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Más de lo mismo. El penúltimo capítulo de la primera parte de mi novela. Versión Beta XDDD.
Capítulo Cuarto
Shalan
Con las cejas alzadas y una expresión de auténtica perplejidad, desde lo alto de la batayola de popa Faryn observaba la delgada estela espumosa que dejaba el navío a su espalda mientras surcaba las oscuras y azules aguas del océano Phaènus. Nada, por más que lo mirara, el joven no podía salir de su asombro.
—Has pasado toda la mañana, desde que amaneció, aquí arriba. Incluso podría asegurar que ni has cambiado de posición. –dijo una voz conocida a su espalda y Edrina se colocó a su derecha, apoyó sus brazos sobre la barandilla y miró interesada la superficie del océano.— ¿Puedo saber por qué?
Tan ensimismado estaba el joven que apenas le dedicó una mirada.
—¿Cómo puede moverse un barco tan rápido? –Preguntó Faryn a su vez.
Desde luego, aquella pregunta fue totalmente inesperada para la joven Sacerdotisa de la Tierra, quien alzó una ceja. Inmediatamente comenzó a reír, una risa que ya se había acostumbrado a escuchar y apreciar Faryn, tan musical como su voz de contralto. Sorprendido por su extraña reacción, la miró inquisitivamente.
—Oh, querido. Así que es eso. –Últimamente, pensó el joven zalmeí, Edrina se dirigía a él en aquellos términos tan afectuosos, tan… íntimos que, como en ese momento, le azoraban y confundían.
Sin poderlo evitarlo, apreció lo bien que le sentaba el vestido de aquel día –Faryn no sabía a ciencia cierta cuantos trajes tenía la joven, quizá uno para cada día—, era de color azul matinal con acuchillados en verde claro y blanco encaje en el cuello y en las bocamangas. Realmente estaba muy hermosa.
—Recuerda que viajamos en un barco shalaní. –explicó ella. Hizo una pausa y en sus labios surgió una enigmática sonrisa.— Y como se sabe en el resto de los Reinos, mi pueblo es un gran conocedor del mar y de la navegación.
Durante un momento la contempló inexpresivo, antes de decir con irritación.
—No es necesario que te burles de mí. –sus ojos volvieron a las aguas y la estela del barco.— Estoy un poco harto de tantos secretos y tantas cosas que no comprendo.
Edrina apretó los labios, indignada. Sin embargo, las palabras que salieron de sus labios no fueron las que pensaba decir.
—Perdóname, no era mi intención burlarme. –¡Debería darte unos buenos tirones en las orejas!, dijo en su interior, ¡Eso es lo que debería hacer!. Pero no lo hizo y se reprendió por ello. La autocompasión y el aislamiento del joven resultaban cada vez más irritantes y cabezotas. Abrió la boca, con la intención de llevar la conversación hacia otros asuntos cuando una tercera persona se les unió.
—Mi Señor. Mi Señora. –Tanto Faryn como Edrina se volvieron inmediatamente para mirar al Capitán de la embarcación.
Jharac Murhin era un hombre de baja estatura pero con una espalda tan ancha y unos brazos tan musculosos y gruesos que ofrecía una sólida estampa, todo su aspecto indicaba que era un marino; su apariencia no se veía mermada por sus cabellos cortos y prácticamente blancos. El Capitán Jharac era todo respeto hacia ambos jóvenes, lo que no dejaba de contrastar con la estricta severidad de la que hacía gala en su trato cotidiano con sus marineros. Un buen número de ellos eran más altos y posiblemente más fuertes también, sin embargo, obedecían sus órdenes con presteza y sin protestas.
—¿Si, Capitán? –inquirió Edrina.
—Vuestra comida está dispuesta, mi Señora.
—Muchas gracias, Maese Jharac. –Edrina esbozó una sonrisa que el joven ya conocía y se había acostumbrado a ver. No le extrañó advertir que aunque el rostro del veterano marinero permanecía políticamente inmutable, en su mirada surgió un punto de admiración y afecto por aquella joven que le resultaba muy comprensible a Faryn.
