|
|
 |
|
Alguién que lo ha perdido todo, busca una oportunidad para rehacer su vida... pero lo que encuentra en el camino no es lo esperado...
Aquella noche, como tantas otras, me cobijaba bajo el puente que se había convertido en mi hogar desde hacía casi un año. Llovía bastante, incluso para aquella época del año, y los cartones sobre los que yacía se hallaban agrietados en sumo grado, a causa de un hilo de agua que los había inundado, lenta pero inexorablemente. Las mantas que aún me cubrían, raídas y casi deshechas, apenas lograban tapar mi cuerpo inferior y mi ropa se encontraba totalmente empapada.
“¡ Maldita sea !”, pensé, consciente de que debería buscar refugio en otra parte, o peor aún, en uno de esos albergues donde sólo hay reglas, reglas y más reglas. Cogí mi vieja maleta, que contenía mis cada vez más escasas pertenencias, y emprendí el camino hacia el Barrio de los Pijos, como lo llamaban mis habituales vecinos... Ninguno de ellos sabía que yo viví allí no hace tanto tiempo, y a mi me gustaba que así fuera.
Decidí buscar el albergue por la simple razón de que había intentado resistir en el puente demasiado tiempo. Los otros refugios ya estarían ocupados por gente menos testaruda que yo, que me resistía a darme por vencido y abandonar mi nueva casa. Por cierto, debería construirme una cama nueva...
Tan centrado como estaba en mis pensamientos, me percaté de pura casualidad de que había llegado a mi destino, un viejo edificio cuyos gelatinosos cimientos se sacudían cada vez que soplaba algo de viento, con las paredes a medio pintar y la mayoría de las ventanas rotas y sin apenas cristales. La pequeña escalera que precedía la entrada presentaba un aspecto más decente, pero sólo por que la habían reparado recientemente.
Entré sin llamar, algo usual en aquél lugar y más en días tormentosos, y me paré un momento para comprobar si alguno de mis compañeros estaba allí. No hubo suerte, ni tampoco la hubo en lo que respectaba a encontrar una cama libre, ya que todas estaban ocupadas y custodiadas, con lo que no podría arrebatar ninguna a algún despistado. Bueno, el suelo seguía siendo mejor que un lecho de baldosas mojadas y un edredón de lluvia...
Además, llevaba varias noches casi sin dormir a causa de los traficantes que rondaban por el puente, así que aproveché para acurrucarme con la primera manta que me dieron (seca, casi no podía creerlo...), y me dejé llevar hacía un profundo sueño que sólo se vio brevemente interrumpido por la onírica aparición de una horrenda mujer, una cualidad que no podía ocultar ni aún bajo el tupido velo que portaba. Me pareció tremendamente real, de hecho me dio la impresión de sentir su respiración acariciándome el rostro, pero sus retorcidas manos, su mandíbula parcialmente desencajada y la protuberante mata de pelo que sobresalía por el cuello de su atuendo, erradicó por completo tal pensamiento. Sin embargo, a pesar de lo repulsiva que pudiera resultar su apariencia, me sentí...confortado, al poco tiempo de hablar con ella, que parecía saber más de mi que yo mismo. Dijo haberme observado en los últimos meses, y que me daría la oportunidad de redención que creía que yo necesitaba, aunque esta no se presentaría de modo normal. Accedí, tan sólo para que se sintiera mejor, y tras intercambiar alguna palabra más nos despedimos, y me sumí en un sueño aún más profundo.
Ignoro cuanto tiempo había transcurrido, pero me levanté mucho más recuperado que de costumbre, así era obvio que había dormido bastante, tal vez demasiado. Hambriento, me dirigí al comedor del albergue, no con demasiadas esperanzas de encontrar siquiera algunas sobras. Y en efecto, así fue, no quedaba ni un mendrugo de pan, lo cual era lógico pues la afluencia de mendigos el día anterior desbordó las previsiones del refugio. Con un poco de suerte y un mucho de vergüenza, tal vez Sam pudiera darme algo a través de la ventana de su bar, cuando fuese la hora de la comida...
No me agradaba que un antiguo conocido estuviera al corriente de mi actual situación, pero me pilló in fraganti siete meses atrás fisgando en los cubos de basura de su establecimiento, así que tuve que decirle la verdad. Él, por su parte, se comprometió a no divulgarlo, y de vez en cuando me guardaba algo de comida. Siempre que su mujer no se enterara, claro...
Por el camino me crucé con Perkins, uno de mis compañeros. Se había situado cerca de un McDonald’s, y es posible que llevara allí bastante tiempo ya que su recaudación era considerable. Tal vez pudiera incluso comer caliente, un lujo siempre bienvenido en Invierno. Tres manzanas más adelante, me encontré con Chiflado, un perro abandonado al que yo y los demás habíamos cogido cariño, y este me siguió hasta que encontré algo que poder darle. Después, fue corriendo a alguna parte a perseguir gatos, o tal vez coches, lo que era parte de los motivos que le atribuyan su mote...
Unos cinco minutos después, llegué a mi estación de Metro. El dueño del quiosco situado a algunos metros me había cuidado el sitio, y me advirtió de que ya habían intentado quitármelo. Cuando me dijo que hora era, no me sorprendió...le di las gracias, y ocupé mi lugar.
Al poco tiempo, una dependienta de la pastelería que se encontraba enfrente me trajo un donut de chocolate, un café bien caliente y una sonrisa amable. Hacía poco que había abierto, pero ojalá siguieran allí mucho tiempo.
- Buenos días, Agnes. Gracias por el desayuno, no sé que haría sin vosotras.
- Dale las gracias a Ray, te ha invitado él. Aunque de no haberlo hecho él, lo habríamos hecho nosotras. Espero que hoy se te de bien...dormilón...
Era cierto, ya se habían prodigado en detalles similares más de una vez, al igual que Ray. Acabé rápidamente el tentempié, y le entregué a Ray la taza vacía. Siempre se encargaba él de devolverla, cuando cerraba a mediodía y se marchaba a comer a casa.
Me senté al lado de la entrada de la estación, esperando tener al menos parte de la suerte de Perkins, mientras intentaba quitarme la mujer del sueño de mis pensamientos. Me seguía pareciendo extraordinariamente real, y me extrañaba el modo en como se había referido a mi “redención”. Si, era cierto que yo estaba pasando una mala racha, pero esta no sería eterna, y no había hecho nada malo, ni cometido ningún delito, por lo que no sabía a que se refería...
|
 |
| |
|
|
|
|
 |
|