|
Este es el inicio de un extenso relato que tengo en mente escribir. Se trata de un simple prólogo.
La pequeña perla líquida, descendía lentamente, trazando un surco irregular en su recorrido a través del cristal del coche. Reflejándose sobre ella, la diminuta imagen de Álvaro parecía distorsionarse y presentaba un aspecto grotesco. La gota se deslizó hasta perderse en la rendija entre la ventana y la chapa.
El joven siguió admirando la pequeña procesión de húmedos viandantes, mientras permanecía en realidad muy lejos de allí. Ajeno al ruidoso y furioso golpeteo de la lluvia sobre la luna del coche su atención se centraba en algún lugar al que sólo él podía acceder. Un lugar oscuro y misterioso que lo había acosado desde sus primeros días y que ni siquiera él hubiera sabido explicar o describir. Cada vez que trataba de darle forma o sentido, éste desaparecía como si se hubiera atrevido a tocar una frágil pompa de jabón y ésta hubiera explotado, escondiendo sus secretos celosa. Por ello, Álvaro nunca accedía a desvelar aquello que veían sus ojos grises más allá de la mera percepción. No se puede explicar lo que no entiendes, aunque te encuentres inmerso en ello irremisiblemente.
Muy cerca de aquella mirada lejana, aunque jamás hubiera estado en su capacidad comprenderla, Luisa observaba al joven detenidamente y trataba de descifrar de alguna manera los pensamientos de su joven amigo. Ambos ocupaban el asiento trasero del vehículo y delante, Ana, al volante y Javier, en el asiento del copiloto, rompían con su animada charla el que hubiera podido ser armonioso rumor del agua y el motor del coche.
El silencio impenetrable en el que se había envuelto Álvaro era algo común para Luisa, que se había entretenido durante los últimos meses en intentar abarcarlo y justificarlo. En un principio trataba de adentrarse en el alma de Álvaro pero finalmente, tras muchos intentos fallidos, comenzó a limitarse a observar a su compañero, esperando que fuese éste quien le desvelase todo aquel extraño mundo al que se retiraba constantemente. Quería intentar comprender sus motivos, formar parte de su vida, de forma tan íntima como fuese posible. Así, poco a poco, a la meditación de Álvaro seguía inmediatamente la escrupulosa observación de Luisa que, rasgo a rasgo; reacción tras reacción, trataba de averiguar qué se escondía en el corazón del aquel hombre, tan cercano pero inaccesible, y que se trataba de su mejor amigo.
Un día, mientras la mujer recorría con su mirada el rostro de Álvaro se sorprendió a sí misma imaginándose el suave roce de los labios del joven sobre los suyos y ese pensamiento, turbador y cálido le hizo comprender por fin que, sin duda, se había enamorado de él. Sin embargo jamás dijo nada al respecto, ni a sus más íntimos quiso hacer partícipes de tal circunstancia. Antes de admitir sus sentimientos quería saber con exactitud a qué se enfrentaba y eso sólo sería posible si su objeto de observación abría las puertas de su espíritu.
Ya habían pasado desde entonces casi dos años. Y el silencio, comprobó Luisa, seguía siendo un muro impenetrable para el corazón.
El coche se detuvo. Habían llegado al parking de la universidad. Tuvieron que salir corriendo, pues la lluvia no disminuía su rabiosa intensidad. Por suerte para ellos el aulario estaba cerca de donde habían aparcado. Aún así no pudieron evitar empaparse bajo la densa cortina de agua que, literalmente, colgaba desde el mismo cielo.
Atravesaron sin detener su paso rápido los marmóreos pasillos del edificio hasta llegar a la puerta de la clase. Se detuvieron y tras mirarse y reírse de su aspecto brevemente con miradas y sonrisas cómplices, entraron al interior de la clase, conscientes de que habían llegado tarde.
Las horas de clase pasaron lentamente, arrastradas con deliberada lentitud por la voz uniforme e insensible de los profesores. Como siempre hubo pizarras repletas de símbolos, números y letras y folios cubiertos de tinta. Hasta que finalizó la última clase y los amigos pudieron salir del aulario para dirigirse a una de las cafeterías ubicadas en el campus pues aquel día habían decidido quedarse a comer todos juntos y poder hablar y disfrutar de la compañía mutua.
Minutos más tarde, sobre una de las mesas del interior del amplio local, Ana escogía con mal contenida ansia el siguiente bocado de entre los platos que entre todos habían comprado. Luisa, más tranquila, mordisqueaba un montadito de salmón y bebía de vez en cuando a pequeños sorbos de su vaso de Coca Cola, mientras charlaba alegremente con Álvaro y Javier, que tragaban, gritaban y se carcajeaban casi al mismo tiempo.
