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"Dichoso el árbol que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura, porque ésta ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ruben Darío.
"Lo Fatal" de "Cantos de Vida y esperanza", 1905
I
El dolor había vuelto en forma de sueños que turbaban su descanso. Álvaro se removió inquieto en su cama, empapando de sudores fríos la almohada.
En sus pesadillas el joven era consciente de que intentaban revelarle un extraño mensaje. En su mente se perfilaban la enorme y amenazadora sombra de una construcción que todavía no podía definir con claridad. Creía que se trataba de un castillo o fortaleza o al menos una antigua edificación. Sin embargo la visión era demasiado imprecisa como para poder darle una forma clara y reconocible en su mente. Además, aquellas reverberaciones de su subconsciente le hacían sentirse pequeño y aterrado, sometiendo a su espíritu un duro castigo que le hacía despertar en el momento en que se disponía a acercarse a aquella repetitiva aparición.
Abrió los ojos, surgiendo de las nieblas de la inconsciencia e, incorporando medio cuerpo, dejó escapar un grito, ahogado en su agitada respiración. Miró el reloj, mientras una gota de sudor caía por su frente. Ni siquiera había amanecido, por lo que tuvo que encender la luz. La bombilla desprendió un mortecino fulgor azul que inundó la habitación como si una pequeña luna hubiera aparecido en el techo.
El joven contempló automáticamente, entreabriendo los ojos mientras se acostumbraba a la nueva iluminación, los objetos que reposaban sobre la mesilla de noche situada en uno de los lados de la cama. Un colgante en forma de cruz y su cadena, ambos dorados, descansaban sobre un libro de tapas verdes sin título. Recogió el crucifijo y lo observó brillar sobre su palma. Cerró la mano sobre él y lo apretó con fuerza, a despecho del dolor que inflingía las aristas metálicas clavándose en su piel.
Durante los últimos meses desde la muerte de sus padres, pensó a través del dolor puro y por lo tanto agradable al que se estaba sometiendo, se había preguntado con insistencia la causa de su desgracia; había llorado y lamentado pero nada, ni siquiera el comienzo del olvido y de la aceptación habían conseguido eliminar de su estómago la extraña sensación que anidaba en él y que le hacía creerse fuera de lugar allí donde se encontrase. El único nexo que antaño le hacía sentirse anclado en su vida había sido su familia, su verdadera familia. Quería de veras a su tía, con la que ahora vivía y que le había dispensado todo tipo de atenciones, pero era incapaz de sentirse parte de lo que ella pretendía darle. El cariño a veces no era suficiente.
Abrió la mano y se fijó de nuevo en el crucifijo. No es que él fuera creyente, pero aquel trozo de metal era el único recuerdo que le unía a su pasado. El único objeto de sus padres que se había podido recuperar. Aunque fue realmente extraño el hecho de haberlo podido encontrar entre la destrucción. Sin embargo, Álvaro jamás había considerado tal circunstancia más que como otro caprichoso y hasta cruel azar del destino. El resto de las posesiones o recuerdos de su familia era ahora un montón de escombros y densa amalgama de basura en algún vertedero. Una buena metáfora sin duda de en lo que se había convertido su pasado y su misma existencia.
En el lugar donde había pinchado una de las aristas del objeto, comprobó distraído en su meditación, una pequeña gota de sangre permanecía inmóvil, como si se tratase de una gema roja. Se llevó la palma a la boca y chupó la insignificante herida, sintiendo el sabor amargo de su sangre. Después, como movido por un resorte, el joven saltó de la cama y sus pies descalzos entraron en contacto con el gélido suelo, despejando parte del ensueño en el que se encontraba. Cogiendo las prendas que colgaban de una silla, se vistió con rapidez mientras el reloj marcaba las cuatro de la madrugada. En el cuello, colgando tintineaba el crucifijo.
Esperaba que su tía no se preocupara en exceso si salía en plena noche a la calle, en el caso de que se despertara y viera que se había marchado. Por desgracia para ella, pensó en un pinchazo de su conciencia, no era la única ocasión en que había hecho lo mismo. Mientras cerraba la puerta tras de sí y llamaba al ascensor, pidió en silencio que aquella bondadosa mujer pudiera entenderlo.
Las calles estaban vacías y corría por ellas una brisa fresca que hacía encogerse y abrazarse al joven. Recorrió casi mecánicamente el camino a través de la avenida Maissonave observando los numerosos escaparates, casi todos ellos de tiendas de ropa femenina y le resultó chocante comprobar que apenas había signo alguno de la catástrofe ocurrida meses atrás en la ciudad. Parecía como si aquellos altos cristales, en su imperturbable inmovilidad, fueran un reflejo del espíritu de aquellos que habían podido continuar sus vidas tras aquel horripilante suceso.
Se detuvo frente a la exposición de libros de El Corte Inglés. Apoyó sus manos, sin preocuparse por dejar marcadas claramente sus huellas e intentó ver su imagen contra el cristal. Allí estaba, sin afeitar, impreciso, su rostro. De mandíbula ancha, de boca pequeña y apretada y labios no demasiado gruesos. Sus ojos, grandes, eran grises, aunque aquella circunstancia no se pudiera apreciar a través de aquel reflejo. Tenía el pelo corto, revuelto y oscuro. Pero si por algo destacaba de veras su expresión era por la intensa melancolía que lo recubría. Intentó sonreír, pero aquella marca indeleble que adornaba cada una de sus expresiones se mantuvo impertérrita. Probó con varios gestos, pero las muecas que le devolvía su mismo rostro parecían burlescas y desafiantes, como si quisieran retarle a aceptar una realidad de la que jamás podría evadirse.
Suspirando, el joven continúo su camino sin prestar apenas atención a los libros expuestos. Hubo un tiempo en que disfrutaba leyendo. Ahora resultaba un ejercicio doloroso y cruel para su estado de ánimo. Las otrora gloriosas ventanas a la imaginación habían estallado en mil pedazos y el soñar constituía el contacto con el cortante filo de los restos de aquel lejano placer de la ilusión. Nada había en la palabra, escrita u oral, que pudiera reconfortarle.
Sus pasos continuaron hasta dar con el final de la pequeña, pero importante, avenida. A su izquierda el asfalto subía hasta las monumentales obras de reconstrucción de la ciudad. Entonces fue cuando lo vio. Apoyado sobre una pared en la acera opuesta a la que él se encontraba, un hombre parecía observarlo atentamente. Su cuerpo estaba cubierto por una oscura gabardina. Su rostro iluminado por incandescente y anaranjado brillo de un cigarrillo.
Ambos se quedaron mirando largamente. Álvaro sin moverse, sin pensar más que en aquella tarde ocurrida hace ya seis meses y la presencia de aquel individuo al que había relacionada inmediatamente con la primera llamada a su móvil. El hombre también quieto y expectante. El joven decidió cruzar la calle hasta él, movido por una sensación extraña, de urgencia. Se detuvo a un par de metros de su objetivo. Era alto, aunque no tanto como él, pensó.
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