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Un Rey para la Reina (1 de 3)


Otros Relatos

06-03-2003 17:48
Por: Valente

Con este relato, por fin, cumplo una deuda que tenía contraída con la vida: volver a recuperar la fe y la esperanza.


techCon este relato, por fin, cumplo una deuda que tenía contraída con la vida: volver a recuperar
Para Cecilia, la Reina que gobierna sobre la voz de mi alma y el silencio de su ausencia.

"Mi única patria y mi verdadero hogar es tu corazón. "

Primera parte

Pateó la tierra bajo sus pies con desgana y enfado. Había perdido la oportunidad de su vida. ¡No todos los días se podía conocer a un Rey! Se había asegurado un buen puesto para poder asistir a las celebraciones del recibimiento que le dispensarían al coronado Rey de Castilla por las Cortes reunidas en Valladolid, Carlos I. Le había costado un jornal entero en maravedís, que no era cosa baladí, para comprar el puesto a una anciana despreciable que no había parado de gritarle y escupirle en toda la ardua negociación que había lidiado con ella.

El Rey se dirigía a Barcelona, decían, dispuesto a embarcar hacia la península itálica, donde sería solemnemente coronado emperador de la cristiandad por el mismísimo Papa. En su viaje cruzaría Aragón de Oeste a Este y pasaría por su pequeña villa, La Almunia, que estaba dispuesta, en la medida de sus posibilidades, a dispensar todos las cortesías de las que fueran capaces a su Cesárea Majestad.

Sin embargo, todos sus planes de asistir a las fiestas habían sido truncados por un huraño miembro del Concejo, demasiado celoso de sus ocupaciones, que le había ordenado dar respuesta a una petición insólita de un pequeño villorrio de las proximidades. Los habitantes de este lugar habían pedido que la Comitiva Real se desviase un poco para pasar por las calles de su pueblo para, palabras textuales: “dispenzar un digno y onorable recivimiento al rei” El escriba de tal frase, sin duda, no conocía la existencia de la Gramática de Nebrija.

Por supuesto, intentó en un principio evitar la engorrosa tarea de hacer de mensajero, pero el componente del Concejo se mostró irreductible.
“-Tomás, ten la merced de no obligarme a llevarle la respuesta. ¡Me perderé las celebraciones! Son un poblacho miserable y abandonado, no les importará no recibir respuesta. Ni siquiera creo que estén en su sano juicio...
-No me vengas con remilgos, Francisco, y trátame con el respeto que me debes, no me ningunees. Para ti soy Don Tomás. Es tu obligación, como bien sabes. Aceptaste el cargo de Recadero del Concejo y tu pago recibes como tal; acepta tus responsabilidades.”

Cuando repasaba la conversación, surgían mil argumentos en contra del razonamiento de Don Tomás. La primera de todas era que el pago del que le había hablado era simplemente tener el derecho de llevar una banda roja y amarilla cruzada al pecho; que le gustaba, pues le hacía parecer persona de importancia, pero tal disfrute no le compensaba el hecho de perderse una fiesta, y menos cuando ésta era tan esplendorosa como la que se planeaba en La Almunia. Pero, en aquel momento, la mirada severa e intransigente, casi adusta, del componente del concejo, le había borrado cualquier tipo de ocurrencia o respuesta, teniendo que agachar la cabeza, en mudo asentimiento y aceptación de la derrota.

Enfrascado en estos pensamientos, andaba bajo el inclemente peso del sol, entre bufidos de cansancio y hastío. Cuando encontraba alguna pequeña piedra en el camino le propinaba un puntapié de enfado. Llevaba una mañana de caminata y, según le había informado un lugareño, llegaría a su destino al caer el sol, tras cruzar el río Jalón por un pequeño puente romano que había pasada una arboleda. A mediodía tomó algo de pan y vino y continuó el camino, mientras pensaba que siempre que se contaba con estos dos sustentos se podría seguir andando en cualquier circunstancia. “Sería una buena sentencia” se dijo, mientras su ánimo se empezaba a tranquilizar. “Tendré que escribirla por alguna parte.”

Encontró el pequeño puente romano, del que apenas quedaban ya más que algunas piedras superpuestas sobre un sencillo arco, que servían para cruzar a pie, sin mojarse, el cauce del río. Pasó sobre él, poniendo gran cuidado en donde situaba los pies, prestando exclusiva atención a tal labor. Cuando estaba a punto de pasar, oyó unos fuertes gritos y levantó la cabeza, encontrándose ante la visión de un caballo a galope que se abalanzaba directamente sobre él. Demasiado abstraído por sus problemas, no se había prestado atención a nada más y aquella aparición lo tomó completamente por sorpresa.
-¡Paso! –Gritó el jinete que lo montaba- ¡Paso! – Francisco se echó velozmente a un lado, cayendo al agua, para evitar que las poderosas patas del animal lo aplastaran.

El caballo pasó a su lado a gran velocidad y relinchó instantes después al pisar una zona del puente algo hundida y con gran estrépito cayó al suelo, propulsando al que lo montaba varios metros. El grito de éste y el seco sonido del golpe con el que impactó contra el suelo fueron los últimos sonidos que el recadero pudo oír, antes de acercarse a comprobar si el caballero se encontraba bien.
-¿Señor? –indagó Francisco, tras haberse levantado, completamente empapado. El cuerpo yaciente no se movió un ápice. Lo movió él un poco con el pie, tras unos segundos de espera, y tampoco hubo indicio alguno de que el hombre estuviera consciente. El equino, mientras tanto, se había levantado y pastaba tranquilamente por los alrededores, sin presentar, a la vista, daños graves. Llevó, considerando que el jinete podía haber muerto en la caída, la mano al hombro de éste y le dio la vuelta, descubriendo una sanguinolenta mancha y amasijo de carne en el lugar donde debía hallarse el rostro. Sin duda aquel pobre diablo había partido al Paraíso o al Infierno.

Miró en torno suyo y no vio a nada más. No sabía qué debía hacer. Si llevaba el cadáver a cualquier poblado cercano, probablemente abrirían una investigación por la muerte del hombre, rico y probablemente de origen nobiliario, y él se encontraría involucrado y en graves aprietos. En el mismísimo ojo de la culebrina. La opción más sensata era hacer como si no hubiera pasado nada y marcharse de allí, poniendo pies en polvorosa. Sin embargo, bien sabía que el caballo y las pertenencias que el hombre portaba valían una auténtica fortuna y que si consiguiera venderlas, habría solucionado su vida para siempre. Podría irse a vivir lejos y nadie nunca sabría lo que había pasado. No había nada que lo atara a la tierra, ni siquiera una relación feudal, pues pertenecía a la población libre de La Almunia; ni tenía nadie que le fuera a echar de menos. Eso le permitiría abandonar su humilde casa y buscar una más grande, con todas las comodidades, con el dinero que sacara de la venta. Era toda una oportunidad, sin duda.

Se decidió, a despecho de sus escrúpulos, por fin a desvestir al muerto e intercambiar sus ropas. Arrastró el cuerpo hasta una pequeña arboleda que había por la zona para resguardarse de posibles ojos curiosos. Se sorprendió de la calidad de las telas que le consiguió en el cambio, extremadamente suaves y de colores vivos: debían valer muchos sueldos. En el pecho llevaba un peto y espaldar metálicos, con hermosas filigranas doradas grabadas sobre el bruno fondo con el que estaba pintado el metal. Comprobó con satisfacción que apenas habían recibido daños en la caída. Le quitó como pudo ambos y los dejó a su lado, en el suelo.

 

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