Aquella era la media mañana del décimo día de viaje, desde la noche fatídica en que tuvieron que huir de Thamar Dal y de los Siervos de la Oscuridad que a punto habían estado por atraparles. En ese tiempo ambos jóvenes parecían haber alcanzado una especial relación de amistad. Tal vez, más profunda de lo que Faryn creía.
Despidiéndose de ellos con una profunda reverencia, el Capitán dio la vuelta y se alejó hacía proa, en donde comenzó a impartir órdenes con brusquedad a sus hombres. El joven Darwyddan no pudo evitar sonreír.
Al volver su atención a su compañera, ésta el observaba inescrutablemente.
—Te espero abajo junto a los pequeños. –anunció, pronunciando cada palabra con cierta tirantez.
Faryn Mauchen observó como la joven Sacerdotisa de la Tierra se encaminaba hacia la escotilla y descendía la estrecha escalera que conducía a los camarotes. Apretó los labios y sacudió la cabeza, preguntándose el motivo estúpido por el que se había comportado tan injustamente con ella. Edrina era completamente encantadora –que era hermosa era algo tan evidente que parecía estúpido mencionarlo—, y además poseía un carácter abierto, cálido, pero también terriblemente firme y determinado cuando así lo exigían las circunstancias. Y no solamente eso, sino que poseía igualmente una impactante sagacidad, apoyada en una educación y en unas convicciones tan sólidas como una roca.
No, decididamente su comportamiento momentos antes había estado fuera de lugar. Tendría que disculparse con la joven en cuanto llegase al camarote. Se lo debía, por todo.
Echó una nueva ojeada por encima de la batayola, cómo si esperase que con ello descubriera el secreto de aquel navío y su vertiginosa velocidad. Finalmente se encogió de hombros y siguió los pasos de su compañera hacia la escotilla, pensando que aquel misterio era uno de tantos otros existentes en ésta vida que no llegaría a entender.
**
Estúpido. Pedazo de bruto…
Los airados pensamientos bullían en la mente de Edrina mientras resoplaba y caminaba de un lado a otro del camarote. Será desconsiderado.
No por primera vez, la joven shalaní se sorprendió al pensar en lo mucho que la afectaba aquellas desconfianzas y aquellos exabruptos del otro joven, que sabía que afloraban en él inconscientemente. Era evidente lo profundamente que le había afectado todo lo sucedido: las muertes de sus amigos, de sus hermanos de Orden y la de su Maestro. En definitiva toda la gente a la que había querido.
La joven se detuvo frente al confortable y amplio sillón de carmesíes cojines y madera oscura tallada con motivos de la naturaleza, que había elegido como propia. El sillón, y lo cierto es que todo el resto del mobiliario que se encontraba en el camarote, era de una calidad notable. Edrina se dejo caer sobre él mas bien con poca delicadeza, aspirando sonoramente.
Realmente, nunca se había sentido tan confusa como en aquel instante. En Shalan, su tierra natal, su educación como Sacerdotisa de la Tierra abarcaba muchos aspectos, desde su armonía con la Madre hasta el desarrollo de su conocida faceta como inigualables sanadoras como eran conocidas; pasando también por una excelente formación como consejeras. En Shalan cada Casa Noble contaba con una Sacerdotisa como consejera. Entre sus Hermanas, la joven había destacado por su inteligencia, por su objetividad y también por su serenidad en todas –si no la mayoría— las situaciones.
Sin embargo, ahí estaba, terriblemente desorientada y confundida. Y estaba claro que Faryn era la causa de aquello. No dejaba de sorprenderle la extraña mezcla de irritación y ternura que la invadía cada vez que pensaba en él. Ahora que era consciente de ello le parecía que la ternura solía ser más fuerte.
Súbitamente comprendió su problema, o mejor dicho, lo que le ocurría. Era lo más simple del mundo y echó hacía atrás la cabeza y comenzó a reír. Se había enamorado del joven Darwyddan, simplemente. ¡Cómo podía no haber caído en ello!
