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(...) ¿Quién eres? Que aunque yo aquí
tan poco del mundo sé,
que cuna y sepulcro fue
esta torre para mí;
y aunque desde que nací
(si esto es nacer) sólo advierto
este rústico desierto,
donde miserable vivo,
siendo un esqueleto vivo,
siendo un animado muerto; (...)
Décimas, diálogo de Segismundo. Primera jornada. "La Vida es Sueño" Pedro Calderón de la Barca.
IX
A Ana las muñecas le escocían y se revolvió, inquieta, buscando una posición en la que las cuerdas que se ceñían sobre ellas no le produjesen tanto roce, pero sólo consiguió aumentar el picor al rascar la piel contra el cáñamo. Estaba de pie y sus compañeros estaban a su lado. Luisa tenía alzada la cabeza y sus ojos relampagueaban resolución y desafío, mirando al frente. Javier miraba insistentemente una ventana abierta situada a escasos metros de él, sorbiendo a intervalos regulares el hilillo de sangre que caía de su nariz. Suponía que, si veía la ocasión, intentaría aprovechar para que escapasen, aunque aquella posibilidad le parecía remota y lejana. Álvaro mantenía el rostro inclinado y se había sumido en un impenetrable mutismo. Su mirada atravesaba el suelo y se centraba en un lugar lejano. Tenía el rostro manchado de lo que parecían restos de sangre, al igual que sus pantalones. Al parecer ella era la única que se había esforzado en observar detenidamente la estancia.
Los habían sacado de las celdas un par de amaneceres después del incidente en que todos habían sido reducidos y apresados. Sus captores no habían cruzado palabra alguna con ellos y los habían arrastrado desde sus habitáculos a través de pasillos oscuros y enrevesados, después de haberles atado las manos a la espalda con fuerza y sin concesión alguna, hasta el lugar en el que se encontraban en esos momentos.
La sala era amplia y estaba bien iluminada, construida en piedra y con el techo de madera sujeto por grandes vigas entrecruzadas. Una tribuna, elevada un par de palmos respecto del suelo cubría el extremo opuesto en el que estaba el grupo de amigos, que la miraban de frente. Se podía acceder a la estancia a través de tres puertas, una de ellas doble, situada a sus espaldas y otras dos a ambos lados de la tribuna.
Les habían indicado con rudeza y sin explicación alguna que permanecieran quietos. Javier había replicado con palabras alegres y lo habían casi tumbado de un potente puñetazo que le aplastó la nariz y lo dejó sangrando. Acalladas las protestas, los guardias se habían situado en las esquinas de la estancia y permanecían rígidos en sus puestos. Ana se preguntaba si seguían respirando o se habían transformado en estatuas de carne y metal.
Esperaron largos minutos, en completo silencio, hasta que los goznes de una de las puertas laterales crujieron, advirtiendo la entrada de un grupo de hombres; vestidos con sencillas túnicas oscuras con la capucha retirada, lo cual dejaba ver sus rostros. Ana apenas contuvo una exclamación de sorpresa al ver los rasgos afilados de Julián entre los de los recién llegados.
La mujer lanzó un rápido vistazo a Álvaro, que permanecía con la cabeza gacha todavía y no se había dado cuenta de la presencia de personaje en cuestión. Javier y Luisa, no obstante ya expresaban su sorpresa con gestos apenas contenidos. Cuando Álvaro levantó la cabeza, cada una de sus facciones se contrajo en sorpresa y después furia. Hizo el movimiento de lanzarse hacia el hombre, pero los guardias, atentos y alertas, ya se habían acercado hasta él y lo detuvieron mediante empujones y un golpe seco en la boca del estómago, que hizo postrarse al joven, doblado de dolor.
-Los presentes están acusados de privar la posibilidad de la vida –comenzó a hablar inflexiblemente uno de los hombres que portaban la túnica, al parecer sus jueces. Julián permanecía en uno de los extremos de la fila compuesta por cinco figuras con la mira fija en ellos pero sin cruzarla en ningún momento con la de ellos. Álvaro intentaba buscar aire con el que rellenar sus pulmones y, entre jadeos, se retorcía de rodillas sobre el suelo. Sus amigos estaban sujetados fuertemente por los guardias, cuya silenciosa y brutal actitud demostraba que estaban dispuestos a cortar cualquier tipo de discurso o protesta como lo habían hecho ya anteriormente.
-Cabrón... –musitó Álvaro desde el suelo. Un guardia se acercó y estuvo dispuesto a propinarle una patada, pero esta vez su adversario estaba preparado. Cuando levantó la pierna, el joven saltó la otra pierna de modo que su contrincante perdió el único punto de apoyo, cayendo con estrépito metálico al suelo.
Álvaro ignoró los gritos de alerta de los presentes en la sala y, con el impulso del anterior salto, se puso completamente en pie y se lanzó a la carrera hacia Julián, sin que nadie pudiera impedírselo; arrojándose, con el hombro por delante, ya que tenía las manos trabadas, sobre él. El sorprendido hombre apenas tuvo tiempo para reaccionar y recibió el impacto sobre su pecho, cayendo ambos contendientes al suelo desde la tarima en un amasijo de piernas y brazos. Segundos de forcejeo después, varios pares de brazos apartaron a Álvaro, sujetándolo con firmeza; mientras, éste se debatía inútilmente, entre rugidos de ira e insultos, contra la fuerza superior de sus captores. Julián se puso en pie, recomponiendo sus vestiduras y palpándose la cintura, que había soportado todo el peso de la caída. En su rostro no se podía adivinar sentimiento ni reacción alguna y volvió a su lugar en la tribuna, sin dedicar más que un carraspeo a la escena que se había producido instantes antes.
-¡Tú nos has engañado! –gritó Álvaro sin poder librarse de la presa a la que era sometido- ¡has planeado todo esto! ¿Dónde estamos? ¿Dónde nos has llevado? ¿Qué pretendes? –Finalmente, viendo sus aprehensores que iba a proseguir en su comportamiento, decidieron amordazarlo y sus quejas quedaron apagadas por una cinta de gruesa tela.
-El juicio continúa... –prosiguió el hombre que había hablado con anterioridad, como si nada hubiera pasado- Se os acusa de acabar con una vida, impidiendo que prosiga su camino. ¿Qué tenéis que alegar?
-¿Qué tenemos que alegar? ¿Cómo que qué tenemos que alegar? ¡Aquel ser atacó a Álvaro, lo hubiera asfixiado! –contestó Luisa, mirando con enojo a sus jueces.
-¿Y para evitar la muerte matas?
-¡Era defensa propia!
-Siempre hay opciones, sin embargo, vuestro amigo utilizó un arma, ante vuestra pasividad. Tan culpable es quien comete el crimen como el que no hace nada por evitarlo, pudiendo actuar. –el hombre extrajo de un bolsillo, escondido entre varios pliegues, de su túnica la daga que los jóvenes habían encontrado en la bolsa que les habían dejado frente al improvisado campamento la noche que durmieron al raso- ¿Negáis que esta arma es vuestra? ¿Qué no fue clavada en un acto de cobardía y e intención dolosa?
-En realidad se pensaba que era una vaca y la fue a trinchar –bromeó agriamente Javier- una mera y entendible confusión. No nos defenderemos ante un tribunal que ya nos ha juzgado sin remedio.
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