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(...)Si todo esto es cierto, debemos concluir que la ciencia no se aprende de la manera que ciertas gentes pretenden. Se jactan de poder hacerla entrar en un alma donde no existe, poco más o menos del mismo modo que se volvería la vista a un ciego. (...)
La República. Libro Séptimo.
Platón.
VI
A pesar de su aspecto poco acorde con el entorno, no parecieron despertar el interés de los habitantes de la populosa urbe. Habían pasado por una gran puerta cuyo rastrillo parecía abierto a cualquier visitante. Tan sólo un par de guardias, vestidos con armaduras, que Álvaro identificó como cotas de anillas, y armados con una lanza y que apenas les habían dirigido más que una somera mirada al entrar, resguardaban el paso desde el exterior de las colosales murallas.
Transitaban por un abarrotado mercado, observando con asombro la mezcla de gentes allí reunidas: deambulando, gritando, vendiendo, comprando, observando, robando, ofreciendo... todos se fundían en una masa humana de cientos de tonalidades. Numerosos tenderetes ofrecían las más variopintas mercancías, desde baratijas hasta especias, y los encargados las ofrecían a voz en grito o susurrando precios al oído del cliente que consideraban bien dispuesto, todo por el deseo de conseguir hacer una buena venta. Ese forcejeo comercial era bien entendido por los posibles clientes que ofrecían precios que hacían estremecerse de fingidos ira y terror por los vendedores, que lanzaban gimoteos, gritos o insultos de todo tipo, para conseguir aumentar el precio del producto. Cuando, de esta forma tan peculiar, conseguía ejercerse un intercambio, el vendedor entregaba el objeto, dibujando en su rostro una expresión de completa desolación; advirtiendo que tal trato le sumergiría en la ignominia y la ruina y recibiendo como pago unos trozos redondos de lo que parecía un metal oscuro. Pero, de inmediato, se olvidaban de tal circunstancia y proseguían con su teatral negocio con las mismas maneras que habían seguido aquella mañana y toda su vida laboral.
Los jóvenes sólo se detuvieron ante unos pocos puestos mirando la comida que se ofrecía o alguna fruslería sin más importancia que su curioso aspecto. Para su sorpresa podían entender el idioma de los habitantes de la ciudad. También destacaron la gran variedad racial existente en la ciudad y que parecía dividirse entre todas las clases sociales. Había personas cuya piel presentaba casi cualquier tonalidad conocida, dividida entre las aparentes jerarquías existentes por igual. Por la riqueza de sus ropajes y ciertos símbolos distinguieron lo que podían ser nobles, acaudalados comerciantes, campesinos, soldados e incluso lo que parecían una especie de sacerdotes, a los que todo el mundo parecía observar con una respetuosa deferencia.
-Señor, ¿quiere una manzana asada? –una joven muchacha, de rostro infantil y profundos ojos verdes rozó prácticamente el rostro de Javier con una manzana cubierta de denso caramelo atravesada por un palo.
-Eh, no, gracias... –empezó a negar el ofrecimiento Javier, callándose cuando vio el rostro de la persona que se escondía tras él: Tenía las facciones aniñadas e ingenuas, ocultas en parte por el hollín del asador que utilizaba en su oficio. Su pelo negro como el azabache caía desaliñado y despeinado ocultándole media faz y parte de una inocente sonrisa que mostraba sus dientes blancos. Calculaba que la chica no debía sobrepasar los dieciséis años y que no debía poseer excesivas riquezas por sus parcas vestiduras.
-No... no tengo dinero, lo siento –se disculpó, asombrado por el extraño magnetismo que ofrecía el rostro de aquella niña, que parecía ser capaz de atravesar todas sus barreras con la pureza de su inquietante mirada.
-Da igual, se la regalo al señor –la mujer cerró los ojos y sonrió con alegría y dulzura. Javier casi se tambaleó por el mazazo que recibió en el estómago al ver aquella expresión y recogió con manos dudosas las manzana directamente, impregnando sus manos con empalagoso dulce. La muchacha al ver la situación continuó su risa, ahora jovial y divertida y le ofreció el fruto por el palo. Dándole algo para que se limpiara las manos.