El sonido del picaporte al abrirse silenció sus risas en el instante. Sin apresurarse, la joven se incorporó y se alisó las pequeñas arrugas que se habían formado en su traje mientras estaba sentada. Con la misma tranquilidad se volvió para observar con impasibilidad a Faryn.
El joven Darwyddan traspasó el vano de la puerta casi con timidez, ¿o sería renuencia?. Vio como su mirada recorría toda la habitación, frunciendo acto seguido el entrecejo. Casi podía suponer lo que pensaba. ¿A qué venía tanta risa, si sólo estaba ella en la habitación junto a los dormidos hijos de Caldin Ralcar?
Esperaba que le preguntase sobre el motivo pero no fue eso lo que dijo mientras caminaba hacia ella.
—Siento haber tardado. –dirigió una mirada al lecho, donde yacían bajo las sábanas los dos pequeños.— ¿Se han despertado?
Edrina sacudió la cabeza.
—No. –Dijo con cierta frialdad. Entonces su tono se volvió preocupado.— Rhaeyn ha tenido una pesadilla, creo. Estuvo varios minutos removiéndose con inquietud.
—Entiendo. –asintió él. Miró hacia la mesa, situada al otro extremo del camarote, donde la comida estaba ya servida. Añadió.— Comamos, entonces.
Ambos se dirigieron hacia la mesa, y Faryn tuvo el tacto de no sentarse antes que su compañera.
El silencio fue lo que predominó durante el tiempo que duró la comida. A Faryn el silencio le resultó inquietante, casi opresivo, y los minutos enormemente largos. En varias ocasiones planteó a su joven compañera algún tema de conversación; como era Shalan, Si se sentía feliz de regresar, y otros más triviales. No obstante, Edrina ofrecía siempre respuestas cortas, por lo que el joven zalmeí terminó sumiéndose en un incómodo silencio. Bueno, quizá incómodo para él, pues una ojeada a la joven le indicó que a ella desde luego no le molestaba la situación.
—Edrina. –empezó tras un nuevo silencio, decidiendo que debía hacer algo para restaurar la amistad que pensaba había disminuido arriba en cubierta. Los azules ojos de la joven se alzaron de su plato casi vacío y le contemplaron fijamente. Sin mostrar sentimiento alguno.— Creo que te debo una disculpa. Sinceramente, me he comportado cómo un verdadero cretino hoy, en tanto tu has soportado mis tonterías sin tener motivos para ello.
—Como un cretino. –repitió la joven, secamente, aunque a Faryn le pareció advertir un brillo divertido en su mirada.— Yo no tenía exactamente esa palabra en mente. Pero si, te has comportado como un enorme cretino. Ciertamente un burro habría tenido más delicadeza y sentido común que tú, si.
La sonrisa que contenía afloró a su rostro y casi se transformó en carcajadas al ver como el rostro del joven se tornaba ultrajado. Pero no previó que estallase en súbitas carcajadas en su lugar.
—¿Sabes? –dijo Faryn, hablando entre risa y risa.— Nunca nadie me había llamado antes “Burro” y “Cretino” en la misma oración.
Muy a su pesar, Edrina soltó también unas apenas contenidas risitas. Sus negros cabellos se mecieron suavemente cuando sacudió su cabeza.
—Ah, Faryn querido. ¿Qué es lo que voy a hacer contigo? –Casarnos, dijo su voz interior. Faryn sonrió tontamente ante dicho comentario y la joven rió con más fuerza. Habría llegado a ser consciente de que estaba enamorada, pero no dejó de sorprenderle el hecho de que aquella forma de sonreír suya le pareciese tan encantadora y preciosa. Y…
—¿Ina? –cortó sus pensamientos una vocecilla infantil. La joven volvió sus ojos hacia la cama. Rhaeyn, frotándose los ojos y con gesto soñoliento, estaba bajando del lecho. A su lado se movió una silla y al poco Faryn se había acercado hasta la niña y la cogía en brazos. Edrina observó aquello con una sonrisa, la conocida ternura invadiéndola de nuevo.
