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El comienzo de un relato basado en la genial obra de Stephen King.
PRELUDIO
- Jonás, hijo de Elmer, has reclamado el derecho a probar tu valía. ¿Eres firme en tu propósito?
La voz del instructor le llegó clara y sin vacilación a través de las pequeñas aspilleras de la armería. Leona levantó la vista y aguardó a oír la contestación.
- Firme con todo mi corazón y toda mi voluntad.
- Entonces que sea ka quien rija nuestros destinos.
Los contendientes enmudecieron y durante unos segundos Leona no alcanzó a oír más que los latidos de su corazón. Contó despacio y cuando llegó a quince pulsaciones comenzó el entrechocar de las armas. Sacudiendo la cabeza intentó abstraerse de los ruidos del combate y concentrarse en su tarea, elegir el arma adecuada.
Recorrió con la vista los armeros adosados a la pared pasando por alto las armas más pesadas como las hachas y las mazas. No poseía la fuerza necesaria para blandirlas con velocidad. Mort, su instructor, la superaba de lejos en tamaño y fuerza, por lo que la rapidez sería su mejor arma. Se detuvo unos instantes en un estante repleto de cuchillos, había entrenado con ellos y se sabía diestra en su manejo; sin embargo también los descartó, pues pensaba que su única oportunidad ante Mort era mantener la distancia.
Girándose caminó hasta la pared opuesta, donde se encontraban las lanzas y las alabardas apoyadas contra el muro. Un rápido examen le indicó cual se ajustaba a sus necesidades. Tomó una lanza de infantería y la movió en sus manos comprobando su equilibrio. Con destreza la hizo girar y cortó el aire en tres rápidos golpes. Satisfecha se sonrió a sí misma, esta serviría.
Del exterior seguía llegándole el ruido de las armas y las exclamaciones ocasionales de los contendientes. Un escalofrío le recorrió todo el cuerpo y el miedo amenazó con tomar el control de sus emociones, el mismo miedo que sintió cuando su hermana fue llorando a verla hacía dos días. Respirando hondo atrapó la sensación como le habían enseñado y la estranguló centrándose en su odio. Ya no había marcha atrás, había tomado la decisión de someterse a la prueba y a pesar de contar con solo diecinueve años se creía capaz de conseguirlo.
Perfiló el rostro de su padre en su mente y moldeó sus sentimientos para ajustarlos a sus necesidades. Sin embargo el rostro lloroso de su hermana entrando en su habitación consiguió filtrarse en sus pensamientos. Amy había acudido a ella para contarle lo que su padre le había hecho, llorando por una mezcla de dolor, impotencia y humillación. El relato del abuso habría sido bastante para tomar la decisión, pero la imagen de la pequeña Amy despertó en ella recuerdos enterrados en lo profundo de su mente. Recuerdos de dolor y miedo, recuerdos de una niña de doce años incapaz de escapar, recuerdos de un monstruo al que tenía que llamar padre.
Todo podría haberse resuelto fácilmente si hubieran sido nobles corrientes, los pistoleros habrían intervenido y castigado a su padre. Todo habría sido más fácil si su padre no fuera un pistolero. Los pistoleros eran la ley, estaban por encima de la ley. Lamentablemente los hijos de Arturo de Eld ya no eran los paladines de la justicia de antaño, al menos no todos ellos. Solo un pistolero podía denunciar a otro y oponerse a él en un juicio, lo que mantenía a su padre a salvo de cualquier represalia.
Por eso se decidió a tomar las pruebas, si conseguía ganar las pistolas se enfrentaría a su padre y lo desenmascararía ante todos. Entonces le retaría de igual a igual y... Un grito procedente del exterior la sacó de sus pensamientos. El combate había terminado y Jonás había perdido.
A los pocos segundos un joven sirviente abrió la puerta y la miró con expresión ansiosa.
- Es su turno señorita Leona- dijo bajando rápidamente la mirada.
Leona asintió levemente y pasó a su lado sin dedicarle siquiera una mirada. Caminando con paso firme salió al patio de entrenamientos, uno de los muchos distribuidos por todo el castillo. Jonás yacía en el suelo inconsciente con la pierna doblada a la altura de la espinilla evidentemente rota. Su instructor abandonaba ya el patio por el extremo opuesto mientras su madre corría a su lado para abrazarlo. Dos sirvientes se acercaron a la pareja y levantaron el cuerpo del muchacho. Lentamente lo llevaron hasta la puerta destinada a los perdedores, la puerta del Oeste.