-Gracias... muchas gracias –dijo Javier sintiéndose realmente estúpido y esbozando una sonrisa tímida y avergonzada, sin querer mirar a los ojos a su interlocutor.
-De nada, señor. ¿Es de la ciudad? Parece perdido ¿Quiere una guía? No le cobraré. Isabel no tiene nada mejor que hacer.
-Eh, ¿Isabel? ¿Así es como te llamas? –la adolescente afirmó con la cabeza sin dejar de sonreír- Yo me llamo Javier y la verdad –sintió el joven que en aquellos momentos una sensación de angustia ante la mera posibilidad de rechazar el ofrecimiento podía abalanzarse sobre él si así lo hacía, así que finalmente cerró los ojos y trató de recuperar su aplomo para finalmente asentir- es que nos iría muy bien un guía. Pero, si nos acompañas, te dejarás el puesto sin que nadie lo cuide.
-No es problema, José se encargará –Isabel lanzó una voz y al poco apareció entre los puestos un joven desgarbado que sin mediar palabra se empezó a ocupar del tenderete. Tenía los mismos ojos que la muchacha y realmente el parecido entre ambos era asombroso- es mi hermano –aclaró con otra jovial sonrisa- ¿nos vamos? ¿Estás solo?
-No. Yo estoy con unos amigos... –Javier comprobó con terror que había perdido a sus compañeros. Al quedarse hablando con la chica no les había avisado de que se detenía. Por suerte, tras unos minutos mirando por los alrededores, ante el risueño comportamiento de su nuevo guía que no paraba de reír y saltar de un lado para otro, los encontró buscándolo.
-Allí están –le dijo a Isabel, que dejó de corretear y se pegó a su brazo. En la presión que ejerció el pecho de la mujer sobre su antebrazo, se dio cuenta Javier que no era tan niña como su aspecto daba a entender. Una pequeña gota de sudor se deslizó por su frente.
-¡Javier! –le descubrió Luisa- no sabíamos dónde te habías metido –se detuvo y observó a la chica que llevaba prendida de su brazo y el rostro angustiado, pero placentero, de su amigo- ¿Te has traído una amiga?
-Sí, eh, se llama Isabel y se ha ofrecido a acompañarnos como guía por la ciudad, he pensado...
-Has pensado con lo de siempre –empezó a carcajearse Ana mirando significativamente las curvas apretujadas del cuerpo de la muchacha sobre su brazo.
-No entiendo –confesó Isabel mirando a las dos muchachas con una sonrisa- sois muy raros. Incluso andáis con uno de esos –señaló a Álvaro y su rostro se volvió más serio durante un instante.
-¿Uno de esos? –preguntó Álvaro acercándose al grupo, enarcó una ceja y apenas levantó el labio superior en un gesto de burla hacia Javier. Que se encogió de hombros como si todo aquello no fuera con él.
-Sí... eres uno de Ellos –afirmó Isabel con un gesto respetuoso- se ven muy pocos. Nadie los nombra y todos hacen como si no lo fueran, pero yo sí lo hago. Pareces bueno. Tienes cara de gruñón, pero bueno. Coco era igual que tú.
-¿Quién es Coco? –preguntó Luisa.
-Era mi perro –contestó la chiquilla, muy seria, lo que despertó las risas de Ana, Luisa y Javier y el asombro de Javier, que acabó también por reírse.
-Bueno... veo que os apetece reíros a mi costa, pero de todas formas quiero saber a qué se refiere con “Esos” o “Ellos” y porqué me incluye a mí en el grupo.
-No te lo puedo explicar, Isabel es sólo una vendedora. Sólo sé distinguirlos, nunca se habla de vosotros más que para señalaros. Sois... diferentes. Tenéis un aura especial. Me aburro de explicar cosas que no entiendo. ¿Queréis que os enseñe la ciudad sí o no?
-Sí claro –aceptó Ana- pero tú no te separes de Javier.
