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-¿Quién eres? –Preguntó sin querer permanecer callado por más tiempo; intentando que su voz sonase fuerte y tranquila. A su espalda sonó el entrechocar de las ramas de un arbusto mecido por el viento.
-¿Y tú? –pregunto, con una sonrisa deformada por el esfuerzo de sostener un cigarrillo el desconocido. Su cara estaba cruzada por una cicatriz que partía desde su frente, atravesaba su ojo derecho y terminaba en el labio. Tenía la nariz aplastada y el pelo, que le llegaba hasta el final del cuello y era negro como la obsidiana, lucía despeinado.
-Pregunté yo primero.
-Y yo segundo... o eso creo.
-Déjate de gilipolleces –Álvaro dio un paso hacia delante y apretó sus puños. El hombre se incorporó, ya sin apoyarse en la pared, dejando ver que en realidad era algo más alto que su interlocutor y bastante más corpulento. El joven continuó, sin querer demostrar su inseguridad.
-Fuiste tú el que me llamó aquella tarde. No trates de tomarme por un imbécil.
-No demuestres serlo entonces. Si bien lo entiendo, que creo que sí; vienes a hablar con una persona a la que no conoces y empiezas con preguntas y acusaciones sin fundamento y ¿te crees en derecho de exigir respuestas? –El hombre lanzó el cigarrillo al suelo y lo pisó con la punta de uno de sus zapatos.
-Tú estabas allí. Entre toda esa gente, mirándome –le interrumpió su interlocutor, enrojeciéndose sus mejillas por la sangre acumulada en su cabeza.
-¿Te refieres a que yo estaba en el lugar de un accidente, junto a miles de morbosos curiosos por una catástrofe? No veo nada extraño en ello. Tampoco veo extraño que me fijara en ti, parecías un afectado por aquel desagradable incidente. Llámalo debilidad por el espectáculo, si quieres y buena memoria para acordarme de tu cara unos meses después.
-Tu voz es la misma que la que me comunicó la muerte de mis padres por primera vez –insistió tozudo Álvaro, apretando sus dientes, pensando que era realmente increíble que no se hubiera lanzado sobre aquel tipejo. Sin embargo algo le impelía a seguir preguntando.
-¿Mi voz? A través de un móvil las voces se distorsionan. ¿De todas formas cómo relacionaste la mía con aquella, si hasta ahora nunca la habías oído?
-¿Cómo sabes que me llamaron al móvil para comunicarme la muerte de mis padres? Que yo sepa no lo había comentado.
-Punto para ti, chaval –sonrío el hombre- tal vez no seas tan idiota como pareces. -amplió más la torva sonrisa y escupió al suelo, volviendo a mirarle a los ojos, divertido, para después continuar hablando, sin que sus labios dejaran de combarse hacia arriba- Las preguntas que me has planteado tienen poca importancia ¿no crees? ¿Qué más dará quién sea? Más importante es, por ejemplo: ¿Cómo pude saber tu número, tus preocupaciones? ¿Por qué te llamé?
-Escucha, hijo de puta –le interrumpió el cada vez más enervado Álvaro, sin hacer caso a los razonamientos que escuchaba- no intentes jugar conmigo...
-Creo que de eso se encargará el destino, amigo mío. O ya se está encargando, mejor dicho. Simplemente he venido aquí a recordarte una cosa. Debes empezar a recorrer el Camino. Probablemente no sepas de qué te estoy hablando, sin embargo, pronto lo adivinarás. A veces hay que vivir los sueños ajenos para comprender mejor los propios. Ahora he de marcharme, se me ha acabado el maldito tabaco, aunque tal vez sea mejor así. Fumar mata ¿sabes? –dándose la vuelta se dispuso a marcharse, pero en el último momento giró la cabeza para hablar sobre su hombro- me llamo Julián. Y lamento los de tus padres, chaval. Una verdadera putada... –las siguientes palabras que pronunció tras éstas, fueron en tono tan bajo que Álvaro no pudo escucharlas. Finalmente, comenzó a andar, sin que el joven hiciera nada para evitarlo. Parecía como si hubieran clavado sus pies en el cemento y sus pensamientos se hallaban, involuntariamente, en las palabras que le habían otorgado aquella noche. Así, la sombra del desconocido se fue entrecruzando con las de la calle hasta que se fundió definitivamente con ellas.
Los pensamientos del joven continuaron algunos minutos más mientras permanecía quieto en el mismo lugar, hasta que, finalmente, comenzó a andar sin razón concreta, con pasos lentos y cortos, hacia las obras que se estaban llevando a cabo en la ciudad, algo aturdido por una escena que no sabía siquiera si considerar real o fruto de su esquizofrenia.
Llegó hasta la pared de vallas que rodeaba y ocultaba los trabajos de reconstrucción del atentado. Frente a cada valla, ramos de flores recordaban a las víctimas. Posadas sobre el suelo, sus pétalos eran un mudo tributo a aquellos que no tuvieron oportunidad de seguir deshojando las posibilidades de su existencia. También algunas velas, apagadas en su totalidad por la brisa de la noche, habían sido colocadas allí con la intención de que su llama sirviera de guía para aquellos que se habían sumido en la más profunda e impenetrable oscuridad.
