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Las Cuatro Historias: Una Búsqueda (III)


Relatos de Fantasía

25-11-2002 11:08
Por: Valente

Yo sueño que estoy aquí
destas prisiones cargado,
y soñé que en otro estado me vi.
¿Qué es la vida? Un frenesí.
¿Que es la vida? Una ilusión,
una sombra, una ficción,
y el mayor bien es pequeño;
que toda la vida es sueño
y los sueños, sueños son.

"La vida es sueño". Décimas del monólogo de Segismundo al cierre de la segunda Jornada.
Pedro Calderón de la Barca.

II

Habían llegado de forma progresiva. En un principio apariciones fugaces en su mente, se fueron haciendo más frecuentes, duraderas y realistas, hasta que llegó el momento en que ocupaban su espíritu como un torrente imparable de su desbocada imaginación.

Veía un lugar portentoso y terrible al mismo tiempo. Él estaba allí, caminando hacia aquella fantástica construcción que elevaba sus retorcidas y ennegrecidas torres más allá de las nubes como brazos dispuestos a desgarrar el mismo firmamento. A medida que se iba acercando, vislumbraba con mayor claridad, como si su percepción pudiera superar sin esfuerzo la barrera de la distancia, la profusa maraña de elaboradas esculturas y relieves que cubrían casi en su totalidad la oscura estructura. Demonios, sátiros, leviatanes, quimeras, engendros, endriagos, aberraciones y seres cuyo asqueroso aspecto reconocía pero era incapaz de proporcionarles nombre alguno. Las figuras representaban repugnantes escenas de perversidad y crueldad innombrables y transmitían la sensación del regocijo infinito y obsceno de los que las llevaban a cabo. Una de ellas, que llamó su atención, grabándose a fuego en su memoria, representaba un demonio devorando las entrañas de un recién nacido que continuaba con vida y observaba con místico estupor a su aprehensor. Esculpido a los pies de la pétrea imagen, un libro abierto contenía en las páginas que mostraba las palabras: “El débil debe alimentar al poderoso”.

Su vista fue a posarse, tras leer las inscripciones, en el gran pórtico que daba entrada al castillo. El arco capialzado que lo contenía estaba ricamente adornado con figuras similares a las que tapizaban el resto de la construcción, salvo una de ellas que representaba una forma familiar y cercana. Sin embargo en el momento que empezaba a reconocer el rostro representado, éste se volvió borroso, al igual que todo cuanto le rodeaba.

Javier salió de su ensueño, arrancado de su alucinación por la voz nerviosa e insistente de Álvaro. Hizo grandes esfuerzos por contener las arcadas y alzó sus ojos enrojecidos para poder mirar directamente a su interlocutor y después bajarlos, de nuevo, incrédulo ante la pequeña e increíble pintura que éste le mostraba.

-¿Cómo...? –empezó a preguntar sin acabar de entonar la frase. Llevó su mano, dedo índice extendido, a tocar los medidos y elegantes trazos de la acuarela. Quería asegurarse de que aquello era no más una mera imagen, y no un trozo de realidad enclaustrada en una prisión de madera. Acarició la superficie de la lamina y sintió casi de inmediato la sensación de ser absorbido por el éxtasis del trance al que se veía sometido últimamente. Consiguió sobreponerse mediante un esfuerzo titánico y apartó la mano bruscamente, evitando el contacto que le había llevado casi al extremo de perder el control sobre sí mismo.
-¿Qué ha ocurrido? –Preguntó Álvaro, mirando a su compañero fijamente.
-¿Eso lo pintó tu madre?
-Sí ¿Qué has visto? ¡Dímelo!
-¿Dónde lo encontraste? –Javier tenía la mirada perdida y parecía ajeno a las preguntas, planteando las propias como un autómata.
-Ya te lo he contado, en la obra. Necesito saber qué es lo que has visto. Sé que desde hace meses tienes sueños extraños; sueños concretos que te enseñan algo que yo sólo puedo vislumbrar tras una densa cortina que cubre mis ojos. Sé que ambos podemos sentir lo mismo. Lo sé porque hemos hablado tardes enteras sobre ello, porque lo hemos considerado una conexión casi mística entre nosotros. También sé que has podido ver a mis padres en esos sueños. Yo también quiero verlos. Quiero poder usar tus ojos.
-No, realmente no quieres. O no querrías si pudieras siquiera intuir lo que yo me encuentro allí. No te gustaría. –Dijo desapasionadamente Javier, manteniendo la mirada de Álvaro con una seriedad impenetrable. Después cerró los ojos y ocultó en parte su rostro bajo una mano, como si le doliera la cabeza- No Puedo hacer más por ti de lo que ya he hecho.