-No pensaba hacerlo –dijo Isabel, como si no hubiera entendido la ironía de la mujer. Y reafirmando sus palabras se apretó más contra el brazo del hombre, haciendo que éste tragase con fuerza ante la sensación de aquel contacto.
-Mejor será que nos pongamos en marcha –intentó evitar las inquisitivas y sarcásticas miradas de sus amigos Javier. Pero a pesar de la incómoda posición en la que se encontraba, no intentó zafarse de la presa de la muchacha en ningún momento, sintiendo un agradable cosquilleo recorriendo su extremidad abrazada.
Gracias a su nuevo acompañante, los jóvenes atravesaron rápidamente el mercado y se dirigieron a la “Gran Plaza” como la llamó Isabel. Cuando dejaron atrás el bullicio, les fue nombrando los lugares que atravesaban y, de vez en cuando, aderezaba sus palabras con alguna vieja historia o leyenda sobre el lugar en cuestión. Nada hacía sospechar a los jóvenes que en aquel extraño emplazamiento en el que se hallaban fuera más que un salto hacia atrás en el tiempo o en su imaginación. Todo parecía demasiado real como para hallarse en un rincón que se suponía formaba parte de un mundo espiritual.
En varias ocasiones Luisa comprobó la dureza de los edificios golpeándolos con los nudillos; contempló a Luisa, investigando si sus acciones se diferenciaban en algo con las de cualquier ser humano, pero salvo una inusual y aparente inocencia acompañada del incalificable brillo de sus enormes ojos verdes, nada la podía distinguir de las personas con las que ella se podía cruzar cualquier día por la calle. Eso y, por supuesto, el hecho de que la chica vistiera con ropajes propias de cinco siglos atrás y viviera en una población igualmente anclada en el tiempo.
En un gesto automático intentó adivinar la hora en el reloj, sin acordarse de que éste se había detenido. En su muñeca ahora parecía un trozo de metal sin utilidad alguna. Un lastre con el que cargarse. Se lo quitó y lo guardó en el bolso, donde comprobó que el móvil se había apagado, como si se le hubiera acabado la batería, aunque por el tiempo pasado desde que la había recargado no debiera ser así. Intentó encenderlo pero no lo consiguió: la pantalla ni siquiera parpadeó. Otro trasto inútil, pensó Luisa, que lo dejó oculto bajo todo el contenido del bolso, justo al lado del reloj.
Similares pensamientos ocupaban la cabeza de sus amigos. ¿Hasta qué punto lo que sus sentidos podían percibir era auténtico? Álvaro recordó la alegoría del Mito de la Caverna y le pareció que esa explicación filosófica que en su tiempo utilizó Platón, le bastaría de momento para pensar que todo aquello que se encontraba ante sus ojos no era más que la mera sombra, que podían captar sus ojos, de la realidad. Sin embargo, a pesar de esa satisfacción intelectual que buscó no conseguía realmente creer en ella.
-Allí está –habían recorrido las enrevesadas callejas a gran velocidad y para alguien que no estuviera acostumbrado a merodearlas pensaría que habían atravesado un complejo laberinto construido en las mismas entrañas de la población. Isabel en cambio no había dudado un segundo en tomar la dirección adecuada y ni una sola vez erró en elegir el sentido correcto-. La Gran Plaza. Allí conseguiréis un alojamiento para descansar y un plato de comida caliente.
-No tenemos nada con que pagarlo –admitió Luisa, con un deje de duda en su voz.
-¿Nada? Isabel no os cree. Algo tendréis en esa bolsa –señaló el bolso de Luisa.
La aludida empezó a registrar sus pertenencias, para ver si había algo de valor que pudiera servirles. Se sentó sobre el suelo y dejó caer todo cuanto llevaba encima. Isabel no contuvo un agudo grito de sorpresa e indicó con el dedo el pequeño espejo.
-¿Esto? Pero si lo compre en una tienda de “todo a un euro” –la mujer abrió el cierre y desplegó el espejo.