Muy lejos de uno de sus momentos de reflexión , Álvaro se preocupaba en bromear con Luisa y Javier le ayudaba en las bromas. La comida y la sobremesa prosiguieron alegremente durante más de una hora. Justo cuando se disponían a marcharse, Luisa se detuvo para observar el pequeño televisor situado sobre un soporte ubicado en una de las esquinas del bar, justo encima de uno de los extremos de la barra. Cuando sus tres compañeros se detuvieron a su lado, todo el comedor empezaba a atender también a las sorprendentes imágenes que podían verse a través del aparato.
Lo que vieron parecía ser un atentado de brutales consecuencias producido en los últimos minutos, pero lo más llamativo era que la ciudad que allí aparecía se trataba de Alicante, donde ellos vivían. A su alrededor, la gente comenzaba a murmurar o incluso a hablar en voz alta sobre lo que estaban contemplando, avisando con su actitud, a los que todavía permanecían ajenos a la noticia. La zona donde reposaba la Plaza de los Luceros había sido brutalmente destruida junto con las manzanas circundantes. Los todavía humeantes restos de los edificios aparecían con toda su crudeza, representando muerte y horror.
Las informaciones que podían dar los periodistas sobre el incidente eran confusas y contradictorias: se hablaba de ETA, de un avión, hasta de un misil... pero ninguna parecía de fiar. Hasta el momento ningún grupo o afiliación había declarado la autoría y las fuerzas de seguridad permanecían expectantes.
Javier y Ana tuvieron que sujetar a Álvaro, que casi se cayó al suelo por el impacto de la que acababa de ver. Cuando pudo organizar sus ideas y digerir lo que estaba viendo pues él vivía por la zona afectada, con lo que su familia podía haberse visto implicada. Muchos de los presentes en el bar comenzaron a chillar y a ponerse nerviosos cuando la noticia, inesperada y brutal, empezó a mostrar su onda expansiva, golpeando sobre la conciencia de todos los que habían permanecido en estado de Shock, sin atreverse a mostrar reacción ninguna.
Los cuatro amigos comenzaron a llamar inmediatamente por sus teléfonos móviles a sus familias para saber cómo se encontraban, les resultaba realmente difícil encontrar línea, pues seguramente el cúmulo de llamadas era inmenso en la zona. Todos, finalmente, excepto Álvaro, pudieron encontrar a sus seres queridos, respirando de alivio cuando escuchaban las nerviosas voces al otro lado del auricular, los relatos del atentado ya de por sí enmarañados se entretejieron aún más y se confundieron a medida que avanzaba la tarde.
Los cuatro amigos permanecieron unidos, esperando que Álvaro pudiera encontrar a sus familiares, pero no hubo forma alguna hasta que decidieron bajar al centro de la ciudad en el coche para intentar la búsqueda de noticias allí. En el camino, mientras el coche trataba de sortear el atasco que se estaba formando a la entrada de la ciudad, Álvaro permanecía en completo silencio, observando un punto muy lejano en el horizonte, mientras la mano de Luisa se apoyaba en su hombro y lo acariciaba. Sorprendentemente para ella, el hombre puso su mano sobre la de ella, que se sintió embarazosamente satisfecha con la situación, a pesar del mal trago por el que estaba pasando su amigo.
Bip-Bip. El móvil de Álvaro sonó un par de veces. Silencio. Todos lo observaron detenidamente y Ana bajó la velocidad inconscientemente. Bip-Bip. Álvaro observó la pequeña pantalla que reflejaba el número de procedencia. Número desconocido rezaba, entre los breves pitidos. Bip-Bip. Álvaro, con manos temblorosas, aceptó la llamada y llevo el aparato al oído.
-¿Quién? –Preguntó, su voz embargada por el nerviosismo.
-Tus padres han muerto. No los busques –sonó una voz extrañamente metálica al otro lado del auricular- Empieza el camino.
-¿Quién coño...? –La comunicación se cortó, cuando el joven se disponía a contestar.
-¡Mierda! ¡Mierda! Mierda... –Protestó.
-¿Qué ocurre? –Preguntó Javier, mirando a su compañero, con temor a lo que hubieran podido decir- ¿Qué te han dicho?
Álvaro explicó, dudoso y aterido por una extraña sensación de intranquilidad recorriendo su nuca, la conversación. Cuando terminó, trascurrieron unos segundos de incómodo mutismo, que intentó romper Ana.
-Debe ser la llamada de un loco, alguien que nos haya visto en la Universidad. No sabemos quién podría haber estado escuchando.