—¿Qué tal, pequeña? –preguntó el joven, agitando los rubios cabellos de la niña.— ¿Descansaste bien?
—Si. –contestó ella rápidamente, pero a continuación su carita se puso triste y sus ojos lacrimosos.— Volví a soñar con Papa y Mama, tío Faryn.
Dicho esto cerró sus pequeños brazos entorno al ancho cuello del joven y ocultó su rostro en su hombro.
—Y con los monstruos. –la oyó susurrar Edrina, y también la vio como temblaba. A ninguno de los dos jóvenes adultos les hizo falta verle el rostro para saber que gruesas lágrimas se deslizaban por sus mejillas.
Faryn se sintió extrañamente torpe, teniendo a aquella adorable niña entre sus brazos. Su mano comenzó a acariciarle la cabeza, alisándole su bello pelo rubio. Rubio como el de su madre, se dijo sombríamente.
—No temas cervatilla, no temas. –le dijo él, con suavidad. Serenándola.— Nadie volverá a causarte daño. Jamás, te lo prometo.
La joven Sacerdotisa de la Madre había observó feliz como su amado consolaba a la pequeña, como Rhaeyn se tranquilizaba; y se sintió inmensamente orgullosa de Faryn cuando le oyó pronunciar aquellas palabras. Enorgullecida, pese a que advirtió el brusco contraste que ofrecían sus dulce palabras con el brillo gélido de sus ojos y la dureza de acero de sus facciones. Mucho se temió, que pese a todo el amor que ella pudiera llegar a ofrecer al joven, nunca borraría la rabia que moraba ahora en su interior; quizá la mitigase pero continuaría estando allí. Realmente sintió miedo, pero no por ella ni por aquellos dos pequeños que criaría junto a los suyos como propios, sino por él. Edrina no se había enamorado solamente de un hombre. Faryn no era simplemente un hombre, pues desde su nacimiento su destino había estado predeterminado. Bendecido con el Don de la Magia, Discípulo y Heredero del Alto Darwyddan. Portador del Thài’lun, el objeto sagrado más poderoso, maravilloso de todo Loré… pero también peligroso.
Nuestra paz todavía no ha llegado, pensó la joven shalaní, sombríamente.
Justo entonces alguien llamó a la puerta. Faryn, con la chiquilla en brazos se acercó y la abrió. Era el Capitán del barco.
—Mis Señores. –hizo la acostumbrada reverencia, sin dejar de hablar.— El vivía a avistado Shalan. Llegaremos a la ciudad de Haelwyn en unos quince minutos.
Ésta vez no aguardó respuesta alguna, volvió a saludarles con una inclinación y cerró la puerta a su espalda.
—¿Shalan? –inquirió Faryn mirando a Edrina con gesto perplejo.— ¿Tan pronto?.
Tenía razón al preguntarlo, cualquier otro barco habría tardado algo más del doble de tiempo en recorrer la distancia que distaba Shalan de Ghanyn. La joven rió sin poder evitarlo, avanzó hasta ellos, y abrazó a la niña y al joven. La expresión de Faryn fue totalmente estúpida.
El joven sintió como sus mejillas se teñían por el rubor. Intentó fijar su mirada en algún punto para así rebajar su azoramiento, pero sólo podía mirar los ojos de Edrina, lo que no hizo más que acrecentarlo. ¡Por las alas de un elfo! ¡Maldición! Quizá la joven había notado que se sentía atraído por ella y…
—Te amo, Faryn Mauchen Alto Darwyddan.
… ahora la joven estaba gastándole una broma. Devolviéndole… Bruscamente fue consciente de lo que acababa de decirle ella. La miró perplejo.
—¿Qué? –sus verdes ojos la escrutaron el rostro, intentando percibir algún indicio burlón en él. Pero su expresión era totalmente sincera, sonriente. El corazón comenzó a latirle más y más deprisa.