La reacción de Álvaro no se hizo esperar. Dio un par de pasos hacia atrás mientras su rostro se congestionaba y su expresión se endurecía con un rictus de cólera. Se mordió los labios hasta prácticamente hacerlos sangrar y se dispuso en un par de ocasiones a decir algo, pero en ambas se contuvo a duras penas. El centelleo de sus retinas atestiguaba la lucha interna que estaba librando para no acometer acción alguna. Llevaba intentando convencer a su compañero durante horas, pero éste sólo se había sumido en una actitud esquiva e inflexible ante sus razonamientos. No entendía a qué se debía tal circunstancia, aunque tampoco se esforzó apenas en averiguarlo. Necesitaba respuestas, las necesitaba desde el mismo momento en que comenzó a tener conciencia de sí mismo y ahora que, por fin, había encontrado la posibilidad de hallarlas, se encontraba ante la sorprendente traición de su amigo que le impedía alcanzar su objetivo.

En el momento en que había visto aquella acuarela de su madre en las obras entendió, como si se tratase de una revelación, que había demasiados cabos sueltos en los acontecimientos que lo rodeaban. Había visto tal vez la puerta a ese mundo con el que siempre había convivido sin conocerlo; en el que había habitado sin darse cuenta y, tal vez, en un acto de locura se había dicho que todavía quedaba una esperanza, alguna forma de entender el significado de tantos enigmas y silencios que él mismo se planteaba.

Todo podría tener sentido ahora en el esquema que había conseguido organizar. La maraña de sensaciones contradictorias, el enigmático personaje con el que se había cruzado en un par de ocasiones, los sueños de Javier y la relación de éstos con sus padres, muertos en un atentado tan brutal como misterioso. Todo. Absolutamente todo podía llegar a ser explicado si contaba con la ayuda de su amigo. Estaba seguro, aunque no sabía con certeza porqué, de que todo estaba relacionado de alguna manera, que había un nexo común entre todos los acontecimientos y hubiera dado una mano apostando que la clave eran los sueños que había padecido, coincidiendo con el fallecimiento de sus padres, en los últimos meses Javier.

-Por favor, Javier, eres mi mejor amigo, me tienes que ayudar –suplicó tras haber conseguido controlar su nerviosismo- sé que puede existir una relación entre todo. Parece una cosa de locos, pero te aseguro que no es así. Dios, no puedo explicártelo, sólo necesito que confíes en mí.

El aludido negó con la cabeza un par de veces, sin abrir los ojos en ningún momento. Sus piernas temblaban ligeramente, al igual que su labio inferior.
-No puedo hacerlo. Cada vez que veo aquello me destroza por dentro. No puedes imaginarlo. Últimamente los sueños habían remitido en parte. No quiero que vuelva. No. ¡Jamás!
-Javier –la voz de Álvaro sonó quebrada y prácticamente desfallecida- sólo te pido que me des una oportunidad. Sólo una para intentar desvelar esta mierda que me persigue, para poder pensar que me queda una puta esperanza más allá de la muerte o el olvido.

Se instauró un pesado silencio entre los dos compañeros que duró el tiempo que tardó Javier en levantarse de la silla desde donde había realizado toda la conversación y se acercó hasta su amigo, sin dejar de mirarlo en ningún momento.

-Una vez –dijo con voz pausada y deliberadamente lenta- una vez y basta. Y si sale mal, a la mierda.
Las palabras del joven fueron contestadas con un efusivo abrazo y un balbuceo de agradecimiento, ya que Álvaro fue incapaz de articular sonido alguno durante unos segundos. Posteriormente se apartó ligeramente sin dejar de sujetarlo por los hombros.

-Gracias –suspiró, superando el nudo en su garganta.
-Menos mariconeos –bromeó Javier, recuperando su habitual sonrisa- ¿acaso me vas a dar un beso ahora? –la contestación que recibió fue un amistoso puñetazo en su hombro que devolvió de inmediato. Sin embargo, a pesar de las chanzas, en su cabeza bullían cientos de pensamientos y sentía un hormigueo desagradable en su estómago. Tenía miedo.