-Isabel se asomó a la superficie reflectante con los ojos muy abiertos, en una mueca de verdadero asombro y empezó a realizar distintos ademanes, sorprendiéndose de que su réplica hiciera exactamente lo mismo.
-Vaya... –Ana miró incrédula el espectáculo- ¿no tenéis espejos aquí?
Su pregunta fue negada con un vaivén de cabeza.
-Isabel os lo cambiará por muchas riquezas si le dejáis –ofreció la adolescente sin dejar de mirarse al espejo.
Luisa mostró su beneplácito con un ligero gesto de asentimiento. El resto de los presentes, tras mirarse en busca de la respuesta pensaron que sería buena idea y le dieron el objeto a la mujer, que lo sujetó con respeto, como si tuviera entre las manos una joya de incalculable valor.
-Has conseguido lo impensable –comentó con sorna Javier- ¡le has quitado un espejo a Luisa! –La mujer le sacó la lengua, lo que provocó la sonrisa de Javier- tu rostro no necesita de espejos para saberse bello –le halagó con una imitación de reverencia.
-Eres un idiota –le reprochó divertida ella- algún día conseguirás enfadarme.
-Hasta entonces será un placer verte reír.
-Isabel se va porque no entiende la conversación, ahora vuelve con dinero para la gente rara.
-Te acompañaré –se ofreció Álvaro, mirando de reojo a Luisa y Javier- quiero aprender cuánto pueda de este lugar.
-Sí, así los impresionaremos –aceptó Isabel-. Los tuyos siempre imponen respeto, aunque nadie sabe porqué.
Los dos jóvenes marcharon y pronto se perdieron de la vista de sus amigos. Mientras esperaban, Javier ayudó a Luisa a guardar sus pertenencias de nuevo en el bolso, mientras bromeaba con ella y con Ana. Después se pusieron a registrar la que había sido considerada por su improvisada guía como “Gran Plaza”.
En realidad no era demasiado extensa. Formando un círculo de unos treinta metros de diámetro. En ella desembocaban seis calles que provenían de diferentes direcciones. En su centro se elevaba una hermosa fuente que representaba dos mujeres con las cabezas mirando hacia direcciones opuestas, una vestidas con ligeras vestiduras y la otra completamente desnuda, sosteniendo en sus manos alzadas un gran plato del que brotaba un chorro de agua y se deslizaba, tras desbordar el recipiente, por una abertura practicada en los pétreos brazos de las estatuas yendo, mediante un conducto, a desembocar en los ojos de las mismas, creando el efecto de que ambas parecían llorar.
En la irregular circunferencia que rodeaba el surtidor, se ubicaban hermosos edificios construidos enteramente en piedra cuya fachada era una muestra de bella sobriedad y elegancia, únicamente ornamentada con la disposición regular de los ventanales. Los pórticos de las casas solían estar constituidos por un arco de medio punto; a veces desnudo, en otras ocasiones flanqueado por dos columnas de orden jónico.
-¿Y esto es un lugar para dormir? ¡Menudo lujo! –Apreció Javier- Yo creía que una posada medieval era un sitio maloliente y sucio, donde se reunían la peor calaña de la ciudad, los poderosos grupos de aventureros, borrachos con ganas de gresca y viejos apegados a una jarra de cerveza que nunca ha sido limpiada. Aunque, ahora que pienso, también podían ser propiedad de un poderoso y retirado guerrero que colgaba sus trofeos de batalla en las paredes y que en algún momento de su vida retirada tiene que volver a las armas, aunque su época haya pasado ya.
-Eso demuestra que muy pocos escritores son ricos y como nunca han estado en ellas, no se pueden imaginar alguna residencia medianamente cara –supuso Ana.
-Hay poca gente por aquí –dijo Luisa, sin prestar demasiada atención a la conversación que desarrollaban sus amigos- apenas han pasado un par de personas por la plaza. Sin embargo, el mercado estaba abarrotado dando la sensación de que la ciudad tenía mucha más vida
-Supongo que los días en los que los puestos están abiertos, casi todo el mundo aprovecha para acercarse. Recuerda que el solar donde se encontraban era realmente extenso y no hemos llegado a verlo por completo.
