Agonar (I) |
|
18-03-2003 16:18
Por: DKC Luar
|
|
 |
|
La primera parte de esta aventura
La fría noche se tornaba oscura y triste sobre la cabeza de dos forasteros, uno de ellos era alto y corpulento, el otro era un enano de hombros poderosos y espesa barba canosa.
El enano se encontraba distraído en avivar las llamas del fuego que los mantenía calientes mientras que el humano meditaba con los ojos prendidos en las llamas vivaces y coleantes
Se dirigían a las montañas de Bentallas. Las antiguas leyendas dicen que allí corre un manantial de aguas con tal poder que devolvía la juventud a quien allí se bañaba, esas aguas estaban custodiadas por un anciano elfo que, decidiría quien puede bañarse en tan magníficas aguas.
Ágonar, que así se llamaba el humano, Había pedido ayuda a Dagart, un antiguo amigo de aventuras. Dagart, había nacido en un pequeño asentamiento Enano a los pies de una gran colina, que años atrás había sido atacado por una horda orca, y Ágonar le había salvado de una muerte segura, desde aquel DIA nació una inquebrantable amistad y un sin fin de aventuras juntos.
Ágonar había nacido hacia ya 76 años en un poblado en las tierras salvajes. Con siete años ingresó en una escuela de magia, ya que había demostrado tener aptitudes para ellos y con la mayoría de edad se especializó en la Nigromancia convirtiéndose en uno de los más grandes Nigromantes jamás conocido, aunque ahora, empezaba a flaquear, producto de la edad, problema que esperaba arreglar al finalizar esta aventura.
La mañana llegó y con ella los dos amigos continuaron su largo camino hacia la mítica montaña. Había comenzado la primavera pero el DIA había amanecido apagado y frió. Ágonar se preguntaba si seria bien recibido por aquel anciano elfo que sin duda había pasado la mayor parte de su larga vida solo, e aquellas montañas desoladas.
Cuando la tarde llegaba a su fin, los dos compañeros divisaron las murallas de un pueblo donde decidieron pasar la noche.
Las gentes de ese pueblo no parecían muy contentas con la llegada de los forasteros y los miraban con recelo mientras avanzaban hacia la posada.
La posada era bastante acogedora, los dos amigos habían pedido una buena cena y se sentaban en una mesa cercana a la chimenea. Una dulce muchacha les trajo la comida, que comieron con tranquilidad mientras conversaban sobre el viaje que les esperaba con el amanecer. La noche avanzaba, Ágonar estaba absorto en sus pensamientos, mientras que Dagart bebía su ultima jarra de cerveza, quizá se habría pasado bebiendo cerveza, ya que su visión no la recordaba tan borrosa horas antes.
-No queremos forasteros en este pueblo, fuera de aquí si no queréis que os echemos por las malas-. Cinco hombres armados con palos se encontraban frente a ellos.
-¿Sí? Y supongo que seréis vosotros quienes nos vais a echar, ¿no es así?-. Dijo Dagart con semblante divertido.- Quizá debería enseñaros modales, para que con futuros viajeros sepáis medir las palabras-. Dijo Dagart mientras se levantaba de la silla con gesto cansado.
-Jajaja, acompáñame fuera mequetrefe, yo te voy a enseñar lo que son modales-. Dijo un hombre fornido mientras le empujaba hacia la salida.
La noche era fría y comenzaba a llover. Dagart asió su imponente hacha con las dos manos y adoptó una posición de defensa. El primero de los humanos se lanzó con la intención de darle un palazo en la cabeza pero Dagart, con un movimiento fugaz eludió el palo dándose media vuelta y estrelló el mango del hacha en la boca del estomago del humano, que cayó al suelo de rodillas, incapaz de recoger oxigeno. Los cuatro hombres se reunieron con otro hombre, fuerte y vigoroso que sostenía una mirada de ira sobre el Umli.
-Mira Umli, no quiere hacerte daño, será mejor que cojas a tu amigo y os marchéis de aquí por donde habéis venido-. Dijo el que debería ser el jefe o portavoz del grupo. Dagart echó a reírse a carcajadas por el comentario, debido a su estado de embriaguez.
-hagamos un trato, peleemos, si yo gano mi amigo y yo pasaremos aquí la noche, marchándonos mañana temprano, si tus ganas, nos marcharemos ahora mismo-. Sugirió Dagart con un gesto serio.
Tras decir esto, el hombre desenfundó su espada y arremetió con tal brutalidad que Dagart tuvo que cederle terreno para recuperar la estabilidad, el humano arremetió de nuevo, esta vez el Umli desvió el golpe con su imponente hacha de doble filo y lanzó una patada que alcanzó al adversario en la boca del estómago, el humano se doblo en dos y cayo de costado incapaz de llenar los pulmones con el preciado oxígeno. Los cuatro hombres, aterrados, cogieron a sus dos compañeros vencidos y se fueron de allí a grandes zancadas, volviendo la vista cada poco.
|
 |
| |
|
|
|
|
 |
|