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Las Cuatro Historias: Una Búsqueda (V)


Relatos de Fantasía

03-01-2003 13:24
Por: Valente

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.
Aquí de Cipïón la vencedora
colonia fue. Por tierra derribado
yace el temido honor de la espantosa
muralla, y lastimosa
reliquia es solamente.
De su invecible gente
sólo quedan memorias funerales,
donde erraron ya sombras de alto ejemplo.

CANCIÓN A LAS RUINAS DE ITÁLICA.
Rodrigo Caro.

V

Necesitaba creer. Creer que cuando abriese los ojos podría encontrar grabadas en el cielo las respuestas. Por eso los mantenía cerrados. Porque ya sabía lo que era contemplar al desengaño a los ojos y que éste, con su mirada fría y burlona, te recriminara tu estúpida inocencia.

Lentamente se obligó a abrirlos, dejando que entrara la luz por ellos. La bóveda celeste pintó de azul brillante el cuadro que se desplegaba en su mente. Estaba tumbado y siguió así, sin dejar de observar el firmamento durante largos minutos. Su conducta le resultó extraña. No sabía dónde estaba, pero no le importaba. Sólo quería descansar y dejarse llevar por el momento de tranquilidad que estaba disfrutando.

Se incorporó pasados unos largos minutos. Sorprendido, contempló el paisaje que lo rodeaba. Un enorme y verde prado se extendía hasta confundirse en una imperceptible línea con el horizonte. Ni siquiera alterada por el sonido, la imagen se extendía en su percepción maravillosa y sobrecogedora en su inabarcable simplicidad.

La voz de Luisa le hizo darse la vuelta. En la lejanía estaba la mujer, agitando la mano y llamándolo a voces. Se acercó en una carrera silenciosa, pues sus pasos no resonaban sobre la hierba, y descubrió a Javier y a Ana también por los alrededores. Se abrazó con todos ellos en una escena muda, en la que únicamente podía escuchar las voces de sus amigos, como si se encontrasen todos envueltos en algodón y sólo sus palabras pudieran escapar del ese efecto enmudecedor.

-Habéis venido –Dijo Álvaro. Aquella frase rompió el antinatural silencio que hasta entonces había envuelto el paisaje y éste se sumió en una vorágine de pequeños sonidos: Un grillo, el suspiro afilado del viento, los roces de las ropas que llevaban puestas, su respiración... que se fueron confundiendo y mezclando, formando una única melodía.
-Claro, tonto –le contestó Luisa, como si ella no hubiera percibido la avalancha de sensaciones que habían bombardeado sus oídos. La mujer se refugió en su pecho y rodeó su espalda con sus brazos, en un gesto que tomó por sorpresa al joven. Tras unos segundos de vacilación, correspondió el abrazo con una sonrisa satisfecha.
-Bueno, parad ya, pareja –bromeó Ana- No sabemos dónde estamos, ni lo que tenemos que hacer, ni nada de nada... Nos es momento para arrumacos.
Los dos amigos se separaron. Álvaro con una expresión incómoda dibujada en sus facciones y Luisa, con una pequeña y divertida sonrisa deslizándose por sus labios.
-Es cierto que algo tenemos que hacer –apoyó Javier, mirando de reojo la sonrisa de Luisa- ¿pero qué?
-No tengo la más mínima idea. Deberías tener algún plan, Luisa; sacaste matrícula de honor en dirección estratégica... –bromeó Álvaro.
-Idiota. Has sido tú quien nos ha metido en esta situación –protestó la aludida señalando con el dedo a su amigo, con una expresión de falso enojo y reprobación- de todas formas, y debido a que los hombres carecéis de la sensatez y perspicacia necesarias para afrontar la toma de decisiones, tendremos que ser Ana y yo las que llevemos a buen puerto esta aventura. Propongo... –dijo mientras lanzaba una mirada a su alrededor, pensativa- ¡ir por allí! –señaló en dirección al brillante sol que bañaba de vida el prado- Definitivamente, sí, es una gran idea –se convenció- ¡vamos!
Sus tres compañeros intercambiaron una mirada jocosa y sin más, asintieron y alcanzaron a la mujer, que ya había empezado a caminar sin esperar su reacción.

