimenea, aunque algunas se atrevían a entrar en la sala, disipándose en la repisa de trofeos de caza que coronaban el fuego. El calor empezaba a ser sofocante, haciendo que el señor Edgard entreabriese los ojos, irguiendo pesadamente la cabeza para observar el espectáculo.

La repentina sorpresa hizo que el maduro caballero se precipitase contra el respaldo de su butacón, derribándolo hacia atrás y cayendo ruidosamente sobre él. Levantándose a trompicones intentó alcanzar el espetón para desmoronar la base de tan impresionante fuego. Tan pronto como se hizo con él, una garra ígnea hizo que se apartase de los trebejos, tropezando en su marcha atrás con el morilloy haciendo que cayese su carga de leños rodando sobre la alfombra.

Furioso, el señor Edgard descargó un mandoble a la mitad de las llamas, que se apartaron burlonas ante el silvante desplazamiento del hierro. Más ataques siguieron al primero, cada cual más rabioso que el anterior, y el fuego siempre lograba salir indemne. Una rociada de sudor cubría por completo su cara, que caía en regueros hacia el pecho; los ojos parecían querer escapar de la cuencas, espeluznados por el terror que se abalanzaba sobre ellos.

Una colúmna de vibrante calor rojizo de dos metros de altura se alzaba ahora orgullosa a un palmo del suelo, completamente fuera de la chimenea. El señor Edgar creía ver en lo más alto una aterradora cara que se reía con cruel sadismo, y de vez en cuando unas manos ardientes intentaban tocarle. Caminando de espaldas resbaló al pisar los leños desplomándose sobre ellos, y una punzada de dolor recorrió su brazo izquierdo, que ahora colgaba como un pedazo de carne. Reptaba penosamente hacia atrás, sin soltar el atizador y arrastrando el brazo, en dirección al ventanal que daba al huerto.

Cuando llegó a la pared, se levantó apoyando su espalda contra el marco de la ventana, y envió varios futiles mandobles al demonio de fuego que se acercaba lenta pero inexorablemente. Sólo les separaba un palmo, cuando la cara que veía el señor Edgard se enfrentó a la suya, desafiante, con aquella sardónica e imborrable sonrisa dibujada, y suavemente dijo 'Buh!'.

Un grito acompañó al señor Edgard en su caída hacia el enlosado que cubría esa parte del huerto, terminando al mismo tiempo que el alma abandonaba su cuerpo, ahora aplastado contra las baldosas y acompañado por el espetón. La flamígera cara parecía observar el espectáculo desde los restos de cristalera, regodeándose en su macabra obra; el ser giró sobre sí mismo, y mientras se dirigía hacia su hogar recogió el libro llevándolo hacia la cama de ceniza y dejando que las amarillentas hojas se consumieran en su seno, ahora tranquilo y sosegado, hasta que no quedó mayor resto de aquella abominable obra literaria que unos gramos de ceniza gris.

 



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