—Que te quiero, tontorrón. –rió Edrina. A continuación, con falsa seriedad agregó.— ¿Y tu qué? Acaso te vas a quedar así, cómo un pasmarote q…
Faryn la silenció de la única manera que s ele ocurrió en ese momento. Besándola. Se sintió extraño ante la sensación que experimento… Se sintió cómo si sus problemas desapareciesen de golpe; todas sus preocupaciones, todos sus miedos, todas las tensiones se evaporaron; pensó que aquel era un nuevo nacimiento de su ser. No había sido el mismo desde la destrucción de su hogar en Chryrn Llherac, y de ahora en adelante sería otro Faryn Mauchen. En ese preciso momento fue consciente de lo importante que era también aquel beso, pues no solamente simbolizaba su correspondido amor, si no que lo había salvado de convertirse en lo qué más odiaba.
Tal vez era excesivo pensar eso, que podría haberse transformado en algo tan perverso como un Saéragan, pero… En fin, tampoco podía pensar con demasiada claridad, no de esa manera con Rhaeyn en brazos y Edrina colgada de su cuello besándole.
La niña se movió entonces entre sus brazos y alzó su ovalado rostro. Edrina también advirtió el movimiento y dejó de besarle, aunque no retiró su abrazo.
—Dime, Rhaeyn. ¿No crees que es el hombre más atractivo y encantador que hayas conocido? –le preguntó, sonriente y guiñándole un ojo.
Los húmedos ojos de la pequeña relucían aunque ya no lloraba. Su mirada se fijó en el joven y luego volvió a ella. Comenzó a reír tontamente.
—¿Son todos los adultos tan raros como vosotros dos? –preguntó Rhaeyn, entre risita y risita. Ambos enamorados intercambiaron una significativa mirada y echaron a reírse también.
Así llegaron a Shalan, los tres abrazados, riendo y con el sentimiento de que una nueva vida se iniciaba entonces para ellos.
**
Desde el largo balcón de sus aposentos, apoyado en la enorme balaustrada, el recientemente casado Faryn Mauchen observaba con una sonrisa cómo su esposa jugaba con Vrainyan y Rhaeyn en el jardín del Castillo Simarhin.
¡Se la veía tan feliz!.
Aún después de casi tres semanas que llevaba allí –Edrina y él había contraído matrimonio apenas dos días atrás—, todavía le sorprendía el hecho de haberse casado con un miembro de una de las Cinco Casa Nobles, una de las familias de mayor antigüedad y más importantes del reino shalaní.
También en el jardín, junto a su esposa y los niños, estaba Lord Edelvan Simarhin, el padre de Edrina. El maduro hombre tenía sobre sus rodillas al pequeño Vrainyan, y ambos observaban como un joven moreno de unos dieciocho jugaba con el palo con un perro del Castillo. El joven Edelnar era el único hermano de Edrina, y el heredero del Castillo y sus tierras. Lord Edelvan era el Señor de Haelwyn, Chryyd y Shaendir, las tres ciudades más importantes del oeste de Shalan. El joven recordó como al principio, el Lord le había tratado con cierta frialdad pues había creído que era ghanieno por mucho Alto Darwyddan que fuera; pero cuando supo que era zalmeí depuso inmediatamente su actitud. Al parecer el hombre tenía en muy buena estima al pueblo natal del joven.
Elevó su mirada y miró hacía el noroeste. Desapareció la sonrisa de sus labios, sustituida por una mueca de preocupación.
En esa dirección, a miles de leguas se encontraba Ghanyn y en su interior una semilla maligna germinaba sin control. Faryn se preguntó sombrío y sincero si el resto de Loré estaría a salvo, si no sería mejor regresar y detener aquella oscura semilla antes de que creciese y su amenaza fuera terriblemente absoluta.
Su ánimo se enturbió todavía más al pensar que, tal vez, fuese demasiado tarde para ello.
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