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Otro relato basado en el mundo del Warhammer Fantasy. Ahora la acción se centra en un paso fronterizo en la helada tierra de Kislev.
¿Por qué los atacaban? Nada de eso sabía Marcus. Él era el hijo de un noble kislevita que había hecho carrera en el ejército imperial, cuando llegó al grado de capitán fue devuelto a casa donde su padre consiguió que se le cediera el mando de una guarnición en el Norte.
Tres semanas llevaba allí cuando atacaron sin previo aviso, durante tres días habían luchado contra las hordas de guerreros ávidos de sangre que los habían cercado, durante un tiempo intentaron defender el pueblo pero pronto tuvieron que volver sobre sus pasos. El avance incontenible de los adoradores del caos los había hecho huir mientras veían caer a sus compañeros a su alrededor y con suerte las máquinas de guerra del castillo consiguieron parar el avance de la horda, justo a tiempo para que los soldados supervivientes se refugiaran en la ciudad.
Desde entonces incontables avances de la horda de guerreros y bárbaros atacando con fiereza sus murallas, en dos ocasiones lograron alcanzar las almenas del castillo y en dos ocasiones consiguieron rechazarlos. Pero eso había supuesto la muerte de muchos de los mejores soldados de la guarnición y mucho se temían que el último ataque sería el último.
Tanto el pueblo como los habitantes que no consiguieron llegar a tiempo a las murallas del castillo fueron quemados. Sus guerreros estaban heridos y cansados de luchar, la mayoría de sus máquinas de guerra destruidas y él mismo lucía una aparatosa venda sobre la cabeza, por un feo golpe de un mangual bárbaro.
Pero una esperanza les quedaba a Marcus y a la guarnición, un correo había partido al poco de empezar el ataque en busca de la ayuda de un vecino templo Sigmarita consagrado a una orden de caballería. Era el templo donde su amigo, Karakov lideraba a los fieros templarios sigmaritas en sus cruzadas por toda Kislev. Por eso miraba Marcus al Oeste y por eso aun resistía en su corazón una ligera creencia de que podrían salir con vida de ésta.
Entonces algo le hizo mirar al Norte, un macabro sonido de tambores y gritos de cuernos desde los bosques cercanos, agudizando la vista Marcus casi podía observar la presencia de unas formas cambiantes entre los abetos del bosque helado. Así que pretendían hacer el asalto final, pues ahí estarían ellos para esperarlos. Mientras bajaba apresuradamente los escalones de la atalaya podía oír los fuertes tañidos de la campana de guardia llamando a los hombres a las armas.
Marcus se cruzaba con sus hombres y los arengaba a disponerse para la lucha. Cuando Marcus llegó al patio del castillo se encontró allí con sus más fieros guerreros, estaban armados con pesadas armaduras y pesados espadones y más de uno relucía la presencia de alguna herida. Eran la guardia personal de Marcus, fieros guerreros mercenarios contratados por su padre que defenderían con denuedo a su señor hasta la última gota de su sangre. Marcus se reunió junto a ellos y pensó en un discurso que los animara, pero lo suyo nunca fueron los discursos, sólo una cosa les dijo: “Cumplid con vuestro deber.”
Un silencio estremecedor se apoderó del castillo cuando el ruido de los tambores se hizo más presente, al compás de la siniestra música un centenar de guerreros armados con pesadas armaduras de hierro avanzaban luciendo sus oscuras armas, el sol de la mañana se reflejaba en sus armaduras negras y carmesíes produciendo siniestros brillos.
Los soldados de la guarnición, observaron aterrados como los guerreros se detenían a tan sólo a la distancia de una bala de cañón del castillo y una oscura figura emergía de entre sus filas. Desde la distancia no podían advertir la forma exacta de este ser, sólo advertían que era ligeramente más alto que sus congéneres. Éste pareció coger algo entre sus manos y aún en la distancia los soldados de la guarnición pudieron oír el lúgubre sonido de un cuerno.
Al sonido del cuerno le sucedieron miles de voces gritando con furia y los aterrados soldados de la guarnición vieron aparecer cientos y cientos de guerreros bárbaros lanzándose con furia hacia el castillo. Venían gritando maldiciones y lanzando gritos de guerra en honor a su señor, el dios de la sangre, Khorne. Eran estos los bárbaros del Caos, los adoradores de los oscuros poderes y el bloque principal del ejército del Caos.
Nadie entre los soldados parecía poder reaccionar y los bárbaros avanzaban rápidamente, sólo una voz se oyó en la inmensidad del castillo:
“¡Adelante hombres, disparad vuestras saetas! ¡Qué esos sucios bárbaros conozcan el ardor guerrero de los kislevitas!”
Los soldados alentados por los gritos de su capitán asieron las flechas y tensando el arco descargaron una primera lluvia sobre los bárbaros que se acercaban. Muchos de los proyectiles alcanzaron a los bárbaros y no pocos cayeron. Pero a estos oscuros guerreros nada de eso parecía importarles y siguieron avanzando hacia el castillo. Nuevas andanadas los diezmaron y aun así seguían avanzando y gritando horribles cánticos de guerra.
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