Álvaro apartó uno de los soportes para hacerse un hueco por el que entrar al recinto. El espectáculo que se extendía ante sus ojos era realmente espectacular y desolador. La amplia extensión de terreno afectado por la explosión había sido limpiada de escombros y restos de los antiguos edificios y los cimientos de nuevas construcciones indicaban el lugar que ocuparían altos edificios cuando los trabajos hubieran finalizado. En el centro del solar se levantaba ya lo que sería un monumento de conmemoración de los hechos allí acontecidos. Se trataba, como pudo comprobar al acercarse, de una simple columna con los nombres de todas las víctimas grabadas a su alrededor. Rodeada por una gran fuente de agua y jardines, constituiría la nueva plaza que se pensaba ubicar en aquella zona.
El joven saltó a la taza de la fuente, todavía seca, y se acercó hasta la columna. Todo el lugar estaba inmerso en un casi antinatural silencio, como si él fuera el único ser despierto en toda la ciudad. Acarició el mármol labrado con miles de letras y no se sorprendió, pues parecía claro desde un primer momento que así ocurriría, al encontrar fácilmente el nombre de sus padres. Tuvo deseos, mientras repasaba los bordes de la inscripción con las yemas de sus dedos de que su nombre apareciera a continuación de aquellos, pues en cierta manera una gran parte de él murió tras aquel maldito día. Si hubiera podido asegurar en aquel momento que se encontraba en el sueño de la muerte, seguramente se hubiera sentido más feliz.
Sumido en una honda meditación, dejó caer la cabeza sobre la fría piedra, apoyándola después sobre uno de los brazos y dejándose caer, poco a poco hasta quedar de rodillas, mientras la rabia se apoderaba de él. Propinó un tremendo puñetazo a la columna y aguantó el dolor apretando sus dientes hasta hacerlos rechinar. Notó la sangre fluir sobre la superficie pulida del monumento directamente desde sus nudillos. En su pecho sintió arder el normalmente frío contacto del oro del crucifijo sobre su piel. Sentía como si llevara prendido al cuello un pesado lastre y se lo tuvo prácticamente que arrancar para librarse de aquella atenazadora sensación. En un gesto de furia arrojó el colgante, lamentando, casi en el mismo momento en que lo lanzaba, tal decisión.
El pequeño objeto desapareció de su vista debido a la escasa iluminación que proporcionaban las farolas recién colocadas en lugares estratégicos. Pudo intuir la zona por donde podría haber caído por la dirección y fuerza con que lo había lanzado. Fue corriendo hasta allí y rebuscó por el suelo cubierto de gravilla y polvo, sintiendo la incómoda sensación de rasparse la herida de una de sus manos contra las pequeñas piedras.
Finalmente un acusador destello le advirtió la localización del preciado bien. Lo recogió entre sus palmas, temblorosas por el nerviosismo. Justo en el lugar donde había caído la cruz brillaba lo que parecía un trozo de cristal, que recogió también para comprobar de qué se trataba. Se sorprendió al ver una pequeña perla nacarada engarzada en un gancho dorado. Se debía tratar de un pendiente.
Dobló el enganche de la joya y la sujetó de la cadena del colgante, junto al lado de la cruz. El encuentro de aquella perla le resultaba curiosa y creyó que era buena idea actuar de tal manera.
Al levantar la cabeza, se dio cuenta de que se encontraba muy cerca de la antigua ubicación de su hogar. Decidido a seguir aquel extraño deambular nocturno que había emprendido, buscó la localización exacta de la entrada al piso donde antes vivía hasta que llegó a una zona donde se levantaba la estructura, sin paredes todavía, de una vivienda de varias alturas. Entró en las obras, saltando un pequeño foso y subió por las grises escaleras de cemento hasta la azotea, donde ondeaba una bandera de España, indicador de que las obras habían alcanzado la máxima altura. La superficie bajo sus pies estaba repleta de herramientas y materiales de construcción. Anduvo por toda ella hasta que se detuvo en seco, mientras sus ojos se abrían desmesuradamente. Junto a un montón de escombros aún por arrojar destacaba una pequeña acuarela, encuadrada en un simple marco sin adornos.
Álvaro sintió un momentáneo mareo al identificar la acuarela como una de las pinturas con las que su madre trataba de ocupar parte de su tiempo libre. La alzó hasta que pudo distinguir los trazos con claridad y forzó la vista para intentar evitar en la medida de lo posible la falta de luz.
El cuadro representaba en tonos oscuros un impresionante castillo, rodeado por multitud de casas. De fondo se observaba la falda de una pedregosa elevación. Todo ello representado con admirable similitud con la realidad. Su madre siempre había tenido una excelente mano para el dibujo y la pintura, pero siempre se había negado a enseñar su trabajo a nadie que no fuera alguien cercano.
La fortaleza, motivo central de la representación, se dio cuenta Álvaro, le resultaba especialmente cautivadora. El magnífico edificio allí representado era sobrecogedor y terrible, inspirando, en sus complicadas y recargadas formas, miedo, asombro y belleza. Tuvo que pasar unos minutos antes de que se diera cuenta de que se trataba nada más ni nada menos que de la figura que tantas veces se había repetido en sus sueños durante los últimos meses. Apareciendo, entonces, desde la confusa maraña de su memoria, retornaron las recientes palabras que le habían dicho esa misma noche.
“A veces hay que vivir los sueños ajenos para comprender mejor los propios.”
El joven apretó el cuadro en su pecho y salió corriendo, sabiendo con claridad lo que tenía que hacer.
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