III

Estaban los cuatro reunidos. Ana, Luisa, Javier y Álvaro. Inmersos en la fría noche bajo la palpitante luz de una farola acabada de encender. El viento aullaba y rozaba sus rostros, susurrando en un lenguaje secreto lo que semejaban advertencias y admoniciones.

Ana se puso los guantes, mientras sujetaba un gorro de lana entre los dientes. El bramido de aire hacía oscilar su larguísimo cabello frente a su rostro hasta que pudo apresarlo bajo la prenda con la que se cubrió la cabeza. Su expresión apenas contenía el nerviosismo y el desconocimiento. No le habían explicado apenas nada sobre lo que iban a realizar aquella noche, pero todos los elementos se habían conjugado para provocar su intranquilidad. No le gustaba lo que podía leer en la actitud de sus amigos. Sobretodo en los dos chicos, que permanecían en silencio, aunque Javier intentara sonreír sobreponiéndose a las adversas y cortantes corrientes de aire. Nunca los había visto así, con sus facciones contraídas en una concentración profunda y tensa. Apenas se lanzaban alguna mirada y, cuando lo hacían, era rápida y penetrante.

Luisa, al lado de su amiga iba vestida con un largo chaquetón marrón, recubierto en sus mangas por la suave textura de una imitación de piel, que cubría casi en su totalidad su cuerpo excepto los pies calzados con botas de cuero negras y de alto tacón. Habiéndose arreglado de forma especialmente elegante, se sentía incómoda. Cuando la habían llamado tampoco le habían especificado las razones de la reunión y ahora se preguntaba, viendo el aspecto de Ana, mucho menos acicalada con sus ropas deportivas y zapatillas y con la desorientación impregnada en cada una de sus muecas, si no iba adecuadamente preparada para la ocasión. La ropa de sus dos amigos masculinos era la de siempre, ambos vestidos con vaqueros azules y cubriéndose del frío con una chaqueta, Javier de cuero y Álvaro de tela sintética, las dos oscuras. Álvaro llevaba en una de sus manos una bolsa con algo en su interior. A simple vista podría ser un paquete.

-¿Qué hacemos aquí? –Preguntó Luisa, una vez había pasado un periodo de tiempo que consideró suficiente para empezar a plantear las cuestiones que no les habían revelado. Los dos hombres se miraron un instante y fue Álvaro quien se dispuso a contestar:
-Os hemos llamado porque hoy tenemos que ir a un lugar... juntos. Hemos creído que os gustaría participar y que si no os hubiésemos avisado nunca nos lo hubiéramos perdonado. En realidad esto es una locura, muy difícil de explicar... –se detuvo sin saber expresar con claridad sus pensamientos y después continuó, carraspeando y elevando el tono de voz sobre el rumor del viento- vamos a las obras –en este punto dudó, abstraído por el recuerdo- tenemos que comprobar una cosa... –negó un par de veces con la cabeza- no puedo explicarlo. Suena a locura y probablemente lo sea. Sólo os pido que vengáis con nosotros. Pronto todo tendrá sentido.
-No entiendo nada. ¿Podrías ser más claro? –Intervino Ana abrazándose y frotando sus brazos para entrar en calor.
-Necesitamos ver el lugar donde están reconstruyendo las obras. El otro día fui hasta allí y...
-¿Entraste en las obras? –le interrumpió Luisa- no me dijiste nada. ¿Cuándo fue?
-Ayer por la noche, no he tenido tiempo de decirte nada. El caso es que fui hasta el lugar donde se encontraba mi antigua casa –desdramatizó, con un gesto despreocupado y cariñoso, la mirada preocupada de sus dos amigas ante tal revelación y prosiguió con su relato- y encontré esta acuarela –sacó de la bolsa la pintura y se la enseñó a sus amigas que se acercaron para admirar el objeto con curiosidad. Tardaron poco en reconocerla pues ambas la habían visto colgada de una de las paredes del hogar de Álvaro. Javier permanecía, mientras todo esto ocurría, a una distancia prudencial de los tres, mirando hacia el infinito y golpeando el suelo con la punta de sus zapatillas. Álvaro continuó:
-Encontré esto en una gran pila de escombros –ante el asombro de sus oyentes, aclaró- sí, tras varios meses desde el atentado, debieron encontrarlo bajo todos los restos o vete a saber qué ocurriría para que acabara allí. Y necesitó que me acompañéis para ver si encuentro más cosas –ante la mentira que había pronunciado, Javier le lanzó una escrutadora mirada a la que respondió con un ligero y disimulado encogimiento de hombros.