A pesar de su buena intención, aquellas palabras no pudieron amortiguar el martilleo constante que ejercía la sangre en las sienes del asustado joven. Recorrían su cabeza cientos de malos presagios y bullían miedo e inseguridad conjuntamente. Entonces, unos segundos después de que Ana hablase, interrumpió de nuevo a los cuatro amigos, el pitido del móvil. Bip-Bip. Esta vez no tardó en aceptar la llamada. Fueron los instantes más largo de la vida de los allí presentes. Vieron como su amigo, escuchaba, sin mediar palabra una voz que sonaba medianamente clara, una voz dolorida y familiar, que comunicaba la noticia que había revoloteado en sus conciencias desde que habían mirado las imágenes de aquel televisor. Álvaro se derrumbó, casi instantáneamente, consumido su rostro en una marea de lágrimas. Ana detuvo el coche. Ya habían llegado a la zona de la catástrofe. Numerosos policías, bomberos, enfermeros y transeúntes se congregaban en las calles colindantes al lugar de la explosión.
Javier salió del interior del coche y no pudo evitar proferir una ahogada exclamación de asombro. Elevándose hacia el cielo, una gigantesca nube de humo enmascaraba en cierta manera el horror y el caos que se extendían ante sus ojos. Mientras observaba alternativamente a su amigo, sentado en el coche mientras era consolado por las dos amigas y toda la escena que se iba desarrollando, con cientos de heridos alfombrando los suelos sobre improvisados catres que habían dispuesto los médicos para atender lo antes posible a los supervivientes de la hecatombe. De vez en cuando veía como algún bombero o policía surgía de la enorme mole de polvo, con la cara tiznada de desesperación y miedo por lo que había visto. Algunos salían con lágrimas en los ojos, otros preferían sumirse en un hosco silencio y sentarse en un rincón, intentando evadirse, intentando soñar que todo aquello jamás había ocurrido.
Fue entonces cuando el joven vislumbró algo entre la densa niebla. Algo que nadie en un principio parecía haber visto. Se trataba de la sombra de una alta estructura, como si un edificio hubiera sobrevivido a la destrucción. El humo disminuyó su densidad y se fue interponiendo entre sus ojos y aquella sombra cada vez menos hasta que por fin pudo adivinar su forma con aceptable exactitud, como si simplemente un fino velo lo cubriera. Entre las brumas se distinguía la silueta de una impresionante, a pesar de la distancia, fortaleza.
Inmediatamente aquella visión se diluyó. Todo cuanto rodeaba a Javier, que se había silenciado e incluso llegado a desaparecer, volvió a inundar sus sentidos, la densa cortina provocada por la explosión seguía igualmente densa que anteriormente, si no más. Los gritos de gente pidiendo ayuda y las lágrimas más cercanas de su amigo, al que se acercó poniéndole la mano en el hombro, volvieron a él de forma precipitada e impactantes como un puñetazo.
Álvaro sintió la leve presión sobre su hombro y levantó el rostro. Vio a Javier y pudo leer su preocupación inscrita en cada uno de sus rasgos. Por primera vez lanzó una mirada hacia el exterior y un punzante escalofrío recorrió su columna vertebral al hacerlo. Borrosa la visión por las lágrimas, Álvaro no pudo fijarse en más que en una retorcida viga metálica que había adquirido la forma de una alfa griega, colgando grotescamente de un balcón, en un equilibrio precario. Finalmente tras oscilar inestablemente por una ráfaga de viento cayó al suelo, entre el revuelo y los gritos de aviso de los allí presentes. Después el silencio. Duró unos segundos, como si todos intentaran despertar de la pesadilla. Álvaro vio por vez primera a un hombre, embutido en una densa gabardina hasta el cuello que lo observaba detenidamente. Sin saber cómo, asoció esa imagen a la voz que había escuchado aquella tarde desde su móvil que le había anunciado la muerte de sus padres.
Sin embargo nada pudo hacer, pues el desconocido desapareció tras la multitud de personas que se fueron interponiendo entre ambos y aunque hubiera podido acercarse tampoco lo hubiera hecho, pues de nuevo sintió el nudo en el estómago, aquella sensación opresiva que suponía para él el mero recuerdo y la desesperanza. Volviéndose a encerrar en sí mismo, mientras sentía la ligera presión del abrazo de sus amigos, intentando evitar que cayera en un abismo insoldable al que se precipitaba, volvió a bajar el rostro, enterrándolo entre sus temblorosas manos.
(Continuará)
Para Bj, Ausias y Wizard y para que siempre nos dejen la oportunidad de seguir escribiendo. Espero con ansias comenzar a escribir nuestro relato conjunto.
|
 |