No pudo evitar preguntarse si ella misma acabaría haciéndole compañía en su exilio. Desechando el pensamiento apretó con fuerza su lanza y volvió a vaciar su mente, intentando de nuevo moldear sus sentimientos para servirla. Con una profunda expiración se decidió a continuar.
El sol la deslumbró momentáneamente al abandonar la protección de la arcada y penetrar en el cuadrado de suelo arenoso. Cuando su vista se habituó a la luz miró a las balconadas que la flanqueaban. A la derecha se encontraban los representantes del consejo de pistoleros, doce imponentes figuras de pelo cano y mirada torva que se encargarían de supervisar la prueba. Las culatas de sándalo de sus revólveres despedían destellos de luz concediéndoles un aire casi místico, sus rostros reflejaban la experiencia de muchos años, en ocasiones en forma de profundas cicatrices. Algunos de ellos le dedicaron una inclinación de cabeza para desearle suerte. Ella les correspondió y volvió la mirada a la balconada opuesta.
En el centro, rodeados del resto de familias de nobles, se encontraban sus padres. Su madre la saludó con la mano intentando parecer despreocupada, pero la tensión era demasiado patente en su rostro, marcándolo con profundas arrugas. A su derecha estaba su padre que levantó un puño en señal de victoria, incluso desde su posición Leona pudo ver que gruesas gotas de sudor perlaban su frente. “Ya puedes estar asustado” pensó con rabia “tienes motivos de sobra”. Entonces su padre se movió hacia un lado e hizo acercarse a Amy tomándola por la cintura. Leona se vio asaltada de nuevo por la rabia y apretó con fuerza el mango de la lanza hasta que sus nudillos quedaron blancos.
- Es la última vez que la tocas sucio bastardo-susurró para sí.
Amy se movió para zafarse de su padre y le lanzó un beso con la mano. Leona levantó la mano y la cerró simulando atraparlo. ”Por ti Amy, por nosotras”. El ruido de pisadas reclamó su atención, Mort estaba haciendo su entrada en la arena. Leona recordó el miedo que había tenido a su rostro barbudo el año que comenzó su entrenamiento, las veces que la había golpeado hasta dejarla inconsciente, las duras sesiones de combate y las lecciones teóricas. A pesar de todo el hombre que la aventajaba en más de treinta centímetros y al menos cincuenta kilos no consiguió provocarle más que una fría indiferencia. Era uno con su ka y nada lo iba a cambiar.
Clavó su lanza en el suelo y sacó una cinta de cuero del bolsillo de su pantalón. Con ella se recogió la melena rubia en una coleta para evitar que le cayera sobre los ojos. Irguiéndose fijó la mirada en Mort esperando el comienzo del combate. Mort se situó en el lado opuesto del patio a unos veinte pasos de ella. Con movimientos lentos extrajo su maza de hierro del cinturón y la dejó en el suelo ante sí. Cuando estuvo de nuevo pie procedió a saludar a Leona golpeándose tres veces la base del cuello con la palma para después extenderla.
- Leona, hija de Eduard, has reclamado el derecho a probar tu valía. ¿Eres firme en tu propósito?
- Firme con todo mi corazón y toda mi voluntad-respondió Leona.
- Entonces que sea ka quien rija nuestros destinos.
Cuando la última sílaba murió en sus labios recogió su maza del suelo con gran velocidad y cargó hacia Leona. Esta desclavó su lanza y afianzo las piernas preparada para defenderse. Mort, cada vez más cerca, levantó el arma sobre la cabeza para descargarla con toda su fuerza, mas al llegar frente a Leona se desvió hacia la izquierda y cambió la trayectoria del golpe para hacer un barrido. Leona había combatido muchas veces con él y esperaba el movimiento. Girando el cuerpo detuvo el golpe de la maza apoyando el astil de la lanza en el suelo. La madera crujió por el impacto pero resistió. Retirando el arma Mort probó con un barrido desde el lado contrario, pero su golpe volvió a estrellarse en el arma de Leona.