No podría hacerles entender lo que se proponían. Lo sabía. Tenían que ir hasta allí y comprobarlo por sí mismas. A pesar de que conocían los extraños sueños de Javier y su carencia de ataduras, sus silencios inexplicables y su introspección, ellas no consentirían en asumir semejantes prácticas. O eso creía él. Así pues, decidió escudarse en esa pequeña mentira, para contar un apoyo que, aunque le costase reconocerlo, se le hacía indispensable. Suspiró y esperó que sus palabras surtieran el efecto deseado, como finalmente hicieron.

-De acuerdo, iré. –dijo Luisa para, después de un acuerdo tácito con Ana, agregar:
-Iremos.
-¡Bien! –exclamó Álvaro, más aliviado de lo que quería parecer- Gracias –apretó con fuerza las manos de ambas entre las suyas y les sonrió, sintiendo cada una de ellas distintas reacciones en su pecho- pongámonos en marcha, entonces.

Recorrieron las calles, siempre subiendo, encontrando al término las vallas que rodeaban la zona en reconstrucción. Buscaron un lugar por el que poder hacer un hueco entre las verjas y, cuando lo encontraron, pasaron al interior de la explanada. Salvo Álvaro, que ya había contemplado aquel espectáculo desolador, la sorpresa se denotó en sus apagadas expresiones de estupor.

-Dios santo –murmuró Javier, contiendo a duras las penas la concentración para que sus piernas le mantuvieran en pie. Se sentía atenazado, ya casi sin poder evitarlo, por un profundo pánico y cada paso constituía una auténtica proeza y un claro ejemplo de descoordinación, tropezando constantemente con las irregularidades del suelo.

Utilizando las dispersas luces se fueron acercando a su destino. Los dos chicos cuchicheaban y el tono que empleaban era un mero murmullo ininteligible. Ana y Luisa hacían comentarios admirativos y desconcertados sobre las colosales obras que se estaban llevando a cabo. Pasaron a escasa distancia de la columna, deteniéndose para apreciarla brevemente. Nadie entonó comentario ninguno, aunque todos se acercaron inconscientemente a Álvaro y prosiguieron el resto del camino junto a él.

Llegaron frente a la vivienda en construcción y saltaron el pequeño foso que rodeaba la estructura. Allí Álvaro extrajo de nuevo de la bolsa el pequeño marco de madera y lo examinó pensativo. Titubeó, asaltado de pronto por un conato de indecisión que tuvo que desdeñar, concienciándose de que estaba haciendo algo necesario.

-¿Listo? –consultó atisbando de reojo la reacción de su amigo.
-Sí –contestó con poco aplomo Javier- ¡joder, sí! –se intentó reafirmar.
-¿Qué ocurre? ¿De que habláis? ¿No íbamos a buscar? –se sorprendió Ana.
-Sí ¿qué ocurre? –Luisa sintió un sobrecogimiento que erizó el vello de su nuca- ¿Qué estáis haciendo?

Sin contestar a la pregunta, Javier posó la mano suavemente sobre el lienzo y se vio invadido al instante por una progresiva sensación de abandono. Poco a poco fue menos dueño de su cuerpo y sus pensamientos. Se nubló su vista, mientras las voces de sus amigas, fueron amortiguándose hasta desaparecer como un simple eco en el interior de su conciencia.

Abrió los ojos, sobresaltado, le picaban terriblemente y tenía el deseo de rascárselos pero se contuvo y los mantuvo abiertos a pesar de que el contacto con el aire le resultaba tremendamente molesto. Nada había cambiado. Nada había visto. Miró a Álvaro y éste, completamente en silencio, expresaba con sus movimientos perplejidad absoluta. Ana y Luisa, inquietas, frotaban sus manos y lo miraban. Les sorprendió el mutismo de sus amigos y se dispuso a romperlo.

-Nada... –dijo, pero se calló cuando, por el rabillo del ojo, sintió la amenazadora sombra que tantas noches había visitado. Temblando de los pies a la cabeza, se dio la vuelta para ver, asentada en el centro del enorme solar, la negra fortaleza, que se erguía más allá de toda lógica, orgullosa de su malévola magnificencia.

 



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