En los momentos en que los tres discutían sobre este particular, Isabel y Álvaro aparecieron por una de las callejas. Colgando del hombro, su amigo llevaba un zurrón que parecía pesar bastante. La mujer saltaba alegremente delante de él. Cuando llegó a su altura les ofreció una luminosa sonrisa y se abrazó al brazo de Javier, que observó consternado las apenas contenidas expresiones de burla de los allí presentes.
-Nos han dado una auténtica fortuna al parecer por el espejito de marras... pero la cuestión es saber dónde guardaremos todo esto –mostró Álvaro la bolsa, que tintineó bajo lo que parecía una gran carga metálica- me da bastante reparo ir con esta pequeña fortuna por la calle.
-Isabel ¿no hay ningún lugar en la ciudad donde guardar el dinero? –le preguntó Ana.
-Debajo del catre –contestó ella- como hace Isabel.
-Ya... pero no podemos dejar esto como almohada. ¡Sería incomodísimo! –comentó chistoso Javier.
-Podemos, en un primer momento, separar cuatro montoncitos y dar uno a cada uno de nosotros y después hacer una bolsa común para cualquier gasto de alojamiento –dijo finalmente Luisa. Siendo aprobada su propuesta inmediatamente.
-Y ya encontraremos alguna solución para mantenerlo a buen recaudo –completó Ana- de momento deberíamos preocuparnos por encontrar alojamiento. ¿Y bien Isabel?
La muchacha frunció el ceño, cavilando las posibles opciones. En la misma plaza se podían encontrar algunos hospedajes y según las mismas palabras de la joven, era en aquel barrio de la ciudad donde podían encontrarse la mayoría de ellos. Tras unos instantes, volvió a dibujar en su rostro su habitual felicidad y seguridad y se encaminó, arrastrando prácticamente a Javier en su decisión, hacia una de las calles que desembocaban en la plaza, justo en el lado contrario donde habían estado conversando.
El camino fue corto y la mujer abrió una pesada puerta de madera sobre la que colgaba un letrero, con una inscripción que indicaba el nombre del local:
“El Sabor de Arcadia”
El interior de la posada estaba completamente construido en piedra y, si no hubiera sido por las grandes ventanas que permitían introducirse grandes cantidades de luz, parecería un lugar frío y solemne. La entrada daba paso directamente a una gran sala donde se disponían una decena de mesas, dos de ellas de gran tamaño, donde podían llegar a sentarse hasta veinte comensales. Adosada a una de las paredes, una gran chimenea humeaba débilmente, impregnando el ambiente con un ligero olor a madera quemada. La sala común estaba separada de la cocina únicamente mediante una barra. Justo enfrente de la puerta de entrada unas recias escaleras de piedra subían y bajaban hacia otros pisos. El encargado del lugar, atareado en la limpieza de los restos de la noche anterior, se detuvo al escucharlos entrar y se dirigió a ellos con una servicial sonrisa.
-¿Qué desean de “El Sabor de Arcadia” –sus palabras eran amables, aunque no pudo ocultar el apreciativo vistazo que les otorgó, especialmente a Álvaro.
Isabel se adelantó para negociar el alquiler de unas habitaciones para algunas noches, mientras los amigos escuchaban el concierto entre ambos, aportando sus deseos cuando eran requeridos. Finalmente convinieron un precio que la mujer les desveló suponía el sueldo de varios días de un trabajador común, pero que no suponía ni la centésima parte de lo que habían conseguido por el espejo.
Los cuatro compañeros subieron, acto seguido, a la habitación que habían arrendado y decidieron descansar, pues todos estaban fatigados del esfuerzo realizado en los dos últimos días. Atrancaron la puerta por dentro e Isabel se despidió antes de ellos, diciéndoles que volvería a la mañana siguiente a “seguir ejerciendo de guía”. Regaló una tímida sonrisa a Javier y desapareció rápidamente, con el sonido de su infantil carcajada persiguiéndole.
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