Su travesía prácticamente desde un principio se convirtió en un tedioso deambular en el que parecían no avanzar en absoluto ya que el paisaje se había congelado en una inmutable imagen. La verde llanura se extendía en todas direcciones, haciendo que pareciera que avanzaban sobre un monocromo e infinito tapiz. Cuando el ánimo de los cuatro estaba a punto de decaer y las bromas de Javier se habían ido apagando hasta transformar el sonido de sus pasos como el único conversador capaz de romper el mutismo en que se encontraban, se empezó a perfilar en el horizonte la figura inequívoca de una extensa cadena montañosa, tras la que se fue ocultando el sol en su perezoso recorrido por la esfera celeste.

Momentos después, sumergidos en los anaranjados tonos del crepúsculo, encontraron una calzada de piedra apelmazada que cruzaba la llanura transversalmente al recorrido que habían seguido, marcando una casi perfecta línea.

-Bien –se detuvo Javier intentado atisbar el lugar hacia donde podría conducir aquella travesía en cualquiera de sus sentidos- ¿Qué hacemos? Deberíamos seguir el camino pero ¿en qué dirección?
-No sé –admitió Luisa, mirando alternativamente a un lado y a otro- creo que, a fin de cuentas, es exactamente lo mismo. ¿Hacia mi derecha? –señaló con indiferencia y miró hacia las montañas, mientras el cielo se iba tiñendo del negro del anochecer, que se precipitaba a gran velocidad sobre ellos, devorando los rojizos fulgores del sol reverberando sobre las nubes- pero pronto se hará de noche y llevamos mucho tiempo sin dormir.
-No, iremos a la izquierda –le contradijo Álvaro- Algo me dice que deberíamos ir por ahí. Aunque tienes razón en que deberíamos descansar, hace mucho tiempo que andamos. Me pregunto si aquí los días durarán lo mismo que en “el otro lado” –miró su reloj de pulsera y se sorprendió al comprobar que había dejado de funcionar- ¿Dónde os he metido?
-Ya he comprobado que mi reloj tampoco funcionaba –comentó Ana- y el móvil, evidentemente, no tiene cobertura.
-Claro, todavía no han inventado una antena que mande señales intergalácticas –bromeó Javier- para eso han enviado a cuatro estudiantes de Administración y Dirección de Empresas. Chicos ¡aquí hay mercado! Nos vamos a forrar.

Los jóvenes rieron a gusto con la broma. Aunque habían aguantado los rigores de la larga caminata con aceptable entereza, una incómoda sensación empezaba a revolotear, amenazadora, por sus cabezas. Se empezaban a dar cuenta de la trascendencia que podría tener en sus vidas la decisión de haber atravesado el portal. Por vez primera en su corta existencia, el mañana no tenía previsión alguna. Habían dejado atrás la seguridad de saber que, a pesar de haberse siempre encontrado inmersos en las extensas posibilidades del azar, siempre había algo en lo que poder confiar. La seguridad de que llegar al mañana era un certeza alcanzable con el mero transcurrir del destino había dado lugar a la sobrecogedora impresión de que nada había en el presente que hiciera presagiar que llegarían a un mañana. Sólo los quedaba la esperanza como sustento ante el abismo del desánimo y ellos, que siempre la habían considerado como una mera entelequia nacida de la lírica imaginación de poetas, pensadores y soñadores, se veían obligados a practicar su uso, cayendo en cuenta de que les resultaba un ejercicio realmente complejo.

-Lo mejor será quedarnos a descansar en un lugar cercano –suspiró Javier, intentando mantener la sonrisa en sus labios que resbalaba hacia una mueca preocupada- me preguntó si refrescará mucho.
-Esperemos que no –confió Luisa, sentándose en el suelo para tomar un descanso mientras hablaban y frunciendo involuntariamente el ceño ante la visión de sus botas, a las que había arrancado el tacón para poder caminar sin molestias.
-De todas formas podríamos buscar algún sitio que se encontrara más a resguardo de las posibles inclemencias del tiempo. Seguro que encontramos algo en aquella pequeña elevación del terreno –dijo Ana señalando una escarpada y abrupta colina que surgía del suelo, precursora de las enormes moles que se alzaban en el horizonte.
-Y mañana veremos qué dirección tomar. ¿Qué opináis? –preguntó Álvaro mirando la colina, entrecerrando los ojos para distinguirla, entre la escasa luz que se filtraba, como manchas de anaranjada pintura, a través del cielo, cada vez más oscuro.

 

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