Volviendo a retirar el arma Mort pateó el extremo de la lanza consiguiendo desequilibrarla, aprovechando la oportunidad descargó la maza en dirección a su cabeza. Leona giró el arma para interponerla en la trayectoria del golpe, trabando la maza por debajo del extremo metálico. Llevada por la inercia del golpe se dejó caer hacia atrás haciendo tropezar a Mort. Cuando el hombretón iba a caer sobre ella Leona le hundió su bota en el estómago y, haciendo palanca con todo el cuerpo le proyectó en el aire.
El cuerpo del instructor voló en una trayectoria parabólica y aterrizó a unos tres metros dejando escapar todo el aire de sus pulmones. Arqueando la espalda Leona se impulsó sobre los pies y dio media vuelta para encarar a su enemigo. Mort también había conseguido ponerse en pie y adoptaba una postura defensiva, clavando sus ojos negros en los grises de ella. Ambos contendientes se observaron durante interminables segundos buscando un agujero en las defensas del rival. Habiendo perdido la iniciativa Leona decidió retroceder unos pasos para ganar un poco de espacio. Aprovechando la oportunidad Mort volvió a lanzarse sobre ella enarbolando la maza.
Cuando Mort cubrió la mitad de la distancia que los separaba Leona se lanzó hacia delante y apoyándose en la lanza como si fuera una pértiga se elevó en el aire con los pies por delante. El movimiento tomó al instructor por sorpresa y los pies de la joven se estrellaron en su cara, partiéndole la nariz con un sonoro crujido. Su cuerpo se tambaleó hacia atrás mientras se llevaba una mano a la zona herida. Nada más tocar el suelo Leona golpeó a Mort en las piernas aprovechando toda la inercia del salto y el gigantesco hombre se derrumbó levantando una pequeña nube de polvo.
Sintiendo próxima la victoria Leona se irguió sobre el rival caído y levantando la lanza sobre la cabeza la descargó sobre su corazón. La punta del arma perforó la carne y el hueso, pero no la del torso, pues Mort logró interponer el antebrazo en el último momento deteniendo la trayectoria mortal del golpe. Leona cargó todo su peso sobre el arma retorciéndola en sus manos para abrir la herida. Mort aulló de dolor mientras el metal perforaba su carne y salpicaduras de sangre bañaban su rostro. En un movimiento desesperado arrojó la maza alcanzando a Leona en la boca del estómago. El golpe la tomó desprevenida y sus pulmones expulsaron todo el aire haciéndola soltar el arma. Liberado de la presión Mort hizo un barrido haciéndola caer.
El cuerpo de Leona golpeó el suelo mientras aún intentaba recuperar el aliento entre jadeos. A su lado Mort consiguió arrancarse la lanza del brazo y con un rugido se arrojó sobre ella. La enorme masa de su cuerpo la aplastó contra el suelo haciendo crujir todos sus huesos. Utilizando su brazo sano presionó con toda su fuerza el cuello de la joven intentando romperlo. Leona sintió la punzada del miedo al verse otra vez privada del aire, la posibilidad de la derrota atenazó su mente y esta le grito que pidiera clemencia. Hundiendo la rodilla en el vientre de Mort descartó ese pensamiento. La presión sobre su tráquea se aflojó lo suficiente para permitirle tomar un poco de aire, pero Mort no tardó en afianzar la presa inmovilizándole las piernas.
Leona buscó una solución de forma desesperada, sus ojos grises cada vez más enrojecidos se posaron en el brazo herido de Mort que colgaba inerte a un lado de su cuerpo sangrando abundantemente. Sin pensarlo golpeó la herida con el puño e introdujo los dedos en ella. Mort gritó de dolor pero no aflojó la presión, únicamente apretó los dientes y le escupió en la cara. La falta de aire era cada vez mayor y su visión comenzó a poblarse de puntos negros que se abrían como flores. Leona intentó aferrarse a la consciencia, pero sus fuerzas estaban cada vez más mermadas. El rostro contorsionado por el dolor de su instructor comenzó a desaparecer hasta fundirse en el más absoluto de los negros. Lo último que pudo oír antes de caer inconsciente fue la voz aterrorizada de Amy gritando “¡Leona, no!”
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